Tantadel

diciembre 13, 2013

1968: el sueño de una transformación profunda 2/3

Daniel Cohn Bendit, Rudi Dutschke y otros jóvenes de tendencias anarquistas, en pleno corazón de Europa Occidental, buscan consolidar nuevas líneas de acción ideológica. Rudi Dutschke señala: “Queda poco tiempo y no sé cómo llamarles (a los nuevos movimientos sociales recién surgidos) ya que todos los títulos han sido acaparados desde hace mucho por nuestros señores del Este y del Oeste, a menos que acepten la noción y el título de revolucionario. Cambiemos  ya de rumbo y lancemos a nuestro bando anti-autoritario en la dirección radical de la auto-organización.” Añade el anarquista chileno-francés, que hace la cita, Luis Mercier Vega, precisando “que sería difícil clasificarlo bajo un rótulo que no fuera el de libertario”. Todos los movimientos del 68 producen voces de solidaridad internacional, de fraternidad. El mismo Luis Mercier Vega, en un libro intenso: Anarquismo ayer y hoy, publicado en Francia en 1970, precisa que “La ‘revolución’ estudiantil de París, en mayo de 1968, bajo múltiples aspectos, presenta rasgos anarquistas -en especial por su nuevo cuestionamiento de las estructuras fundamentales de la sociedad, por su sed de igualdad absoluta, por su voluntad de intervenir en todos los ámbitos y niveles, así como por la negativa de muchos animadores a asumir el papel de jefes o comprometerse en las políticas partidarias-, esta revolución tiene pocos contactos con el movimiento anarquista organizado.” Algo semejante sucedió en México, donde sin vínculos abiertamente partidarios, los jóvenes se lanzaron a dar una lucha que quizás podríamos llamar revolucionaria, lejos de las organizaciones establecidas dentro de la izquierda. No dejemos de lado, en este contexto, que Carlos Fuentes estuvo en el 68 francés y que dejó un atractivo reportaje que publicara en México la editorial ERA.

Si en Francia, Alemania Occidental y Estados Unidos los jóvenes despiertan del letargo social y político, en México los estudiantes, estimulados por el Mayo 68, la Primavera de Praga y una abundante literatura sobre Cuba y la injusta y brutal guerra de Vietnam, encuentran en el azar de un vulgar encontronazo estudiantil, el pretexto formal para protestar contra la violencia estatal, el excesivo presidencialismo bien representado por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Con celeridad, ante una anquilosada maquinaria estatal, los muchachos pasan de exigencias académicas a políticas. El gobierno las rechaza, al presidente de aquellos tiempos no se le decía la palabra no, jamás. El movimiento estudiantil crece con celeridad, se consolida con rapidez.

Hace unos días, en el diario Excélsior publiqué un artículo sobre el movimiento y los meses que duró. No fue tragedia, sino un movimiento gozoso, realizado en torno a principios ideológicos firmes, soñando con llevar a la práctica la mejor de las utopías posibles de esa época en que el mundo parecía globalizarse con el pensamiento de Marx. La tragedia duró horas, un trozo de la tarde y de la noche del 2 de octubre y eso es lo que, afectos a las derrotas y fracasos, recordamos con terquedad. Pero pocos reparan en las tumultuosas y felices marchas que cimbraron al sistema, empuñando pancartas y mantas con los héroes del momento: Guevara, Mao Tse-Tung, Hoo Chi Min, Marx, Lenin…, hasta que las críticas de “apátridas”, “anarquistas” “provocadores” y, desde luego, “comunistas”, con cierto dejo de furia, emitidas por el gobierno y los medios de comunicación, nos hicieron modificar las tácticas y sustituirlas por héroes patrios que nada dicen en el complejo mundo de esa época, dividido en dos inmensos bloques en guerra fría. Se bailaba y coreaba al ritmo de Beatles, Dylan, Janis Joplin, Rolling Stones… y, para colmo del pasmoso nacionalismo mexicano, muchos jóvenes agitaban banderas rojas y carteles que mezclaban consignas del Mayo 68, como Prohibido prohibir. El sentimiento internacionalista se hacía sentir con las demandas de apoyar a los combatientes vietnamitas que defendían su hogar de una invasión norteamericana y a los cubanos que hacía poco habían consolidado una revolución socialista, como en 1936-1939, el gobierno del general Cárdenas, había brindado un amplio apoyo a las luchas antifascistas y en especial a la República Española víctima de Franco apoyado por Hitler y Mussolini.

México llevaba años de aparente tranquilidad, en efecto. Los gobiernos de la Revolución desarrollaban al país con lentitud exasperante y muchas contradicciones. Por último, han sido incapaces de evitar las desigualdades y las injusticias sociales. El precio pagado es elevado: la nación persiste en su condición semicolonial y en consecuencia dependiente y atrasada. La corrupción florecía y la democracia era una palabra hueca dentro de un sistema político virtualmente unipartidista. El PRI “arrasaba” en cada proceso electoral y la represión jamás desaparecía; en todo caso tiene altas y bajas, según lo demanden las necesidades de la política oficial. En momentos retornaba la saña de los viejos tiempos, como el crimen de la familia Jaramillo, acribillada por miembros del Ejército o el encarcelamiento del pintor David Alfaro Siqueiros, acusado de comunista. A todo ello, hay que añadir el presidencialismo que se nutre de una poderosa tradición antidemocrática y de una persistente secuela de tiranos, dictadores y hombres fuertes, y el cuadro queda completo.

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