Tantadel

octubre 02, 2013

Pancho Villa hace cien años


Con el pseudónimo de Pancho Villa, Doroteo Arango hace cien años se preparaba para saltar de leyenda local a internacional. No hay ningún otro mexicano, escritor, artista o político que goce de su prestigio. No existe país del mundo donde sea ignorado. Sus hazañas militares lo hicieron héroe revolucionario. Su carácter duro lo respaldó. Sin una ideología clara, sólo movido por el resentimiento y los deseos de justicia social, sin un programa político económico serio, supo ingresar en la historia. Una prueba de su prestigio como combatiente está en innumerables corridos y novelas, buenas y malas, en biografías serias y no tanto, que se han escrito sobre su azarosa vida. Sin duda el mejor libro sobre su vida es el del vienés, nacionalizado norteamericano y enamorado de México y su revolución, Friedrich Katz, del mismo modo que la mejor biografía de Emiliano Zapata (el revolucionario de mayor idealismo y con un proyecto concreto: beneficiar a los campesinos) es de la autoría de John Womack Jr. Pero de ninguna manera debemos dejar de lado el notable libro de Martín Luis Guzmán, Memorias de Francisco Villa. Muchos de sus biógrafos, escritores y periodistas que han escrito sobre la figura legendaria de Villa utilizaron la breve biografía que el general dictó.

Francisco Villa y Emiliano Zapata, a pesar de sus enormes diferencias, fueron grandes aliados: seguían intereses populares mucho más sinceramente que los demás caudillos de la Revolución Mexicana. Acaso por ello fueron asesinados de manera cobarde. El primero por órdenes de Álvaro Obregón y el segundo por Venustiano Carranza. Pero, asimismo, son los mejores representantes de un movimiento desordenado y caótico, donde finalmente triunfaron los peores y los beneficiarios se hicieron una nueva burguesía, una nueva clase gobernante tan despótica y brutal como la que había destruido México entre 1910 y 1917. La Constitución es un logro, es verdad, pero marca el inicio de una pesada carga para el país que ni acabó de obtener justicia y libertad, pero tampoco ha llegado a permitir una democracia.

En la cinematografía, ni Villa ni Zapata han encontrado una adecuada representación. En lo personal, me parece que el Zapata de Elia Kazan, con Marlon Brando, es la más lograda por el predominio de una poética bien diseñada. El romanticismo desplaza a la realidad, no obstante, los resultados son positivos. En la pintura también Zapata triunfa al estar plasmado en el soberbio retrato que Diego Rivera realizara en un mural, lleno de simbolismo, pintado en Cuernavaca.

Las batallas que dio Villa fueron inigualables, derrotó con osadía sin límites a sus enemigos y sólo el general Obregón, quien nunca perdió una batalla, pudo derrotarlo en Celaya.

El haberle cercenado la cabeza al cuerpo de Villa ha contribuido a la leyenda. Tantos enemigos tenía el general que alguno pudo haber sido el odioso culpable de la atrocidad. Hoy nuevos caudillos, todos de plástico, han sustituido a Villa y a Zapata, pero éstos se mantienen tenazmente en el imaginario colectivo de la nación. Hace cien años se formó la célebre División del Norte, cuyas grandes batallas nos han conmovido por generaciones. Rafael F. Muñoz dejó algunas pruebas de la lealtad de sus soldados, todas ellas impresionantes por su coraje y valor. No hay, pues, personaje más querido que Francisco Villa. A todos nos queda claro la silenciosa lucha de Emiliano Zapata en favor de los sectores más desprotegidos de México: los indígenas y los campesinos. Pero el primero tuvo una gran ventaja: pelear en el norte, cerca de una gran fuente de armas y municiones: EU. El general suriano conseguía como podía el armamento que los hizo hábiles guerrilleros.

De la Revolución Mexicana nada queda o lo que resta aparece en libros, con frecuencia mal hechos o sumamente alterados. Las nietas de Villa (Guadalupe y Rosa Helia Villa) han realizado un significativo esfuerzo por recuperar la figura del gran militar. Casi todos los personajes de aquellos años trágicos han ido perdiéndose. Felipe Ángeles, artillero notable al servicio de Villa, fue rescatado por la maestría de Elena Garro. Quedan en la historia dos grandes derrotados y dos o tres de los vencedores. El gobierno y los partidos sólo invocan sus nombres cuando quieren hacer un poco de demagogia, fuera de las usuales mentiras.

Finalmente, a modo de posdata, debemos recordar que la única invasión a suelo propiamente norteamericano se la propinó Pancho Villa, cuando derrotado por Álvaro Obregón y acosado por el gobierno de Venustiano Carranza se lanzó en una última carga de caballería contra un oscuro pueblo fronterizo: Columbus. Eso provocó la furia del imperio y envió al general Pershing a perseguirlo con tropas especializadas y rastreadores pieles rojas, llamada Expedición Punitiva. La última hazaña militar de Villa fue evadir durante meses a las tenaces y vengativas fuerzas estadunidenses. Cuando Pershing fue a pelear en Europa contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial, Villa reapareció para convertirse en laborioso dueño de un rancho: Canutillo. Fue el final de la División del Norte y de los afamados dorados, por valientes.

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