Tantadel

diciembre 02, 2013

Los asombrosos sueldos de los políticos


Sé cuánto gana un maestro normalista y cuánto los profesores universitarios; tengo una idea de lo que perciben los periodistas honestos. Pero uno de los grandes enigmas para mí es lo que obtiene anualmente un político. Obvio: según el sapo es la pedrada; sin embargo, sus ingresos son exagerados y las posibilidades de hacer negocios al amparo del poder ilimitadas; sus resultados laborales son inútiles a la sociedad. La corrupción caracteriza a la política, la ha generalizado a niveles escandalosos y todavía algunos se quejan de bajos sueldos.
Sabemos que al nivel más alto, presidentes, secretarios de Estado, gobernadores, etcétera, las cifras que perciben son poco comunes. México es generoso con quienes lo saquean. Pero es risible que entre ellos intercambien acusaciones. Ricardo Monreal, más de corte empresarial por la vestimenta y la elegante comitiva que lo protege, acaba de criticar los “jugosos aguinaldos” que algunos funcionarios, entre ellos Agustín Carstens, perciben. Pide dos cosas: que el gobernador del Banco de México rechace la gratificación anual y que la Junta de Coordinación Política de los diputados estudie si los aguinaldos son justos o no.
Además, los legisladores tienen comisiones y gastos de representación. Las casas de directores generales, diputados o senadores, de cualquier partido, son mansiones ubicadas en zonas de lujo. A ninguno se le descubre en fondas o modestas taquerías, sino en costosos restaurantes; se mueven con escoltas en lujosas camionetas y vuelan en primera clase. Un diario precisa que los diputados tienen derecho a un aguinaldo de unos 160 mil pesos y que los senadores se embolsan como 240 mil pesos por el mismo concepto. Un profesor emérito, que jamás ha dañado a la nación y sí la ha prestigiado, no llega ni a la mitad.
Nadie ignora los salarios a perpetuidad que obtienen los ex presidentes, incluso aquellos que expresamente han renunciado a tal derecho. Las prestaciones para mantener a sus equipos de trabajo son inmodestas. Para colmo, tenemos excesos de legisladores: los plurinominales salen sobrando y serían un ahorro para el Estado. Una revisión semejante a la que desea Monreal en los bueyes de sus compadres nos arrojaría datos aterradores. Con ajustes razonables, no tendrían que cargarnos la mano a los ciudadanos cautivos que pagamos impuestos, recargos, multas, regaños, trámites a granel y ofensas de una secretaría insoportable: Hacienda.
¿Cuánto, en realidad, gana un presidente de la República, Peña Nieto, para precisar? ¿Cuánto, alguien que no trabaja en la administración pública, pero que para manejar masas ciudadanas utiliza millones de pesos, incluidos los dineros que él y su familia utilizan, como López Obrador? Son secretos de Estado celosamente guardados. Desde luego, en el caso del primero existen cifras oficiales. Ahora, ¿a cuánto ascienden los gastos de representación de él y de su numerosa familia? ¿Y López Obrador, de dónde obtiene las grandes cifras que le permiten acarrear a miles de mexicanos al Zócalo, donde, como dicen los amantes del lugar común, muestra músculo cada quince días?
Los políticos deberían revisar sus cuentas bancarias y el valor de sus propiedades antes de tocar el tema. Todos, en tal sentido, tienen una larga cola de oro que esconder, y no hablemos de salarios ofensivos, investiguemos la corrupción política, los negocios hechos al amparo del poder. Empresas millonarias que aparecen de la nada. El tema en México es inagotable y comprobable. Político es sinónimo de rico. Hace poco, en una conferencia, hablé de un viejo político, ya fallecido: fue diputado, gobernador, embajador y senador y murió en la modestia. No heredó gran fortuna a sus hijos, salvo una casona donde por décadas vivió. Lo puse como ejemplo de ética republicana. Un joven bien vestido me dijo sin ambages: “Ese político fue un pendejo”.
Así es la patria.

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