Tantadel

enero 31, 2013

Miguel Ángel Mancera y René Avilés Fabila

Miguel Ángel Mancera y René Avilés Fabila

Miguel Ángel Mancera con periodistas del diario La Crónica.

René Avilés Fabila y Miguel Ángel Mancera con periodistas del diario La Crónica.

René Avilés Fabila, Guillermo Ortega y Miguel Ángel Mancera.

René Avilés Fabila, Guillermo Ortega y Miguel Ángel Mancera.

enero 30, 2013

Cuba y México, un viejo amor

Según los medios de comunicación nacionales, el encuentro en Chile entre Raúl Castro y Enrique Peña Nieto fue particularmente efusivo. El primero lo felicitó por el triunfo del PRI. A los viejos izquierdistas debe parecerles algo extraño, una suerte de aberración. La parte anticomunista del ex partido oficial saltó a la palestra con frecuencia y aplastó las manifestaciones juveniles de solidaridad con Cuba. Pero la historia tiene caprichos y nunca, a pesar de las presiones norteamericanas, las relaciones entre ambos países se rompieron en tiempos del absolutismo priista. Hubo un momento en que de todas las naciones latinoamericanas, menos México, aceptaron obedecer la disposición de la Casa Blanca de romper relaciones con la Isla y tratar de ahogarla mediante un bloqueo que a la fecha es mantenido por Obama.
Al ser derrotado el PRI por el PAN de Vicente Fox, las relaciones diplomáticas mexicano-cubanas llegaron a su punto más bajo. Con Jorge Castañeda al frente de Relaciones Exteriores, el presidente Fox se comportó no sólo como un patán ajeno a la tolerancia de la alta diplomacia, sino que se mostró ante Fidel Castro como un empleado de Bush. A causa del contexto internacional y de que Cuba ya no representaba un “peligro” para las “democracias” americanas, el asunto pareció desvanecerse y en algún momento el embajador mexicano fue Ricardo Pascoe, antiguo militante trotsquista y poco más adelante vinculado al PAN, trató de limar asperezas.

Las relaciones con México bajaron de intensidad. A los cubanos les interesaba nuestro país por dos razones poderosas: una amistad sincera y fraterna siempre nos ha unido y el aeropuerto mexicano ha sido una puerta con el resto del continente. Eso explica que los cubanos se hayan resistido, aun en sus momentos de mayor radicalismo político, cuando la Unión Soviética existía y el mundo parecía marchar hacia el marxismo, a entrenar guerrilleros y a hacerle señalamientos a los gobiernos mexicanos del PRI, salvo cuando México puso un diplomático al servicio de la CIA: Humberto Carrillo Colón. En ese caso, Cuba estuvo a punto de romper con México y Díaz Ordaz. El PAN fue obvio. El “comes y te vas” pasó de momento lamentable a situación risible, como todo lo memorable que Fox llevó a cabo. Tampoco Felipe Calderón hizo algún esfuerzo por recuperar la amistad de los cubanos. En la memoria del gobierno cubano quedó siempre el recuerdo de una relación diplomática sin problemas insalvables con los priistas. De allí la cordialidad de Raúl Castro.

Los priistas tienen agudeza política, eso es verdad: cuando Carlos Salinas observó que los votos de los intelectuales fueron mayoritariamente para Cuauhtémoc Cárdenas, puso especial atención en procurarlos y mejorar sensiblemente la esfera cultural. Los recuperó. El poder obra milagros. Con Luis Echeverría la situación fue buena entre ambas naciones, en especial si observamos que en ese momento México apoyó a la izquierda chilena y rompió relaciones con el criminal Pinochet.

Muchos recordarán que Fidel Castro se entrevistó con López Portillo, quien lo trató respetuosamente y que el comandante cubano vino a la toma de posesión de Carlos Salinas. Ahora, el PRI de nuevo en el poder, ha dado pasos para rehacer las relaciones con Cuba. Al parecer, no es oficial, Peña Nieto invitó a Raúl Castro a visitarnos y como una excelente muestra de buena voluntad desea nombrar embajador en la isla a Lázaro Cárdenas, hijo de Cuauhtémoc, cuyo abuelo le dio a la naciente Revolución Cubana un sólido y osado apoyo, antes y después de la invasión cubano-estadunidense a Bahía de Cochinos.

Lo anterior, asimismo, es muestra de tolerancia política. El gabinete y en general el equipo de Peña Nieto viene del PRI, sí, pero también del PAN y de la llamada izquierda, allí está Rosario Robles y ahora quizás a un perredista representando a México en Cuba.

Cuba no es un peligro ideológico para México ni para otros países. Sin el bloque soviético se ha visto obligada, luego del asesinato del Che Guevara en Bolivia, a pensar más que en apoyar revoluciones abiertamente, en mantener a su revolución. No sólo ello, ha rehecho su postura ante nuevos gobiernos latinoamericanos donde gobiernan personas sensatas. Se puede ser anticomunista, pero no idiota. Cada nación tiene la facultad de darse el tipo de gobierno que desee. En España gobierna la derecha, en Francia una izquierda sui géneris, como la que conduce algunos puntos de México. China se deslava con rapidez y disminuye el rojo fuerte de su bandera, como ya perdió la hoz y el martillo. En Venezuela está un presidente que se considera de izquierda “bolivariana” y procubana. ¿Para qué buscarle muchos pies al gato? La globalización supo eliminar el radicalismo de izquierda. Poco o nada queda de un marxismo internacionalista. La economía de mercado se impuso y ha ido limando las aristas que se le oponían. México pareciera volver a la postura razonable de hace más de cincuenta años, cuando los guerrilleros encabezados por Castro, Cienfuegos y el Che Guevara entraron en La Habana y al poco tiempo se declararon, para escándalo del capitalismo y sus satélites, marxista-leninistas. Peña Nieto lo único que hizo fue recuperar un viejo amor, sin duda interesado, que sigue allí y no se ha extinguido. México intenta mostrarse avanzado y Cuba adecuarse al nuevo mundo globalizado

Opinión  2013-01-30 - La Crónica

enero 28, 2013

Dos franceses en América Latina

Descartando la invasión francesa a México, las relaciones de México con Francia han sido impecables en términos generales, pero lo mismo podemos decir que ha ocurrido con el resto del continente. La cultura y la diplomacia de esa gran nación la han llevado a ser admirada de Alaska a Chile y Argentina, sin importar el brutal dominio de su imperio colonial hoy desaparecido. Estados Unidos, que en efecto, como dice la frase hecha, tiene intereses, no amigos, ha sido su aliado en diversos momentos históricos: de la lucha independentista norteamericana a la Segunda Guerra Mundial. En una época, nuestro afrancesamiento fue, diría un poeta del siglo XIX, delicioso, particularmente en México y Buenos Aires. Hoy tengo muy presentes a dos franceses: Florence Cassez y Régis Debray, cuyos nombres por razones muy diferentes y en épocas distintas acapararon la atención de los medios de comunicación. Hoy podríamos verlos como vidas paralelas, más correctamente afines, pues ambos padecieron las cárceles de este continente, claro, por distintas razones.

Régis Debray nació en 1940 y se doctoró en la Escuela Normal Superior. Atento lector de Althusser, pronto se adhirió al marxismo. Bajo la influencia de la Revolución Cubana escribió uno de sus primeros libros: Revolución en la revolución. Llegó a tierras latinoamericanas bajo el peso del pensamiento y las valerosas acciones guerreras de Fidel Castro y Ernesto Guevara. Escribió diversos libros sobre la guerrilla. Quiso ser combatiente en la última intentona del Che en Bolivia, pero lo descartaron porque más que posibilidades de combatiente, lo veían como un valioso intelectual cuyas palabras tenían influencia en Europa, particularmente en Francia, un país avanzado.

Una vez acribillada la mayoría de los guerrilleros, Tania y el propio Guevara, Debray fue encarcelado en medio de un escándalo internacional para cumplir una condena de treinta años. Bajo esa misma presión y el cambio de gobierno, al fin fue liberado y de Bolivia partió a Chile, donde trató a Salvador Allende. Ya en Francia tuvo desacuerdos con Francois Miterrand y dejó el Partido Socialista para dedicarse a escribir ensayo y literatura exitosamente. En México, la editorial ERA publicó uno de sus más interesantes libros sobre América Latina y la vía armada: Ensayos sobre América Latina. Su trabajo escrito ha sido clave para comprender el porqué de la vigorosa búsqueda de la vía armada en aquellos años en los que en América Latina abundaban las tiranías bajo el amparo norteamericano. La historiografía europea sobre Latinoamérica se vio enriquecida con sus trabajos.
De muchas formas, Debray supo participar y ser uno de los cronistas de las guerrillas en América Latina. Sus libros, siempre polémicos, contribuyen a esclarecer esos confusos días que concluyen con el asesinato de Ernesto Guevara en un oscuro rincón boliviano. Tenía razón el Che: Régis Debray tendría otras funciones dentro de la  severa y atroz vida de los guerrilleros, ser uno de sus apologistas y defensores, hasta donde le fuera posible.
El otro caso es el de una mujer, asimismo francesa, Florence Cassez, que decidió venir al continente, a México, sin duda con afanes aventureros, a buscar emociones fuertes, lejos de la aburrida vida europea. Vaya que las encontró. De alguna manera dio no con un grupo de guerrilleros mexicanos, sino con una violenta banda dedicada al crimen. Los Zodiaco. Trabajó con ellos y hasta se enamoró de uno de sus dirigentes. Fue atrapada y el resto lo conocemos perfectamente. Una vez liberada, fue puesta en un avión en primera clase y recibida en París con honores de jefe de Estado. La ceremonia fue emotiva: la pareja presidencial la aguardaba y ha obtenido una intensa publicidad que la presenta como una víctima más de la justicia mexicana, siempre tan llena de huecos y pésimas interpretaciones, vinculada a la corrupción y supeditada a la política en turno. Bajo un presidente panista encarcelaron a Florence y bajo un  presidente priista la excarcelaron. La política siempre ha pesado más que el derecho. La señora tuvo un trato aceptable en una prisión mexicana, no estuvo sujeta como Debray a enormes presiones y torturas ni su vida corrió realmente peligro, como la de su paisano. Si militares bolivianos se atrevieron a asesinar al Che Guevara, aquí la Cassez no fue del todo maltratada, incluso considerando que militaba en las filas de maleantes de alta peligrosidad comprobada.

En París se le ve feliz, guapa, radiante, platica sonriente con un presidente socialista, es tratada como heroína y no tardarán en aparecer libros y filmes sobre ella. Ha pasado de integrante de una oscura banda de criminales mexicanos, a una glamorosa actriz que recorre palacios y costosos restaurantes parisinos. De criminal a heroína.

