Tantadel

abril 29, 2013

La importancia del cuento


La mayoría de los escritores, los críticos y los lectores piensan que la novela es el género rey. Más de un narrador importante ha insistido en tal postura y la historia de las letras se fija más en los novelistas que en los cuentistas, y si están en ambos terrenos, suelen destacar las obras voluminosas. No comparto tal postura. Hemingway logró la perfección con su obra más breve: El viejo y el mar.

Hablemos un poco del cuento. Si para un diccionario común el cuento es simplemente el arte de contar y concede dos sinónimos: narración y fábula, para críticos y creadores se trata de algo más complejo y en consecuencia más profundo. Según el español Julio Casares, en otra idea sencilla, “las acepciones de la palabra cuento son: relación de un suceso falso, fábula que se cuenta a los muchachos para divertirlos”. Miguel de Cervantes distinguía dos clases de cuentos: los que deleitan y los que deleitan y enseñan, es decir, la fábula y el apólogo, mientras que para Julio Cortázar, teórico del cuento y a su vez también espléndido cuentista, la característica de Edgar Allan Poe, maestro del cuento moderno, era englobar los tres sentidos de su creación: el suceso a relatar es lo que importa, el suceso es falso y el relato tiene una finalidad hedónica.

En los orígenes del arte, es muy probable que el cuento haya sido una de las primeras formas de expresión literaria. Creo que estamos hablando del género primigenio: aun antes de la invención del alfabeto y en consecuencia la escritura. No es difícil imaginar a un grupo de hombres y mujeres en torno a un vivac, al anochecer, luego de una cacería o de la recolección de frutos, escuchar el relato de una hazaña o de una historia que trata de explicar un fenómeno natural. Nadie contaba una historia larga y fatigante y la continuaba noche tras noche: el relato nació breve. El cuento aparece oral y esta tradición popular pasa de un lugar a otro en un mundo sin fronteras y sin propiedad privada. El gran hombre de letras Menéndez Pidal califica al cuento como género literario emigrante por excelencia. Los mismos temas —el amor, la virtud, la maldad, el odio...— aparecen en las más antiguas civilizaciones asiáticas del hoy llamado Oriente Medio, en Europa y más adelante en América. Va, pues, de Oriente a Occidente y viceversa.

Luego de la Edad Media, los aspectos didácticos pierden fuerza y valor y aparecen los elementos de orden estético y el interés estilístico, a la par que adquiere la personalidad del autor. “El cuento moderno —dice el citado Menéndez Pidal— es un arte absolutamente personal. Es un género literario lo mismo que otro cualquiera. Cada cuento pertenece exclusivamente a su autor, como le pertenece la novela, el drama o el soneto que haya escrito. Estas producciones individuales reniegan del pasado; no quieren tener más antecedentes que su único inventor, quieren que en él comience su historia y en él acabe: ‘mi ingenio las engendró y las parió mi pluma’”, concluye citando a Cervantes.

No es posible, desde luego, considerar al cuento como género menor o, en todo caso, como hermano pequeño de la novela. En rigurosa cronología, el cuento nació primero, sólo que es hasta el siglo XIX cuando adquiere la mayoría de edad, en tanto que la novela moderna parte, según los especialistas, de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en 1605. “Se ha dicho —señala Julio Cortázar— que el periodo entre 1829 y 1832 ve surgir el cuento como género autónomo. En Francia aparecen Merimée y Balzac, y en EU Hawthorne y Poe”. Con plena justicia, habrá que citar a este último, el que traducido al francés por Baudelaire, le da al cuento, en la misma época en que Marx estudia el capitalismo y las formas de ponerle fin a tan injusto sistema, sus principales características, las que van a marcar a todos sus descendientes hasta hoy. Lo diré de otra forma, con las palabras de Juan Valera, quien explicaba en 1907, en el prólogo a sus Cuentos completos, lo siguiente: “Habiendo sido todo el cuento al empezar las literaturas y empezando el ingenio por componer cuentos, bien puede afirmarse que el cuento fue el último género literario que vino a inscribirse. Hubo libros religiosos, códigos, poesías líricas, epopeyas, anales y crónicas, y hasta obras de filosofía y de ciencias experimentales, antes de que aparecieran libros de cuentos”. Lo curioso o extraño de su existencia es que, según han señalado varios autores, es justo su brevedad la que le permitió ser oral por largo tiempo, ir de boca en boca sin necesidad de escribirlo, lo que retrasó su desarrollo. No obstante, no olvidemos los relatos memorables que la inventiva de los árabes nos dio en Las mil y una noches o que Chaucer (Cuentos de Canterbury) y Boccaccio (El Decameron) escribieron sus historias de irónico erotismo mucho antes de los años citados por Cortázar y lo hicieron con características de literatura moderna.

Para colmo, dado el tipo de vida que ahora llevamos, teniendo la competencia del espectáculo y las pantallas, la gente vuelve los ojos hacia los relatos breves y entonces halla la importancia de la capacidad de síntesis.

abril 28, 2013

¿México contra Rosario Robles?


Hay un libro notable, De la cárcel al poder, de Emil Lengyel: narra historias de políticos que de las prisiones llegaron al poder. Menciono algunos como Sukarno, Gomulka, Ben Bella y Nkrumah. La lista podría alargarse, tenemos asimismo a Mandela. Otros han hecho el recorrido inverso y del poder han parado en prisión, un ejemplo es Fujimori. Rosario Robles no ha estado en la cárcel salvo para visitar amigos, pero ha logrado desatar aversiones en su contra como si fuera criminal. Un martes participó en el debate que el trabajo de Sedesol ha provocado y el miércoles las primeras planas tenían su fotografía y alguna alusión agresiva o irónica. Un colega académico me hizo notar la antipatía que los medios destilan por la funcionaria, cuyo pecado mayor fue transitar en sentido inverso a la mayoría de sus correligionarios iniciales.
¿Su formación cercana al marxismo, su paso altanero por el PRD y el gobierno capitalino, la vehemencia con la que defendía a sus camaradas, muchos sujetos de total inmoralidad política, su enamoramiento, luego la expulsión, el salvavidas que para ella representaron los medios de comunicación y su ingreso al gabinete de Peña Nieto la hacen detestable? Lo ignoro. Observo los escenarios políticos, jamás me he involucrado en ellos. No obstante, de pronto me topo con políticos y escucho reproches a Rosario. Podría uno pensar en cuestiones sexistas, pero también veo mujeres que la juzgan con severidad. Sin ser en absoluto santa de mi devoción, no me parece tan chocante. Insoportables son Gustavo Madero y René Bejarano y sólo sus más acendrados rivales los critican y sin tanto vigor como a Rosario.
Es evidente que para el PRD y seguidores, es pecadora y traidora. El imaginario colectivo es manipulable. ¿A quién traicionó en un partido de traidores, donde la mayoría proviene del PRI? ¿Fue corrupta en donde hemos visto tanta inmoralidad? ¿Irrita su regreso triunfal? Lo que molesta al perredismo es saber que ella los conoce bien por dentro, posee expedientes de cada dirigente, conoce en detalle cómo utilizan los recursos oficiales para cooptar a los necesitados y no sólo en el DF, en Zacatecas o Michoacán. Tal información ahora está en manos del PRI. Eso les incomoda, porque Peña Nieto tiene más armas.
 Su retorno no fue del todo una sorpresa. Muchos lo esperaban. Es una mujer hábil y sobre todo tiene lo que Peña Nieto y los suyos requieren a gritos: la experiencia de las dádivas. En un país de millones de pobres, donde se requiere la creación de empleos y un severo ajuste en las instituciones, se ha optado por seguir políticas de limosnas, las que llevaron a López Obrador a tocar las puertas del paraíso. Peña Nieto, como AMLO en el DF y Lula en Brasil, dejaron los sueños de justicia social para asegurar el voto de la miseria. Millones pueden vivir de la caridad oficial. Una credencial del INAPAM en México equivale a las que poseían los militantes comunistas en la Unión Soviética. Entonces, ¿para qué trabajar?
Rosario Robles, por múltiples razones, es un triunfo para el PRI. No tanto por su pasada “ideología”, sino porque conoce secretos que tal vez le permitan a Peña Nieto pasar a la historia como un mandatario que le dio de comer a los hambrientos. Una victoria ridícula. No eliminó la miseria, la ocultó bajo un programa llamado Cruzada Nacional contra el Hambre. Vale recordar que pocas cruzadas, desde tiempos inmemoriales han tenido éxito más que efímero. La experiencia de Robles permite articular elementos que deben garantizar resultados positivos inmediatos. Es elocuente. Quizá hasta cree, lejos ya del viejo marxismo que la formó, que salvará a México.
A diferencia de la célebre Rosario “de Acuña”, la Robles no ha sido musa de poetas, pero lo es ahora de un partido carente de proyectos novedosos. Su bagaje ideológico es la inspiración de un lastimoso gobierno sin ideas propias.

