Tantadel

diciembre 11, 2013

1968: el sueño de una transformación profunda 1/3

Me queda claro que el 68 sigue preocupando a los viejos y a los jóvenes. No pasa un día sin que aparezca algo al respecto. Allí está la nueva edición del libro de Arturo Martínez Nateras, publicado por la UNAM, El 68. Conspiración comunista, por ejemplo. En la reciente FIL de Guadalajara hubo una presentación de dicha obra y el debate ha suscitado diversas reacciones, sobre todo porque Joel Ortega Juárez, hábil e inteligente provocador de siempre, señaló en la mesa que bastaba de cargar el ataúd del 2 de octubre, que lo reprochable era permitir que la nueva burocracia política se adueñara del movimiento como si ella lo hubiera organizado. En todo caso, precisó Martínez Nateras, han sacralizado la fecha para desviar la atención de los hechos actuales y dejar de lado la lucha de la vieja izquierda, algo que debe ser recuperado para buscar el rumbo adecuado. Los dos estuvieron de acuerdo:  el 68 está en manos de intelectuales sacralizados por el poder, en las de nostálgicos que participaron en una sola batalla y por personas que únicamente tienen una vaga idea de la noche del 2 de octubre, no de todo el contexto histórico adecuado, nacional e internacional.

Ambos, Arturo y Joel, tienen razón. Marx y Lenin utilizaron el descuartizamiento de la Comuna de París para ver el futuro, no para curar heridas lastimosamente. En 1968 la Revolución Mexicana había muerto y los jóvenes tenían claros proyectos sociales de transformación. Las utopías estaban vivas y agitadas por la Guerra Fría. Sin embargo, como todavía sucedía en 2000, era invocada y el gobierno afirmaba representarla. El país vivía de los grandes mitos acumulados por los sucesivos regímenes “revolucionarios”. El artículo tercero constitucional, la Reforma Agraria (por completo sacralizada y convertida en una secretaría de Estado), el papel rector del gobierno en la economía, una política exterior independiente y supuestamente cercana a los no alineados, etcétera, caían como una tormenta sobre la población y las palabras de un puñado de críticos, frecuentemente de izquierda, apenas si eran escuchadas. La arrogancia del poder mexicano parecía tener un sólido fundamento. De tal suerte que las llamadas de atención ocurridas en 1958 jamás fueron consideradas. Ferrocarrileros, electricistas, maestros, telegrafistas y universitarios trataban de recuperar las plazas perdidas y darle nueva vida a los movimientos sociales y un sindicalismo lejano a las manos de líderes corruptos y al servicio del Estado. Nada parecía romper la tranquilidad “revolucionaria”, la unidad bajo los principios de 1910-17. Constitución, democracia, libertad, pluralismo, no eran sino meras palabras dentro de un discurso gastado, intolerante y saturado de lugares comunes. Lo asombroso es que el PRI lo utilizó tantas décadas, que luego de 2000 el PAN, representante del conservadurismo nacional, siguió hablando del ya caduco movimiento épico e inició los trámites para festejar el centenario, el cual quedó en discursos incoherentes y en banalidades.

   Es 1968 para muchas partes del mundo un año difícil, en el que las inquietudes aparecen básicamente entre los jóvenes. En París, los estudiantes se lanzan a un movimiento que tiene profundas implicaciones políticas y que apela a la imaginación y al amor. Tampoco los muchachos estadunidenses permanecen tranquilos; la Guerra Fría y el feroz anticomunismo del senador McCarthy los ha inquietado: se preocupan por la intensificación de la guerra en Vietnam, con el apoyo sincero del rock contestatario, los hippies y sus comunas, los gritos de paz y amor libre, de flores, comunas de corte anarquista y drogas aparecen como una contracultura capaz de acabar con la enajenación. Los movimientos negros como el Black Power y el Black Panther, dirigido por Carmichael, Cleaver y Hamilton, entre otros, con la comunista Angela Davis perseguida, lanzan consignas violentas, recuerdo una: No bombardeemos Hanoi, sino Disneyland, y en los ecos de la beat generation, Ginsberg, Kerouac y Ferlinguetti buscan las posibilidades de hallar la libertad. Por vez primera, soldados disparan en las universidades rebeldes sobre jóvenes blancos. Cuba resiste el bloqueo de Estados Unidos y prueba que el socialismo marxista puede ser edificado a unos cuantos kilómetros de su territorio. La rebeldía social, la antisolemnidad y los deseos de transformaciones radicales se acumularon y se manifiestan desde diversas actitudes y luchas en distintos países del capitalismo y aun del socialismo. Algunos filósofos, Althusser y Sartre, por ejemplo, suponían que los estudiantes, y no el proletariado, pueden ser  detonadores de una magna revolución y proporcionan a estos un basamento teórico. Sartre intenta acercar a los obreros de la Renault a los intelectuales jóvenes y, en México, José Revueltas se esfuerza angustiosamente en resucitar al marxismo-leninismo mexicano con un libro memorable: Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Un libro que debió ser estudiado en su momento con sumo cuidado y que ahora, con una clase trabajadora sin ninguna orientación ideológica que no sean ofrecimientos de dádivas y limosnas, como si los dineros salieran de los bolsillos de los partidos, sigue descabezada.

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