Tantadel

diciembre 20, 2013

¿Dónde se perdió la dignidad legislativa?

A lo largo de nuestra trayectoria como nación independiente, la historia parlamentaria de México tuvo dos momentos estelares: los Congresos constituyentes de 1856-1857 y de 1916-1917. Congresos en los que coincidieron hombres de la más alta estofa intelectual y, más allá de cualquier posición ideológica o partidista, de una inquebrantable vocación al servicio de la patria, como Ignacio Ramírez, Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Ignacio L. Vallarta, Valentín Gómez Farías, Pedro Baranda, Santos Degollado, Francisco Zarco y Ponciano Arriaga, en el primer caso, o como Francisco J. Múgica, Juan de Dios Bohórquez, José Natividad Macías, Pastor Rouaix, Hilario Medina y Paulino Machorro, en el segundo.

Sin embargo, casi 160 años después, mientras en países como Inglaterra, Francia y España los debates parlamentarios se caracterizan por la seriedad, compromiso y profundidad de análisis con los que sus integrantes participan, al grado de constituir documentos especializados y ser referentes de cita obligada, en México la realidad es totalmente distinta. No importa de qué partido procedan, para el caso es igual. El verdadero debate parlamentario, la auténtica discusión a partir de la confrontación de posiciones ideológicas, sustentada en la argumentación y contra-argumentación discursivas han sido suplantados por la implementación de todo tipo de estrategias mediáticas, por la celebración de descaradas concertaciones y acuerdos previos al interior de las cúpulas partidistas y, evidentemente, por los votos de consigna. Los intereses políticos y de partido en pleno se han impuesto a tal grado que de nada sirven las intervenciones en tribuna de los representantes de otros partidos si su línea apunta hacia otra dirección.

En ese sentido, uno de los más conspicuos, recientes y patéticos ejemplos lo tenemos justo ahora en el famoso debate de la reforma energética, debate sólo de nombre, porque en realidad se trató más bien de un atroz espectáculo. Sí, porque tal y como nos tienen acostumbrados desde hace décadas, buen número de legisladores del PRD se amotinaron en el interior del Salón de Plenos de la H. Cámara de Diputados, en la que tomaron la tribuna para desplegar una enorme manta en contra de la citada reforma. Una vez atrincherados, buscaron impedir que se llevara a cabo la discusión de la misma, para lo cual impidieron el acceso al recinto, amontonando sillas en las puertas de entrada y colocando candados finalmente en las puertas. Mientras tanto, en un salón contiguo los diputados del PRI, PAN, PVEM y Panal procedían a someter a votación la minuta de la reforma energética a pesar de la viva tensión que se sentía. Allí, de nueva cuenta, las formas parlamentarias fueron letra muerta, pero la función, que duraría más de 20 eternas horas, apenas comenzaba. Los jaloneos y golpes aparecieron, no sólo entre diputados de distintos partidos sino también entre diputadas, como sucedió con Karen Quiroga del PRD y Landy Berzunza del PRI, a quien la primera propinó un puñetazo en el ojo izquierdo que rasgó su retina.

Concluida la votación en lo general, PRI, PAN, PVEM y Panal acordaron no pasar a tribuna y menos debatir en lo particular. El PRD, PT y Movimiento Ciudadano, por su parte, subieron estérilmente a ella para proponer modificaciones al texto: todas fueron desechadas por los diputados que antes habían otorgado su voto aprobatorio a la reforma. No obstante, la parafernalia no había concluido, faltaba la aparición en escena del diputado perredista por Michoacán, Antonio García Conejo, quien como acto de protesta se quitó la ropa ante los legisladores. Noticia que de inmediato se volvió trend topic en las redes sociales y que dio vuelta al mundo: “Congresista mexicano se desnuda ante el Pleno en ‘histórica votación’”.

Me pregunto ¿cómo es que hemos permitido que el nivel de nuestros legisladores sea cada día más deplorable? Y no precisamente porque ahora haya iniciado una nueva moda, la del striptease legislativo o porque sea práctica entre los legisladores, cada vez más recurrente, la de lanzarse amenazas e injurias, sino porque todo está mal. ¿Para esto quieren el fuero? Independientemente de la carencia de argumentos y de la falta de análisis, es evidente que en un país que se precia por respetar el Estado de Derecho, su sociedad no puede respetar a su vez a los diputados y senadores que permiten y, sobre todo, promueven la violentación de los procesos y procedimientos legislativos, como sería el caso de haber obviado la discusión en comisiones previamente.  ¿Por qué o para qué precipitar los tiempos? Si la reforma energética es tan necesaria para el país ¿por qué propiciar el famoso sospechosismo? ¿Era tanto el temor que se tenía en las cúpulas partidistas y del poder de que abortaría de lo contrario su aprobación?

Es una pena que actualmente nuestros legisladores nos brinden degradantes exhibiciones y que sólo quede como una mera referencia perdida, entre las páginas de nuestra historia, esta reflexión de otro diputado por Michoacán, esta vez Jesús Romero Flores, constituyente de 1916, sobre sus colegas: “No había un solo tema que podía debatirse en el que no hubiere una persona capaz de dar su opinión con plena conciencia profesional y con absoluta honradez”. No cabe duda que hoy vivimos otros tiempos. Mientras tanto, el Ejecutivo recupera las relaciones entrañables con Turquía.

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