abril 26, 2013

Defender a la universidad pública


He señalado de mil maneras, en artículos, conferencias y libros el enorme adeudo que el país tiene con las universidades públicas. Entre todas, empezando por la UNAM y la UAM, han edificado al país. Las conozco bien porque en ellas estudié y he trabajado siempre. Entiendo su autonomía, la pluralidad existente y el derecho a criticar al Estado que las creó. Lo que resulta inexplicable es que sean botín primero para políticos, segundo para grupos de facinerosos que deciden dar una lucha sin más sentido que sentirse “revolucionarios”. Lo único que unos y otros consiguen es poner a la nación en manos de las universidades privadas. Las familias ricas o de medianos ingresos, envían a sus hijos a instituciones particulares porque “allí sí se estudia”, porque no hay “revoltosos”. Una tontería que no deja de tener sentido o ciertos fundamentos cuando uno ve casos extremos como la UACM.

La UNAM y la UAM son instituciones generosas, de alto rango. Están cercadas por la incomprensión de nuevas generaciones de políticos y funcionarios que han egresado de costosas escuelas privadas. Los presupuestos disminuyen y pocos se percatan de que si en Finlandia o Suecia hay tan alto desarrollo se debe exclusivamente a la educación. El caso de los maestros del SNTE y de la © es patético: una lucha por tener líderes que les garanticen bajos niveles. Verlos actuar de forma violenta, tomar calles y destruir edificios patrimonio de la nación, realmente avergüenza. Lo único que han ganado es el desprecio de la sociedad y de los buenos maestros, los que tenemos por miles y miles. Para colmo, hay quienes sugieren que es el inicio de una conjura de provocadores que operan principalmente en Guerrero, Michoacán y Oaxaca, donde buscan desesperadamente un choque con las fuerzas de seguridad para desatar algo de mayor magnitud. ¿Dónde está la autoridad que le impida crecer? ¿Las autodefensas que desfilan armadas con los maestros, son para frenar el crimen o para destruir a las instituciones?

Desde hace tiempo, aprovechando la ingobernabilidad (tan cercana a la de un Estado fallido), grupos de estudiantes ante cada acción, buena, mala o equivocada, reaccionan poniéndose máscaras, blandiendo garrotes y agrediendo a las universidades que son el orgullo de México. Vemos a la UNAM: unas cuantas docenas de encapuchados han detenido su funcionamiento sin reparar en el daño producido. Al momento de escribir estas líneas, la rectoría de tal institución, en plena zona considerada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, está en manos de un puñado de vándalos que demandan a golpes la reinstalación de otros vándalos que tomaron un plantel diferente. El rector José Narro, hombre sereno y reflexivo, está irritado, molesto. ¿Por qué paralizan el trabajo universitario, qué ganan, no se dan cuenta de los daños que provocan, del desprestigio al que someten a la universidad pública y no sólo a la UNAM?

Luego, nuevos mercenarios tomaron la rectoría de la UAM-Iztapalapa. No hay fines ideológicos, no existe más propósito que sentirse por momentos “revolucionarios”. Uno de ellos le dijo a su colega de trapacerías: “Oye, a mí me gusta la violencia ¿y a ti?” ¿Qué hacer ante tales jóvenes, que en efecto son minoría? Desde hace cincuenta años a diario trabajo con alumnos y jamás había escuchado semejante estupidez. Si los rebeldes antes citaban en su apoyo a Marx, Trotsky, Bakunin o Guevara, era razonable: atrás había docenas de sólidos argumentos ideológicos. Ahora ignoran con exactitud el origen de la lucha y carecen de objetivos inteligentes.

¿Cómo dialogar con ese tipo de muchachos de escasas lecturas, enormes resentimientos y grandes confusiones? No es fácil. Pero habrá que aceptar que la paciencia se le está acabando tanto al mundo de la academia como a las propias autoridades (aun aquéllas que hablan siempre de diálogo antes que aceptar la existencia de las leyes) y a la sociedad. En las puertas de la rectoría de la UNAM, alumnos que conocen la importancia del diálogo y la pluralidad, trataron de polemizar y mediante conceptos inteligentes han enfrentado a los rufianes que se atrincheraron en tal punto para defender pésimas causas y darle sentido a la irracionalidad.

Es difícil avanzar, imposible educar al país. Porque el resultado es el mismo: las autoridades terminan por ceder ante la ruidosa y dañina serie de peticiones y exigencias de vándalos. Ello se convierte en buen ejemplo a seguir. En Guerrero las autoridades intentan con timidez imponer el orden, los paristas toman las carreteras, destruyen edificios y al día siguiente la victoria es de los peores mexicanos.

El discurso de los diez jóvenes encapuchados que tomaron la rectoría de Iztapalapa es vago, incoherente e inútil. El rector general Enrique Fernández Fassnacht reaccionó con mesura. Piensa que no hay razón para la violencia cuando tenemos caminos legales para polemizar. El eje de los rijosos es apoyar a los expulsados de la UNAM y eliminar el Tribunal Universitario de la misma institución. No creo que en algo semejante haya pensado el Che Guevara cuando se hizo guerrillero. ¿Leyeron las demandas de los estudiantes en 1968?

Quienes estén atrás de estos falsos anarquistas, dañan gravemente a lo mejor del país, no a la clase gobernante ni a los empresarios. Afectan, por último, a la sociedad.

abril 24, 2013

La derecha: ese puño sí se ve


Donde aparezca la fantasmal izquierda, reaparece la derecha, la que sí es real y crece en experiencia y organización. Apenas la vemos salir a las calles o vociferar, pero es una masa con frecuencia silenciosa y eficaz. La notamos discreta y se halla en todos los sitios, hasta en la izquierda. No se dejen engañar por el PAN, cuyos dirigentes actuales son patéticos, sino por esas grandes masas que Vicente Fox consiguió arrastrar. Lo más grave del asunto es que la izquierda visible no es más que un populismo ramplón y un sinfín de palabras de infinita pobreza y nula inteligencia. Nada quedó del pensamiento más avanzado. Por ejemplo, en Paraguay, luego de experimentar con un sacerdote progresista, Fernando Lugo, cayó en las manos conservadoras del millonario Horacio Cartes, que jamás ha ocultado sus simpatías por el mundo al que pertenece: el empresarial, y de paso por los negocios turbios. En Venezuela, con o sin pajarito, el chavismo está a la baja. Veremos cuánto resiste Maduro y qué hace Capriles en un país deprimido, que padece, como en el tiempo de Felipe Calderón, la sospecha de fraude. Al menos, la votación del primero fue escasa, ganó por unos pocos sufragios. En Bolivia, Evo Morales sueña con eliminar a las trasnacionales. Es una aspiración que tarde o temprano fastidiará a los bolivianos que son pobres y quieren mejores condiciones de vida, como en Cuba.

Como si lo que sucede en América Latina fuese poca cosa, en la Francia donde socialistas y comunistas fueron poderosos, hoy la patria está en peligro, como decían en tiempos de la Revolución. Por lo pronto, la derecha parisina, la que en 1968 se exhibió con timidez, ahora sale a las calles, hace procesiones religiosas y muestra su rechazo de modo contundente al matrimonio gay. Una bofetada al presidente Francois Hollande.

