Tantadel

noviembre 29, 2013

Cristianismo y revolución


Jesús, sin duda, era un revolucionario. Con sus palabras y acciones llevó a cabo grandes transformaciones que han parecido funcionar. Hizo al menos, en nombre de su padre, Dios, una Iglesia avanzada, que pensaba en los pobres y no en los ricos. Dios no mora en las grandes catedrales, sino detrás de una modesta flor o en una choza, está en todos lados que le busquemos, dicen los auténticos cristianos. Eso cambió.

Por presiones familiares, muy pronto leí la Biblia y de joven volví a ella, ya no por razones de creencias, sino porque es un libro hermoso. Borges, agnóstico, recomendaba su lectura como literatura y así la llevé a cabo a eso de los veinte años o quizás antes. Poco a poco mi literatura se fue poblando de temas bíblicos, fui más lejos y leí, en el bachillerato, Los Apócrifos, textos de una mayor humanidad. Con el correr del tiempo escribí  un libro que será presentado en la FIL de Guadalajara: El Evangelio según René Avilés Fabila. Lo traigo a colación porque me llamaron la atención la encíclica y las declaraciones del Papa, Jorge Bergoglio.

Dentro de todo lo expresado por el prelado de origen argentino, tenemos a un revolucionario o, mejor dicho, a un hombre diferente de docenas y docenas de antecesores conservadores y comodinos, quienes defendieron privilegios y se aprovecharon de su imaginaria santidad, para mantener el capitalismo, la división de clases, las injusticias y desde luego al Vaticano como centro de extraordinario poder. El actual Papa, al contrario, pide de muchas formas volver a los orígenes y darle vigor al catolicismo que ha perdido ante religiones menos severas o mejor dotadas para conseguir adeptos. Dice, por ejemplo, que el capitalismo es injusto, se mata y predomina la ley del más fuerte. Imposible vivir dentro de un sistema que ignore la ética, el dinero debe servir y no gobernar. Debemos rechazar la economía de exclusión y desigualdad. Para ser más claros, el Papa ha hecho una severa crítica a la economía de mercado, la que, lo dijo Marx con claridad, jamás elimina las contradicciones. Hay allí una idea clave: “Mientras los problemas de los pobres no se resuelvan radicalmente, no se resolverán los problemas del mundo”. No hay duda, no le gusta el neoliberalismo por una razón: es antinatural y anticristiano.

Aunque no comparta algunas otras de sus ideas expresadas en La alegría del Evangelio, en estos puntos coincido. Marx siempre vio al capitalismo como prehistoria y una doctrina económica que había sustituido al comunismo primitivo, lo que permite el nacimiento de una aberración: el Estado. En mi libro El Evangelio según René Avilés Fabila, hay un breve texto que transcribo: “El belicoso revolucionario Jesús”.

Al reino de los cielos se llega por la ruta de la violencia. En ello hay coincidencias notables de Jesús con algunos revolucionarios quienes afirmaron que la violencia es la gran partera de la historia o que se podría llegar a una sociedad perfecta, sin clases sociales ni contradicciones, a través de la guerra de guerrillas. Esta aguerrida y aparentemente insólita precisión viene en Mateo, 24. Jesús estaba en el Monte de los Olivos con sus discípulos cuando les dijo lo siguiente mientras con la mano derecha mostraba los edificios y templos: “De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.” Y siguió en tono apocalíptico: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo acontezca: pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será el principio de dolores. Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; el haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste estará a salvo”.

Luego de una larga y hermosa perorata encendida y llena de pasión revolucionaria, Jesús concluye: Entonces llegará el reino de los cielos, donde está el Señor, mi padre.

No cabe duda, Jesucristo era un generoso revolucionario que predicó la violencia como fórmula ideal para conseguir la felicidad y la justicia entre los pobres de espíritu.

Las palabras del Papa, dichas de manera menos enfática que las pronunciadas por Jesús, tienen una asombrosa similitud. Desconcertó a los cristianos y a los críticos de esta religión que se ha hecho conservadora y poco eficaz. Si el Papa avanza, es posible que las cosas cambien y que la Iglesia católica de nuevo sea un muro defensivo ante las injusticias del capitalismo, de los poderosos. Como estaban las cosas, no era posible predicar y evangelizar. Con sacerdotes pedófilos y la mayoría enriquecida, ¿quién podía creerles? Siempre del lado del poder económico, el Vaticano es en tal sentido una enorme potencia, es imposible creerle sus llamamientos de humildad. Creyentes y ateos desean justicia e igualdad, donde finalice la explotación del hombre por el hombre. Debe cesar, dice el Papa, un sistema que destruye el espíritu, exalta los peores valores y sigue aferrado al becerro de oro.

1 comentario:

Jorge Ramiro dijo...

Me parece que el otro día vi al autor del libro en un restaurante puerto madero, puede ser?