Tantadel

noviembre 17, 2013

Universidades públicas, fábricas de cultura

Hace años fui director general de Difusión Cultural de la UNAM, al asumir el cargo de manos de Jorge Carpizo, me percaté de su poderío. Era una inmensa fábrica de cultura con una hermosa infraestructura: música, letras, publicaciones, museos, cinematografía, danza… No había otra como ella. Pero con el paso del tiempo, instituciones fraternales han dado pasos gigantescos como la UAM, la Universidad Autónoma de Colima, la de Nuevo León, la Autónoma del estado de Hidalgo, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, por citar un puñado. Como es natural, sus esfuerzos están centrados en la enseñanza y la investigación, sin embargo, de muchas maneras impulsan la tercera función sustantiva: la cultura.
A lo largo del año que fallece, tuve la oportunidad de visitar muchas de ellas, a partir de un cálido homenaje que la UAM, mi casa de trabajo, hizo para conmemorar lo que llamó 50 años de literatura. Lo hizo en compañía de la UNAM, del IPN, del Conaculta y del INBA. Casi en cascada, otras universidades se sumaron al reconocimiento. Quiero mencionar dos recientes homenajes de los que no he escrito para agradecérselos. El llevado a cabo por la Universidad Autónoma del estado de Hidalgo y el de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Fueron emotivos y abiertamente afectuosos.
La primera, tuvo un carácter solemne, académico. En un bello y enorme auditorio, entre autoridades, profesores y estudiantes, su notable orquesta sinfónica interpretó fragmentos de Vivaldi y Mozart. El panegírico estuvo a cargo de la doctora Rosa María Valles y las palabras del rector Humberto Augusto Veras Godoy me impresionaron por su calidez y erudición. En la UJAT me dedicaron la Feria del Libro, FULTABASCO 2013, le pusieron mi nombre y me entregaron el Premio Malinalli (diseño de Sebastián), que también recibieron distinguidos académicos de la UNAM y figuras de la cultura tabasqueña. Del lado de los universitarios capitalinos estábamos Julieta Fierro, Óscar Cruz Barney y yo. Fueron asimismo galardonados la actriz Susana Alexander, la investigadora de folklore tabasqueño Rosa del Carmen Dehesa Rosado y el médico Antonio de Jesús Osuna Rodríguez. El anfitrión, rector José Manuel Piña Gutiérrez, señaló los méritos de cada premiado y el gobernador Arturo Núñez, hombre culto, hizo una cordial e inteligente mención de cada uno de nosotros.
Luego la fiesta de los libros se desató en distintos puntos de Tabasco. Muchas casas editoriales y un elevado número de jóvenes compraron libros y participaron en las presentaciones de diversos escritores. Hubo teatro, espectáculos de talla internacional y mesas redondas sobre multitud de temas. Debo añadir que a la Feria del Libro, debajo de mi nombre, le pusieron una frase: “Entre la palabra, la imaginación y la cátedra”, en consecuencia, hubo una mesa redonda dedicada a la mayoría de mis libros. Estuvieron conmigo María Luisa Mendoza, Jorge Ruiz Dueñas, Bernardo Ruiz y Dionicio Morales. La condujo Miguel Ángel Ruiz Magdonel. En Cunduacán, se llevó a cabo una plática sobre mis novelas amorosas exclusivamente entre el crítico tabasqueño Vicente Gómez Montero y yo. Mucho aprecio las participaciones de mis colegas.
Tengo la impresión de que pese a carencias y huecos presupuestales, las universidades públicas siguen contribuyendo poderosamente al desarrollo cultural de la nación. Cuando ingresé en la UNAM, supe que era un vigoroso motor del desarrollo nacional, ahora, 50 años después, me es posible apreciar que todas las universidades públicas, congregadas en la ANUIES, que conduce Enrique Fernández Fassnacht, han logrado convertirse en auténticas locomotoras del desarrollo educativo y cultural de México, en cada una de ellas que he podido conocer íntimamente, se aprecia su poderío y anhelos de no producir sólo especialistas sino egresados de alto rango. Culturalmente, son insuperables, ambiciosas y llenas de asombrosas novedades.

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