Tantadel

noviembre 08, 2013

René, el hombre invisible

Nunca me he visto como un hombre famoso o al menos reconocido por el amplio público. A fuerza de bregar en la literatura, el periodismo y la vida académica, alguien me detiene en la calle y me saluda con aprecio aunque nunca deja de advertirme que no siempre está de acuerdo conmigo. Lo sé, México podrá ser plural, pero si alguien como yo, adversario de los partidos políticos de pronto toca al suyo, pues obviamente no comparte mis críticas. En tal sentido, debo reconocer que los priistas son menos susceptibles, acaso más seguros de su poder.

Como sea, soy invisible. Por ejemplo, a Enrique Peña Nieto me lo han presentado cinco veces. Inalterablemente me dice con amabilidad: Mucho gusto. El problema es que trabajé varios años en el Canal 34. No sólo ello, como parte del equipo de dicho canal televisivo, fui invitado a pasar su último grito de Independencia en el Palacio de Gobierno y allí nuevamente fui presentado al gobernador Peña Nieto. Las veces restantes ya fueron en calidad de candidato presidencial y de mandatario. Emocionado he recordado que cuando el presidente Carlos Salinas me entregó en Los Pinos el Premio Nacional de Periodismo, me dijo atento y sonriente: René, lo necesitamos. Azorado, respondí: ¿para qué, presidente?

Alguna vez, en Alemania, en una semana dedicada a la literatura mexicana, estuvimos un amplio grupo de escritores. En un momento de cordialidad, Carlos Monsiváis y yo caminamos rumbo a la Biblioteca de Stuttgart. Me preguntó mientras veíamos interminables filas de hermosos libros: ¿Quién crees que de todos nosotros sobreviva? Yo no, se apresuró a responder. Añadí: Yo menos, Carlos. Y entre ambos pensamos en varios nombres, algunos vaticinios se han cumplido, otros no. Lo curioso del caso es que él es el más conocido de toda la lista de narradores, poetas, ensayistas y dramaturgos que juntos formulamos. Yo sigo dentro de los invisibles.

¿Por qué mi preocupación? En estos días, algunos lo saben, estoy cumpliendo cincuenta años como literato, profesor universitario y periodista. Las universidades públicas han reaccionado ante el hecho, lo cual no me sorprende, a ellas les debo lo que soy. Ya son muchas y muy importantes las que me han hecho homenajes y todos de alto nivel. En ellos, no ha faltado el presentador que con voz estentórea y aparentemente conmovido, pronuncia mi nombre sin tino, con faltas de ortografía. Casi siempre resulto Rene Áviles Fábila. Las agudas dejan de serlo y Fabila se convierte en esdrújula. Si lo escriben, a mi apellido paterno le ponen Aviléz o Abiles, pocas veces Avilés. ¿Mis apellidos son poco comunes? Lo dudo. En Facebook y en Twitter tengo amigos y familiares lejanos con esos apellidos y no son escasos.

Al leer mi currículum pocos atinan a los títulos exactos de mis libros. Alguna vez casi muero: estábamos Ricardo Garibay, José Agustín y quizás Eraclio Cepeda, un señor se dirigió con rostro asombrado a mí: René Avilés Fabila, don René, mi escritor favorito, qué bendición encontrarlo. Soy su admirador más fiel. Esto, mientras mis amigos morían de envidia. El hombre, bien vestido, siguió a los gritos: Don René, dígame, por favor qué nuevos libros nos tiene luego de su espléndida obra La muerte de Artemio Cruz. Bañado de glorioso ridículo, le dije sin perder la calma: Aparte de La muerte de Artemio Cruz, que es de Carlos Fuentes, acabo de publicar una novela en España: Réquiem por un suicida.   

Pero el acabose lo estoy padeciendo en estos días con la fecha de mi nacimiento. Ahora tengo multitud de cumpleaños. Cuando comencé a publicar era realmente muy joven y entonces me enorgullecía poner siempre mis datos: 15 de noviembre de 1940. Está en todos mis libros y está en Internet, en mi página web y en mi blog, en Facebook y en diccionarios de escritores. De mayor, sigo poniéndolo por costumbre. No oculto mi edad. Cuando cumplí 70 años, la UNAM, en la Feria del Libro de Minería, me hizo un hermoso festejo y mi foto estaba en muchos sitios con la edad cumplida. El INBA hizo un festejo con tal motivo y otro más la UAM. A pesar de ello, hace cinco días comenzaron a llegar alertas a mi correo: periódicos impresos y virtuales, me felicitaban y hasta decían cosas bonitas de mi trabajo literario y periodístico. Unos juraban que nací el 4 de noviembre, otros debajo de mi retrato precisaban que el 5. Sin gran preocupación y en son de broma, aclaré  el error en Facebook y Twitter. No, es el 15 de noviembre. Alguien aclaró que estaba mal, que es el 14 del mismo mes, que hace un año lo leyó en un diario muy importante.

¿Por qué me preocupa tal confusión? Sólo son días de diferencia. Me preocupa responder a las personas que gentiles envían felicitaciones, sólo el año pasado recibí, en un solo día,  unas dos mil en Facebook y contesté cada una con palabras distintas por buena educación. Cuando concluí, era 17 de noviembre y yo seguía ante la computadora, sobrio. Me perdí el festejo.

Espero que algunos consideren el equívoco y se limiten al 15 de noviembre. Pero alguien me escribió: Qué importa, lo que interesa es festejarte. Así, está bien, no responderé a todos mis amigos, pero iré a todas las fiestas que me hagan. Gracias.

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