Tantadel

diciembre 18, 2013

1968: el sueño de una transformación profunda 3/3

La burguesía mexicana, como la francesa, tomó el poder y lo hizo de manera violenta, luego de una costosa revolución, de soportar tremendas presiones norteamericanas que van desde la siniestra intervención del embajador Henry Lane Wilson en el asesinato del presidente Madero, hasta las obligaciones que Estados Unidos le impone a México para reconocerlo diplomáticamente, pasando por la invasión de Veracruz (1914) y la Expedición Punitiva del general Pershing (1917), tratando de vengar el ataque de Francisco Villa a Columbus.

De la Revolución Mexicana surge una burguesía ligada a los intereses populares, nacionalista y antiimperialista, tal como explica don Jesús Silva Herzog, cuya máxima expresión (y el punto más lejano al que se pudo llegar) es el gobierno de Lázaro Cárdenas. Después, gradualmente México retrocede, pierde sus aspectos más positivos y dilapida su magnífica política exterior. Hoy nada resta de aquel legendario movimiento de 1910-1917. Nos queda un mancillado Monumento a la Revolución. Lo más extraño de esta situación es que ahora la oposición de izquierda, que por largo tiempo consideró muerta a la Revolución, reclama como suyos sus principios y la añora a pesar de que en un tiempo la persiguió, especialmente a los comunistas.

El año 1968, alguna vez lo dijo Marcelino Perelló, ha muerto también o mejor dicho sustituido. Carentes de ideología, unos y otros, los jóvenes salen a la calle más con actitud de vándalos que de revolucionarios con un proyecto en las manos. La protesta social no va a ningún sitio. Si la destrucción de amplias zonas de la ciudad de México equivale al asalto de los soviéticos al Palacio de Invierno del zar en 1917, estamos perdidos. Más que añorar el 68, debemos pensar en un nuevo proyecto de lucha y de organizaciones políticas que sustituyan a las muy fatigadas que nos gobiernan.

La estabilidad económica y política, un verdadero lujo en América Latina, se dio en México a pesar de muchos problemas. Sólo que a cambio de ellas, fueron por muchos años eliminadas las minorías políticas. En ocasiones la izquierda, frecuentemente representada por el Partido Comunista Mexicano (fundado en 1919), actuó aquí y allá, tratando de combatir a un sistema cada vez más rígido y autoritario, de estimular al sindicalismo independiente, de desenajenar a la clase trabajadora, pero siempre careció de arraigo y sus integrantes no fueron capaces de convencerla, víctimas de sus rencillas personales y del manejo arbitrario que hizo en una época difícil (los años de ascenso del fascismo y luego de guerra fría) el PC no tuvo peso dentro de campesinos y obreros y apenas fue una influencia frágil entre los intelectuales, creadores y estudiantes universitarios que por allí pasaban para prestigiarse y enseguida dejarse cooptar. La historia se ha repetido. De los héroes del 68 poco queda, meros mitos, un alto porcentaje fue asimilado por el Estado, sea en el gobierno priista, sea en los gobiernos perredistas y hasta panistas. El príncipe, contra lo que pregonó Octavio Paz, tiene demasiado poder sobre los poetas.

No es posible vivir de la añoranza del 68. No fue la Comuna de París, tampoco el Ensayo General de 1905. Fue un punto destacado en la vida y luchas entre lo caduco y lo nuevo. De alguna manera es posible considerarlo un parteaguas, pero el antes y el después no sirvieron más que para lamer heridas y alimentar resentimientos. Sin la utopía marxista, sin un basamento ideológico novedoso y acorde a los nuevos tiempos y desafíos, el 68 es un mero pretexto para que un puñado de ancianos saquen sus viejas ropas revolucionarias, desempolven las pelucas rojas y vuelvan a escribir consignas antiguas que nada dicen y se coloquen en una nueva clase de indignados por razones ciertas, desde luego, pero desamparadas del rigor político que debemos darle como soporte.

Sin embargo, uno, hablo de los que participamos en las marchas del 68, cierra los ojos y recuerda emocionado que la gente arrojaba papel picado a nuestro paso y nos lanzaban consignas de victoria y que campesinos y obreros comenzaban a acercarse al movimiento que unos miles de estudiantes habían sido capaces de forjar, pero que jamás contaron con una respuesta tan brutal como la que les dio Gustavo Díaz Ordaz al frente de un sistema autoritario, draconiano.

Vale añadir que los culpables nunca fueron enjuiciados. Los días subsecuentes a la masacre la inmensa mayoría de la población concentró su atención en los Juegos Olímpicos. Fue la literatura y alguna forma de periodismo quienes contribuyeron al juicio de la historia. En novelas, poemas y crónicas supimos de la realidad feroz de la represión. La lista es larga y en algunos casos afamada, pero nunca se escribió la obra maestra sobre el tema, tal como más de un novelista notable del siglo XX fue capaz de legarnos novelas sobresalientes: Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela y Rafael F. Muñoz, por citar solamente a tres escritores memorables.

Por unos meses, en 1968, los jóvenes del mundo soñaron con una utopía. Eso es mucho, sobre todo si en lugar de lamentar la derrota, nos proponemos recuperar el espíritu que nos animó hace 45 años y buscar grandes metamorfosis políticas y económicas.

No hay comentarios.: