Tantadel

diciembre 09, 2013

Libros impresos y libros virtuales

Durante los días que varios profesores y escritores de la UAM estuvimos en la FIL de Guadalajara, no dejé de escuchar una discusión que resulta extremosa: si el libro virtual o electrónico eliminará para siempre al impreso. Hace años que hablamos del tema. Pienso que coexistirán largo tiempo. Luego entraremos en el campo de la ciencia ficción. Cuando Juan José Arreola era mi maestro de literatura (sin duda el único que he tenido dentro de límites de cierta formalidad), una vez me dijo: Llegará el día en que nos pongamos una especie de diadema o casco y con eso podremos no dictar el cuento, sino pensarlo y la máquina lo escribirá.

   En la FIL escuché el mismo debate en varias de las mesas en las que participé y en otras donde yo era parte del público. Aunque la mayoría vaticinaba un oscuro futuro para el libro tangible, todas las personas que recorrían stands y salas de conferencias y presentaciones buscaban libros impresos y se regodeaban ante la belleza de algunos. El libro es la mejor herramienta para transmitir la cultura, al menos hasta ahora. Gutenberg lo hizo realidad masiva, pero antes cuidadosos y tenaces monjes los hacían a mano, uno por uno. La pintura no nació con herramientas modernas, apareció como parte de la vocación artística de la humanidad, en los muros de cavernas hace miles y miles de años.

   En la presentación de un poemario de Miguel Ángel Flores, profesor de la UAM-A, obra que fue editada por Bernardo Ruiz, director de Publicaciones de dicha casa de estudios, reapareció el tema. Flores le auguró larga vida al libro impreso. Lo que pude ver fueron caras titubeantes de un público integrado básicamente por jóvenes preparatorianos.

   En los recorridos que Bernardo Ruiz y yo hicimos por los infinitos pasillos de la FIL, notamos que el área destinada a los libros virtuales brillaba por dos razones: la belleza de sus instalaciones y la ausencia de personas. Por allí alguien se detenía y hacía una pregunta y enseguida se dirigía a ver libros, tocarlos, hojearlos. Mi problema es personal: tengo tres libros electrónicos (e-books), uno en España, El Evangelio según René Avilés Fabila) y dos en México: Réquiem por un suicida y La canción de Odette, ambos en  Editorial Ink, una empresa que ha optado por nacer dentro de internet, con Diego Echeverría y Ana Lilia Cepeda al frente de un joven equipo de gente audaz. El punto final de nuestras exposiciones en esa feria era presentar un libro intangible. En una hermosa sala, toda de blanco, fueron gradualmente reuniéndose las personas curiosas, primero los jóvenes, luego los adultos. Pronto la sala se vio concurrida y comenzamos a platicar de un libro que hay que descargar. ¿Cómo lo firmaré?, pregunté. Diego Echeverría mostró en una pantalla una dedicatoria mía, dirigida a nadie, con mi firma y mi voz. Bueno, pensé, no hay forma de personalizar la obra electrónica. Sin embargo, con sentido del humor, Diego mismo le entregó al público una tarjeta con el título del libro, las instrucciones para descargarlo, la portada y una leyenda publicitaria: “Gracias por sumergirte con nosotros en el mundo de la lectura digital.”

    Los muchachos y sólo dos personas mayores hicieron fila para que yo estampara mi firma en ellas. Por lo pronto, Diego Echeverría halló la fórmula para mezclar lo antiguo con lo moderno, el pasado y el futuro. Algunos preguntaron más a los editores y yo salí desconcertado conversando con Bernardo Ruiz, quien es experto en libros digitales y quien comparte mis inquietudes: ¿Cómo demonios le vamos a entregar a una novia, admiradora o familiar, el libro más reciente? ¿Le damos el link y ella o él lo baja y se queda sin las palabras cordiales o apasionadas en la primera página? Por lo menos la parte romántica del libro impreso se ha perdido. Poseo una biblioteca de alrededor de 30 mil volúmenes, ¿a qué museo se los legaré? ¿O los digitalizo y los pongo en un disco y ya?

   He quedado atrapado por dos mundos, pero a juzgar por lo que noté (es mi primera experiencia en tal sentido) a los mismos muchachos, tan sensibles a las nuevas tecnologías, les perturbaba la nueva realidad: la del libro digital. En el catálogo de Editorial Ink, aparecen, como es natural, los títulos que les permiten despegar y una frase más que me gustó: “Reinventando el arte de leer”, porque me imaginé leyendo en el desierto o en el Polo Norte miles de libros en una sola tableta.

   Bernardo Ruiz y yo nos despedimos de los editores y caminamos a la presentación de un libro tangible, el que compramos al salir. A las tres de la tarde, le dije a mi querido amigo: Habrá que comer y beber, pero ¿a dónde vamos: a un restaurante convencional o a uno donde los alimentos y el vino sean virtuales? Bernardo sonrió y respondió: Por ahora seamos conservadores, tradicionales, y vayamos a buscar un sitio donde haya carne y tequila. Detesto las bebidas digitales y me gusta la comida tangible. Cierto, debe ser horrible una borrachera digital, ni siquiera provoca resaca.

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