Tantadel

noviembre 11, 2013

Madero espiritista (1 de 3)

No es fácil para mí hallar acomodo con libros como La revolución espiritual de Madero (editado por el gobierno de Quintana Roo), me producen sorpresa, descontrol. Quizá por ello deba empezar con una confesión que hago en pocas ocasiones: no soy creyente. Desde muy pequeño estuve imposibilitado para creer en Dios o en cualquier cuestión relacionada con espíritus, fantasmas, ángeles, apariciones, santos, milagros o vírgenes. Mi educación y seguramente mi estructura ideológica tendió a lo científico y desde luego a ver al hombre como un creador de dioses, no al revés.

Cualquier tema relacionado con lo irreal, con el más allá, con la existencia de paraísos, limbos, purgatorios e infiernos me son ajenos y evito su discusión para no crearme más adversidades, no puedo dejar de sentirme en clara inferioridad en un mundo de creyentes. La soledad es tremenda. A mi alrededor escucho rezos, invocaciones a dioses y espíritus. Muerta mi madre, me pregunto infructuosamente  dónde están mis pares, aquellos que como yo, descreen de Dios. Pero así ha sido desde la niñez, cuando yo asistía a las iglesias para admirarlas o cumplir con un rito social, presionado por mis abuelos maternos. Hace poco escribí en una novela, El reino vencido, lo terrible de ser ateo en un mundo creyente, palestino entre judíos, izquierdista en un planeta que se globaliza capitalista. Es ir a contracorriente y pocas veces hablar retadoramente ante un planeta piadoso, casi místico o al menos empeñado en la búsqueda de Dios, mientras que yo sigo en pos del ser humano, del nuevo hombre,  el que esté dispuesto a vivir en lo que Marx llamó la historia, al pensar que vivíamos en la prehistoria.

Todo, en suma, tiene una explicación racional y no religiosa o mística. Nunca he presenciado milagros ni podría creer en ellos. La presencia de fantasmas, ánimas, espíritus o espantos, me parece un hecho propio de la literatura. Pero debo admitir que Ignacio Solares y yo tenemos a este respecto una historia extraña. Hace años, en algún momento un grupo de compañeros generacionales bebíamos unas copas de vino cuando surgió la discusión sobre nuestro primer colega desaparecido, Parménides García Saldaña, con quien Nacho había tenido serios enfrentamientos y con quien yo sólo me había emborrachado y fumado mariguana. La discusión se hizo áspera entre quienes lo criticaban y quienes lo defendíamos. Para concluirla, Nacho, fastidiado, me dijo: Bueno, tienes razón, era un santo, y puso una copa para que Parménides nos acompañara en espíritu. La copa se hizo añicos y desde entonces contamos la historia de distintas formas, la mía es de una jocosa coincidencia entre los cambios climáticos y una copa resentida por los descuidos de los meseros.

Dentro de la literatura he hablado de dioses y con ellos, he padecido la agresión de los fantasmas y los espíritus perversos que me han acosado una y otra vez. Pero en cuanto cierro las tapas del libro o apago mi computadora, los seres imaginarios desaparecen y se convierten en polvo, meros recuerdos, parte de la fantasía que admiro en el arte.

Digo esto a modo de prólogo porque en Madero siempre he visto al héroe revolucionario, al que hizo posible la salida del tirano Porfirio Díaz, y aún así lo vi menor, ante la talla de aquellos que lo seguirían en la tarea de darle libertad a México. Ante hombres duros y decididos, sólo guiados por un feroz sentimiento de justicia e igualdad, como Zapata, Villa, los Flores Magón, Carranza y el Obregón de primera época, Madero me pareció, como su físico, de poca estatura intelectual y política. Lo vi, pues, como una figura menor de entre los héroes que me mostró la historia patria enseñada por viejos maestros de primaria y secundaria en las épocas en que estudiar en escuelas oficiales era un orgullo.

Mi primer encuentro con el otro Madero, el de los espíritus, fue a través del libro de Ignacio Solares: justamente Madero, el otro. Como se ve, mi amigo, para mí, es un médium literario. La lectura del segundo libro, La revolución espiritual de Madero, obra inédita que al fin publicó Quintana Roo, de inmediato me hizo pensar en el espiritismo y en su época de mayor éxito. En 1848 EU acababa de engullirse medio México, su expansionismo brutal arrancó con mayor firmeza dando rienda suelta al Destino Manifiesto, cuando la potencia comenzaba a surgir y los cambios tecnológicos se acentuaban en la sociedad industrial. En tal momento en que muchas iglesias aparecían y desaparecían, surgieron dos hermanas de apellido Fox. Ambas afirmaban, y sus padres lo proclamaban a la curiosidad pública, comunicarse con espíritus a través de ruidos extraños. De inmediato se desató el interés no sólo a escala local, asimismo nacional. Curiosamente aquello no floreció entre las capas más pobres o desprotegidas de la sociedad sino entre personas progresistas y de ciertos recursos. Intelectuales, políticos, académicos, luchadores sociales, en fin. Era la oportunidad de preguntarles a los espíritus cómo era el más allá, las cosas después de la muerte, si existía otra vida y si ésta era mejor o simplemente igual de angustiosa. Es obvio que todos han pensado que es mucho mejor la muerte que la vida, porque atrás de ella está el edén prometido, un sitio junto a Dios, aunque es obvio que todos se defienden lo más posible antes de iniciar la ruta hacia el paraíso o el purgatorio.

1 comentario:

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...
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