Tantadel

octubre 13, 2013

Palabras sobre Ricardo Garibay

Escribió cuentos, novelas, artículos, guiones cinematográficos, por miseria y placer soñando con el éxito.


En 1965 me acerqué a Ricardo Garibay porque mi abuelo acababa de morir y buscando alivio a mi dolor, había leído su espléndida novela Beber un cáliz. Lo llamé y le pedí una entrevista; a regañadientes me la dio. No hubo diálogo alguno, un monólogo apresurado, nervioso, una clase de literatura en la voz de un hombre que toca las puertas de la grandeza y éstas se resisten. Garibay habló de literatura y de Dios. La impresión que me produjo fue la de un católico que perdía la fe. De esa conversación salí convencido de que Ricardo era un auténtico creador que amaba por sobre todo a la literatura. Volví a verlo para que me concediera declaraciones sobre libros y autores. En uno de esos encuentros, lo felicité por sus artículos en Excélsior, llenos de valor, buena prosa y agudeza política publicados en pleno 68. Evocó uno donde pedía la renuncia del regente del DF, Alfonso Corona del Rosal. Hoy podría parecer una hazaña menor, no en esa época cuando la represión y el autoritarismo del poder solían buscar víctimas y desplegar tremendas venganzas.
Nuestras conversaciones fueron gratas, jamás tuve diferencias con Ricardo. Creo que su mejor elogio (en ellos era parco a no ser con sus clásicos, los que amaba como El cantar de los cantares, del que habló y escribió con mayor profundidad que otros) fue cuando dijo “René, tú y yo tenemos algo en común: coraje”. No obstante teníamos otras afinidades: el buen vino, las mujeres y el amor por la literatura, aunque confieso que la suya era una devoción pasional. De entre los muchos amores, el que mantuvo por el arte fue indestructible. Al final, lamentaba sus enfermedades y achaques, sus dolores, porque le quitaban tiempo para leer y escribir.
Cuando murió varios diarios me preguntaron no sobre su obra sino por lo que una reportera llamó leyenda negra de Ricardo. No sé a qué se refiera, dije irritado. Replicó: que le gustaba la cercanía con el poder. Ah, ¿y eso es leyenda negra, en un país ingrato donde todo se consigue a través de políticos influyentes? No conozco escritor que resista la cercanía del poder. Pueden ser críticos circunstanciales, pero una vez que aparece el apoyo o el reconocimiento, el crítico desaparece. Coincido con Vicente Leñero, Garibay esperaba, merecía, mucha mejor fortuna. Los grandes premios y becas que son concedidos a figuras menores no llegaron. No era hombre fácil. Cuando como jurado del Premio Colima, junto con Sergio Galindo, decidimos que era Garibay lo mejor del año con Taíb, tuvo resistencia a recibirlo. Más adelante, en uno de los escasos homenajes que se le hicieron a Garibay, en la UAM-X, se acercó hasta él la sombra de un hombre: Don Ricardo, soy (y un nombre inaudible), me puse los guantes con usted, boxeamos varias veces. Ricardo lo recordó con nostalgia y seguimos de largo, rumbo a una calurosa reunión de amigos, extraño encuentro, probando que Garibay había tenido una vida rica en matices. Acaso por ello se definió como “un robusto pecador no ordinario”.
Ricardo escribió infatigablemente cuentos, novelas, artículos, guiones cinematográficos, por miseria y por placer, soñando con el éxito rotundo. Crecía y crecía, sólo que él ya no lo vio: para que aparecieran sus obras completas fue necesaria su muerte y el apoyo de su estado natal, Hidalgo.
En los últimos años de su vida, nos frecuentamos, coincidíamos con José María Fernández Unsaín. Me telefoneaba a veces y de pronto, bebíamos con la ferocidad que la edad nos permitía: su ingenio se agudizaba, como el de José Revueltas, pero a diferencia del de Pepe, el de Ricardo no se desanimaba con el paso de las copas. Garibay era escéptico, dudaba de los valores establecidos y de la fama que los medios han consolidado. Por tal razón, cuando de pronto aparecían esos nombres, sus comentarios eran lapidarios. Hay uno que repetía: ¿Carlos Fuentes, quién es? No lo he leído.
Nostálgico, lo recuerdo con cariño y admiración.

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