Puede consolarnos el hecho de que en México no ganó ni la derecha representada por el PAN ni la izquierda que aparentan el PRD y Morena. El triunfo se lo llevó el centro y hasta planes y proyectos les arrebató a unos y otros. Vemos a Rosario Robles disfrazada de chamula repartiendo cobijas y canastas básicas, en tanto que más de un derechista acendrado ocupa cargos en el gobierno de Peña Nieto. México comenzó su camino lento y seguro hacia la derecha desde el día en que Lázaro Cárdenas concluyó su gobierno, luego de crear algunos de los mayores mitos nacionales.

A los viejos marxistas les gusta pensar que las teorías con las que crecieron hablaban de flujo y reflujo, lo que indica un movimiento que si bien no está entre nosotros, puede regresar. Pero sus nuevos pasos son todos erráticos. Ahora el modelo a seguir está en los que supusimos fatigados países europeos. Más de uno es monarquía, pero les encanta ahora hablar de Estado de bienestar. Sin embargo, esa tesitura política está más cerca de las dádivas que de la propuesta de una sociedad sin clases.

A ninguna persona seria se le ocurriría pensar que el modelo es la Venezuela de Maduro o la Cuba de los hermanos Castro. Hay jóvenes y pequeños sectores que así lo creen, pero no habitan en esos territorios. Piensan en una sociedad de consumo, en una economía de libre empresa. La severidad del comunismo cubano o la locura de un socialismo bolivariano devoto de Cristo son francamente perversiones políticas. Las acciones de apariencia radical las llevan a cabo sólo los caudillos. En el resto de América Latina se piensa más en una economía de mercado, que es lo que prevalece en México y nadie, pero nadie, quiere alterar el rumbo.

En este contexto universal, la derecha se acomoda y busca la forma de no parecer tan cruel, desea un capitalismo contrario al salvajismo que le conocemos bien, lo quieren con rostro humano y para eso conceden paliativos que dudo tengan buenos resultados. La derecha aprende. En México fue apabullada, pero dentro de los demás partidos es una realidad.

La mejor filosofía mexicana se la escuché hace muchos ayeres a un amigo de Augusto Monterroso, en su casa, cuando el comunismo parecía sólido y más de la mitad del planeta vivía bajo el marxismo: Seamos capitalistas, vivamos bien, como señores, disfrutemos del dinero. Ah, pero si llega el socialismo, como en Cuba, pues seamos comunistas. Todos estábamos bien servidos y ninguno vivía mal, aceptamos de buen grado la propuesta con apariencia de broma. Creo que la mayoría de los latinoamericanos, para no ir hasta Europa, estaría de acuerdo. Simpatizan con propuestas de apariencia diferente, pero en el fondo quieren lo mismo: conservar el establishment. El planeta ha envejecido, no quiere más grandes revoluciones, salvo las tecnológicas que producen tranquilidad, coadyuvan en los negocios y dan la placidez de permanecer horas y horas ante pantallas enajenantes de todos tamaños.

Si la izquierda logra resucitar y recuperar algunos de sus principales objetivos, no serán hazañas como la que impulsaron Lenin, Mao Tse-tung, Ho Chi-min, Ernesto Guevara y Fidel Castro, serán baldes de pintura en fachadas resquebrajadas. Las utopías no existen más y las ideologías se han desprestigiado en pésimas aplicaciones. El nuevo hombre se extravió en los grandes centros comerciales. Es feliz en el consumismo y en consecuencia le teme al comunismo que por donde quiera fue espantable.

En tal contexto, la derecha se relame los bigotes ante apetitosos ratones.


abril 22, 2013

La UAM, verdadera casa abierta


Estudié en la UNAM, en la hoy Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y allí me convertí en profesor. De ello han pasado cincuenta años. He visto desparecer a maestros entrañables, de los que mucho aprendí: Henrique González Casanova, Ernesto de la Torre Villar, Carlos Bosch, Francisco López Cámara, Arturo Arnáiz y Freg, Ricardo Pozas y muchos más. En 1975, el Estado creó la Universidad Autónoma Metropolitana. La unidad Xochimilco me atrajo desde el principio y pronto me vi allí, dentro de un novedoso sistema educativo modular. Fue una experiencia rica en matices. Era y es posible entablar un trato directo con los alumnos. En grupos pequeños, en sesiones de discusión, el sistema de enseñanza-aprendizaje, es enriquecedor. Me correspondió realizar las primeras publicaciones de la UAM-X: cuadernillos de metodología y redacción, manejo de los distintos lenguajes, del simple recado al ensayo, pasando por muchas más posibilidades. Era fantástico ver cómo crecían los edificios. En Xochimilco, Azcapotzalco e Iztapalapa, nacía y progresaba la institución y se convertía en símbolo de un nuevo y eficaz proyecto educativo. Cuando hace poco la Rectoría General me invitó a entrevistar a Mario Vargas Llosa, inicié la plática diciéndole: Maestro, lo recibe a usted una de las más pujantes universidades públicas de México: comenzamos con tres campus y ahora tenemos cinco, lo que nos convierte en una potencia educativa, cuyas hazañas ya repercuten en México.

El poeta Rubén Bonifaz Nuño, uno de los escritores mayores del país y sin duda del castellano, solía jactarse de sus orígenes universitarios. En las últimas entrevistas públicas que permitió: insistía en que su nacionalidad era la universitaria y que la Ciudad Universitaria, era el centro del mundo, el ombligo, como precisaban los aztecas. Ya “mordisqueado” por la muerte, insistía en ir casi diariamente a sus oficinas en la Biblioteca Nacional. Recordaba sus creaciones dentro de esa máxima casa de estudios. No era veracruzano sino por accidente geográfico, tampoco era un mexicano típico: era justamente un habitante de la vieja Universidad que de pronto pasó a ser, ya en el sur de la capital, patrimonio de la humanidad. Ése era su territorio, su casa. Allí sólo hizo el bien. Puso su inmenso talento al servicio de la institución y por su alta categoría intelectual, la prestigió. Los grandes premios nacionales le llegaron a través de un trabajo académico, de investigación y de poeta mayor, sin salir de su enorme campus. Acaso por tal razón, los mayores homenajes los recibió en los auditorios universitarios. El amor-pasión entre la institución y el maestro se dio a plenitud en esos jardines, en sus aulas y edificios.

Podría decir, otro tanto, toda proporción guardada con el notable escritor y académico y yo. Dejé la UNAM, pero no del todo, suelo regresar a dar clases de asignatura a mi facultad. Sin embargo, mi tiempo completo, lo he cumplido cabalmente en la UAM, en Xochimilco. Y si tomo en cuenta que estoy allí desde el segundo trimestre del arranque, puedo considerarme un profesor fundador, a sólo dos meses de su creación.

La UAM ha crecido, ya no somos un puñado de profesores e investigadores, los planes educativos han cambiado positivamente, mis amigos fundamentales están en sus diversas instalaciones, por ejemplo: Sandro Cohen está en Azcapotzalco y Evodio Escalante en Iztapalapa. Podría decir que allí he envejecido. Su generosidad no ha tenido límites, el primer homenaje que recibí como escritor, en una unidad que carece de la carrera de literatura, fue iniciativa de mis colegas, quienes realizaron un magnífico reconocimiento que mucho me honró. Las autoridades han hecho lo suyo e igualmente he sido tratado con largo afecto. El Rector General José Lema Labadié me sugirió para que yo tuviera el digno título de “Profesor Distinguido” y mis compañeros más cercanos se encargaron de hacer los trámites que me conducirían a tal honor. Ahora, de una propuesta del Rector de Xochimilco, Salvador Vega, el Rector General, Enrique Fernández Fassnacht, ha visto con buenos ojos y generosidad que la institución celebre mis cincuenta años como escritor. Curiosamente son las mismas décadas que llevo de profesor y periodista.

En la tarea para hacer que los festejos sean óptimos, participan colegas y camaradas entrañables como Bernardo Ruiz, Teodoro Villegas, Joaquín Jiménez, Walter Beller, David Gutiérrez, Samantha Arreguín, Salvador Martínez y algunos profesores más que sería largo enumerar.

Lo cuento, porque ayer al mediodía, me correspondió con un grupo de escritores, leer poesía de Rubén Bonifaz Nuño en la explanada de Bellas Artes y cuando alguien me preguntó sobre el homenaje que ya circula en las redes sociales, dije algo semejante a lo que el poeta explicaba: Soy de dos mundos: la UNAM, donde estudié, y la UAM, mi casa definitiva. Porque en las dos he recibido todo lo que soy. Rumbo al final, veo que la UAM le dio pleno sentido a mi vida. Estar en sus aulas, trabajar con mujeres y hombres de valía, me hizo rico en los aspectos fundamentales del saber y del amor fraternal.

Los sin partido en México


Gustavo Madero es un pésimo político, como en general son los panistas. No sólo les falta oficio y cultura política, sino que ignoran para qué sirve la compleja maquinaria estatal. Priistas y perredistas tienen al respecto una mejor idea porque les ha permitido mejorar su situación financiera y disfrutar ininterrumpidamente de los goces del poder. Conocen al Leviatán y saben moverse en sus entrañas.
El pasado miércoles, Gustavo Madero anunció que tenía una amplia información sobre cómo Rosario Robles, titular de la Sedesol, utiliza políticamente los dineros asignados. Como prueba de un señalamiento que panistas y perredistas han venido haciendo desde hace algún tiempo; precisó que incluso posee grabaciones entre la funcionaria, antes perredista, con “el corazón en la izquierda”, que hoy niega ser priista al imaginarse ciudadana, y el gobernador de Veracruz Javier Duarte. Flanqueado por Ernesto Cordero y Alberto Villarreal, pidió “juicio político” en contra del citado gobernador y Rosario Robles por utilizar políticamente recursos oficiales con fines electorales. Como es obvio, el PRI, el gobierno de Peña Nieto, Duarte y la propia Robles, negaron los cargos. Añadieron que los culpables, seis ingenuos, habían sido suspendidos. El desmentido de la ex izquierdista lo escuché en radio. Enfática se declaró ciudadana y dijo lo que sus nuevos amigos querían escuchar: no podemos dejar de dar apoyo a los pobres porque hay procesos electorales. Tiene razón: México siempre padece una elección por semana y una miseria enorme. Fue más allá: la ayuda que estamos brindando tan no es política que antes de entregarla, hablamos con las autoridades locales sin importar el partido.
Más escándalo ha causado la enfermedad de Fausto Vallejo que la acusación panista contra la Sedesol. A cambio, el PAN ha mostrado que de nuevo es el opositor decidido que aprovecha todos los huecos para mostrar el verdadero rostro del PRI. En ello no hay novedad, sólo retorno a los orígenes más simplistas. Por su parte Miguel Ángel Mancera, también gobernante sin partido, ha manifestado su necesidad de hablar con Robles para precisar qué hará el gobierno federal y en qué sitios y evitar duplicaciones con su propia guerra contra la pobreza.
Llama la atención que en esta polémica iniciada por el PAN y sin duda vista con buenos ojos por Morena y el sector duro del PRD, se vean involucrados, aunque sea tangencialmente, dos altos funcionarios apartidistas. En las redes sociales más de un ingenuo pide candidatos ciudadanos sin percatarse que una vez que han aceptado la postulación a través de un partido, dejan de ser parte de la sociedad y hacen suyos los valores partidistas. En tal sentido, Rosario Robles adoptó las típicas frases priistas: por instrucciones del señor Presidente y llegaremos hasta el fondo.
Nunca olvidaré la única vez que estuve frente a Rosario Robles, recién llegada al poder: vociferaba ante un grupo ciudadano inconforme con el estilo de gobernar perredista, defendía a su partido y lo rescataba con el mismo vigor que ahora exalta a Peña Nieto. En estos casos, no veo diferencias entre el militante y el ciudadano. Se fusionaron por alguna pócima milagrosa. La señora Wallace debe seguir arrepentida de su paso por la candidatura ciudadana que le dio el PAN: no sólo evita el contacto con quienes la acogieron sino que se acerca a Peña Nieto para recuperar peso social.
Hemos vuelto al principio: un PRI poderoso y partidos opositores modestos en sus acciones y éxitos. Retorna la falsa preocupación por mantener vivos a los partidos de apariencia contraria. Y ellos acusan al PRI con aparente vigor. Su misión es oponerse. Al poder le cabe la generosidad, respeto al adversario.
Al país le falta crecimiento político. La democracia da sus primeros pasos y no existen grandes proyectos para salir del atraso. Los partidos son un solo partido y los planes no llegan a dos. Lo demás son matices.

abril 19, 2013

Explosión en Venezuela


Hace tiempo no encontraba en los medios nacionales e internacionales tanta unanimidad como en el caso electoral de Venezuela. Todos coinciden en señalar que se ha convertido en un polvorín con mecha muy pequeña. La acentuada división política venezolana no es novedosa, existe desde que Hugo Chávez llegó al poder y declaró que conduciría a su nación a un “socialismo bolivariano”, sin duda pensando en las muchas referencias que la dirigencia cubana ha hecho a José Martí. En ambos casos no pasa de ser una metáfora política: ni uno ni otro héroe tenía en su bagaje ideológico contemplado el socialismo. Bolívar murió antes que Marx apareciera en los anales de la cultura política, mientras que el cubano estaba preocupado por cometer la hazaña de echar a los españoles de la Isla. En sus tiempos otras eran las ideas predominantes. Pero he aquí que de pronto ambos estaban luchando desde el más allá en favor del comunismo. De muchas maneras, tanto a los Castro como a Chávez les funcionó. Pero más debido al carisma personal de Fidel y del venezolano. En el caso cubano, el nuevo ideario viene de una revolución armada. Había que darle, por un lado, al pensamiento de Marx y Lenin un toque latinoamericano, por el otro evitar en lo posible el miedo que en aquellos años existía en Occidente, durante la Guerra Fría, por el marxismo.

En Venezuela Chávez gobernaba con algún margen de superioridad numérica. Carismático, dicharachero, parlanchín, peleonero y demagogo supo manejar al país con extraña habilidad. Pero, pese a saberse enfermo, no fue capaz de preparar a sus sucesores. O si pensó que Nicolás Maduro, realmente lo estaba, se equivocó. En sus manos y en los trinos del pajarito que lo acompaña (como a Francisco I. Madero le hablaban los espíritus del más allá), el capital político de Chávez se ha venido diluyendo con celeridad. Si antes el chavismo ganó con un margen convincente, ahora apenas lograron el triunfo con el uno por ciento, lo que en términos reales divide a Venezuela en dos mitades perfectas y a los simpatizantes de Capriles convencidos de que el estilo mexicano es la solución: contar voto por voto, casilla por casilla, que fue en dos casos la argumentación de López Obrador.

De cualquier forma, los opositores al chavismo se han radicalizado, al ver los errores de Maduro y la ausencia de talento e impacto en el electorado, ahora han salido a las calles y actuado no con prudencia sino con furia. Eso es riesgoso. Como sea, la legalidad, mientras no se muestre lo contrario, le es favorable al sucesor de Chávez. De su lado están, al parecer, las fuerzas armadas. Es de muchas formas una copia del caso mexicano de 2006, sólo que en otro contexto.

Las tiranías a menudo tienen un fuerte soporte. En Chile, el pinochetismo siempre contó con apoyo de masas. Cuando al fin el tiranuelo Pinochet perdió en un referéndum, fue por poco menos de la mitad. Dicho en otros términos, el conservadurismo chileno tiene una buena porción de militantes. Al menos en aquellos años cuando asesinaron a Salvador Allende.

El apretado triunfo de Maduro le garantiza una victoria pírrica. Su poder no durará mucho. Ya sin el pajarito, el sueño de un “socialismo bolivariano”, temeroso de Dios, no resistirá más. El poder radicaba en la figura de Hugo Chávez. Maduro a su lado, nunca creció, fue siempre un segundón con buena fortuna. Si bien le va, estará en la presidencia su periodo completo. Pero cuando venga el nuevo proceso electoral, en el cual participe Capriles o no, desaparecerán las ideas de Chávez y surgirá un tono más amable hacia Estados Unidos y sus aliados.

La oposición nada ganará tomando las calles y pidiendo a gritos la salida de Nicolás Maduro. Lo sensato es esperar a que ocurra el natural desgaste del chavismo y termine por desaparecer. De lo contrario, podrían fortalecerlo al azuzar con la violencia y enfrentar a las fuerzas armadas. Ocupar calles y avenidas, vociferar, lo vimos en México, de nada ha servido. Más si con su conducta belicosa provocan al Ejército. Ya hay muertos y heridos.

Maduro a su vez también ha endurecido el tono, si en principio dijo bienvenido el recuento, ahora advierte que “más temprano que tarde, Capriles estará ante la justicia”. De tal forma que si el líder opositor juega con fuego, bien podría salir quemado. A él le cabe la prudencia y la habilidad de moderar la rabia de sus partidarios y ver el futuro, sacarle provecho a los muchos errores que ha cometido Nicolás Maduro y a los que se avecinan una vez que se sienta dueño de la situación. A Capriles le convendría valorar el tiempo y no pensar en ocupar la silla presidencial con gritos e insultos. El tiempo está de su lado. Lo grave es que Venezuela tomará un rumbo más acorde con el modelo neoliberal de la globalización. Pero eso es algo irremediable. Ex guerrilleros y ex comunistas han llegado al poder no para ejercer la “dictadura del proletariado” sino para tratar de darle al capitalismo imperante un rostro menos severo. Por ahora, Venezuela es un país de futuro político incierto y economía ruinosa.

abril 17, 2013

La maravillosa ninfa llamada Lolita


Para el día mundial de la lectura. Mi propuesta: Lolita.

¿Recuerdan la maravillosa novela de Vladimir Nabokov, Lolita? Elogiada por Denis de Rougemont y Graham Greene, conmovió a muchos lectores del planeta. En México, donde no cabía la literatura erótica, fue recibida como una innovadora salvación. Las descripciones de la hermosura, gracia de la jovencita y su delicada piel, eran perturbadoras.

El tacto es uno de los elementos del amor. El principio del erotismo. Acariciando la piel comienza en lo profundo a gestarse el orgasmo. Un beso (lo sabían Klimt y Rodin) desata una explosión que el corazón apenas nota y el cerebro tarda en digerir. La literatura amorosa lo ha propagado y la realidad es todavía más explícita. En todo gran poema o novela de amor, aparecen alusiones a la piel. Imposible concebir el amor sin que pase por la piel. Tersa, suave, morena, rubia, negra, blanca, delicada, nacarada, son calificativos frecuentes. Cleland, Shakespeare, Sade, Flaubert, Neruda, D. H. Lawrence, Anais Nin, Bukowski, Henry Miller, son algunos que le han dado forma a los sueños y fantasías amorosas de los lectores.

Nabokov alcanzó la fama mediante una novela erótica que al principio fue acusada de pornográfica: Lolita. Lolita era una joven hermosa, atrevida, yo diría que se trataba de una adolescente perversa, pervertida y poco común, que despierta en su padrastro una enorme pasión. La novela fue un escándalo y ha sido llevada dos veces a la pantalla, la primera con James Mason en el papel de Humbert-Humbert, y la segunda con Jeremy Irons. La mejor Lolita fue sin duda Sue Lyon y ninguna otra como Shelley Winters para el papel de la madre. Sin embargo, ambos filmes fueron fallidos debido a la mojigatería de la época. La novela es un clásico de la literatura universal y como tal se anticipó a su tiempo. Es estudiada y analizada no sólo por su atractivo tema, un triángulo poco frecuente aun en nuestra época, sino también porque muchos la consideran un monumento al idioma inglés. Ahora, cada vez que alguien se topa con una niña precoz en cuestiones amorosas, es calificada —con ironía o precisión— como una Lolita.

Nabokov, como todo buen escritor amoroso, fue claro en sus descripciones femeninas: nos presentó a una criatura angelical, de belleza perfecta, de un espíritu renovador y agresivo, un tanto cruel y desde luego lujurioso. Lolita es, sesenta años después, más avanzada que cualquier niña faunesa o ninfeta. No obstante, el final desconcierta: Lolita convertida en Dolores encuentra el amor en un hombre común y la felicidad en la familia convencional. El gran perdedor es Humbert-Humbert, el hombre que fue subyugado por la niña y luego abandonado a su suerte.

Destacan en la novela las descripciones sensuales y sexuales, quizá lo que mayor escándalo provocó y que, hoy, ante los excesos de la cinematografía y la televisión, palidecen de asombro.

En una parte de la magnífica obra, Nabokov escribe: “Humbert-Humbert arrebató la manzana. Dámela, suplicó mostrando las palmas de mármol. Le tendí la deliciosa fruta. Lolita la tomó y la mordió. Mi corazón fue como nieve bajo esa piel carmesí…”. Enseguida hace una excitante y hermosa descripción del cuerpo de la joven.

En otro momento, el narrador señala: “H-H: era un monstruo pentápodo, pero la quería. Era despreciable y brutal y depravado y cuanto pueda imaginarse, pero ¡la quería! Con cuánto anhelo deseó acariciar su piel brillante bajo la luz neón del anuncio de un deslustrado hotel. Con cuánta ternura se hinchó su pecho al imaginarse sorbiendo sus lágrimas, gimiendo en su pelo, explorando el más diminuto rincón de su frágil cuerpo hasta quedar transido de azul éxtasis”.

Como es posible notar, en esta novela, lo mismo que en muchos otros textos literarios, la piel juega un papel destacado, a veces el principal: la belleza femenina comienza por dos sentidos básicos: la vista y el tacto. Humbert-Humbert, cuando pierde a Lolita, va, enloquecido, en su búsqueda, va tras la piel marmórea de la jovencita. Cuando al fin la encuentra, es otra mujer: ha cambiado: la metamorfosis es degradante y así la describe: “…y allí estaba mi Lo, con su belleza estropeada, sus manos adultas y venosas, sus brazos de piel de gallina, sus orejas chatas”. Todo está perdido para el amor-pasión: Lolita ha dejado su deslumbrante y pícaro pasado para convertirse en una simple ama de casa.

Lolita es una novela maravillosa que con el tiempo ha probado sus valores estéticos, y la niña precoz, un ser capaz de provocarnos las pasiones más encontradas. Humbert-Humbert, después de esa experiencia, vivirá eternamente deslumbrado por el pubis blanco y pecoso de Lolita. No importa que su futuro sea el de un hombre lastimoso y nostálgico.

La literatura se ha hecho más audaz, allí está, por ejemplo, Philip Roth con Animal moribundo, donde aparece un viejo profesor universitario capaz de conquistar a sus alumnas y correr amores pasionales sin límite. Pero para muchos quedará el recuerdo imborrable de Lolita, la niña perversa que inquietó a millones de lectores.

abril 15, 2013

Hollywood, la mejor arma del capitalismo


Cuando el Muro de Berlín se derrumbó simbólica y materialmente, el comunismo ya había sido vencido. Sin la fortaleza del marxismo-leninista, la URSS y más adelante el bloque que surgió luego de vencer a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, en manos de Stalin, perdió su espíritu renovador y su impulso revolucionario para convertirse en una enorme tiranía. Nunca hubo en el mundo un hombre tan poderoso como el dictador soviético. Ésa fue la desgracia de la utopía marxista. Crearon un gigante con pies de arena.

El derrumbe fue producto, explicaron los analistas occidentales, de la permanente crítica de los medios de comunicación, que defendían la libertad y la democracia. Sí, pero también los anticomunistas contaron con un poderoso aliado: la enorme y exitosa cultura popular norteamericana. Acaso hoy parezca broma, pero cuando existía el bloque socialista, uno llegaba a Praga, La Habana, Leningrado o a cualquier ciudad comunista y los jóvenes corrían hacia uno tratando de comprarle pantalones vaqueros, zapatos tenis, chicles, medias, chocolates y cualquier sandez que se nos ocurra. Era tal el éxito de la Coca-Cola, la Pepsi-Cola, los automóviles Ford o Cadillac, del rock inicial a cargo de Elvis Presley o del tedioso de Pat Boone, que abrumaba.

Estados Unidos pronto descubrió su poderío popular y lo hizo recorrer todo el orbe a través de su mejor arma psicológica: la cinematografía. De este modo, el comunismo fue puesto al descubierto, no era capaz de brindar diversión a raudales ni estar al tiempo musical, tampoco se acostumbraba a mascar chicle, comer chocolates Milky Way o ponerse una chamarra roja como la de James Dean o de cuero negra como la de Marlon Brando en Rebelde sin causa y El salvaje, respectivamente. Para colmo, carecía de héroes capaces de enfrentar a los capitalistas.

¿Cómo podían los soviéticos vencer al invencible Agente 007? Inalterablemente los derrotaba. Y así como Tarzán peleó contra los nazis, por las pantallas han desfilado héroes que vencían y siguen derrotando a los villanos que retan la maravillosa vida que nos brinda el capitalismo. Los malos han sido alemanes nazis, rusos comunistas, chinos maoístas, coreanos del norte y ahora nos regocijamos de ver cómo les dan su merecido a los musulmanes en sus propios desiertos. ¿Cómo defenderse de Hollywood? ¿De qué manera los malvados enemigos de la libertad y la democracia pueden crear súper héroes y lograr que haya un Superman marxista, un Batman que defienda Bagdad? No hay forma. Hollywood y sus seguidores han logrado crear cientos de héroes, siempre imbatibles que nos salvan del comunismo o del terrorismo árabe.

Esto viene a colación porque hace unos días, el actor escocés Gerard Butler vino a México a promover su más reciente filme: Olimpo bajo fuego, donde con su poderío de agente de seguridad norteamericana, salva a la democracia de la amenaza norcoreana. El arma no tan secreta de EU para derrotar y ridiculizar a sus enemigos es la cinematografía. Ella nos ha dejado claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. Es un negocio perfecto de los mercaderes de Hollywood. Sean Connery se hizo rico matando comunistas rusos y chinos. Cuando no hay enemigos al frente, la cinematografía los inventa, fiel a la máxima de usted escriba sobre la guerra y yo la produzco. De este modo, Bush padre inventó las armas químicas mortales de Irak y procedió a la devastación de un país, ahora por completo arruinado. Pero cuando la amenaza para la democracia y el modo de vida norteamericano disminuye en un sitio, rápido proceden a realizar filmes sobre otro enemigo. Es el turno de Corea del Norte y de su joven dirigente, torpe y proyanqui, además, hay que darle con todo por aquello de que en algún momento haya necesidad de invadir a ese país diminuto, pero que dicen los productores de Hollywood, los agentes de la CIA y los que gobiernan desde la Casa Blanca, es un peligro para la democracia y la libertad.

Mi generación odió a los nazis, a los soviéticos, a los chinos, a los alemanes comunistas no por convicción ideológica, sino porque vimos filmes donde los más grandes galanes norteamericanos y las más bellas actrices gringas daban la batalla para salvarnos. Del mismo modo que Hollywood nos explicó por qué fue indispensable la matanza de miles y miles de indios salvajes, para dar nacimiento a un país maravilloso, creado por Dios y con una guía ética: el Destino Manifiesto. En estos meses asistimos a la derrota al menos cinematográfica del bobo de Kim Il-un, que en el fondo cambiaría muchos de sus misiles de imaginario largo alcance por una noche con Madona o un fin de semana en Las Vegas.

Nadie como Hollywood para justificar masacres, guerras, invasiones, destrucción y asesinatos. Todo se hace en nombre de la democracia, cuyo mejor modelo es EU.

De cualquier manera, así como he visto todos los filmes de James Bond y cada película donde aparecen mis actores predilectos madreando a los malos de la historia, veré varias veces Olimpo bajo fuego, donde Gerard Butler liquida a los coreanos comunistas, al parecer los últimos bastiones del estalinismo en su más deplorable versión. Por cierto, Stalin, según dice Hollywood, era fanático de sus productos, los que miraba en secreto con sus hombres más allegados, en el Kremlin. Su favorito era John Wayne matando pieles rojas.


La crónica

abril 14, 2013

Derechas e izquierdas, ¿existen?

Fernando Savater explica que ambos nos han orientado por tanto que es difícil prescindir de ellos.


El debate sobre qué es la izquierda y quién o quiénes la representan ha sido una calamidad. Un torneo de necedades. Me recuerda a un antiguo funcionario de la SEP en cuyo escritorio tenía su nombre en madera y una palabra que lo calificaba como si fuera doctor o maestro: ateo. Sin embargo, dicen los críticos de aquella época en que resonaban los balazos entre cristeros y tropas federales, que en casa él y su familia llevaban una vida religiosa. Si se es de izquierda, se prueba con hechos, no con declaraciones tonantes. En el caso de Marisela Contreras, delegada de Tlalpan, donde vivo, la historia se repite. Hay letreros en sus oficinas que la señalan como “izquierdista”. Ninguno de quienes observamos sus acciones hemos podido comprobar la aseveración de la funcionaria perredista. Es la historia de Tlalpan desde que Cárdenas y la hoy impetuosa priista, Rosario Robles, gobernaron el DF. “Primero los pobres” es una triste consigna que en todo caso pudo decir Cristo, no Marx o Lenin. Estos últimos buscaban una transformación radical que los evitara, así como las desigualdades. Diego Rivera lo sintetizó en una obra muy suya expuesta en el Palacio de Bellas Artes: una marcha proletaria donde los carteles desplegados exigen “queremos trabajo, no limosnas”.
Hace algunos años, Norberto Bobbio escribió un libro clave para la comprensión de este problema: Derecha e izquierda. La magnífica obra produjo un debate intenso y serio para saber hacia dónde se mueve el mundo una vez que desapareció de manera dramática el comunismo. Rigurosamente marcha hacia un severo pragmatismo que intenta deshacerse de las ideologías, vengan de donde vengan, algo que no es fácil, puesto que la globalización hace lo suyo en beneficio de la economía de mercado y ésta a su vez no mejora las condiciones de vida ni elimina las contradicciones sociales. México, por ejemplo: tiene millones de pobres y un puñado de multimillonarios capaces de menospreciar a los restantes del planeta. Tampoco los prestigiados Estados de bienestar consiguen satisfacer las necesidades colectivas y sí permiten el aumento de los muy ricos y poderosos.
Fernando Savater explica que ambos términos nos han orientado por tantos años que es difícil prescindir de ellos. Tiene razón: hay izquierda hasta en la derecha. Todo es cuestión de interpretaciones fáciles. Si se tiene carisma y audacia, es posible inventar un socialismo bolivariano. El debate suscitado por Bobbio lleva a nuevas definiciones como centro-izquierda y derecha-centro. En estos tiempos la lucha es por el centro. Derechistas e izquierdistas buscan ese cómodo sitio que Duverger despreciaba. Que tenemos una izquierda y una derecha radicales, es cierto. La resistencia a los extremos no ha sido vencida.
Habrá que pensar, sí, a la luz de Bobbio, pero también considerando las antiguas utopías, hacia dónde deseamos que la humanidad marche. Bajo una aparente tranquilidad se consolida el neoliberalismo globalizador, atrás hay millones y millones de insatisfechos, de indignados, que son el ejército de reserva de la izquierda radical. Tarde o temprano tendremos un choque de ambas fuerzas. Las ideologías viven, ninguna ha muerto, les falta un proyecto rector. El vaticinio marxista puede llegar finalmente a cumplirse: la violencia es la partera de la historia.
En México la aparente izquierda reta cada vez con menor intensidad, mientras que la derecha y el centro preparan con sigilo nuevos cuadros de alto nivel, capaces de gobernar con la necesaria eficacia para que el país avance regido por las concepciones de la libre empresa. En tal sentido, ningún candidato del pasado proceso electoral ofreció la izquierda como solución. Quien triunfó, en el mejor caso, consolidará el centro-izquierda. Tampoco es novedad. López Mateos lo intentó con la economía mixta y los chinos lo hacen con su poética tesis de dos caminos, una patria.

abril 12, 2013

El presidencialismo redivivo

Deben universidades públicas evitar modelos de culto al mercado:

José Narro

En años recientes hemos asistido al “descubrimiento” del presidencialismo. Primero fueron tímidos análisis acerca del extraño fenómeno que desciende del caudillismo y que inventa o le da forma legal el general Lázaro Cárdenas. Más adelante los propios ex presidentes comenzaron a decirnos, no exentos de cinismo, cómo habían elegido a sus sucesores o, peor aún, cuál había sido el proceso mediante el cual obtuvieron la llave de Los Pinos. Algunos investigadores escribieron libros donde hablaban cautelosamente de las facultades metaconstitucionales de los presidentes: sumadas a las que les permite la Constitución, resultan una fuente de poder inagotable.

Pero dos fenómenos han acotado al presidencialismo mexicano. El primero fue el abuso y la reacción de la sociedad en contra de ese inmenso poder. El segundo fueron las derrotas que el PRI sufrió a manos del PAN. Ambos casos remodelaron al agotado esquema. Hoy no es que Peña Nieto sea un acabado demócrata, sino que los medios y los sectores más avanzados de la sociedad no le permiten más recurrir al autoritarismo con frecuencia brutal, al abuso, al nepotismo y a la corrupción del pasado. Los mismos partidos opositores al Revolucionario Institucional buscan reacomodo, nuevas posturas, no es posible que sigan vociferando contra el pasado (que es el suyo también), participando de los mismos métodos priistas y utilizando la corrupción como conducta política.

Los presidentes, luego de Lázaro Cárdenas, se han caracterizado por ser hombres de claroscuros. Alguien podría decir con razonable ironía que predomina la parte oscura. Pero también hubo aciertos, acciones que le permitieron al PRI mantenerse por décadas en el poder y actuar a placer, dominar a la sociedad y corromper a los medios. El estancamiento que sólo el discurso político ignora, se ha hecho algo afín al mexicano. El periodismo de calidad y los analistas académicos se han convertido en pésimas batutas. Nada dirigen y sí en cambio entorpecen más el sinuoso camino hacia el desarrollo y la armonía. A Peña Nieto debemos darle por ahora el beneficio de la duda, pero su discurso es confuso, repetitivo y cargado de temores. Un caso: su relación con escritores y artistas plásticos.

De otro lado, los intelectuales han fallado estrepitosamente en lo político. Si bien la mayoría cumple con su función primordial, hacer arte, son muy escasos aquellos que tienen coherencia política. El intelectual orgánico en México no es el que miraba Gramsci, fiel a una causa o postura. A una ideología. Son leales a sí mismos. Ayer apoyaban a López Obrador, ahora comienzan a acercarse a Peña Nieto. Con Miguel Alemán, Echeverría y Carlos Salinas ahora son implacables, en su momento les sirvieron. Como mandatario Alemán edificó algo grandioso: la CU, nadie lo menciona, queda como herencia su tendencia al enriquecimiento. Echeverría se rodeó de intelectuales que hoy lo insultan rutinariamente. Algo semejante le ocurre a Salinas, en tanto el gran “modernizador” y con López Portillo, cuya charlatanería careció de límites pero supo convencer. ¿No hay manera de estudiarlos con frialdad y objetividad para al fin saber qué debemos hacer con el presidencialismo mexicano?

El PRI sigue sin ser un partido político, es una aceptable maquinaria electoral. No sirve para otra cosa. Se percató, qué absurdo país, que la distancia con el presidente no ayudaba en sus afanes de triunfo y de nuevo se puso al servicio del primer mandatario. Otra vez las ovaciones priistas resuenan tras cada frase de apariencia genial en boca de Peña Nieto. Todos los méritos son suyos. Sus primeros pasos le dieron sentido al país. Y volvemos a las detestables frases hechas: hay rumbo y timón. Es el mejor mexicano.

Claro, después de doce años lamentables, en realidad vergonzosos, buena parte del país ve como bueno el regreso del PRI. El sistema en su conjunto parece obligado a aceptar la nueva realidad y con discreción se pliega. La oposición ha quedado en manos de López Obrador y, éste, sin recursos y sensiblemente venido a menos, apenas contará. De nuevo el PRI se hará invencible otro buen tramo histórico.

México no tiene referentes ideológicos. Dividimos a las fuerzas políticas por comodidad y porque ellos así intentan definirse. Fernando Savater precisaba, al hablar de la postura de Norberto Bobbio, que “tras la caída del muro de Berlín y el patético final de los regímenes comunistas, la izquierda en todos los países ha quedado desconcertada. Algunos afirman que ya no puede hablarse de izquierda ni derecha y que sólo cabe un pragmatismo político universal…”. Nuestros partidos buscan el centro, despreciado por Maurice Duverger. Nadie realmente tiene en sus manos una nueva utopía ni deseos de revitalizar las antiguas. Los mexicanos vamos dando tumbos según las indicaciones del presidente, de un caudillo temporal que nos dice ser un acabado demócrata y modernizador.

Es posible, siguiendo a Savater, que entre los jóvenes y los eternos rebeldes, que izquierda y derecha sean conceptos válidos y que entre ambas posiciones, necesitemos la primera, pues la segunda a poco o a nada conduce. Lo vemos en donde gobierna. Actualmente el discurso político nacional no funciona más que para darnos ánimos y no perder las esperanzas. Al respecto, ¿qué piensa el PRI? ¿O debemos esperar la respuesta en Peña Nieto?

abril 10, 2013

¿Dónde se extravió el periodismo cultural? II


(Última parte)

Con la aparición de la obra magna de Truman Capote, A sangre fría, lo que él mismo señala como un nuevo género que no es reportaje y al mismo tiempo acaba con la novela tradicional, las cosas se enriquecen o se hacen más complejas para su cabal entendimiento. Casi al mismo tiempo, novelistas como Norman Mailer escriben grandes reportajes como El combate y Los ejércitos de la noche, donde aparecen nuevas propuestas para enriquecer tanto a la literatura como al periodismo. Sin embargo, la dinámica e intransigente propuesta de Tom Wolfe no parece contar con el decidido apoyo de su generación, a lo sumo la ven como un fenómeno aislado, para justificar, critica Mailer, su propio trabajo. En un libro que escribí a petición de la UAM-X, La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura, recojo multitud de opiniones de literatos y periodistas que no dejan lugar a dudas de las dificultades para encontrar una precisión al tema. Algunos (como José Camilo Cela y Antonio Gala) dicen que periodismo y literatura son la misma cosa, puesto que usan la palabra escrita, pero otros rechazan tal posibilidad y dicen que la literatura es superior al diarismo, que éste es efímero e incapaz de alcanzar los grandes niveles de calidad que posee una novela o un cuento. Aquí aparece Hemingway, quien a pesar de sus recomendaciones a los jóvenes de abandonar el periodismo a tiempo, él nunca dejó de hacer periodismo. En sus páginas literarias hay un realismo proveniente de su trabajo de comunicador. La verdad es que otras son las diferencias entre ambas tareas: el periodismo debe apegarse a la verdad de los hechos, en tanto que la literatura carece de límites. Por otro lado, la última es ficción, el primero es realidad y así lo indica Mario Vargas Llosa en un ensayo notable: “La verdad de las mentiras”. Pero en ambos casos debe prevalecer la osadía de un nuevo y más rico lenguaje y seguramente una estructura menos convencional. Por desgracia, las libertades y las intromisiones literarias no son muy del agrado de los directores de secciones políticas o económicas, suelen ser excesivamente celosos de las tradiciones y en ellas el reportaje es el reportaje y el artículo de fondo no va más allá de los límites que le conocemos. En consecuencia, es en el suplemento cultural donde pueden darse mejor las innovaciones, donde la riqueza de la literatura puede mejorar al periodismo.

