Tantadel

noviembre 28, 2013

La vieja arrogancia priista en la izquierda

Nunca he conversado con Marcelo Ebrard. Tampoco lo he visto en persona. Quizás como en la canción de José Alfredo Jiménez: Yo pa’rriba volteó muy poco, él pa’bajo no sabe mirar. Con su antiguo jefe y amigo de siempre, Manuel Camacho, tuve al menos tres largas pláticas. Me pareció fino, discreto, culto y hasta sincero. Me platicó de sus deseos iniciales de ser escritor de literatura.

Tampoco hay razón para conocer políticos. Rafael Cardona, por ejemplo, los conoce a montones porque ha sido reportero y columnista, es, pues, periodista de tiempo completo y eso me impresiona. Tiene claridad respecto a los problemas políticos y conoce a los responsables de esa tarea que mucho de zoológica tiene. Yo los he conocido accidentalmente, sobre todo, en épocas escolares, cuando la UNAM era una fábrica de exitosos funcionarios. De allí partía la cadena hacia el poder. A los que fueron presidentes de la República, los conocí ya en época de pleno retiro, cuando estaban disminuidos físicamente. A Lázaro Cárdenas lo vi dos veces en su casona de Las Lomas, lo fuimos a buscar para que nos apadrinara como egresados de la Preparatoria 7, según costumbres bobas de aquellos tiempos. El general dijo que sí y finalmente fue en su lugar Cuauhtémoc. Los diplomas de esa generación, 1960-61, tienen su firma y la mía. Fue atento conmigo y cuando creaba al PRD, me invitó a formar parte de sus fundadores. Decliné con cortesía. Muerto el antiguo Partido Comunista, donde estuve unos veinte años, lo mejor era convertirse en críticos de todos los partidos y buscar un sitio adecuado dentro de la sociedad. Lo hallé a través del periodismo.

Pero decía que no conozco personalmente a Marcelo Ebrard y ello me alegra. Pocas veces he sabido de alguien tan antipático y entregado a la charlatanería como él. Ninguna de sus acciones en el DF me gustaron. Demagogia quintaesenciada como las playas artificiales en el Zócalo, las pistas de hielo y los bailes de las quinceañeras. Sus grandes concepciones políticas no tuvieron parangón. No era Maquiavelo, Marx o Lenin. Era y es un hombre carente de ideas y en consecuencia exitoso fabricante de sandeces.

En un programa radiofónico, la semana pasada, lo entrevistaron: Voy rumbo al Congreso del PRD, dijo, presiento hostilidad. Así fue. Su tribu, que es chica pero es suya y de Manuel, quedó aislada. Prevaleció cierto sentido de unidad entre aquellos que no provienen del PRI. Junto con Porfirio Muñoz Ledo y Camacho, tales ex priistas obtuvieron por lo menos un récord Guiness, el de los saltimbanquis que entraron y salieron del mayor número de partidos. Primero el PRI, luego del enojo con Salinas, salieron a cazar azarosamente. No fue fácil. Formaron un partido de centro, y luego, siguiendo al líder de ese momento, López Obrador, se calificaron de izquierda. Así, como por arte de magia, dice la expresión común. El PRD busca su camino y el perfil de Ebrard y Camacho no coinciden con lo que desean aquellos que dieron la pelea lejos del PRI, el autoritario y cerrado donde ambos se formaron.

Del Congreso la mayoría de los perredistas salieron satisfechos, todos, menos los multicitados en estos párrafos Manuel y Marcelo. Las informaciones me indican que Marcelo solito impugnará los acuerdos sobre todo en caso de que sigan dentro del Pacto por México, una buena broma de Peña Nieto. Terminó diciendo que hablará con Cárdenas. Lo que nadie ignora es que el fundador del partido tiene nulo interés en hablar con él o con su camarada Camacho. Pero en política, todo es posible.

El mejor camino que el PRD podría escoger es ponerse en las manos de quienes no vienen del PRI. Debe crear sus propios cuadros dirigentes y formar a los mejores aspirantes a cargos de elección popular, desterrar la corrupción. Cierto, también el ingeniero Cárdenas se formó en el PRI, sí, pero hay de educaciones a educaciones, a él lo formó su propio padre, uno de los más grandes políticos que ha tenido el país. No creo que eso lo haga mejor, sino que tiene compromisos éticos y sociales con la nación y la memoria del general que como pocos observó el mapa político del país y de su tiempo.

Cierta vez, encontré a una querida amiga, periodista y escritora, en un restaurante. Fui a saludarla y cuando intercambiábamos palabras de afecto, asimismo se acercó el ex gobernador del Estado de México, Arturo Montiel, para mostrarle, quizás por interés, su aprecio a la narradora. Cuando ella me presentó, no atiné más que a decirle una simpleza: ¿Cómo le va en el retiro? Me miró irritado y me dijo: ¡Un político jamás se jubila! El hombre tenía razón, en el fondo seguía suspirando por volver de lleno a la actividad. El poder, dicen algunos psicólogos es una pócima que crea adictos. Y eso es lo que me provoca un temor infinito: que Marcelo Ebrard y Manuel Camacho no se retiren nunca, sigan saltando de partido en partido buscando la anhelada presidencia de la República que nunca tendrán. Me parece que de no encontrar acomodo en el PRD, se irán a Morena. Si López Obrador los acepta, bueno, dejarán al movimiento peor de como está, lo que me recuerda el verso memorable que dice: Hay aves que cruzan el pantano y lo dejan peor. Sus plumajes son de esos.

No hay comentarios.: