Tantadel

diciembre 02, 2013

Mario Vargas Llosa y Enrique Peña Nieto

Hace un año, una periodista zacatecana me entrevistó sobre mis gustos literarios. Cuando escuchó los nombres de Borges y Vargas Llosa se sorprendió: Maestro, son dos escritores de derecha. Respondí que los leía por sus obras notables y que no acostumbraba votar por ellos para algún cargo político. Más adelante, la UAM invitó al peruano-español a dictar una conferencia magistral y me correspondió entrevistarlo para nuestra sección televisiva. La primera pregunta fue política, pensando en sus artículos, en más de uno de sus libros,  porque escribe artículos y ensayos sobre el tema y porque llegó a ser candidato presidencial de su natal Perú. Me dijo de inmediato: no sólo de política escribo. Lo sé, repuse, también de amor.

Su frase, pronunciada en 1990, ante el malestar de Octavio Paz en donde demolía al sistema político nacional: México es la dictadura perfecta, se hizo célebre y no conozco comunicador que no la haya utilizado. La dictadura se acabó en 2000, demolida por un modesto ranchero, de escasas lecturas y gran audacia que a la largo de su administración se diluyó. El PRI que regresa en 2012 no ha cambiado, lo que ocurrió fue que la sociedad y los medios de comunicación han sufrido una honda transformación. Hay algo peor: México sigue siendo la dictadura perfecta, sólo que no reina más un partido único, sino una partidocracia. La sociedad sigue abrumada. La pugna es ahora más abierta y comienza a ser enconada entre políticos y ciudadanos. Los diferentes partidos tienen la capacidad de no dividirse en lo fundamental: en la pérdida de facultades y dirección, en el sometimiento de la nación. Lentamente el país se percata de su nueva situación. La dictadura perfecta se mantiene, sólo se ha disfrazado de democracia.

Luego de la matanza de 1968, en Tlatelolco y en la persecución que se acentuó en esos aciagos meses, escribí en París una novela. El gran solitario de Palacio. No traté jamás de llevar una crónica o reportaje de la masacre, lo mío es un libro donde apoyado en la mezcla de datos reales con la ficción, recreé un amplio mural del sistema político mexicano. Como indicaron sus primeros críticos literarios: el personaje central era un hombre inmortal que cada seis años era sometido a una operación facial, se le concedía un proyecto político, variante del anterior en cada caso, había modificaciones en el gabinete, pero la clase política era la misma y la idea de mantener enajenado al pueblo, sometido, no ha cambiado a pesar de la existencia de varios partidos fuertes, PAN y PRI, y de los cambios que en apariencia se han llevado a cabo. Tal como lo vi en 1968, el país en 2013 sigue siendo una dictadura. Mario Vargas Llosa se equivoca, el PRI la ha perfeccionado a extremos de bella orfebrería política. A simple vista,  no lo es, bien analizada sigue dominando a la sociedad, la sofoca con su peso. Escuchamos polemizar a los partidos, calificarse de distintas maneras, en el fondo, una clase nos domina. No es una clase social en el sentido tradicional, es un numeroso grupo político, con apariencias distintas, pero todos son lobos.

Entonces, ¿qué sucede en México luego de las nuevas declaraciones de Vargas Llosa? Nada. Respondí en Orizaba el sábado por la noche a un cuestionamiento. Lo que ocurre es que hoy las afinidades ideológicas entre Peña Nieto, Vargas Llosa e infinidad de políticos más que a lo sumo piensan pintar la fachada del ruinoso capitalismo, coinciden. Ni siquiera Morena piensa en una transformación a fondo. Todos quieren un poco más de justicia social, menos lucha de clases, algo de igualdad, disminuir la pobreza a través de teletones y limosnas.

Que Vargas Llosa se retracte no significa que México sea ahora una democracia, pasó a partidocracia, lo que mejor oculta la dictadura. No nos manipula un partido, lo hacen varios y todos ellos ganan, mientras los ciudadanos perdemos. La dictadura mexicana es una lamentable parodia de la Hidra, serpiente de muchas cabezas y una sola idea. Dominar.

El personaje central de mi novela El gran solitario de Palacio (la que ahora volverá a publicar en edición conmemorativa la Universidad Popular Autónoma de Veracruz, UPAV) nunca tuvo un dictador, lo que tenía en sus páginas era la idea de dominar a toda la nación. Vargas Llosa acaba de rectificar: (La dictadura) “¡no era perfecta! ¡Era imperfecta, felizmente!”, ante un muy afortunado Enrique Peña Nieto, por ahora el conductor de la dictadura realmente perfecta, notable y única, en tanto los medios aplaudían y los mexicanos se rascaba dudosos la cabeza.

A los políticos hay que combatirlos; a los literatos que de pronto se disfrazan de teóricos de la política, hay que leer solamente su gran literatura. Si no lo hacemos de esta manera, la inmensa mayoría pararían en la Historia universal de la Infamia, suelen equivocarse. Pablo Neruda escribió loas a Stalin, hoy por ventura nos hemos quedado con su poesía amorosa, perfecta, delicada, memorable. La permanencia de un hombre en el poder no es un único indicio de tiranía, lo es más evidente la presencia de una idea depredadora, el capitalismo tan criticado por Marx y el Papa, que domina a los partidos y en suma al poder. Ése sí que es una dictadura eficaz por su delicado disfraz democrático.

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