Tantadel

octubre 28, 2013

Mi boca fue de profeta


Hace poco tiempo escribí en estas mismas páginas que el anuncio de conmemorar simultáneamente a tres integrantes de la Generación Taller, nacidos en 1914, José Revueltas, Octavio Paz y Efraín Huerta, era una desproporción oficial.  En la realidad, lejos de la palabrería que suele ser falsa, el único gran festejado sería el segundo. Se cumplió: los legisladores, aquellos que nunca han tenido una obra literaria en las manos, se apresuraron a integrar comités para festejar a Octavio Paz y existe la propuesta de poner su nombre con letras de oro en la Cámara de Diputados, junto a los existentes, donde está, por ejemplo, el de Francisco Villa.  Por ahora, que sepamos, nadie mueve un dedo para festejar los centenarios de los dos restantes. Nadie. Ni intelectuales ni políticos.

Hace muchos años, platicando con Fernando del Paso, le pregunté si los premios literarios eran fundamentales para consolidar una obra artística. Respondió: Los galardones ayudan, pero no consolidan una reputación literaria. Me dejé convencer. Fernando ha obtenido diversos premios destacados y es una celebridad. Su caso es ajeno a la adulación al poderoso, a la cercanía con el Estado. Ha ocupado, sí, algunos cargos oficiales, sólo que su obra narrativa, con altas y bajas, le ha dado honores y reconocimiento, lectores. Una de las grandes novelas de nuestros tiempos, siglos XX y XXI, es sin duda Noticias del imperio.

La lista de escritores que han obtenido el Premio Nobel de Literatura es larga, asimismo, la de omisiones. El jurado sueco suele equivocarse de manera notable. No está Jorge Luis Borges, el único escritor del castellano que ha creado una auténtica revolución literaria en el mundo. Multicitado, traducido a todos los idiomas importantes, es una referencia única, obligada. Su estilo peculiar y novedoso es copiado en Japón, Francia, México, España o EU. Si escribió una idea o estampó un comentario marginal en las páginas del libro que leyó, es citado y publicado en los medios y al final en volumen. Dudo que existan páginas inéditas del escritor porteño, hasta sus gustos personales están recogidos en antologías y colecciones. Nadie como Borges y no tuvo el Premio Nobel a pesar de que lo quiso. Sus devaneos con la derecha tuvieron un costo excesivo. El celebérrimo argentino se veía a sí mismo como “anarquista a lo Spencer” y agnóstico. Detestó al comunismo y al fascismo y fue enemigo de toda clase de dictaduras.

Tampoco lo conquistaron dos grandes de América Latina: Alejo Carpentier y Julio Cortázar. Máximo Gorki y André Malraux no lo tuvieron. La lista en tal sentido es larga y con frecuencia los rechazados por Suecia son más destacados e influyentes que los que obtuvieron la codiciada presea. Siempre me ha llamado la atención que el inteligente político Winston Churchill lo ganara con sus Memorias. Vermer Von Heidenstan y Giossue Carducci apenas son recordados en sus respectivos países y fueron galardonados con el Nobel.

Octavio Paz fue un hombre de espléndida inteligencia y grandes cualidades literarias, una inmensa cultura y una extraña habilidad política. El poeta dijo estar lejos del príncipe, pero supo convencerlo y al final ser parte de un sistema que nos recomendó detestar. En vida y con sus críticos vivos, recibió la insistente acusación de plagiario. Él respondió desdeñoso precisando que los leones se alimentan de corderos. En su momento fui crítico en el aspecto político y no dejaba de reconocer las razones que sus acusadores tenían. Dos de ellos fueron Ermilo Abreu Gómez y Rubén Salazar Mallén, ambos por sus investigaciones sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Otros le reprocharon tomar ideas enteras del Perfil del hombre y la cultura en México, de Samuel Ramos, para redactar su famoso Laberinto de la soledad. Al morir, Ernesto Zedillo le concedió un funeral prácticamente de jefe de Estado y el anterior presidente, Carlos Salinas, se paseó del brazo con el poeta, así como también lo hicieron Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska. Yo escribí que era un sol radiante en un país de sombras. La lectura de páginas de Elena Garro, su primera esposa, Emmanuel Carballo y Edmundo O’Gorman, me convencieron que era un hombre enamorado del poder, lo tuvo y supo utilizarlo. Estoy convencido que contó con súbditos, no con amigos. No polemizó conmigo, optó por escribir un artículo sañudo, que respondí con desenfado.

A José Revueltas le veo inmenso y olvidado. Pero sus grandes combates no fueron por acercarse al poder, sino para enfrentarlo e intentar su derrumbe. En vano quiso hacer una revolución marxista-leninista. En lo personal vi su muerte como un suicidio. Molesto con el capitalismo que triunfaba, decepcionado con el socialismo real, no había otra ruta. Actualmente, estoy por completo seguro, no aceptaría a la llamada izquierda. Su soledad se habría acentuado.

Es evidente que desde ahora los homenajes para Octavio Paz llegarán a raudales. Sin duda los diputados ignorantes y llenos de ingenuidad estamparán el nombre de Paz en los muros de la Cámara. Pero me pregunto, ¿eso es consagratorio o es parte de una trampa del poder? Que estén allí los nombres de políticos, es normal, pero ¿de artistas? Los poetas y los novelistas, los pintores y los músicos obtienen su jerarquía en la sociedad que los aprecia y respeta. Conseguir la falsa admiración de legisladores que nunca lo han leído y que a cambio tratan de prestigiarse con una acción discutible, resulta irresponsable. Es extraño, pero se trata no de un triunfo póstumo del gran poeta y brillante ensayista, sino de patéticos legisladores que desean simplemente cabalgar sobre su alma.




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