Régis Debray, por lo contrario, se distanció del socialismo francés, cuyas diferencias con cualquier forma de la derecha apenas existen. Su nombre ahora está más entre la academia y la historia, la literatura y acaso la política. Está visto que no todos los franceses que llegan a América latina, vienen por las mismas razones ni tienen semejantes resultados. No son vidas paralelas. Son opuestas. Hay un libro notable, De la cárcel al poder, donde su autor, Emil Lengyel, escribe sobre personajes que padecieron prisiones y salieron para conquistar el poder. Él cita a Ben Bella y a Sukarno. Yo podría incorporar a Mandela. Debray ganó una plaza intelectual y Florence se hizo reina de un país “socialista”.

Opinión  2013-01-28 - La Crónica

enero 27, 2013

Carlos Pellicer, siempre poeta

Decir que fui amigo de Carlos Pellicer no es una pedantería sino una inexactitud.

Lo traté un poco entre mis 18 y 22 años. Visité su casa de Las Lomas para admirar sus nacimientos y escucharlo hablar de poesía, música y de la admiración que le producían Simón Bolívar y José Clemente Orozco (“Si me ponen un cuchillo en el pecho y me preguntan quién es mejor pintor, Orozco o Diego, a pesar de mi cariño y amistad por el segundo, yo diría Orozco”). Asimismo hablaba con vehemencia de la pasión de José Vasconcelos por México y la educación. Imposible olvidar que Pellicer fue su secretario privado. Lo conocí en reuniones poéticas donde era la figura central. Amigo de mi abuelo paterno, el educador Gildardo F. Avilés, y maestro de literatura de mi tío Sergio Avilés en la Secundaria 4, tenía algún afecto por mí, supongo, porque alguna vez formé parte de una pequeña caravana de incipientes escritores, que pasó unos días en su casa de Tepoztlán. Fue donde deslumbrado lo escuché improvisar poesía. Al día siguiente, lo acompañé a caminar por el bosque. Alabó la belleza de varios árboles añosos que a mí sólo me parecían enormes vegetales, torcidos por añadidura. Al atardecer, narró cómo escribió su soberbio poema Discurso por las flores. Hay un recuerdo que me quedó más fielmente grabado que otros. En su casa, platicaba del paisajista Velasco, decía que él había investigado algunas de las zonas que el pintor plasmara en diversas telas. No existen, es más la imaginación que copia de la realidad. Vio un México maravilloso, ideal, el suyo, con sus ojos de artista, concluyó. Una mujer afectuosa sirvió café y galletas, y Pellicer siguió hablando ahora de poesía. Yo observaba una pequeña cazuela de barro con pequeñas piezas prehispánicas, imagino que descubrimientos propios en sus andanzas. Pellicer lo notó y sin dejar de conversar, tomó la vasija y me dijo, téngalas, René, ahora son suyas. No supe qué decir, di las gracias y yo, que jamás mostré interés alguno en los restos de la grandeza prehispánica, las conservé toda la vida, ahora están en una sala junto a obras que prueban la creatividad del mundo anterior a la llegada europea a estas tierras. Quizá por ello, nunca he olvidado una frase lapidaria que Pellicer escribió: “Los españoles no trajeron la cultura, trajeron su cultura”.

Dionicio Morales sí lo trató, en una época fue su secretario. Entre sus papeles tuvo varios poemas manuscritos, los donó al Museo del Escritor. Allí está también una fotografía que le pedí a Pellicer me la firmara. Alguna mañana de 1974, en el Paseo de la Reforma, caminaba con Arturo Azuela. De pronto mi amigo me señaló a un hombre de avanzada edad, vigoroso aún, que hacía la seña de parada a un autobús. Como siempre, el conductor se detuvo donde le dio la gana, muchos metros más adelante. La persona que hizo la indicación, corrió y lo alcanzó abordándolo con ligereza. Era Carlos Pellicer. Alguna de las últimas veces que lo vi, le señalé el hecho. Me dijo: Ya sabe usted, estimado joven Avilés, la pobreza y el trabajo lo mantienen a uno saludable.

En 1961, José Agustín y yo conocimos a Juan José Arreola, lo visitamos para mostrarle nuestros trabajos iniciales y él decidió formar un taller literario con nosotros y el resto de nuestra generación mal llamada de la “Onda”. Durante largo tiempo, solíamos reunirnos en su casa los miércoles. Sin temor a exageraciones, puedo afirmar que no pasaba una semana sin que Arreola citara un poema de Pellicer. Lo repetía con facilidad, sin equivocar una línea. De tal manera, de una u otra forma, seguí vinculado al color y la exuberancia de la poesía magnífica de Pellicer. La amistad con Arreola se extendió. El día aciago de la muerte del poeta tabasqueño, en 1977, Arreola, abrumado, habló largamente de la muy hermosa poesía de aquel hombre asombroso que tanto bien le hizo a México al llenarlo de poesía.

Excelsior - 27/01/2013

enero 25, 2013

Los olvidados de las letras

Cuando uno entra en las librerías mexicanas, lo primero que siente es el peso de lo inmediato: novedades y más novedades. Esto no es grave salvo que esos libros  son en su mayoría best-sellers, obras escritas para ir directamente al mundo efímero. Los firman autores con algún renombre y sobre todo periodistas que saben novelar un reportaje y cuyos temas son siempre escandalosos, intentan manejar el nuevo periodismo y sólo obtiene hazañas con frecuencia despreciables. En nuestras letras, como en las francesas o las inglesas, no están todos los que son. La historia más superficial recoge unos cuantos nombres y los repite hasta la saciedad. Llegan a los políticos y ellos les dan la consagración. Pasan a la pléyade.
Hace unos días, un investigador que vive entre México y Estados Unidos me propuso la elaboración de dos libros desmitificadores: uno sobre Octavio Paz y otro sobre Carlos Monsiváis. Su idea es mostrar las dos caras de la luna, la positiva y la negativa. Ambos fueron caudillos en un país que busca cadenas. Crearon bien sus propias leyendas para ingresar a la historia. Octavio, ambicioso en exceso, tuvo un enorme talento poético y se impuso en el mundo. Carlos, más modesto (de ocurrencias y no de ideas como se lo dijo Paz), establece su dominio en México. Fuera era y es incomprensible

La idea, complicada desde varios ángulos me dejó pensativo. En esos momentos estaba concluyendo la lectura de uno de los Diarios de Alfonso Reyes, el que abarca el periodo 1936-1939, en la hermosa edición de Alberto Enríquez Perea. No es fácil dejarse seducir por los diarios, son más fatigosos que los libros de memorias. No tienen el encanto de las autobiografías. Sin embargo, el mundo de Reyes fue en extremo rico en matices. Basta ver los temas que trata, las actividades que lleva a cabo cotidianamente y los personajes con los que se escribe o habla. Figuras que modificaron los rostros de las ciencias y las artes, políticos que transitaron por las sendas de la tragedia y del éxito, venturosos conductores de ideas, en fin, un luminoso abanico que ya a nadie parece importarle salvo a los especialistas y al hermético mundo de la academia más selecta.

Una obra de tal naturaleza, publicada muchos años después de la muerte de Reyes, acaecida en 1959, requiere de explicaciones, apostillas y explicaciones de diversos secretos que le eran familiares al polígrafo. A través de estas aportaciones, podemos mejor apreciar el valor discreto de hombres y mujeres que en sus respectivos momentos sacudieron al país. Están, por ejemplo, en las anotaciones de don Alfonso, personas como Vicente Lombardo Toledano, Rubén Salazar Mallén, Luis Quintanilla y Aurora Reyes, junto a los olvidados por las modas y el esnobismo, aparecen nombres radiantes que siguen siendo citados por eruditos, pero que asimismo han sido marginados de la historia de nuestras letras e ideas.

Algunos de ellos afortunadamente fueron maestros míos en la UNAM, otros los conocí por azares de la vida en México, antes no tan confundida como hoy. Podemos apreciar esas figuras, distantes del talento de un Reyes, pero de su mano bondadosa. Por cierto, fue un caudillo cultural no muy tolerante con los juicios críticos y menos con obras menores. Cuando Paz se erigió en dueño de las letras: la patria había perdido brillo y de ese modo reinó el poeta en un país de sombras. No tuvo amigos, consiguió servidores y aduladores por docenas. Igual que Monsiváis, en una escala muy menor.

El autor de la obra, Alberto Enríquez Perea, en la última sección, escribe pequeñas reseñas de algunos de los olvidados. Una me impresionó: la referida a Rubén Salazar Mallén. Lo conocí bien, podría decir que fuimos buenos amigos. Allí está una cita que bien califica al hombre genial y violento, de excesos: “Hombre de izquierda como de derecha, comunista y fascista a tiempo y a destiempo, amigo de políticos como Miguel Alemán y de radicales como José Revueltas, periodista devastador y atento maestro de los jóvenes, Salazar Mallén vivió y agotó el siglo XX en casi todas sus aristas. Pero si las políticas y la seducción de la ideología fueron incendio de días o años, la literatura fue el fuego que nunca menguó ni ante las peores tormentas o el silencio del entorno, capitaneado entonces por el presidente de las letras: Octavio Paz, que nunca perdonó a Salazar Mallén haberlo acusado de oportunista…”

No sólo ello, lo señaló como plagiario y pudo demostrarlo: entre las víctimas estaba el mismísimo Salazar Mallén en dos puntos claves, Sor Juana y la búsqueda de la mexicanidad. Como tantos otros, padeció la rabia silenciosa que en México le decimos ninguneo. Emmanuel Carballo terció a favor de Rubén. La mejor defensa la hizo el propio inmolado y con tenacidad denunció y criticó al nuevo monarca de las letras que nunca tuvo reposo para unos minutos de generosidad. Rubén era un feroz peleador callejero; muerto, algún discípulo ha tratado de ponerlo de pie en un desmemoriado país y de novedades por añadidura. Recogió en un tomo editado por la UAM, los ensayos donde estaban las denuncias contra Octavio y sus propuestas y tesis sobre la mexicanidad. Es otro escritor maldito, José Luis Ontiveros.

Es tiempo de poner en orden la pésima historia de nuestras letras y combates intelectuales.

Opinión - La Crónica

enero 23, 2013

¿Dónde está Mario Benedetti?