La tarea de comunicar le concede, a quien bien la realiza, una recompensa ilimitada: el agradecimiento y el respeto de una sociedad orientada correctamente. Ahora bien, ¿de dónde sale el periodista ideal que apenas hemos esbozado? Puede formarse en las salas de redacción, como hasta hace un tiempo, pero asimismo egresan de las universidades, donde el joven recibe no sólo los elementos académicos, sino también una clara idea del código moral que debe llevar como escudo y divisa. La corrupción tiene que cesar del todo. El informador serio se debe a la sociedad y darnos su esfuerzo ético y estético, dejando la arrogancia de lado, allí está su mayor compromiso, no con el político todopoderoso ni con los partidos ni con el Estado. Tendrá que encontrar su sitio junto a los mayores intereses de la nación.

¿Cómo formarse en el periodismo cultural? Los caminos pueden ser diversos, destacan las escuelas y las mismas redacciones. Pero hay uno que conduce de la mejor forma posible a este diálogo entre escritores y lectores: la cultura, el arte. Decía Kapuscinski que se aprendía más política en un museo que en los escenarios naturales de tal actividad. Siguiendo esta lógica, el joven periodista que se asuma colaborador de secciones y suplementos culturales deberá ser dueño de una amplia cultura. Las visitas a museos y galerías, a espectáculos de alta cultura y manifestaciones populares, los conciertos y los recitales, la literatura y la cinematografía, la lectura y el trato con los autores, son un camino formidable que, créanme, nada tiene de tedioso. Así lo he pensado desde que a los veinte años me acerqué al poeta y periodista español Juan Rejano para publicar en las hermosas páginas del suplemento cultural de El Nacional, Revista mexicana de cultura. Fue mi primer maestro en tal vocación. Más adelante, colaboré en las páginas del suplemento México en la cultura, ya en la revista Siempre!, donde Fernando Benítez me recibió con su acostumbrado mal humor. En 1984 fundé El Búho, suplemento de Excélsior, cuya vida de unos trece años me permitió obtener multitud de premios, incluido el Nacional de Periodismo que concedía el gobierno de la república. Hoy apenas veo unas modestas páginas destinada a temas culturales, mezcladas con el espectáculo y el entretenimiento comercial, que tanto promueven los políticos mexicanos, suponiendo que los harán populares, sin percatarse que contravienen las tradiciones luminosas del mejor México.

De cualquier manera, escribir bien, como Novo o Leduc, digamos, produce algo que podríamos llamar periodismo literario y le concede perdurabilidad. Deja de ser efímero, momentáneo. Se hace historia y literatura. Como he escrito en estas páginas: hay que añadirle a la estética, la ética.

abril 08, 2013

¿Dónde se extravió el periodismo cultural?


(Primera de dos partes)
Para la década de los sesenta en EU comenzaron a aparecer literatos importantes que preferían trabajar en diarios y revistas. Tom Wolfe acuña el término Nuevo Periodismo para señalar la mezcla de dos lenguajes: el periodístico y el literario. Esto aparece como una novedad asombrosa y así lo manifiesta el propio Rysarzd Kapuscinski en su libro Los cinco sentido del periodismo. Algunas de las mejores características del Nuevo Periodismo, la ironía, el buen humor, el lenguaje coloquial y una sintaxis audaz, se dieron en la segunda mitad del siglo XIX. Escritores como Ignacio Ramírez, El Nigromante e Ignacio Manuel Altamirano convirtieron el acartonado periodismo en ágiles notas que de pronto estaban más cerca de la creación que del informe de hechos preciso, justo.  Durante los años de la Revolución Mexicana ocurrió otro tanto. De este modo fue apareciendo nuestro Nuevo Periodismo. La llamada novela de la Revolución Mexicana contiene tantos elementos autobiográficos que resulta imposible no ver la mezcla de periodismo y de creación literaria. Algunas obras como las Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán son falsa autobiografía y las novelas de José Vasconcelos no son otra cosa que autobiografías. Hay, pues, deliberada combinación de géneros con tal de lograr obras maestras.

Los antecedentes pueden remontarse mucho más atrás. Hay quienes citan El diario del año de la peste de Daniel Defoe (1722), como precursora y los tenemos que van a dos libros de rapiña: Las cartas de relación de Hernán Cortés y La crónica de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, ambos vistos como empresas de “comunicadores”. Kapuscinski  hace su lista e incluye a poetas como Eliot y Wordsworth y narradores como Balzac, Dostoyevski, Orwell y Malaparte. Ello equivale a dar como hechos informativos o periodísticos, seguramente históricos, libros de memorias, diarios, crónicas de viajes y autobiografías. En tal sentido, Michel Tournier los separa y explica que los anteriores son parte del género documental. Pero podríamos decir que muchos de esos libros “documentales” con frecuencia son parte de la ficción del escritor, de su imaginación, a veces en forma deliberada, otras como resultado de recuerdos imprecisos o borrosos. La historia es asimismo inexacta por más que la consideremos una ciencia. Por siglos aceptaron la existencia del ave Roc sólo porque Herodoto la citaba en sus Nueve libros de Historia. Pero sabemos que la historia es variable y sufre modificaciones según las simpatías personales del “científico social” que analiza al personaje: no es lo mismo el Benito Juárez de Francisco Bulnes o de José Vasconcelos que los de Héctor Pérez Martínez o Ralph Roeder. Para los primeros es un canalla, para los segundos, un héroe impecable. Ello nos lleva a una complejidad mayor y una riqueza que debemos explotar sin miramientos. Hace algunos años dicté una conferencia en una universidad de EU, el tema era discutible y fascinante: la autobiografía como ficción. En este trabajo despojé de precisiones a los géneros escritos y les di una atractiva ambigüedad o una falsedad definitiva. No es posible confiar en libros autobiográficos que han sido escritos en la vejez o en diarios de mitómanos (los artistas suelen serlo), pero sí aceptarlos por su belleza. La autobiografía y sus variantes padecen egocentrismo, lo cual es normal. Por regla general se trata de personajes que al verse exitosos piensan que es su deber redactar la historia de sus acciones. De este modo Churchill pasó de la política a la historia y enseguida, gracias al premio Nobel, a la literatura.

Es posible añadir que toda la literatura, como precisa Roland Barthes, “está penetrada de socialidad. Los materiales que utiliza provienen esencialmente de la sociedad, de la historia de la sociedad. Resulta inconcebible escribir el texto más mínimo sin que por él, de un modo u otro, pase la historia y, desde luego, la sociedad con sus divisiones, sus conflictos, sus problemas…” ¿Acaso no sucede lo mismo con el periodismo? Quizá un límite pudiera ser la sutil diferencia entre fantasía y realidad, la primera aplicada a la literatura y la segunda al periodismo, pero con asombrosa frecuencia la línea fronteriza se hace cada vez más delgada ante los ojos del periodista agudo e inteligente, en consecuencia ante los del lector. No hay texto, por más fantasioso que sea, que no posea elementos tomados de la realidad. Al revés, la realidad inmediata puede estar llena de fantasía.

En Tom Wolfe hay aportaciones notables: el dejar de considerar al periodismo como un género menor y el rechazar la canonización de la novela como el género supremo. Mientras Wolfe respinga contra el periodismo convencional y la literatura como sinónimo de arte sublime, Norman Mailer experimenta y seduce con Los ejércitos de la noche donde plantea un mismo tema bajo dos enfoques diametralmente distintos: la novela como historia y la historia como novela. Los resultados son asombrosos y nos recuerdan que en México el antropólogo norteamericano Oscar Lewis había novelado su trabajo antropológico Los hijos de Sánchez y que Ricardo Pozas había hecho lo propio con el notable libro Juan Pérez Jolote; ambas obras hoy las leemos como historia, como antropología sí, pero también como literatura, no sólo por el esfuerzo de novelar sus investigaciones sino por la buena manufactura de sus textos.