Tantadel

octubre 16, 2013

Óscar Hijuelos, un Pulitzer para el castellano


Hace unos días, conversando con queridos amigos literatos apareció un tema que comienza a ser frecuente entre nosotros: la desaparición física de grandes escritores que conocimos. La lista comenzó a ser larga y dolorosa y optamos por suspender el fatídico recuento. Esa noche supe del fallecimiento de Óscar Hijuelos, novelista notable que obtuvo el Premio Pulitzer con su novela Los reyes del mambo tocan canciones de amor, en 1992, llevada al cine con Antonio Banderas en uno de los papeles estelares. Fue el primer hispano, decía internet, en recibir tal alto galardón norteamericano en 1990, para muchos, el equivalente del Nobel en inglés.

Óscar Hijuelos nació en Nueva York en 1951. Sus padres eran cubanos, pero él no hablaba más que unas pocas palabras españolas y las pronunciaba con dificultades. Su aspecto era el de un intelectual o un académico norteamericano. Su forma de ser y de actuar lo mostraban como un hombre neoyorkino. Sin embargo, su literatura y consecuentemente su interior no dejaban jamás de lado sus conflictos de identidad. Si bien su cultura oficial era la anglosajona, sus temas venían invariablemente de Cuba. De la Cuba anterior a Fidel Castro. Sus personajes en consecuencia reflejan la lucha entre un inmigrante y la cultura dominante. Una cultura que suele ser agresiva y en muchos momentos de carácter racista. No había libros suyos por donde no pasara ese conflicto. Las dificultades naturales entre una identidad cubana y una realidad norteamericana.

Nos conocimos en Illinois, en un encuentro donde latinos norteamericanos, principalmente de origen cubano, algunos chicanos y yo, el único habitante de un país latinoamericano, participamos. Para mí aquella reunión académica resultaba extraña. Por ejemplo, algunos profesores igualmente de origen cubano, hablaban orgullosos del prestigio que tuvo Desi Arnaz en un programa televisivo, todavía en blanco y negro, que siempre me pareció idiota, algo así como Yo amo a Lucy. La conferencia magistral, diríamos aquí, estuvo a cargo de Óscar Hijuelos. Habló de un tema serio: justamente de las dificultades de vivir en un país culturalmente distinto a sus valores, los que notaba en casa. Al concluir los tres días de conversaciones, mi querido amigo Juan Bruce Novoa, chicano de altísimo nivel, me anticipó que cenaríamos con Óscar Hijuelos. Allí arrancó una intensa relación de casi una semana, por las tardes nos veíamos en el bar del hotel que nos alojaba y conversábamos largamente amparados por vodka (Hijuelos) y whisky (Bruce Novoa y yo). Me llamaba la atención que me preguntara exclusivamente por lo que yo conocía de Cuba. México poco le atraía. De tal manera inquirió por Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Lezama Lima, Severo Sarduy y por Cabrera Infante. Yo procuraba darle información literaria alejándome de los aspectos políticos que, imaginé, podían ser difíciles para mi nuevo amigo. No, su familia no había salido por la Revolución Cubana, sino en los años de la dictadura de Batista.

Los ritmos tropicales le encantaban y eso es notable en sus libros, su mundo imaginario era la Cuba anterior a la Revolución. Sus preocupaciones en este sentido eran evidentes, a diferencia del exilio que paró en Miami, Hijuelos no parecía tener resentimientos contra el marxismo, imagino que tampoco le importaba gran cosa. Hablaba de la Cuba que vivieron sus ancestros y punto. Ésas eran sus nostalgias, sin duda provenientes de las pláticas de sus padres y familiares mayores. El Tropicana, el danzón, el mambo, el chachachá, la exuberancia de la Isla, en fin, la vieja Cuba, la que a pesar de la tiranía, era divertida gozosa, como en general es la población de ese país.

Pese al éxito alcanzado y consagrado por el Pulitzer, Hijuelos era de una amplia sencillez y sin grandes pretensiones a pesar de la fama. Los días que pasamos juntos, un reducido grupo de amigos, fueron francamente memorables. Una bella mujer de origen argentino dejó fotografías de aquellos momentos distantes. Como suele suceder, ese tipo de relaciones se acaban cuando uno regresa a su país, a su propio mundo y sólo excepcionalmente la amistad se mantiene. Intercambiamos fotografías, un par de postales y listo. No supe más de Hijuelos, salvo por algunas reseñas de sus libros aparecidos todos en EU. No tengo mayor información si sus restantes libros fueron traducidos al español.

La noticia de su muerte me conmovió. Fotografías donde estamos juntos y su libro Los reyes del mambo, tocan canciones de amor, en inglés, firmado, permanecen en el Museo del Escritor. Alguna otra fotografía puede ser vista en mi página web. Fue un formidable narrador que supo hacer de la vida anterior a su nacimiento, el fondo maravilloso de su vida en Nueva York. Recuerdos e imágenes que nunca vio, conformaron novelas magníficas. Muy ajenas a su vida como neoyorkino, como norteamericano. Nunca habló o escribió en español, pero supo utilizar el inglés para transmitir sus nostalgias cubanas.

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