Hace unos días hice un recuento de escritores latinoamericanos que me han dejado alguna huella imperecedera. Pensé largamente en aquellos que he leído, visto o conocido. Vino a mi memoria Mario Benedetti, cuya muerte me dolió profundamente. Son de esas muertes que afectan, porque te gustó su arte o los trataste un poco. Borges en primer lugar, Bioy Casares, Neruda, Rulfo, Arreola, Revueltas, Carpentier, Sábato, Haroldo Conti, Cortázar, una larga lista. A Benedetti lo conocí por La tregua (1960) y Montevideanos (1959). En 1964 Fernando Benítez me mandó entrevistarlo para México en la cultura, ya en la revista Siempre! Joven y poco experto, batallaba en dos frentes: uno, para convertirme en literato, y el otro para ser periodista. Fui a buscarlo al desaparecido Hotel del Prado. Lo que de él había leído en prosa narrativa me gustó y confirmó mi idea de ser novelista. No estaba. Decidí esperarlo. Poco después llegaba acompañado de Nicolás Guillén. No eran tiempos fáciles, la guerra fría estaba en su apogeo y la naciente Revolución Cubana (1959) nos había dividido a los latinoamericanos. Unos la apoyábamos con vehemencia, otros la rechazaban con aversión. Los intelectuales que apoyaban a Fidel Castro y los suyos estaban unidos y enfrentaban las críticas de tiranías militares y de personajes fieles a la postura norteamericana. México, con reservas y temores a las críticas de EU, era la sede del II Congreso Latinoamericano de Escritores, cuya evidente filiación era mayoritariamente de izquierda y, en más de un caso, izquierda comunista.

Me acerqué con timidez a Mario Benedetti y le dije que era enviado de Benítez. El uruguayo estaba inquieto, la reunión de intelectuales que celebraban en México, acosada por Gobernación y la CIA, quería sacar, entre otros acuerdos, uno solidario con Cuba. El presidente era Díaz Ordaz. Benedetti me dijo con sencillez, acaso tratando de no ser grosero: “Más adelante, deme un poco de tiempo”. Entendí que estaba siendo inoportuno. Regresé, pues, no con una entrevista, sino con la pequeña crónica de una entrevista fallida.

Con el tiempo seguí leyéndolo y admirándolo. Su fama de narrador y poeta aumentaba. Y mientras otros escritores como Vargas Llosa, Cabrera Infante y Severo Sarduy rompían con la Revolución Cubana, otros como Cortázar, Carpentier y García Márquez sostenían su admiración y apoyo. Benedetti se mantuvo siempre con aquellos que creyeron en ese movimiento cubano, acosado, mal comprendido, al que el tiempo le jugaría una broma pesada. El derrumbe del socialismo socialista fue mucho peor que la invasión de Playa Girón y el bloqueo que hasta hoy han mantenido los norteamericanos, incluido. Allí está Guantánamo, base norteamericana: antes sirvió para alimentar barcos de guerra, hoy para torturar “terroristas”.
Cuando yo dirigía el suplemento cultural El Búho, supe que Benedetti venía a México. Su prestigio estaba consolidado. Le solicitamos una entrevista y ahora sí la concedió con facilidad. Eran otros tiempos. Fue generoso y además habló tanto de temas políticos como literarios. El director del periódico consideró que era un documento extraordinario y lo mandó a primera plana. Ante mis insistencias, lo dividimos en dos: la parte literaria quedaría en El Búho, bellamente ilustrada por Oswaldo Sagástegui, que conservamos en el Museo del Escritor.

Quienes imaginan que no leemos poesía, habría que revisar las ventas de poetas como Mario Benedetti. Cuando estuvo en Bellas Artes para leer su poesía, como Jaime Sabines y Rubén Bonifaz Nuño, la sala principal se abarrotó y hubo necesidad de poner pantallas para que aquellos que no pudieron ingresar al Palacio disfrutaran la lectura del uruguayo.

Benedetti cultivó todos los géneros, fue un escritor realmente querido, aceptado por completo. Hombre de izquierda, lo respetaban por igual personas conservadoras. Su poesía y en general su lenguaje literario era el del amor, el de los recovecos del alma y no el que imagina servir a una causa normalmente efímera. Recibió multitud de reconocimientos y muestras de afecto y admiración, pero también fue largo tiempo un hombre de exilio, perseguido por tiranos, cuyo principal refugió fueron las letras.

Escribió unos ochenta libros, y todos fueron bien recibidos por los lectores y traducidos a más de veinte idiomas. Algunos de sus argumentos, como el de La tregua, fueron al cine y sus poemas a canciones de Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. La pasión por la literatura y su indeclinable postura de izquierda lo convirtieron en un hombre afamado y en auténtica leyenda. Obtuvo muchos premios destacados, pero como Borges (a quién él le criticó su posición política y al mismo tiempo elogió su literatura perfecta), no le dieron el Nobel. Dudo que América Latina haya tenido otro escritor más desinteresado y generoso que Mario Benedetti. Por ello tantos lectores, tanto amor, tanta admiración. Murió no muchos años después de su compañera de toda la vida, Luz López, a los 88 años de edad. Nos heredó una literatura luminosa, de asombrosa sencillez y de profundidad notable. Un ejemplo de dignidad política en el continente latinoamericano que batalla todavía por encontrar su identidad.

Ahora que inútilmente buscamos al intelectual comprometido, notamos algo fundamental: la falta de escritores que entregaron su alma al arte y con igual entereza a las causas revolucionarias, las que hoy, francamente, no existen y si algo de ellas queda, navegan a la deriva en el mar de la economía de mercado.

Opinión  2013-01-23 - La Crónica

enero 21, 2013

El Museo del Escritor, again

El pasado viernes leí el artículo del siempre agudo Rafael Cardona. En cuatro párrafos expuso un problema serio que me atañe. El Museo del Escritor idea de Eugenio Aguirre, pero quien decidió llevarla a cabo fui yo. Vi que con mis archivos, biblioteca y multitud de objetos, cuadros, documentos y cartas podía arrancar. Faltaba, desde luego, el local. A la idea se sumaron otros escritores, cito a unos cuantos: María Luisa Mendoza, Federico Ortiz Quesada, Bernardo Ruiz, Dionicio Morales, Jorge Ruiz Dueñas e Ignacio Trejo Fuentes. Lo registramos e hicimos los trámites ante notario público suponiendo que el proyecto era tan bueno que cualquier autoridad lo aceptaría. Lo imaginamos en el Centro Histórico, por obvias razones, como museo interactivo: talleres, cursos, presentaciones, publicaciones, un gran movimiento literario a su alrededor. Podría darle nueva vida a esa zona por donde transitaron las mayores figuras de nuestra cultura y que hoy está en manos de ambulantes y cirqueros.
El recorrido en busca de local duró los doce años que el PAN estuvo en el poder. La historia está puesta minuciosamente en un blog. Fuimos en pos de un comodato con el GDF. Imposible. Nos dijeron que para el PRD lo importante era hacerle un museo al entonces vivo Carlos Monsiváis. Con Ebrard no hubo respuesta a pesar de que hablamos con Alejandra Moreno Toscano, talentosa compañera mía de la UNAM. Finalmente, entre la corrupción perredista y su interés en el espectáculo comercial, buscamos el milagro con aquellos que de verdad están enojados con la cultura: los panistas. Vimos a Sergio Vela y antes de tener una respuesta, ya estaba en su lugar la inaudita Consuelo Sáizar. Formalmente le hicimos la petición. Bajo ciertas condiciones todo se le entregaría a Conaculta, incluida una biblioteca de unos 30 mil volúmenes, a cambio de un local. Fue arrogante y vulgar. Nos quejamos por escrito. Calderón la apoyó. En algún momento, las pasadas autoridades me dijeron, como si yo fuera mercader, que comprarían el Museo del Escritor y todo su acervo que no es despreciable, baste señalar que tiene más tres mil primeras ediciones autografiadas por sus autores, las más de primera línea como Rulfo, Allan Poe, Vargas Llosa, Fuentes, Arreola, Paz, Ginsberg, Saramago, Novo, Reyes, Torres Bodet, Garro, García Márquez, Mutis, Villaurrutia, Bonifaz Nuño, Chumacero, Montemayor, Alejo Carpentier... y una buena colección de grabados, fotos, dibujos y caricaturas de escritores, pero el Museo del Escritor no está ideado como negocio, sino como una institución al servicio sobre todo de los jóvenes que aman la literatura.

Cuando ya habíamos hablado con Carlos Slim y otros millonarios que presumen su altruismo y agotado a la burocracia, en una cansada y tenaz lucha, Demetrio Sodi, quien tuvo parentesco político conmigo, obtuvo la delegación Miguel Hidalgo. Con generosidad, nos prestó en comodato por cinco años un piso de un edificio del Parque Lira. El sitio es hermoso, pero muy pequeño, carece de estacionamiento, no hay indicaciones ni recursos para promoverlo. Lo aceptamos y pusimos allí una pequeña muestra del potencial de un museo así, único en el mundo e instalado si no en el Centro Histórico, al menos en una zona de museos. Había que dar una muestra de su potencial.

El PRD obtuvo en el DF lo que en lenguaje político se denomina carro completo. Hablamos con Miguel Ángel Mancera y fue sensible al proyecto que le entregamos por escrito en propia mano. Pensé que había interés porque lo que nunca me había sucedido, me ocurrió: recibí invitación para la presentación de su gabinete en el Auditorio Nacional. La Miguel Hidalgo quedó en manos de un tal Romo, más tenaz que inteligente. Pero entre los que nombró para manejar cultura quedó Emilio Cárdenas, antiguo conocido mío, compañero de la UNAM, y quien estuvo en la tumultuosa inauguración del Museo.

Inútilmente traté de hablar con Romo, así que desistí y fue Rosario Casco Montoya, directora del Museo, quien buscó a las autoridades culturales. Lo de siempre, el titular delegó en su segundo y éste, Emilio, habló con ella, quien explicó su potencial y recursos: tenemos en bodegas mucho material, en el Museo sólo exhibimos una parte. La respuesta fue positiva y nos dijo que tenían un viejo edificio que podría ser acondicionado (ya conocemos el lugar, Sodi asimismo nos lo ofreció). Pero el sitio está muy lejos de todo circuito cultural, en una zona deprimida. Para colmo, está en malas condiciones y la remodelación tardará poco más de dos años. ¿Tiene sentido aceptarla? No hay de por medio más que palabras que no sabemos si el delegado aceptará. Le veo vocación de corredor: corre en todas las maratones y hasta corre con Mancera. ¿Sabrá de cuestiones culturales? Lo dudo.

Ante el escaso interés, acaso rencor como precisa Cardona, contra una acción de un delegado panista (como si panistas y perredistas no hubieran votado juntos en docenas de sitios), habrá que analizar el comodato y buscar una solución amigable. Nada del Museo les pertenece, salvo el local. Entonces queda recoger los materiales, guardar la biblioteca y esperar a que personas con mayor sensibilidad gobiernen la ciudad.

Los tiempos no son los mejores para un proyecto semejante en el DF. Ante tanta insensibilidad, dejo de comprar libros y piezas para enriquecer el proyecto. Aparte del gasto, es una pérdida de tiempo.

