Tantadel

noviembre 18, 2013

Capitalismo en el socialismo

Hace algunas semanas escribí que Cuba, que fuera la esperanza de América Latina hace más de cincuenta años, que le dio ánimos a varias generaciones de jóvenes izquierdistas, ahora permite el regreso del capitalismo. Lo mismo hemos visto en China. No más la adoración por Mao Tse-tung ni por su libro rojo, adiós revolución cultural con todo y sus excesos. De la heroica Larga Marcha, no queda más que el recuerdo de algunos viejos militantes comunistas.

El derrumbe del mundo socialista y la triunfadora globalización capitalista no le dejaron asidero a los más testarudos comunistas. En América Latina se modernizaron tanto que ahora unos se han hecho neoliberales y otros están en la cárcel porque disfrutaron tanto el capitalismo que se corrompieron. Por eso hoy nadie sabe a ciencia cierta qué es la izquierda. Algunos buscan y miran hacia los llamados Estados de bienestar. Otros van a las obviedades como estar con los pobres, que más parecen tesis cristianas que posibilidades de una ideología científica. México es una prueba fehaciente de la confusión ideológica. Entre nosotros las ideologías hace tiempo dejaron de funcionar. Los que se llaman a sí mismos izquierdistas, sólo son una mala broma. Palabrería para ocultar una práctica política sin valores éticos, una amplia red de corrupción que ha logrado engañar a bobos. Pensar en Manuel Camacho y Marcelo Ebrard o en el propio Miguel Ángel Mancera como izquierdistas sólo prueba la confusión de los medios y la ignorancia de sus consumidores.

China vuelve en tal sentido a ser noticia. ¡Se ha modernizado nuevamente! Es decir, se acerca al capitalismo, por eso está en camino a ser una potencia que desbanque a Estados Unidos. Si antes, para justificar sus vínculos con la globalización explicaba con una metáfora: Dos sistemas, una patria, lo que Adolfo López Mateos anticipó hace más de medio siglo al precisar que la mexicana era una economía mixta.

China es un gigante, al que Napoleón Bonaparte advirtió: Déjenlo dormido. Pero el tiempo lo despertó y con el comunismo de Mao arrancó como una nación impetuosa, radical en sus posturas y con un eficaz ejército que contribuyó a la división de Corea ante el apoyo militar norteamericano. Los años de resplandeciente comunismo quedaron atrás. China avanza para desplazar a las potencias occidentales y a las que como Japón o Corea del Sur no van más allá de cierto peso internacional. El presidente chino, Xi Jinping, amparado por el Partido Comunista Chino, ha decidido llevar a efecto nuevas reformas económicas y sociales que le permitirán dar un gran salto, pero es indudable que muy atrás quedaron las ideas del marxismo-leninismo. Entrará el capital privado y el Estado se dulcificará, sobre todo en materia de derechos humanos, y desaparecerán restricciones, tales como tener un solo hijo, emigrar del campo a la ciudad y las condiciones laborales mejorarán, así como la censura perderá rigidez y habrá mayor tolerancia con el uso de internet. Pero además, tienen la ventaja de poseer un férreo aparato estatal y una débil democracia.

Sin duda, China mira el futuro, nacional e internacionalmente. Su idea es desplazar a las potencias tradicionales y aplacar las inquietudes sociales de una enorme población. China prueba su sabiduría, no cabe duda que en tal sentido coexisten los más antiguos valores de la nación milenaria, los aspectos más razonables del comunismo y los avances del capitalismo.  El tiempo de EU como potencia dominante está agonizando, aunque tiene recursos para mantenerse fuerte, no le será posible competir con una China impetuosa que rápidamente se introduce en las economías del orbe.

Ello quizás muestre nuevas rutas políticas, ideologías donde logren fusionarse lo positivo de dos sistemas que fueron ferozmente antagónicos. No cabe duda que China se ha ido despojando gradualmente de sus vestimentas tipo Mao, para ponerse el traje occidental. Los países fuertes como EU y algunos de Europa se concentraron en sus propios y gastados caminos, hoy China los mira desdeñosamente. Hasta en México se aprende el mandarín y no hay en las boutiques occidentales ausencia de productos chinos, los que irán en aumento con las nuevas medidas. En efecto, el mundo está transformándose.

México tendrá que buscar su propia ruta. Por ahora el sistema político mexicano es caótico y lleno de embaucadores. Es indispensable que el país sufra grandes transformaciones para que logre salir del tradicional atraso en que vive. Sin embargo, la confrontación de partidos y las pésimas ideas que los soportan, la corrupción y la incapacidad de la clase gobernante, nos frena. No será sino hasta dentro de un par de sexenios más que México sea capaz de tomar grandes decisiones sin que haya por allí líderes mesiánicos que los impidan.

Con el regreso del PRI sólo hemos visto que la ausencia de estadistas es visible. Sobreviven los caudillos y aquellos que creen que sólo siguiéndolos al precipicio se salvará México. Pero el PRI y sus afines, todos con sentimientos de culpabilidad por un pasado autoritario y de mayor corrupción, no acaba de saber el modo exacto de conducir a un país que todavía busca líderes, caudillos y no ideas, decisiones que permitan un presente positivo y un futuro promisorio.

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