Tantadel

noviembre 03, 2013

De la euforia revolucionaria a la tristeza

En la década que muchos denominaron prodigiosa, los sesenta, había grandes inquietudes revolucionarias. Si la guerra de Vietnam sacudía con aspereza a los jóvenes estadunidenses, la Revolución Cubana nos provocaba un entusiasmo peculiar a miles de estudiantes latinoamericanos. Eran los primeros años de un régimen comunista en Cuba y la destrucción del capitalismo era implacable. Ernesto Guevara hablaba del nuevo hombre y discutíamos la aparición de valores distintos. ¿Tenía sentido poseer dinero en exceso y contar con varios automóviles si con transporte colectivo bueno era suficiente? Estábamos inmersos en una polémica novedosa. Fidel Castro superaba la invasión contrarrevolucionaria auspiciada por EU y llevaba a cabo un amplio proceso de expropiaciones. Las empresas privadas locales y extranjeras pasaron de un plumazo a poder del Estado. El extremo era divertido, Fidel, afecto al deporte, nacionalizó el beisbol.
El Che Guevara era incendiario en sus discursos y la llama del combatiente doblegaba las peticiones para que fuera funcionario. Iría a Bolivia a continuar con su tarea de guerrillero. Insistía en la axiología del marxismo. Nada de consumismo, en lo sucesivo solidaridad con los trabajadores del mundo y vivir con lo necesario, sujeto a una moral distinta. Fueron momentos intensos, dramáticos y lúdicos, amparados por un rock contestatario y crítico, con una nueva poética.
Cuando llegué por vez primera a La Habana, los aires revolucionarios eran magníficos y nosotros jóvenes. Acostumbrado al capitalismo, le di propina a un maletero. Molesto rechazó el dinero. Me preguntó: ¿cuál es tu profesión, chico? Profesor universitario, ¿y cuando concluyes tu clase, los estudiantes te dan propina? No, repuse, me paga la UNAM. Y a mí el Estado, dijo orgulloso y digno. La escena se repitió con meseros.
Veía conmovido filas de personas apuntándose para trabajo voluntario. Fidel recorría en jeep las calles y caminos de Cuba dialogando con el pueblo esperanzado. Vi a un brigadista, molesto, defendiendo con bravura a su Revolución de las críticas de un extranjero. Finalmente un amigo querido, a quien Alejo Carpentier me presentó, en esos días, al frente de una importante dependencia gubernamental me invitó a su casa a comer. La modestia con la que vivía desconcertaba: era un alto funcionario. Me dio sus puntos de vista: lo que tengo se lo debo a la Revolución, no pido más porque despojaría a otros menos afortunados que yo. Estaba ante el nuevo hombre que Guevara pregonaba, sin interés por el bien material y solidario con sus semejantes.
Los últimos viajes fueron otra cosa. Todos aceptaban propinas, en las calles me abordaban cubanos para ofrecerme comer langosta en su casa por una cierta cantidad de dólares. Era un mundo distinto, más cercano al que yo veía en México. La inversión privada era una realidad y una ventaja para empresarios extranjeros. Hace días leí que en Cuba acababan de crear una “zona especial” para inversionistas extranjeros. Un amplio terreno de 465.4 km2, que aprovecharía la expansión del canal de Panamá. La idea no es, indicó el canciller cubano Bruno Rodríguez, retornar al capitalismo, sino instalar parques industriales. La perogrullada me recordó frases del gobierno chino para justificar la creciente penetración del capitalismo en un viejo baluarte comunista: dos sistemas, una patria. Algo parecido anticipó el presidente Adolfo López Mateos: México se rige por una economía mixta.
Destruido el socialismo, la globalización no ha encontrado diques. Las llamadas izquierdas no rechazan las inversiones particulares y tampoco se molestan con un Estado famélico.
Muerto el sueño, Lennon lo dijo mejor, a pocos les importa el nuevo hombre ni el salvajismo capitalista. No dar propinas es ahora de mal gusto, sobre todo para el maletero o el mesero. Tardíamente invertiré en Merrill Lynch y escribiré un libro: Del comunismo al consumismo.

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