Opinión  2013-01-21 - La Crónica

Tener un hijo invisible

Yo me eduqué con libros impresos, tengo una amplia biblioteca y un fervor natural por las palabras en papel.
Al admirable Rubén Bonifaz Nuño, por sus Obras completas

En un cuento mío, una pareja tiene un hijo invisible. La madre, triste, se limita a acariciarlo, mientras que el padre, rabioso, recorre la casa buscando la presencia de un fantasma erótico que haya aprovechado sus ausencias. Más adelante, escribí una novela, El amor intangible, donde los enamorados se conocen a través de internet, se escriben a diario, pero jamás llegan a verse físicamente. La pasión aparece como resultado de encuentros intelectuales y emociones culturales afines. Desciende de las novelas epistolares. Pues ahora resulta que acepté darle a una editorial española, Edición Electrónica Andaluza mi libro El Evangelio según René Avilés Fabila para ser transformado en e-book. Hace días me notificaron que ya está en línea, tengo derecho a un cierto número de descargas y me pagarán un porcentaje determinado. Los editores añaden que lo distribuye Amazon. Vale añadir que se trata de una segunda edición aumentada y corregida.
Bajé del ciberespacio mi e-book, pero ¿realmente qué demonios bajé? Lo veo en pantalla, está bonito, pero no puedo tocarlo ni ponerlo junto a mis demás libros. Es muy difícil hacer una copia de la obra virtual. En la UAM me preguntan cómo será la presentación. No respondo, pienso que podría ser citando a los amigos y familiares, quizás a mis alumnos y en el escenario ponemos una pantalla con la imagen del libro.

Dos o tres colegas hablamos de la obra y nos limitamos a darle al público el link de la empresa que lo maneja.
Como todavía no hay cabal experiencia en estos menesteres, algunos amigos en Facebook me han dicho que piensan comprarlo y si puedo firmarlo. ¿Y cómo se pone el autógrafo en un e-book? Supongo que no hay forma. Tendré que consultar a expertos en la materia. Por lo pronto, pienso obsesivamente en una imagen: una fiesta de XV años en casa de Marcelo Ebrard, él baila con la festejada, como tantas veces lo hizo a un lado del Ángel de la Independencia, pero ella no está en sus brazos. La música de fondo es un vals de Strauss y familiares y amigos aplauden a Ebrard que sigue las notas con una joven invisible. La probable pareja es borrosa a causa del hielo seco que enrarece el ambiente. Así estoy yo con mi nuevo libro.
Es obvio que se trata de un conflicto generacional. Los jóvenes escritores ven este tipo de tareas como algo normal. Pero yo me eduqué con libros impresos, tengo una amplia biblioteca y un fervor natural por las palabras en papel. Si quiero regalarle a una amiga entrañable un ejemplar de mi nueva obra, ¿qué le doy, un link? El resultado será gracioso, ella tendrá que pagar por la descarga. En todo caso, me pasará la cuenta. Por lo pronto puse la imagen del e-book en mi página web, me limitaré a ver qué sucede.
El Evangelio según René Avilés Fabila no está solo, es parte de una colección de autores mexicanos, donde están narradores como Ana Clavel. El mío es posible verlo en el siguiente y farragoso link: http://www.amazon.es/evangelio-seg%C3%BAn-Avil%C3%A9s-Fabila-ebook/dp/B00AA1XN9O/ref=sr_1_1?s =books&ie=UTF8&qid=1353697250&sr=1-1 y cuando aparece hay que hacer una serie de latosos trámites, incluido el pago, unos seis euros, para permitir la lectura en pantalla o en una tableta. La pregunta que me formulo es si este simple dato atraerá compradores o al menos curiosos. Lo dudo. Cuando le digo a un joven que ha aparecido mi primer e-book, me mira con respeto, mis contemporáneos maliciosos sonríen y yo siento que es un libro intangible e invisible. O que me robaron al bebé. Cuando Humberto Musacchio señaló, en relación al tema, que pese a mi avanzada edad, estaba yo al tanto de los avances tecnológicos en lugar de molestarme por el balconeo, pensé: tiene razón, ahora no sé qué hacer con mi e-book inicial. O quizá sí lo sepa: seguir editando mis libros en papel y cada tanto acariciarlos amorosamente.

Excelsior - 20/01/2013

enero 19, 2013

El PRI de siempre, el México de siempre

Un correo electrónico trajo hasta mi computadora el recuerdo del candidato presidencial José López Portillo recorriendo el país en burro, a caballo, en avión, en autobús, en automóvil y desde luego, en elefante. No tenía realmente opositor con fuerza política: el PAN había decidido no participar en un proceso donde el candidato del PRI lo derrotaría de manera aplastante. El Partido Comunista sin registro presentó la candidatura de Valentín Campa. Obviamente ganó López Portillo, mientras que el PC alcanzó un amplio número de votos que le permitió ser reconocido oficialmente. Para la izquierda real, entregada con profesionalismo y valores éticos, fue un buen momento. Al fin salía del clóset y obtenía una importante victoria para un partido perseguido, hostilizado y agredido, que tenía encima una campaña permanente de los medios de comunicación acusándolo de vivir del “oro y las directrices de Moscú” y un sinfín de sandeces.

Una vez que se consumó la obvia victoria de José López Portillo, se desató lo asimismo previsto: el culto a la personalidad. México tenía nuevo líder, un caudillo a seguir, sólo que ahora era intelectual, académico, un hombre de muchas lecturas y que además había escrito varios libros de prosa petulante y contenidos demagógicos. Además, en un país de indios y mestizos, hizo alarde de su hispanidad. Incluso, fue a buscar sus orígenes a un pueblo perdido en España. La rutina siguió su curso: todos lo hallaban repleto de cualidades y virtudes. Los nuevos funcionarios lo citaban y lo encontraban lleno de gracia como el Ave María.

El PRI ha vuelto y a pesar de los avances, del crecimiento de otras fuerzas políticas, de la relativa independencia que tienen los poderes Legislativo y Judicial, lejos de las pequeñas tormentas de la campaña presidencial, los nuevos funcionarios, todo lo hacen en nombre del señor presidente y, desde luego, siguiendo sus instrucciones. Pareciera que esa costumbre se había diluido un tanto, pero no, de nueva cuenta observamos que las acciones se hacen sólo por instrucciones del presidente de la República. Hemos regresado al Big Brother de Orwell o al Ogro Filantrópico de Paz, que nos observa con cuidado y está procurando nuestra felicidad como él la entiende. Posee, igual que los anteriores mandatarios priistas y el desaparecido Carlos Monsiváis, el don de la ubicuidad. Los discursos en tal sentido menudean y no hay declaración de los secretarios y subsecretarios que no citen al mandatario. Dicho en otros términos, el presidencialismo, el caudillismo disfrazado, que inteligentemente criticara Daniel Cosío Villegas, ha regresado, sólo que en versión light y con aparente pluralismo o cuotas de poder para antiguos perredistas y panistas que prestaron favores al candidato. Ahora hasta los partidos opositores mencionan al presidente con algo más que simpatía.

Está visto que no es suficiente tener nuevo presidente, es el sistema el que termina por imponer sus cansadas reglas. La novedad es que por ahora los altos funcionarios van y vienen respondiendo preguntas de los medios y atendiendo inquietudes. Ojalá se mantenga así. Siempre he pensado que toda actividad política requiere de ciertos protocolos, de una evidente formalidad e incluso de un ceremonial. Pero no en exceso. El sistema político mexicano es rígido, poco amigable. Recuerdo que cuando los primeros diputados provenientes de la izquierda aparecieron al influjo de los votos obtenidos por Cuauhtémoc Cárdenas, uno llamó mucho la atención de los medios por su muy desaliñado estilo de vestir y actuar desenfadadamente. Era un economista que estudió en Moscú: Pedro López Díaz, un hombre singular, marxista, autor de muchos libros y excelente amigo mío de la escuela y de andanzas comunistas. No era exhibicionismo, solía ser extravagante. Más adelante, los perredistas nos llenaron con su informalidad, Rosario Robles y su entonces protegido Salvador Martínez, alias El Pino, segunda de Cárdenas en el DF y delegado en Tlalpan, respectivamente, vestían con descuido y su lenguaje no era el más adecuado. Hoy las cosas han cambiado. Los legisladores de la oposición perredista, sobre todo los provenientes del PRI, visten con esmerado cuidado y a veces, como Ricardo Monreal, son ostentosos.

Durante un largo viaje a la Unión Soviética, el responsable de la delegación comunista de México, Enrique Semo, ex profesor mío de economía y compañero de luchas, me hizo notar en una función del ballet Bolshoi, que en el público había multitud de campesinos y obreros vestidos con decoro: traje y corbata los hombres, las mujeres de largo y con algunas modestas joyas. El mundo ha cambiado a causa del triunfo global del espectáculo popular y en ocasiones hasta los miembros de una orquesta sinfónica dejan de lado el smoking y visten con desenfado.

La primera vez que estuve en La Habana, en 1971, me invitaron a una recepción donde estaría Fidel Castro. A causa del calor y por suponer que en un país revolucionario se podría prescindir de las formalidades, fui con camisa y pantalón vaquero. Un funcionario cubano discretamente me dijo: Compañero, el marxismo no está reñido con la elegancia. Me sentí avergonzado, a pesar de que el líder cubano vestía su habitual uniforme verde olivo.

Lo básico es reacomodarnos al presidencialismo tradicional y al culto a la personalidad que volvió con el PRI. La elegancia ha retornado y los elogios al primer mandatario. Dos sexenios panistas no modificaron un ápice al sistema político mexicano. Sigue siendo enfadoso. ¿Cambiará algún día?
Opinión - La Crónica

enero 16, 2013

Las traiciones políticas, ¿existen?

Me parece que la tarea de etiquetar a enemigos o rivales es algo frecuente en todos los países del mundo. Pareciera que nos dividimos en héroes y traidores. Los matices no existen; tampoco las explicaciones. Hay héroes que nunca se propusieron serlo y villanos que siempre fueron consecuentes con sus ideas políticas: Stalin y Hitler, opuestos por completo. Acabo de leer un largo artículo donde, luego de relatar minuciosamente la vida personal de Rosario Robles en tanto activista marxista, se preguntan si es o no una traidora. Imagino que la respuesta podrá variar según quien la conteste: si es Peña Nieto afirmará que es una patriota, que lo fundamental para ella es eliminar la pobreza y que por su experiencia en este campo la contrató como secretaria de Estado. Pero si es René Bejarano quien responde, no será complicado saber la reacción. Su dramático cambio, ella lo justificó con simpleza: Peña Nieto fue el único que me apoyó cuando mis compañeros me hundían en el fango.


Traición es un término riesgoso y muy gastado. Si traición es dejar el PRD para ocupar un sitio primordial en el nuevo gobierno, al que sus críticos más tenaces consideran herencia de Carlos Salinas, ¿cómo podríamos llamarles a esos cientos de priistas que luego de obtener enormes beneficios y agotar las posibilidades de ascenso en el PRI se pasaron al PRD? Con tal lógica, Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Andrés Manuel López Obrador y Arturo Núñez, por citar un puñado, son traidores. Pero si matizamos adecuadamente, podemos absolverlos.

Los libros sobre la Revolución Mexicana están llenos de maniqueísmo y vituperios para los traidores: aquellos que perdieron o se cambiaron de bando en un momento poco adecuado. Por décadas hemos escuchado que Miguel Miramón era un traidor, como tal aparece en los recetarios de historia. Muchos investigadores serios, José Fuentes Mares entre ellos, lo ven como alguien que pensaba distinto de los liberales encabezados por Benito Juárez.

Supongo que la gente cambia, modifica sus opiniones y pasa de una postura política a otra no por razones mezquinas, sino exactamente porque se vieron a sí mismos como gente equivocada e intentaron modificar la situación. Para Hitler, el célebre mariscal Erwin Rommel fue un traidor, luego de que un grupo de militares intentara asesinarlo. Para las sucesivas generaciones quedó como salvador, un patriota que quiso salvar a Alemania de la caída total. En esos mismos años, el mariscal Petain, héroe de la Primera Guerra Mundial, cruzó la delgada línea que separa lo heroico de la traición. Francia lo recuerda más como el presidente de un país ocupado, como un colaboracionista, que como uno de los militares que triunfaron sobre los alemanes en 1918. Los laureles desaparecieron y le quedó la etiqueta de traidor, cuando era un hombre de sincero nacionalismo.

El desaparecido Partido Comunista en México fue una cuna para que jóvenes y osados políticos se formaran y ya con algún renombre de luchadores sociales se incorporaran a las filas del PRI, para “hacer la revolución desde adentro”, como precisaba una consigna humorística de la época. No recuerdo a ninguno de esos muchachos que con el correr del tiempo se hicieron altos funcionarios ricos fuera llamado traidor. En el peor de los casos, habían cambiado de trinchera.

En el México de hoy no existen ideologías, a lo sumo principios que apenas notamos. Los políticos se cambian de partido como si fueran equipos de futbol: van a donde mejor les pagan. Eso es algo humano y hasta justificable. Ahora, asimismo, están los que suponen que uno debe permanecer leal a una causa. Pero ¿y si las ideas sufren desgaste? Dudo que podamos decirle traidora a una persona que haya sido comunista y ahora trabaje con entusiasmo por el sistema capitalista.

Hace algunos años, Valentín Campa, a quien no se le puede decir que cambió de ideología, pidió a través de la revista Proceso que Diego Rivera fuera expulsado post mortem del Partido Comunista por haberlo traicionado (es posible que se haya referido a sus simpatías del muralista por León Trotsky, hace años que no pensaba en esa demencial historia). En el reportaje completo aparecía Diego, pistola en mano, diciendo que sí, que era un traidor, pero a su privilegiada clase social al irse al comunismo. Sin duda se trató de una broma del genial artista, pero deja claro que es fácil acusar o calumniar a alguien con la temible palabra traición. Si hubo mexicanos de completa pasión por el comunismo fueron Siqueiros y precisamente Diego.

Luego de escuchar en boca de mis colegas universitarios mil veces la palabra traición referida a Rosario Robles, el tema me produce total pereza. Por lo pronto no hay ninguna otra persona salida de la verdadera izquierda que disfrute de tan elevada cuota de poder real. Si todo es una “trampa” de Carlos Salinas, no me importa. Infinidad de profesores universitarios, me machacan: Peña Nieto es el títere de Televisa, y Televisa y Peña Nieto son movidos por Salinas. No lo creo, pero tampoco sirve de algo investigarlo. Me da lo mismo. No importa que me acusen de traidor o me consideren leal al marxismo al que ingresé en la juventud en un país de políticos cínicos y de intelectuales de escasos escrúpulos con tal de triunfar.

Opinión 2013-01-16 - La Crónica

enero 14, 2013

La balcanización del mundo

Hace un par de meses publiqué en estas páginas un artículo donde exponía mi simpatía por la independencia de Cataluña. Como pocas veces, fui apabullado por quienes no están de acuerdo y siguen pensando en aquello de una España grande y única. Entre los argumentos que daba estaban los muy conocidos casos de Escocia e Irlanda en Gran Bretaña. En España no sólo Cataluña busca ser independiente, también lo anhela el País Vasco, y si nos lo proponemos la lista puede ser mucho mayor. Históricamente fueron naciones distintas a las culturas que acabaron dominándolas. Los catalanes, por ejemplo, tienen bandera, himno, idioma y gastronomía propios. En México, durante los años iniciales de la Independencia hubo intentos de Yucatán por desgajarse. En un país enorme y de tendencias centralistas, no era mucha la atención que se le brindaba a las fronteras y puntos remotos. Tanto así que fue uno de los pretextos para que norteamericanos disfrazados de texanos buscaran la independencia y enseguida se sumaran a EU luego de una serie de combates y maniobras perversas de parte de la naciente potencia. No olvidemos que América Latina, de México a la Argentina y Chile, exceptuando a Brasil, fue una sola nación, una descomunal colonia española donde prevalecían los valores de la metrópoli. Al producirse la ruptura con la corona española, el continente prefirió, contra las ideas de Bolívar, fragmentarse en multitud de naciones.


Por balcanización entendemos la fragmentación de una zona o un país en entidades separadas. El término proviene de los Balcanes, donde a principios del siglo XX hubo movimientos que condujeron al punto de una ruptura y separación de diversas etnias que habían compartido el mismo territorio. En Yugoslavia sucedió algo semejante luego del derrumbe del socialismo. Los resultados fueron catastróficos. El problema es realmente complejo y supongo que lo mejor es analizar caso por caso, pues las razones de la balcanización varían.

En Estados Unidos se dio quizás el mayor intento de la historia mundial por hacer de uno dos países. Entre el sur y el norte hubo una guerra brutal llamada de secesión, cuyos resultados de sobra hemos visto en los filmes norteamericanos. Allí pelearon blancos contra blancos con el pretexto de las leyes antirracistas de Lincoln. Pero lo inaudito y sobre el tema es probable que comencemos a ver más datos, es que casi los mismos estados que formaron la Confederación ahora han solicitado formalmente su independencia: Texas, Florida, Luisiana, Georgia, Tennessee, Alabama, Carolina del Norte y Carolina del Sur. La demanda fue realizada en 2012, cuando Barack Obama triunfó y hace unos días apenas les contestaron que aquello es imposible, pues la Constitución establece que la unión del país debe ser perpetua.

En realidad pocos se toman en serio este suceso. La nota apareció en los medios, pero sin ser destacada. No obstante, hay que darle importancia, la Guerra de Secesión dejó una huella, especialmente en los derrotados, los estados sureños. Texas, por ejemplo, ha dejado de lado primero su herencia hispana, su linaje mexicano y en las escuelas suelen dar una interpretación muy peculiar y heroica de la guerra con México y las grandes pérdidas territoriales que sufrimos los perdedores; se ve a sí misma como una enorme y solitaria estrella en el firmamento de América del Norte. De hecho hay una suerte de nacionalismo texano, se nota en su literatura, en la cinematografía y en la vida cotidiana. A muchos norteamericanos les parece algo vulgar, de mal gusto. Recuerdo una conversación en la Universidad de Nueva York, donde un habitante de Manhattan ironizó a un arrogante texano, justo por ser un patán, tal como los vemos en los filmes de Hollywood.

Desde luego que la independencia para esos ocho estados es una buena broma. Washington jamás lo permitiría y volvería a darles una tunda a las regiones más conservadoras de Estados Unidos. Obama recibió la petición y la respondió. No estaría de más investigar el caso, tomando en cuenta los intereses más conservadores y la cantidad de armas que circulan en ese país todopoderoso y el uso criminal que les dan, tomar precauciones.

De cualquier manera, los tiempos actuales han permitido que muchas naciones, dominadas durante siglos, ahora puedan aspirar seriamente a la independencia. Por lo menos así lo ven catalanes, escoceses, vascos, irlandeses (que ahora mismo han tenido encuentros violentos por diferencias ancestrales) y, desde luego, en los estados norteamericanos que después de más de cien años vuelven a ver como una realidad la inquietud de ser independientes. Son bromas históricas. En plena globalización, cuando algunos sueñan, más estimulados por la ciencia-ficción, con un planeta unido y con una sola nacionalidad: la terrestre, aparecen algunos tercos que desean sus propios valores y sus propios ritos políticos, sociales y hasta religiosos.

Sin embargo, hay algo que podríamos considerar: que los millones y millones de mexicanos que habitan en California y Texas de pronto soliciten que les sean regresados los territorios que le despojaron a México en 1847 y que simultáneamente impidan el paso de armas. Si hay resistencia, habrá que invadirlos. Lo hizo Villa, ¿por qué no ahora que las fuerzas armadas son expertas en guerra contra el crimen organizado?

Opinión 2013-01-14 - La Crónica

enero 13, 2013

Hoy, la cultura en México

Los pasados 12 años políticamente fueron un desastre: ahora vemos con mayor claridad los resultados, yo he dado mis puntos de vista en multitud de artículos, conferencias y clases universitarias. Tenemos mayor información sobre las pésimas administraciones panistas. Allí está la trágica guerra al crimen organizado, acción irresponsable que dejó miles de muertos y un país tembloroso. No hay rubro donde los resultados sean aceptables. El PAN anticipó una severa lucha contra la corrupción y a cambio participó gozoso de ella: tras la hipócrita máscara conservadora, cada tanto aparece un nuevo escándalo. Con la apabullante derrota de Acción Nacional, algún comentarista dijo en pocas palabras lo que la mayoría de los mexicanos pensamos: se acabó la pesadilla.


Por ser un escritor largamente vinculado a los temas culturales, pude observar de cerca la pesadilla en tal materia. Primero fue Sari Bermúdez, luego Sergio Vela y al final Consuelo Sáizar. Ninguno de ellos tenía los méritos, la experiencia y la obra personal que deben caracterizar a las autoridades de Bellas Artes y Conaculta. Bermúdez pretendió darle a México algo que ya poseía: Biblioteca Nacional, un proyecto descomunal y exagerado en un país donde no existe un adecuado sistema bibliotecario, ni está computarizado y no hay personal especializado. El rector Juan Ramón de la Fuente tuvo que explicar, mediante un discurso notable, que sí la tenemos y está en manos de la UNAM. El último tramo fue particularmente ingrato, de abierta pobreza intelectual y asimismo lleno de despilfarros aparatosos en tareas que podían tener más sobriedad y eficacia. Por fortuna, es parte del pasado.

Ahora al frente de los principales cargos han designado a personas de amplia experiencia y prestigio. María Cristina García Cepeda en Bellas Artes, Rafael Tovar y de Teresa en el Conaculta y Saúl Juárez al frente de la Secretaría Cultural y Artística del propio consejo. Los tres tienen un largo trabajo cultural realizado. Están íntimamente vinculados al mundo intelectual que no es fácil orientar. Cristina García Cepeda, Maraki, condujo extraordinariamente el Auditorio Nacional; antes había ocupado con fortuna diversos cargos dentro del INBA. Qué puedo decir de Saúl Juárez, a quien conozco desde que empezó su doble tarea: la del escritor y la del funcionario cultural. Viene de realizar un excelente trabajo en Puebla. Rafael es asimismo un funcionario altamente especializado en temas culturales, cuyo paso por la diplomacia enriqueció su formación. Es de esperar que el país recupere el brillo en materia cultural.

Es buen momento para que la tradición de un Estado promotor de alta cultura, algo que no empezó con Vasconcelos sino que es una vocación natural, contribuya a la reconstrucción de México, país que tiene grandes artistas y una compleja estructura administrativa. No más obras ampulosas sino un desarrollo armónico y sensato, considerando las necesidades de un país que, pese a momentos difíciles, posee artistas e intelectuales que no han dejado de producir tareas importantes. De esta manera, la cultura contribuirá a reconstruir el tejido social y dignificar la política.

Justamente tal aspecto requiere un gran apoyo. La alta cultura ha cedido mucho terreno ante el espectáculo. Si en el DF es la prioridad, Bellas Artes y el Conaculta tienen otras funciones: orientar y fomentar las más elevadas expresiones culturales. En eso trabajan los ministerios de cultura en España y Francia. Quizá haya llegado el momento de pensar seriamente en elevar a rango de secretaría al CNCA. Pero eso es parte de otra discusión. Lo importante es saber que el país, en materia cultural, ha recobrado la cordura. Ante los malos tiempos, precisa Vargas Llosa en un libro reciente, no hay más alternativa que la de enfrentarlos con las mejores expresiones culturales.

Excelsior - 2013-01-13

enero 11, 2013

El último caudillo mexicano

En una de las mejores novelas de la Revolución, ¡Vámonos con Pancho Villa! de Rafael F. Muñoz, hay un personaje soberbio: Tiburcio Maya, un viejo bravo, revolucionario de cepa. La fuerza que posee radica en su devoción por el general Villa, un caudillo derrotado que se bate en retirada, huyendo de carrancistas y tropas norteamericanas. Tiburcio es ambivalente: odia y ama a Villa, quien mató a su familia para obligarlo a seguir en la lucha: “Rápidamente, como un azote, desenfundó la pistola y de dos disparos dejó tendidas, inmóviles y ensangrentadas, a la mujer y a la hija.


Ahora ya no tienes a nadie, no necesitas rancho ni bueyes. Agarra tu carabina y vámonos…”. Tiburcio, con los ojos enrojecidos, se suma a las mermadas tropas de Villa. “Y echó a andar por la tierra de su parcela que los caballos habían removido, hacia el norte, hacia la guerra, hacia su destino, con el pecho saliente, los hombros echados hacia atrás y la cabeza levantada al viento, dispuesto a dar la vida por Francisco Villa…”

Tiburcio Maya cae en manos enemigas. Lo torturan y le ofrecen dinero por delatar a Villa. No confiesa, es un hombre valiente, prefiere morir. Es posible que estos párrafos de la novela sean la mejor prueba de las pasiones que levanta un caudillo mexicano. Podía haber salvado su vida y obtener una recompensa por delatar a su jefe. Opta por el rabioso silencio y ni siquiera el deseo de vengar a su esposa e hija lo tienta a la delación.

Parece que el caudillismo a la mexicana ha sido un mal necesario. Cuando estaba por agotarse, muertos los principales, surgió el presidencialismo: una forma de caudillismo acotado. A lo largo de seis años, sus seguidores dan, al menos en teoría, la vida por el presidente de la República, el que otorga todos los consuelos y los reconocimientos. Lo hacen, pues, caudillo sexenal. Está visto que no somos un país para la verdadera democracia, siempre estamos buscando a un líder excelso que nos salve. Lo grave es que nos deja peor.

En nuestros días, lo mismo le ocurre, toda diferencia guardada (ya sin el dramatismo de la Revolución Mexicana) a López Obrador: lo siguen devotamente por admiración, porque lo suponen bueno al ayudar a los ancianos con un poco de dinero ajeno, porque lo creen un justo. Jamás hay un argumento serio y nadie explica su ideología por una sencilla razón: no existe. Su ideario es un puñado de vaguedades políticas más dictadas por el entusiasmo electoral que por la inteligencia y la cultura del gran líder político. Como expresaba Octavio Paz de Carlos Monsiváis: no es un hombre de ideas sino de ocurrencias. La diferencia es que las ocurrencias en política son un asunto delicado. Allí queda el cascarón del PRD. Sus más connotados miembros siguen utilizando su estructura para darle militantes, recursos y votos a López Obrador. El caso narrado por el novelista Rafael F. Muñoz fue, como diría Marx, una tragedia, en estos momentos es una farsa.

Anteayer, la reportera Martha Anaya habló de sus experiencias cuando fue creado el PRD hace más de veinte años y las comparó con la formación de Morena. Son encontradas, abismales. En aquel entonces los interrogados explicaban sus razones para apoyar al naciente organismo, daban argumentos que podríamos llamar ideológicos: para sacar al PRI de Los Pinos, para cambiar a México… Quienes llegan a formar al partido que se desgajó del PRD como éste lo hizo del PRI, sólo esgrimen razones de amor por el caudillo López Obrador. La ausencia de ideologías en México es evidente, pero las razones por las cuales un ciudadano acude a las urnas son de un total simplismo: porque me cae bien.

Éste es el problema de nuestro caudillismo. Muchos mexicanos se dejarían matar o peor aún matarían por López Obrador. Y algo muy claro: quienes no lo aman, lo detestan con la misma pasión. Vamos a tener de nuevo a un caudillo peculiar, acaso con menor fuerza. Son muchos los que abandonarán el PRD que formaron Cárdenas y un grupo de notables ex priistas con la idea clara de buscar la democracia, la alternancia política. Lo extraño de la historia es que la consiguió el PAN guiado por otro caudillo: Vicente Fox, hoy dedicado a parlotear incesantemente.

Este sexenio veremos muchos cambios, sin duda uno de ellos es la desaparición del caudillismo. No tiene más sentido, se requieren hombres con ideas y más que políticos aldeanos, auténticos estadistas. Los partidos se están percatando que no basta conceder dádivas o instalar pistas de hielo, se necesitan grandes proyectos y desde luego una ideología que permita una transformación seria y real de México. Morena es una suma de resentimientos, es el partido de un hombre que detesta las negativas. El coordinador del PRD en el Senado, Luis Miguel Barbosa la calificó como organización de perredistas radicales, el sector extremista. Precisó: es el partido de una sola persona donde las decisiones se discuten de arriba hacia abajo.

Algo me trajo a la memoria las fotografías de los mexicanos más desamparados entregándole sus ahorros o sus aves de corral a Lázaro Cárdenas para contribuir al pago de la expropiación petrolera. No sirvió de mucho. Pero fue conmovedor. México no puede seguir más como fábrica de caudillos, hay que transitar a un sistema de vigorosa democracia.

Opinión 2013-01-11 - La Crónica

enero 09, 2013

El soberbio Palacio Nacional

Un artículo mío, escrito recientemente, sobre el pésimo uso que las autoridades priistas en el pasado y perredistas en el presente le dan al Centro Histórico (pistas de hielo, ambulantes, manifestaciones inútiles, acciones de supuesta resistencia, roscas de reyes y tortas descomunales, conciertos de pésimo rock, fiestas de toda clase), ha provocado algunos comentarios. Por fortuna, predominan las voces sensatas que desean que el Zócalo y sus alrededores sean lugares respetados y no una lamentable verbena diaria. Destaco uno, pertenece al arquitecto Carlos Flores Marini, especialista de muchos trabajos de restauración y autor de espléndidos libros sobre las más hermosas edificaciones. Dice: “Estimado René. Como puedes ver no me pierdo tu columna. Curiosamente en mi libro Hitos Urbanos en la Ciudad de México, que seguramente tú tienes, hago referencia al circo que con Rosario Robles se puso en el Zócalo. Tiene razón el maestro León Portilla: las autoridades han hecho un circo del Zócalo. Tenemos que seguir insistiendo en dignificar nuestro máximo espacio público”.


Carlos Flores Marini, entre muchos otros que han hecho un largo oficio de la defensa de nuestras joyas arquitectónicas, escribió el libro citado, donde cuenta la forma irreverente y demagógica en que Rosario Robles trató el Zócalo con tal de tener divertidas a las masas de posibles votantes y satisfechos a quienes la hicieron crecer. Era todavía la rabiosa perredista de “primero los pobres” y hay que convertir muros en sitios para grafitear estupideces y los espacios públicos utilizarlos para diversión de quienes no pueden ir a Canadá a escuchar a Justin Bibber, sin importar el valor histórico. En todos los casos es reprobable, pero a los capitalinos parece gustarle la política perredista de pan y circo. Recuerdo a la hoy muy digna y elegante funcionaria priista cortando la rosca de reyes y repartiendo pedazos del tamal más grande del mundo. Era y es el nivel.

Pero lo curioso no es que el Zócalo y en general el Centro Histórico estén deteriorados, sino que a pesar de las protestas de muy respetables figuras como el doctor Silvio Zavala y Miguel León Portilla, el deterioro siga y la mejor prueba es la actual pista de patinaje y demás actos circenses hechos en el centro del mundo azteca, por donde ha pasado toda la gran historia de México. Los medios, La Crónica entre ellos, han señalado con precisión, fotografías y datos, los daños que solamente el Zócalo ha recibido. Allí, donde está el más bello edificio de América Latina, la Catedral Metropolitana, la que apenas puede ser observada a causa de tantas antenas y torres para las tocadas de rock y la sede del Poder Ejecutivo, el Palacio Nacional.



El Palacio Nacional ha sido, pese al PAN, el símbolo real del Poder Ejecutivo. Por años fue sede de las tareas presidenciales. Lázaro Cárdenas, al edificar Los Pinos, sólo quería darle una habitación formal a la familia presidencial. El mandatario dormía en esa casona y salía a trabajar a Palacio Nacional. En las ceremonias, y diversos ritos políticos, era interesante ver al presidente en automóvil a veces descubierto en su diaria ruta de Los Pinos a Palacio Nacional. Fueron un puñado de ocasiones, sobre todo durante ceremonias de alto rango. Mis recuerdos se limitan a Adolfo Ruiz Cortines acompañado por el entonces diputado Norberto Treviño Zapata y a Adolfo López Mateos, quien disfrutaba de una enorme popularidad.



Con Vicente Fox las cosas cambiaron. Hombre rústico, no le dio más uso que tocar las campanas para conmemorar la Independencia. Dudo que haya sido capaz de apreciar los tesoros que allí se alojan, en especial en un sitio que deja percibir mucho a la poderosa presencia de Benito Juárez y eso, para un conservador como Fox, era demasiado. Quiso convertirlo en museo. Por fortuna, Peña Nieto lo ha recuperado como un edificio de gobierno y, a pesar de un entorno hostil, ya ha sesionado y recibido a distintas personalidades en Palacio Nacional.

En su larga historia representó el absolutismo priista: Díaz Ordaz se calificó como solitario de palacio. Yo le agregué el adjetivo “gran” y lo convertí en el personaje central de mi novela El gran solitario de Palacio, una obra cuyo tema es el sistema político de aquella época y la matanza de 1968. Mucho más adelante, publiqué un libro en Porrúa Editores: Antigua grandeza mexicana, donde describo a ese solemne, poderoso y enorme símbolo nacional, tan lleno de arte e historia. Allí están algunos de los más soberbios murales de Diego Rivera, el recinto a Juárez, una biblioteca formidable, salones repletos de historias memorables y de acciones perversas como la detención del presidente Madero. A lo largo de siglos, desde que los aztecas se aposentaron en lo que hoy denominamos Centro Histórico, es un punto político, cultural y socialmente sagrado. No puede ser un área destinada a actividades circenses. Es el centro del país, allí estuvieron las autoridades aztecas, las virreinales, allí trabajó y murió el inmenso estadista que fue Benito Juárez, y hoy allí debe estar el Presidente. El Palacio Nacional, un vigoroso joven de casi 500 años de edad, es núcleo de la patria y eje de nuestra historia, presidiendo una plaza monumental. Merece respeto y dignidad.

Opinión  2013-01-09 - La Crónica

enero 07, 2013

La femenina: ¿una literatura marginal?

No parece una fórmula adecuada dividir la literatura en dos: femenina y masculina. De pronto no es fácil aceptar la postura de un feminismo radical que las separa tajante y que, yendo más lejos, precisa que nunca un hombre puede meterse en la piel de una mujer, lo que nos hace pensar que lo contrario, también es imposible. Sin embargo, Ray Bradbury no fue a Marte para escribir Crónicas marcianas, tampoco el sedentario Jules Verne viajó alrededor del mundo en 80 días, ni Tolstoi y Flaubert necesitaron ser mujeres para trazar esos delicados y agudos personajes que crearon: Emma Bovary y Ana Karenina. La imaginación y la cultura cubren adecuadamente cualquier ausencia o necesidad. Que hay diferencias, las hay, que han existido dificultades para que las mujeres se apropiaran del mundo de las letras, las hubo. Sin embargo, hay mujeres que se adueñan plenamente de la literatura, algunas de sus exponentes venden más y son más reconocidas que muchos hombres. Habría que pensar en Rosario Castellanos, Laura Esquivel, María Luisa Mendoza, Ángeles Mastretta, Elena Poniatowska e Isabel Allende, por citar casos inobjetables de éxito, aunque debemos señalar a muchas otras que aún les falta el reconocimiento de la crítica como Elena Garro o Inés Arredondo. Es evidente que la literatura de mujeres no es marginal, se ha ganado un sitio de gran respeto y de excepcional brillantez. Empero, las cosas no parecen estar muy claras y el tema de la literatura femenina a veces es algo chocante. Al respecto, la académica universitaria y crítica de cine Ysabel Gracida ha dicho: “Yo tengo al respecto un sentimiento dividido. Por una parte admiro profundamente a las pocas escritoras que han dejado de lado el victimismo o la vitrina a la que las han convidado los señores y me molesta profundamente el trabajo de otras que valiéndose de la cuota de género escriben pésimo, no tienen ninguna calidad en lo que hacen, no proponen, no imaginan y son las que se encuentran en el candelero”.


La lista de escritoras mexicanas es cada día más amplia y brillante, algunas destacan por su enorme peso estético, la originalidad de sus tratamientos y la belleza de su prosa. De todas ellas, Elena Garro fue quien abarcó más géneros: novela, cuento, teatro, ensayo, ocasionalmente poesía… Fue, además, la más infortunada y ciertamente una de las mayores voces de la literatura mexicana, hasta hoy poco reconocida o aceptada a regañadientes más por razones políticas o de afectos que por una sólida argumentación artística.

El gusto literario, con cierta frecuencia, responde a modas, a hechos frívolos y superficiales. Sin embargo, en tal sentido, para la mayoría es una obligación estar a la moda. Hoy leemos a Germán Dehesa, Guadalupe Loaeza y Héctor Aguilar Camín sin haber pasado por Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Julio Torri, José Vasconcelos, Jaime Torres Bodet, Salvador Novo, Nellie Campobello, Juan Rulfo, Juan José Arreola y Octavio Paz. Aunque con más rigor, llegamos al autor de moda sin echar una mirada a los clásicos. Leer a Homero, Sófocles, Cervantes, Shakespeare, Sor Juana, Balzac, Poe, Joyce, Jane Austen, Charlotte y Emily Bronte, Proust o Twain es algo pasado de moda, una lectura sin mucho sentido porque las novedades subyugan a librerías y lectores. Pero no todos los tiempos fueron malos, recuerdo la respuesta de un maestro en la Facultad de Ciencias Políticas, Henrique González Casanova, al recibir la pregunta insolente de un estudiante, ¿ya leyó la primera novela de Gustavo Sáinz?: No, todavía no, me falta más de un siglo, apenas voy en Jonathan Swift. Escuchar a Rubén Bonifaz Nuño hablar sobre Homero y los clásicos griegos y latinos es un festín del que pocos disfrutan, embobados por algún best-seller norteamericano o una lamentable novela histórica mexicana.

Con tal recuento no pretendo descartar la novedad, sino valorar cuidadosamente la obra que vamos a leer, seleccionar, como diría Gabriel Zaid, de entre los muchos libros, de entre la curiosa sobreproducción de libros, la mejor lectura, la que nos enriquezca y nos haga mejores seres humanos, más dignos, más decentes, más cultos. Nuestra modernidad ha sido atroz: ha aplastado impiadosamente a la gran cultura.

Pero si el gusto literario suele ser veleidoso y frívolo, no es una guía estética. Entonces los resultados literarios son otros, más consistentes, y siempre ajenos al gusto de las mayorías, inalterablemente conducidas por esos tiranos poco ilustrados que se llaman medios de comunicación y que en México son aborrecibles. Nos llevan a los peores libros y a escritores de poca monta, pero con carisma entre las masas, útiles para los políticos, y los convierten en héroes de una nueva y extraña épica y entonces allí se concentra toda la atención de periodistas y lectores, los premios literarios y de una fama incomprensible que le cierra las puertas a verdaderos talentos.

En México, no cabe duda, algunas mujeres son con frecuencia más exitosas y mejores narradoras y poetas que los hombres. Pero insisto, el valor estético de una obra no se mide por el género, sino por los méritos literarios. Tampoco estamos seguros de la superioridad masculina porque más hombres han recibido el Premio Nobel de Literatura que mujeres. Eso sólo indica que el mundo fue originalmente creado por varones para varones. Por fortuna los tiempos han sufrido cambios profundos.

Opinión 2013-01-07 - La Crónica

enero 06, 2013

Los hermosos barrios

Bajo este título, Louis Aragon escribió un libro notable, donde refiere las bellezas de París y la descomposición que sufrieran. De otra manera, he tratado de hacer algo semejante. Recuerdo haber escrito un largo artículo sobre el uso de un sitio emblemático para todos los mexicanos: el Zócalo. Señalaba el mal uso que el PRI le daba convirtiéndolo, a la manera fascista, en un sitio de tumultuosas reuniones políticas de adhesión al presidente en turno. Por ejemplo, la que en 1968 llamaron desagravio a la bandera nacional porque antes los estudiantes habían izado la roja. Los que dirigían la campaña de Carlos Salinas, algunos hoy en el PRD, me dijeron que mejor tratara el tema delante del candidato presidencial. Así fue. Nadie tomó en cuenta la defensa que hice de la Plaza de la Constitución, donde estuvo el ombligo del mundo azteca y por donde transitaron las mayores personalidades culturales del país y de muchas partes del orbe.


Ya bajo el gobierno de Salinas, cuando Manuel Camacho era regente del DF, en las páginas de Excélsior, en El Búho, publiqué un excelente artículo del doctor Silvio Zavala, quien defendía los sitios claves del DF: Paseo de la Reforma, Avenida Juárez, buscaba el sitio adecuado para la Diana cazadora y desde luego abogaba por el Zócalo. Tampoco lo escucharon. Sólo era el más prestigiado historiador mexicano.

Ahora, bajo nuevas siglas, pero casi con los mismos personajes, la destrucción y la falta de respeto por el DF, principalmente por el Centro Histórico, se han intensificado. López Obrador “remodeló” Reforma y Ebrard destruyó el simbolismo del Monumento a la Revolución, al colocarle un elevador inútil y convertirlo en un lugar de fiestas, cuando en rigor es un punto funerario dedicado al millón de muertos y desaparecidos del movimiento de 1910 y la tumba de varios de sus principales participantes. Silvio Zavala decía que si los fanáticos del futbol querían festejar goles, pues el lugar ideal era el Estadio Azteca y no el Ángel de la Independencia, el altar de la patria. Sin duda, tenemos una capacidad asombrosa para destruir el pasado y edificar proyectos de escaso valor artístico e ideológico.

Hace un par de años, me puse nostálgico y luego de conducir varios recorridos, organizados por el INBA, a lo largo del Centro, escribí un libro: Antigua grandeza mexicana, que publicó Editorial Porrúa. En la obra hago recuerdos del barrio universitario y cultural clave del país y quizás del continente. Describo sus bellezas y básicamente rememoro las figuras que durante mi niñez poblaron la zona. Tampoco ha sido leído por los políticos. Ahora, con el triunfo del espectáculo sobre la alta cultura (cito a Vargas Llosa), el Centro Histórico es realmente lo que dijo hace tiempo María Félix: un chiquero. La expresión indignó a Manuel Camacho y contestó con alguna tontería. Sin embargo, los políticos buscan votos no conciencias, tampoco belleza ni respeto a la urbe que mal han conducido el PRI y el PRD, y hoy es una zona de escaso decoro, para gustos elementales, degradada. Otro gran historiador, Miguel León Portilla, acaba de declarar en una reunión con intelectuales distinguidos, que “El Zócalo capitalino es el corazón de la ciudad, no un circo”. Se refería no únicamente a las pistas de hielo, sino a que esa plaza soberbia ha sido convertida en sitio de usos múltiples, principalmente para espectáculos ruidosos de muy bajo nivel y protestas políticas incoherentes. Su uso “es inmoral”, concluyó León Portilla.

Los daños que dicha área ha sufrido son graves. Excélsior lo ha probado con testimonios y fotografías. Pero nada hacen por evitarlos. Al contrario, la devastan. ¿Será posible terminar con la destrucción? Lo dudo. Los circos dan votos fáciles y permiten hazañas de nulo mérito: tenemos los récords de la rosca de Reyes y el tamal más grandes del mundo y una demagogia infinita que lastima a la historia y deshonra el futuro.

Excelsior - 2013-01-06

enero 04, 2013

Tabasco hoy

Los medios de comunicación, los partidos políticos y desde luego los mexicanos, somos afectos a las generalizaciones. Solucionan muchos problemas. Pero de pronto vale la pena entrar en algunas precisiones para mejor entender la vida de un estado y del propio país. Recientemente en Tabasco, Arturo Núñez tomó posesión como gobernador. Por muchos años luchó por llegar a serlo. Un PRI arrogante, mal conducido y sin sentido político le negó repetidamente esa posibilidad. El PRD y Andrés Manuel López Obrador, con mayor habilidad y con la necesidad de crecer, se la brindaron. Resultado: Núñez obtuvo una clara victoria y ahora está al frente de un Tabasco quebrado, el paso de los gobiernos priistas dejó malas cuentas. Él mismo declaró, durante la ceremonia de toma de posesión, que recibía una zona “de desastre”. Andrés Granier contribuyó enormemente a endeudar y mal gobernar un estado próspero.


Los medios hablaron, antes y después de la ceremonia, de que Núñez acabó con 83 años de priismo. En su lugar llega un partido renovador, distinto. En primer lugar, no son tantos años de priismo ni todo el priismo ha sido negativo. De lo contrario, la historia de México sería otra. Los primeros años de tal partido, que tuvo abuelo y padre y como razón la de representar los principios, más o menos diluidos, de una gran revolución, no fueron desastrosos sino progresistas. El partido que nació como criatura del poder, para darle coherencia a un movimiento que poco la tuvo, llevó a cabo grandes creaciones. Tanto así que las instituciones que hoy permiten su conducción fueron obra suya. Lo positivo y lo negativo. El tan vituperado Miguel Alemán. Durante su periodo presidencial, construyó obras notables, incluida la Ciudad Universitaria, soporte educativo y cultural de México. Algo más, en esos “pésimos” 83 años, de perfecta dictadura, estuvieron hombres brillantes, distinguidos y honestos. No todos fueron pillos como claman sin rigor más de un periodista o investigador académico. Pienso, desde luego en Lázaro Cárdenas, un gobernante que dejó honda huella y que sigue siendo inspiración para el PRI y mucho más para el perredismo, fundado y llevado a sus máximas alturas por ex priistas. Todos, sin excepción. Incluido Arturo Núñez.

El nuevo gobernador de Tabasco es un hombre sensato, culto y sensible. Salió del PRI por diferencias obvias, adolorido, pero me da la impresión que eso no ha modificado sus principios. El propio López Obrador, hoy tan rabioso enemigo del PRI y del presidente de la República, Enrique Peña Nieto, es incapaz de ocultar sus años de formación. No pensaron como marxistas ni vieron en el cambio radical, en la destrucción de la economía de mercado, la solución al problema. Ni siquiera consideraron la lucha de clases o la toma del poder por la vía violenta. Respetaron las reglas que el PRI, en sus más de ochenta años, según las famosas generalizaciones, impuso.

La situación política actual ha devuelto la razón a las luchas. Todos los partidos buscan el centro. En la izquierda hay un vacío y en la derecha un total fracaso. Lo que prevalece es una vuelta al priismo pero con medios y fórmulas distintas. El otrora arrogante PRI no será, no es el mismo. Dos derrotas y multitud de severas críticas lo han hecho cambiar. Es verdad, le falta mucho, pero es un organismo diferente al que perdió en 2000 y en 2006. Peña Nieto no es Roberto Madrazo ni Carlos Salinas. La sociedad mexicana asimismo ha cambiado y se ha hecho más participativa y ha permitido un pluripartidismo real, sin grandes matices políticos, por más que muchos quieran verlos.

Entre los invitados a la toma de posesión de Arturo Núñez, quien pronunció un discurso sensato y necesariamente crítico, estaba el representante de Peña Nieto, el secretario de la SEP, Emilio Chauyffet y militantes distinguidos del PRI y del PAN. Como es natural, el nuevo gobernador agradeció a sus nuevos correligionarios, López Obrador, incluido, el valioso apoyo para triunfar. Sus palabras no estaban destinadas a lanzar agresiones al PRI ni a Enrique Peña Nieto, quien en su cuenta de Twitter felicitó al nuevo gobernador. Como Miguel Ángel Mancera, sin militancia oficial y como Graco Ramírez, nada indica en Núñez que vaya a la confrontación o a la descalificación de las autoridades federales. Tiene claro que la lucha política es electoral y en los mejores términos. Atrás se han quedado los extremistas que para colmo carecen de ideología, sólo están, y eso es natural, inconformes y buscan “algo”, lo que sea, a través de una violencia rechazada y condenada por la mayoría de los mexicanos.

Las luchas políticas que siguen tendrán una cortesía y una capacidad de reflexión que desconocíamos. En tal sentido, Mancera, Núñez, Graco y Aureoles, representan al nuevo PRD, lejos de rijosos que se sienten “revolucionarios” cuando mientan madres o asaltan la tribuna con aburrida monotonía. Los invitados a la toma de posesión del nuevo gobernador de Tabasco, nos dan una muestra de civilidad y, de una lucha seria pero sin enconos. Arturo Núñez habló de colaboración con el gobierno federal para eliminar algunos de los principales problemas que agobian al estado y al país. Jamás ofreció belicosidad, sino un combate donde las diferencias serán mostradas con métodos refinados, con argumentos. Esto es un avance.

Opinión - La Crónica

enero 02, 2013

Una ficción llamada PAN

A primera vista, en los años finales de la década de los noventa, el Partido Acción Nacional, fundado en 1939 por un pequeño grupo de intelectuales y empresarios conservadores, parecía una potencia. El PRI se deterioraba, se debilitaba, sumergido en sus graves errores, en la corrupción y en los desgajamientos que sufría, entre ellos el que adelante se convertiría en Partido de la Revolución Democrática, encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. Ya el empresario Manuel J. Clouthier, Maquío, lo había hecho crecer, pero le faltaba a la derecha un líder realmente popular, carismático, para derrotar al oficialismo. La tarea histórica la recibió un hombre de muy modesto bagaje intelectual, hablantín y capaz de irritar a sus enemigos con diatribas e ironías: Vicente Fox.


El PAN parecía un partido en irresistible ascenso. Las masas lo apoyaban y le otorgaron el triunfo final. Muchos suponían que esa alternancia del poder le daría sentido político al conservadurismo que por años había dado la batalla por el poder y había sido derrotado en multitud de ocasiones, particularmente en los tres grandes movimientos que sacudieron a México: la Independencia, la Reforma y la Revolución.

Estuvo doce años y, en lugar de afianzarse en Los Pinos, se debilitó, tal como se lo advirtieron sus más lúcidos militantes. Sin experiencia de gobierno, un ideario propio y sin llevar a cabo los cambios necesarios para la transformación del país, Acción Nacional se apoltronó, creció de modo artificial y no supo lo fundamental: ser el eje de un sistema político distinto. Nunca dejó de ser un partido manejado por una camarilla, por una élite de reaccionarios ostentosos, más preparados para manejar empresas que a la nación. El PRD aprovechó esos momentos para utilizar a los viejos priistas y conquistar posiciones y muchos votos a través de otro caudillo igualmente carismático e ignorante: Andrés Manuel López Obrador, formado en el más rancio priismo, sin una propuesta realmente progresista en las manos y ajeno a la izquierda marxista que chocó una y otra vez con el muro capitalista y que falleció en el intento por derrumbarlo.

Si Fox le dio la conducción del país al PAN, en manos de Felipe Calderón el gigante mostró, conforme a la imagen común, que tenía los pies de barro. Políticos sin tacto, burócratas del peor estilo, oficinistas que deseaban mejorar el erario personal y miles de falsos seguidores lo hicieron fracasar, abierta y plenamente y la población le otorgó al PRI una oportunidad histórica única: regresar a la casona de donde la derecha lo había sacado. Para colmo de males, se colocó en un penoso tercer lugar, abajo del PRD. Hoy, los dirigentes de la derecha están vestidos de luto por el año que arranca con graves augurios para su existencia real. Sólo en 2013 habrá comicios en 14 estados para elegir dos mil 181 cargos públicos. Para qué hablar de las elecciones que en 2016 renovarán multitud de los cuadros del país, ¿de dónde saldrán, qué harán líderes improvisados como Gustavo Madero para evitar la debacle? No mucho.

Según datos recientes, el PAN ha perdido alrededor del 86 por ciento de su padrón. Era artificial y se formó, como se acostumbra en nuestro sistema, poniendo amigos, falsos simpatizantes, en los cargos medios y altos de la burocracia. Acción Nacional mantuvo su actitud de élite reaccionaria. Destruyó la administración pública que se había formado a lo largo de muchas décadas y puso en su lugar a inexpertos y arrogantes politiquillos egresados de universidades privadas. Un solo caso: en Semarnat, Alberto Cárdenas le dio los principales cargos a sus amigos y hasta por allí, en una dirección general, puso a una relación sentimental, hecho denunciado en la Cámara de Senadores. Fue una prueba fehaciente de que dicho partido no sólo participaba de la corrupción generalizada, sino que se ocultaba tras una máscara de hipocresía. Esta repartición de empleos, de vulgares chambas, deterioró al PAN, lo debilitó y, al concluir la administración de Felipe Calderón, su listado de casi dos millones de personas entre afiliados y simpatizantes disminuyó sensiblemente a menos de 300 mil. El propio Vicente Fox causó baja y el PAN requiere cirugía mayor. La palabrería de Gustavo Madero para definir y justificar la existencia de su partido es por ahora inútil. Los panistas tendrían que deshacerse en primer término de dirigentes tan modestos intelectualmente hablando.

El PAN tuvo la oportunidad de crecer seriamente, de convertirse en un partido de masas y la dejó ir. Ahora vuelve a cerrarse como un organismo elitista, manejado por un grupo de probados conservadores, sin la presencia de cuadros audaces y políticamente serios. Le hacen falta expertos y conocedores de los intríngulis políticos. El PRD, pese a su alta votación, tendrá problemas para mantenerse como una fuerza real, mientras que para Acción Nacional, que tuvo tanto poder en las manos, el futuro se ve oscuro. Los jóvenes que ha formado apenas le permitirán salvar un poco del enorme capital dilapidado.

La historia no suele ser generosa en cuanto al número de oportunidades que concede. Lo sabe Cuauhtémoc Cárdenas, y se niega a aceptarlo Andrés Manuel López Obrador. El PAN recibió dos veces la posibilidad de crear un país mejor. Dudo que al menos en un tiempo razonable pueda recuperar el poder. Por ahora tendrá que batallar para mantener su tercer sitio. No hay otra forma de ver el panorama político que se avecina.

Opinión 2013-01-02 - La Crónica