Tantadel

junio 30, 2013

Un recuerdo más sobre Arreola


Para mis gustos (en donde es posible que Emmanuel Carballo y yo) no hay en México mejor cuentista que Juan José Arreola, por más deslumbramiento que reciba de Juan Rulfo. Ambos fueron maestros míos en el legendario Centro Mexicano de Escritores. De los dos recibí regaños y consejos literarios. El caso de Arreola es semejante al de Rulfo en cuanto a extensión y calidad, a pesar de que tenga más éxito la obra de este último escritor. Lo que ocurre es que los temas y tratamientos de Rulfo son más impactantes en países como el nuestro. América Latina está diseñada, o inventada, según Edmundo O’Gorman, para aceptar y admirar el nacionalismo y el realismo o cualquiera de sus descendencias. Lo fantástico y lo cosmopolita son más bien propiedad de minorías o, según la vieja izquierda intelectual, un género de evasión. Y aquí, de modo muy amplio y sin mayores precisiones, entraría la literatura de Arreola. Lo más grave, en este caso, es que los países europeos y EU, que tienen una amplia tradición de literatura fantástica y gustan de lo que carecen: de temas nacionales en países rurales y tendientes a ciertas formas de realismo, brutales, por añadidura. Ello por una razón que suena violenta: por exotismo. Nada más desconcertante para un estadunidense, un inglés o un francés que libros como La sombra del caudillo, Vámonos con Pancho Villa o El llano en llamas: la violenta revolución y el misterioso campo mexicano. En cambio, es probable que no les impresione gran cosa Confabulario. Lo ven, en todo caso, como algo familiar, como parte de la literatura universal, de la que forman parte sustantiva autores que Arreola ha amado tales como Kafka, Schwob y Borges.
Su acostumbrado rigor verbal en donde —a diferencia de sus textos— no conocía la brevedad, su pasión por la palabra dicha lo llevó inalterablemente a la desmesura, a veces interrumpido por su hermosa risa dentro de un rostro luminoso, mesándose el cabello ensortijado, para retomar con mayor ímpetu su discurso o precisar una idea a través de un poema de Neruda o López Velarde. Una sola vez estuve en público frente al maestro. Se trataba de una plática organizada por el IFAL en la que estaban “el maestro y el discípulo”. Aquello no fue más que un crimen. Rosario, mi esposa, lo precisó de otra manera: no es un torneo mano a mano, como anunciaron los organizadores, es mano a dedo. Fue cierto. El tema eran los jóvenes en la literatura francesa y comencé recordando a Raymond Radiguet y Rimbaud. Esa fue la pauta para que Arreola tomara la palabra y nos probara su amor y conocimiento por la literatura francesa sin que yo pudiera decir alguna otra cosa. Todos nos acomodamos para escucharlo, como yo antes lo había hecho en sus conferencias luminosas.
Más adelante, en otro momento, llegamos juntos a cenar con Emilio Portes Gil, ex presidente de la República y hombre culto: fue una noche memorable: entre Arreola y el viejo político hicieron un alarde memorioso y entonces el menú pasó a ser de versos y prosas.
En pláticas, entrevistas y clases, las palabras de Arreola, perfectas, cuidadosamente dichas, de sintaxis invisible y prodigiosa, fueron siempre literatura. La mejor prueba es que ahora incluimos dentro de su bibliografía sus libros escritos en el aire.
Su prosa impecable es una de las mejores del continente. Nada sobra, nada falta. Es escasa, así lo quiso él. La perfección suele alcanzarse en obras reducidas. Balzac y Tolstoi, Carpentier y Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Fernando del Paso, tienen alguna página fatal. En Arreola no hay desperdicio. Junto con Torri, inaugura en México una literatura fantástica repleta de ingenio e imaginación.
Juan José tuvo el don de la palabra escrita y el gusto por la oralidad. Su primer encuentro con Borges tuvo como resultado el que el porteño dijera que Arreola era un buen tipo: me dejo intercalar algunos silencios.

Excelsior

junio 28, 2013

Julio Cortázar, modelo para armar


Julio Cortázar dejó una enorme y maravillosa herencia. Escribió una prosa delicada e inteligente y fue un hombre de ideología clara. Su novela más llamativa, Rayuela, acaba de cumplir 50 años, sin embargo, su lectura produce la misma emoción del momento en que apareció. Es una obra clásica.

Los cuentos y novelas de Julio Cortázar están construidos como fantásticas mansiones que alguien habita por razones poco frecuentes, inusuales. Las diseñó pequeñas como “Casa tomada”, para que seres enigmáticos y ciertamente peligrosos despojaran a los dueños en medio de un ambiente de terror. También hizo monstruosos y laberínticos planos de una magna casona para que los lectores concluyeran la construcción. O tal vez estemos hablando de un rompecabezas, puzzle, que se llamó Rayuela. En este caso, el arquitecto  nos proporcionó, además de los planos, un instructivo para no extraviarnos en la complejidad del edificio. Se trata de hacer una casa a gusto de cada lector, combinando los capítulos y sin recurrir al ordenamiento de lógica formal. El autor desaparece, los personajes nos dan asombrosos datos, pero de ninguna manera tenemos la obligación de seguirlos. La Maga y Oliveira cuentan una serie de historias y nos describen un aparentemente desordenado escenario, donde uno puede perderse. De ser así, tampoco hay problema, tal posibilidad estaba prevista y entonces el lector podrá vagar por las páginas que un imaginario Julio Cortázar escribió. Pero si se prefiere la edificación de escaleras y en particular sobre la manera de subirlas o bajarlas, en “Instrucciones para subir una escalera”, podremos encontrar todo al respecto, según se baje o se ascienda.

Para muchos, Rayuela es una contranovela o una antinovela, si se prefiere. En realidad definirla no es prioritario. Lo maravilloso es sumergirse en ese mundo cortazariano tan coherente y lleno de posibilidades. El  surrealista está presente, como en otros textos suyos, y también encontramos elementos narrativos tradicionales. Pero de pronto nos damos cuenta que los personajes —como en el caso de “Axolotl”— somos nosotros ya metamorfoseados. La inteligencia y la imaginación delirante es parte de una larga serie de sucesos lúdicos y a veces fantasmales. No es una contranovela en términos clásicos, pero tampoco es una novela convencional. Es algo más complejo y difícil de clasificar de acuerdo a la crítica académica. El lector sólo compra los planos para construir la casa a placer. Sin embargo, existen diversos peligros: en estas edificaciones hay cronopios y famas —seres prodigiosos de un bestiario asombroso y temible— que asechan a los posibles habitantes y sobre los que nunca sabremos lo suficiente. Más todavía, amenazan con salir de las páginas y quizá agredirnos.

Un buen retrato de Julio Cortázar lo proporciona  Ivonne Bordelois en número reciente del diario argentino La Nación:  

“Generacionalmente, Cortázar representa el último embate de la vanguardia latinoamericana, cuando trastrueca el género narrativo en ese proyecto extraordinario que es Rayuela, una obra que debe tanto, por su capacidad de transformación del lenguaje y de las técnicas narrativas, a autores tan diversos y opuestos como Witold Gombrowicz, Leopoldo Marechal y James Joyce. Con los autores contemporáneos comparte el propósito de hacer de la literatura un objeto de la literatura, pero se aleja del acostumbrado cinismo posmodernista, y de las consignas que imponen lo light y lo cool como mandamientos supremos de la estética moderna, por su apasionamiento indomable y su búsqueda permanente de absoluto. Cortázar concibe la literatura, en la huella de los románticos alemanes y los surrealistas franceses, y en el ámbito de las teologías heterodoxas del hombre nuevo, como una experiencia capaz de transformar al hombre a través de una revolución radical de lo imaginario y del lenguaje. Lo interesante fue su manera de cuestionarse a fondo, a través de las dos revoluciones a las que se adhirió, la surrealista y la socialista, sin traicionarse nunca a sí mismo. Siguió así un camino solitario entre opciones erizadas de dificultades, rupturas y malentendidos. Lo llamaríamos, sin desmedro ni ironía, un utopista crítico y un memorable maestro; pero también lo recordamos como un mentor irreverente, un defensor leal y valiente de autores incómodos o aparentemente marginales, como Marechal, Martínez Estrada y Pizarnik; un permanente vigía de lo desconocido, y un escritor imprescindible en el mapa de nuestra literatura.”

Julio Cortázar era un mago de las letras que gustaba del jazz como lo probó al incluir en sus relatos a Thelonius Monk, Louis Armstrong y Charlie Parker, y amaba París. Nació en 1914, como entre nosotros nacieron los integrantes de la generación Taller: José Revueltas, Octavio Paz, Efraín Huerta y Rafael Solana. Julio Cortázar, de padres argentinos, nació europeo, en Bruselas, y pasó su niñez y adolescencia en Buenos Aires, allí, como es normal, se sigue siendo europeo, pero con acento porteño, se usa el lunfardo, se encuentra placer en el tango, en los bifes, en el vino tinto y en la admiración por Jorge Luis Borges, por cierto, uno de sus primeros lectores, quien siempre lo recordó con distraído afecto. Ya mayor, bajo la presión de los peronistas, Cortázar sale de su apreciada Argentina para radicar en París y en esta ciudad, casi al final de su vida, adquiere la nacionalidad francesa sin dejar de ser profundamente argentino, como Leopoldo Marechal y Ernesto Guevara.

junio 26, 2013

The mexican dream: ser legislador

Cuando existía la Unión Soviética, decían que uno de los privilegios que brindaba el Estado era el maravilloso trato a los niños. En París, cuando estudié alrededor de 1970-73, a los jóvenes que asistían a las universidades les daban trato de príncipes. En el México actual, el gobierno, el sistema injusto que toleramos con dosis de masoquismo, se especializa en ser generoso con los legisladores. Por todo cobran y el fuero los pone a salvo de las leyes. Para colmo están organizados de tal forma que tanto diputados como senadores y asambleístas del DF reciben millonadas anuales y carecen de obligaciones para declarar. Tienen diferencias mínimas, sobre todo por verdaderas antiguallas como si el petróleo debe o no ser “nuestro”, cualquier cosa que realmente signifique “nuestro”, pero en lo demás consiguen ponerse de acuerdo con asombrosa facilidad. Ninguno está en desacuerdo con recibir mucho dinero por comisiones, gastos de representación, viajes y toda clase de obsequios que se conceden a sí mismos.

A cambio suelen brindarnos espectáculos grotescos. Vemos pugnas entre partidos y, asimismo, vulgares pleitos por recibir las comisiones como las que se dan los panistas, aquellos que por décadas presumieron su honestidad y su enemistad con la corrupción. Ahora compiten con el viejo priismo por ser tanto o más corruptos que los diputados influyentes y gordinflones, arrogantes y con pistolas que solía caricaturizar Abel Quezada. Con ellos, en general personas de bajos niveles culturales y carentes de principios, el país no avanzará. Son, en principio, más de los que necesitamos y es posible apreciar que no trabajan para sus representados, sino para sí mismos.

Sabedores de que sigue vigente un principio absurdo, la no reelección, sortean el obstáculo saltando del Senado a la Cámara de Diputados, de allí a la Asamblea Legislativa y luego invierten el camino. De hecho son legisladores profesionales, aunque falten y se dediquen a viajar a costillas de los muchos millones que les son asignados. Para su protección, ellos que hacen las leyes, se han blindado. Rechazan la transparencia y les parece normal recibir en un país de miserables, con millones de pobres, carretadas de dinero. No están obligados a informar de sus bienes y riquezas, de sus ganancias portentosas.

A cambio, los simples ciudadanos estamos inermes ante el fisco. La mayoría, en un país donde los ricos que cuentan con hábiles abogados y mejores contadores, tiene la habilidad de evadir impuestos. Un profesor universitario, por ejemplo, recibe un cheque modesto en donde ya vienen los descuentos. A pesar de eso, paga el IVA en todo y no hay trámite posible si adeuda agua, luz, teléfono o lo que sea. El Estado mexicano no solamente peca de injusto, sino también de idiota. Sus acciones, el permitir que los legisladores roben “legalmente” y que los ciudadanos comunes sostengan el peso de la economía nacional, produce un descontento que algún día saldrá a flote. Hemos pasado ya por diversos tipos de hartazgo, el primero lo produjo un PRI autoritario, dictatorial y escasamente democrático. El PAN provocó algo similar en tan sólo doce años. El país quedó escarmentado: no más PAN en Los Pinos, basta con darles algunas curules. El PRD, al principio esperanzador, ha marchado por la misma ruta.

Está visto que los políticos mexicanos son ciegos ante la realidad, discuten las diferencias menos sustanciales, en serio, mientras que en la cuestión de embolsarse recursos, no tienen llenadera. No les basta llevarse algo, quieren todo lo que sea posible meterse en los portafolios, hasta ligas.

No cabe duda que algo está muy mal en México, claro: su sistema político. El presidencialismo ha regresado vestido de cordero, su sistema de partidos es una patraña y una pesadilla cotidiana, ninguno tiene ideario y menos proyectos serios, van improvisando, buscando el siguiente escaño. Son amantes del escándalo, de eso viven, se hacen notar, los mantiene en la palestra como si fueran héroes nacionales. El influyentismo no desapareció, al contrario, se extendió. Carecen de grandeza y decencia, del mismo modo que nosotros pecamos de ingenuidad o decoro al permitir la existencia que llevan. ¿Los votantes no miran a sus senadores y diputados? ¿Han visto lo que ganan a cambio de escaso y muy discutible trabajo? Al parecer no. Por ahora la corrupción se ventiló en el PAN, pero estoy seguro que los demás partidos tienen las mismas mañas porque está permitido. Lo anterior viene al caso, pues en estos días, las noticias sobre su peculiar manejo del dinero público nos han llamado la atención. La Crónica daba datos de Integralia: 3,243 millones de pesos en cuatro años sólo a diputados para gastos sin comprobar. Bastante más a los senadores, quienes este año gastarán más de 468 millones sin necesidad de declararlos. ¿Y la Auditoría Superior de la Federación qué dice? No dejemos de lado la fantástica suma que los partidos reciben del IFE. Todo, finalmente salido de los bolsillos de ciudadanos que pagan impuestos y transparentan, les guste o no, sus ingresos. En tales aspectos, todos los políticos dejan de lado sus diferencias mínimas: les encanta obtener dinero gratis.

El malestar social suele crecer poco a poco, pero cuando madura, los resultados pueden ser violentos. Lo curioso es que los políticos lo saben y nada hacen al respecto, seguros como están de representar borregos. Y lo más importante, ¿hasta cuándo lo soportaremos los ciudadanos? ¿Por qué no seguir la indignación actual en Brasil?
La crónica

junio 24, 2013

Ebrard ataca de nuevo

Nadie, al menos en el DF, ámbito de Marcelo Ebrard, ignora que ambiciona la Presidencia del país, como antes la buscó su mentor Manuel Camacho. Para llegar a Los Pinos, algo que suponían por su cercana amistad con Carlos Salinas de Gortari, han hecho absolutamente todo. Hasta formar un “partido de centro” que naturalmente fue un sonado fracaso. Ya en el PRD han tenido logros, al menos siguen vivos. Pero hay cosas que la política mexicana no tolera: la principal es la falta de dinero, la segunda la inactividad: hay que moverse para salir en la fotografía, justo al contrario de lo que el líder sindical Fidel Velázquez pedía en sus tiempos de presidencialismo férreo, brutal. De allí que Marcelo Ebrard, viendo cómo Miguel Ángel Mancera crece, su presencia sale de la ciudad capital, y notando los preparativos que hace López Obrador para ser candidato por tercera ocasión, decida hacer ruido. Hace unos días retó públicamente a Enrique Peña Nieto a debatir, ante los ojos de la nación, el caso del petróleo. Sus críticos lo describieron parecido a un cowboy que ingresa con violencia al saloon, amenaza a los parroquianos a duelo como si se tratara de Billy The Kid. Jesús Zambrano calificó la declaración como “gesto de borracho de cantina”, aunque después reculó. De seguir así, Marcelo no avanzará: ignora que pese a sus bravatas, el joven pistolero norteamericano murió de un certero disparo a los veintiún años sin acercarse a la Casa Blanca.

El PRI está tan seguro de su futuro que se da el lujo de regresar a la obsequiosa terminología del pasado: al sí, señor presidente, lo que usted diga. Ninguno de sus colaboradores tiene alguna iniciativa, todo viene de su talento. La adulación y el servilismo han retornado triunfales. Peña Nieto se comporta casi como estadista, atrás de él, porque su debilidad así se los exige, van PAN y PRD. La oposición ha desaparecido. O mejor dicho, queda en un partido en construcción: Morena y en las tenaces fuerzas del EZLN. Los demás han atrapado una tabla de salvación llamada Revolucionario Institucional.

En este contexto, apenas dibujado, Marcelo reaparece luego de forzadas vacaciones y reclama un puesto entre los dirigentes de la nación y su derecho (que lo tiene) a ser candidato presidencial. Es obvio que Peña Nieto no debatirá jamás con Ebrard. El primero arriesgaría mucho, el segundo ganaría todo; por principio, salir del anonimato. Las intenciones de Marcelo son reposicionarse y tratar de controlar al PRD, dividido por ahora en dos grandes bandos, el que comanda el impresentable de René Bejarano, con multitud de personajes de turbio pasado, y el nuevo modelo político que ofrece Miguel Ángel Mancera.

Marcelo Ebrard, jugando como centro delantero (ya que estamos en momentos de futbol internacional y la selección nos da ánimos patrióticos), se coloca entre dos defensas, los burla a golpes de fuerza y mete un espectacular gol político. Pero el panorama es más complejo. Él sabe que Peña Nieto jamás saldrá a debatir. Busca el control de lo que muchos insisten en llamar izquierda, hoy ligada al PAN. Consiguió al menos llegar a la media cancha. Su reto o bravuconada encontró eco en los medios de comunicación. Podrá hacer más actos desaforados, intentar acercarse a Morena, dudo que funcione, ni siquiera utilizando el petróleo como pretexto. López Obrador está haciendo su propio organismo y buscando un rumbo propicio, sin los estorbos que sufría en el PRD.

Claro que si Marcelo se radicaliza y de boy scout en bicicleta pasaría a polemista en camioneta blindada. Le urge llamar la atención del país y nada mejor que retar a duelo al Presidente de la República. Conseguir la sumisión del PRD nuevamente es imposible. No más ex priistas, parecen decir los que vienen de luchas sociales ajenas a dicho partido. Pero en sus afanes de notoriedad, está chocando con la actual dirigencia perredista. La táctica utilizada por Marcelo para retomar el camino amarillo que conduce a la casona donde habita un poderoso mago de Oz, es un mero golpe publicitario fallido. Su reto tuvo alguna repercusión mediática, pero no más, o ¿piensa fundamentar su triunfal regreso en retos a los altos funcionarios del gobierno federal, mientras los gobernantes recorren el país echando flores a la sociedad y concediendo entrevistas a todo mundo?

En un debate serio, personas como Marcelo están perdidas. Ebrard tiene demasiada cola que le pisen: desde su antigua religión salinista, hasta los múltiples negocios hechos en el DF. Puede ser hábil, astuto, pero no tiene las manos limpias y menos logra hacerle creer a los mexicanos que representa a la izquierda, ¿a cuál? ¿Cómo defender un historial tan lleno de hoyos negros? Sin duda el que es jefe de gobierno capitalino tiene en sus manos los recursos necesarios para ser un buen candidato. Desde la nada, desde el desempleo político, sin los recursos del poder, que Ebrard se dé de santos si consigue ser senador. ¿O alguien cree que Ebrard pueda tener un trampolín? Estamos en presencia del final de una carrera más oportunista y tenaz que brillante y decorosa

La crónica

junio 23, 2013

Sucesión en la UAM

La UAM no llega a las cuatro décadas de existencia y cuenta con cinco unidades, una plantilla de excelentes profesores e investigadores y enorme prestigio que la sitúa dentro de las 200 mejores universidades del mundo. En ella he trabajado desde el arranque. Tengo por la institución muy alta estima. Cada cuatro años se produce el cambio de rector general, no existe la reelección, y esto produce inquietudes renovadoras. La comunidad se pregunta por el rumbo e intenta mejorarlo, reajustarse dentro de un mundo globalizado y cambiante.

La sucesión está en puertas y no sólo buscan la Rectoría general algunos rectores o ex rectores de unidad, sino también académicos destacados que sienten necesidad de una mayor participación. Para la comunidad no es fácil discutir sobre los aspirantes al cargo. Xochimilco está distante de Lerma y hasta hoy hemos trabajado sin una estrecha relación entre las cinco unidades debido a su ubicación. Hay encuentros ocasionales y ningún esfuerzo serio por un compromiso que nos vincule y produzca una más clara identidad universitaria, como la de la UNAM. Sin embargo, merced a las nuevas tecnologías, tenemos información adecuada de cada uno de aquellos que desean gobernarla. Los aspirantes son nueve: Salvador Vega de León, Gabriela Paloma Ibáñez Villalobos, Arturo Rojo Domínguez, José Alberto Abud Flores, Carlos Ornelas Navarro, Cuauhtémoc Perseo López Herrera, Santos Mercado Reyes, Javier Velázquez Moctezuma y Jorge Eduardo Vieyra Durán.

La Junta de Gobierno escucha opiniones y formula un resultado luego de considerarlas. Nosotros llamamos candidatos naturales a los rectores de unidad, a los demás los vemos como externos. Suelen llegar al cargo los primeros. Ahora entre los que aspiran a la máxima responsabilidad de la UAM hay dos rectores en funciones, Salvador Vega de León (Xochimilco) y Javier Velázquez Moctezuma (Iztapalapa). Paloma Ibáñez Villalobos y Arturo Rojo Domínguez (Azcapotzalco y Cuajimalpa, respectivamente) acaban de concluir sus periodos en cargos semejantes.

Personalmente conozco a algunos de los aspirantes al cargo, a otros no, es la primera vez que veo sus nombres. He tenido tratos con algunos y, por obvias razones, más con Salvador Vega de León, rector de Xochimilco, químico, egresado de la UNAM, con posgrado de la Universidad Iberoamericana, quien es mi amigo a fuerza de compartir tareas cotidianas, de allí que al leer su plan de trabajo encuentre varias ideas que él mismo me ha platicado en distintos momentos, como las relativas a la imagen pública. Recuerdo con aprecio sus palabras en el homenaje que la UAM-X realizó por mis 50 años de literatura. Imagino que la mayoría de los que externen su opinión ante la Junta Directiva, pasarán por semejante situación. Vivimos en islas. Tengo la impresión de que es indispensable darle a la UAM mayor proyección nacional e internacional, con un rector general que tenga un acabado proyecto al respecto, fundado, desde luego en una revisión a fondo de nuestros programas y proyectos, revitalizar la investigación e impulsar la difusión de la cultura. Más todavía: aprender a conocernos íntimamente, tal como lo platicamos el nuevo rector de Cuajimalpa, Eduardo Peñalosa, y yo en días pasados.

Quien lea con cuidado los proyectos de los candidatos a la Rectoría general, podrá percatarse de la multitud de problemas que enfrenta la institución. En consecuencia, hay muchos enfoques y diversas soluciones. Quien llegue a la más alta responsabilidad de la UAM deberá considerar las propuestas de sus contendientes. De este modo será menos complicado hallar soluciones adecuadas. La universidad pública debe recuperar su peso dentro del país. Los desafíos no son pocos ni pequeños. La UAM tendrá que dar una gran batalla para brindarle a la educación nacional el alto rango que ha venido perdiendo.

junio 21, 2013

Primero muertos que decentes


Mi primer recuerdo político-mexicano fue un par de historias que bien reflejan el modus operandi del sistema que padecemos y que hoy brilla en todo su esplendor. Ambas le pertenecen al único general invicto de la Revolución Mexicana, el militar que derrotó aparatosamente al notable Francisco Villa. Lo venció en Celaya y al eliminar a la poderosa División del Norte, hizo que el derrotado pasara del campo militar al campo de las grandes leyendas nacionales que han repercutido internacionalmente. Dicen que dijo lo siguiente: Yo seré buen gobernante porque sólo tengo una mano para robar. La otra le fue arrebatada por el fuego villista. Ya en el poder, dicen que comentó: ¿Qué horas son? Un apresurado subordinado respondió: Las que usted diga, mi general. Ciertas o no, son en muy alta medida el problema de nuestros días como país independiente: la corrupción y el autoritarismo. Este último, muy bien descrito en la mejor novela que se pudo escribir en el pasado siglo: La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán.

Los políticos mexicanos, qué pena generalizar, no nacieron decentes y dignos y si lo consiguieron, merced a herencia familiar extraña, muy rápido abandonaron los principios para sumarse a la causa suprema: el poder como botín y la mano dura para gobernar.

Hoy se ha hecho una costumbre, descubrir lo que antes no aparecía por ningún lado: los hurtos de los políticos. La visión aberrante de René Bejarano mostrando el dinero ajeno para posicionar a sus huestes, es tan común que a pocos asusta. Si antes los amantes del erario público eran sólo los priistas, ahora todos los partidos comparten tal afición y lo hacen con asombroso descaro. Ayer fue el PRI, pero si vemos la credencial de Granier, la corrupción es tenaz en dicho partido, como consecuente lo es en el PRD. ¿Y el PAN, que tanto nos habló de honestidad, de alta moral, dónde quedó ahora que vemos a sus senadores mancharse por unos cuantos millones de pesos? ¿Para qué hablar de los partidos que son simples negocios familiares, esos pequeños que buscan alianzas con el mejor postor?

Si un extranjero de pronto viene a pasar una semana de reposo en México y en lugar de irse a Zihuatanejo a contemplar el mar, se concentra en los medios de comunicación, sus peores pesadillas serán realidad: todos los políticos son corruptos, no importan sus colores. Y los pocos honestos, apenas cuentan para ponerse en la cola de los que arribarán al poder, donde, obvio, dejarán de ser honrados. A diario aparecen noticias de las pillerías de un oficial mayor, un presidente municipal, un legislador, un gobernador. Más todavía, eso ya no es noticia. Dicho en términos diferentes: la sección política de los medios ha pasado a ser como la vieja página roja, donde aparecían reunidos meticulosamente los crímenes de toda índole. El pobre fuereño regresará a su país, por corrupto que sea, a brindar por la supervivencia de su sistema político. Siempre será mejor que el nuestro, o menos manchado por los escándalos de corrupción.

No sólo lo anterior, pensará que la tenaz lucha o guerra contra el crimen organizado que declaró con alegría Felipe Calderón, la desató para encarcelar políticos. El crimen organizado, sí que lo está y no en cárteles sino en partidos políticos.

Ah, pero Obregón vuelve del más allá y regresa a mostrarnos que fue un estupendo antecedente del caudillismo y del autoritarismo. Sí, alguien se salva: el señor presidente. Es la representación de la pureza. Como en los viejos tiempos, sus aduladores crecen y lo sacralizan. No pasa una hora sin que alguno de sus colaboradores lo cite. El “Como bien dijo el señor presidente”, es la frase más repetida del país. Nadie piensa por sí mismo.

Asombra, pues, cómo México ha sido capaz de mantener y mejorar la imagen del político bribón y la del mandatario que nada ignora, que es justo y sabio. Por ahora esta actitud, resabio de pasados tiempos, le ha permitido al PRI el milagro de la resurrección. Sus militantes le llaman unidad y lealtad. Pero no a principios o ideas, sino a la imagen que proyecta el habitante de Los Pinos.

Es cierto, México ha cambiado, los medios también, la pregunta es: ¿y el sistema político mexicano, cuándo sufrirá una transformación positiva? ¿Los políticos no se enterarán de lo que hacen sus colegas, sin importar el partido, acaso no leen diarios o escuchan radio? ¿Ninguno se entera de lo que piensan los ciudadanos de carne y hueso, los que utilizan el transporte colectivo y tiene deudas y padecen problemas para vivir con algún decoro? Al parecer no. Los ve uno en costosas camionetas blindadas, con escoltas, ataviados con excesiva elegancia, viajar al extranjero a costa de la hacienda pública, en elegantes mansiones… La miseria jamás toca las puertas de los políticos mexicanos. Ninguno sabe lo que son las deudas (salvo con la justicia, claro está), muy pocos tienen las manos limpias. O al menos eso podemos concluir los que tratamos de estar informados y recurrimos a los medios de comunicación.

Al menos ya nos quedó claro que no importan cuántas contralorías haya en el país, todas son fáciles de sortear. Para colmo, la justicia es cómplice porque está politizada. Conclusión: el crimen organizado se llama sistema político nacional.


La crónica

junio 19, 2013

La metamorfosis política


Si Franz Kafka hubiera nacido mexicano, en cada político tendría materiales abundantes para escribir una metamorfosis diaria. De apariencias distintas, el fondo concluiría de idéntica manera: el joven aspirante a “servidor público”, de nobles ideales, de vocación progresista, concluye siempre igual: del lado de los explotadores, de los ladrones que saquean el erario o, simplemente, mediante mil argucias, todas obvias, los tipos consiguen que el dinero engrose sus cuentas bancarias. Andrés Granier es un caso representativo. Los demás están allí: en el sistema político mexicano, sin distinciones de color. Por eso de pronto uno entiende la rabia de los jóvenes que con ingenuidad se ven anarquistas, como antes nos vimos comunistas o socialistas.

Leí con interés un reportaje que jamás me hubiera llamado la atención por su poca trascendencia: la juventud de Andrés Granier. En sus años escolares fue un joven crítico y tuvo alguna relación con el movimiento estudiantil de 1968. Como muchos otros, dirigentes o muchachos que peleaban desde las bases contra el sistema político. La lista de este tipo de estudiantes es infinita. Revolucionario en la escuela, conservador en la madurez. Ya sentó cabeza o maduró, dicen los mayores. Con frecuencia invito a mis alumnos a estudiar a través de una tesis, no la lucha que culminó dramáticamente en Tlatelolco. Ésa ya aburre, sino de aquellos que salieron a las calles a intentar derribar el sistema que nos maneja y terminaron de muchas formas y desde infinidad de trincheras, apoyándolo. Granier fue uno de ellos. Terminó sus días de político como un vulgar ladrón: entre él, sus familiares y amigos realmente saquearon impiadosamente todo un estado. Pero es una historia común. De las filas del 68 salieron cuadros que ahora ocupan cargos importantes en el PRI que combatieron.

Es una tesis que bien podríamos llamar “la revolución desde adentro”. Cuando se agotan las posibilidades de cambiar al Leviatán, no les queda otro remedio que sumarse a él y desde sus entrañas intentar matarlo. Pero está visto que eso no sucede y que únicamente apuntalan al monstruo. Un caso patético es el de Rosario Robles, aunque su historia es más compleja y pasa por el lado sentimental. No obstante, cada renegado de sus ideales juveniles tiene un excelente pretexto para dejar la lucha frontal contra el sistema y se pasa a un partido constituido y desprestigiado como lo están todos, para cambiar el mapa político con mejores condiciones. ¿Resultados? El sistema sigue igual y ellos, cada uno de los conversos, aprovecha el momento histórico para hacerse de un escandaloso patrimonio como el que hizo Granier.

En cada político mexicano de hoy, triunfante, poderoso y distante de la pobreza, hubo un adolescente que deseaba modificar el sistema. Como profesor universitario lo veo de cerca. Mis alumnos son impetuosos y la mayoría busca destruir las grandes cadenas de televisión porque allí está parte del proceso de enajenación que padecemos a diario. Es verdad: nos idiotizan. Sin embargo, poco más adelante, los veo trabajando en esos mismos medios electrónicos que tanto odio les produjo en sus años de formación. El sistema sabe asimilar. Es parte de su función, mientras que la de los jóvenes es la de encontrar trabajo, además, lo mejor pagado posible. Los ideales se van al bote de basura.

Pero el caso de los políticos mexicanos ya es normal, tras la célebre “vocación de servicio” sólo se oculta el deseo de ejercer el poder del modo más autoritario posible y aprovechar el control de la maquinaria gubernamental para llenarse los bolsillos y dilapidar esos dineros ante los ojos de todos. Al tabasqueño Granier se le pasó la mano. Todos los partidos, PRI, PAN, PRD y los partidos negocios familiares, a eso van: tras el dinero. Cada año los “luchadores sociales” nacionales salen de sus cargos con gruesas cuentas bancarias. Atrás quedaron los sueños, los ideales, si es que los hubo. El cinismo impera. Si por allí hay algún político que no roba es visto con desdén, es un idiota, y lo peor es que la opinión de sus pares se convierte en la famosa Vox Dei.

Hace años, pensaba que el PRI era una cueva de ladrones, pero más adelante descubrí que era parte estrecha de la idiosincrasia nacional. No hay quien no te esquilme. Las políticas y sus sucias reglas nos han permeado. Ahora necesitamos la linterna de Diógenes para encontrar un hombre justo, un ser honrado. Pero mientras que dentro del PRI siguen discutiendo qué hacer con el señor Granier, los medios y la sociedad ya lo hallaron culpable. Su ostentosa riqueza es imposible de ocultar. Como la de la familia Hank. Por cierto, todos ellos priistas.

Los mismos priistas, en ciertos momentos, han hecho escarmientos ejemplares; en la mayoría son casos excepcionales y se trata de venganzas personales. Ya tuvimos una Contraloría para intentar frenar la corrupción generalizada de la administración pública. Fue un sonoro fracaso. Hemos visto llegar al poder a otros partidos como el PAN y el PRD, y la corrupción no ha cesado, por lo contrario, ha aumentado, se ha hecho visible. Está claro que en materia de corrupción somos una potencia. Queda, entonces, una solución: impartir cursos de pillerías públicas, hacer negocios al amparo del poder. Enviar corruptos a dar clases a otros países. En fin, sacarle provecho a lo que bien sabemos hacer: despojar al prójimo y al erario. Seríamos un país exitoso.


La crónica

junio 17, 2013

René Avilés Fabila y un oficio que no cesa


En sus cincuenta años como escritor
Mario Saavedra
Pocas expresiones tan puntuales y conclusivas para definir la vocación y el oficio literarios como aquélla de ese enorme poeta praguense que fue —y es, porque su obra refulgente nos sigue iluminando el camino— Rainer Maria Rilke, una de las voces por antonomasia de la lírica contemporánea y quien como su coterráneo Franz Kafka concibió su obra en lengua alemana: “Escribir o morir”… El autor de Cartas a un joven poeta dejó manifiesto en esta categórica alocución que prácticamente ningún quehacer como el de la creación artística se impone como una necesidad inaplazable, exclusiva, contundente, por cuanto representa para su oficiante, a la par del dormir, del comer, del vivir y del morir…
Celebrando sus ya cincuenta años de una sostenida vocación literaria que en su específico caso ha dado pie a una no menos incisiva tendencia periodística, René Avilés Fabila es uno de nuestros escritores en activo que mejor ejemplifican una rica tradición con muy notables antecedentes en ambos espacios, mucho más cercanos entre sí de lo que la propia teoría pudiera reconocer. Como otros maestros y colegas suyos que igualmente han enriquecido esta larga y vigorosa raigambre en ambos sentidos, en muchas ocasiones le hemos oído emplear aquel repetido pero elocuente símil a través del cual se define muy bien la presencia neurálgica en una misma persona, a manera de amores complementarios, de estas dos actividades.
Escritor siempre propositivo, que por otra parte ha nadado a contracorriente con respecto al más bien “lacrimoso y flagelante” panorama de la literatura mexicana (definido por Xavier Villaurrutia como “predominantemente melancólico y de hora crepuscular” en su medular ensayo Introducción a la poesía mexicana), caben de igual modo en la obra de este tan entrañable como incendiario escritor, en igualdad de circunstancias, el humor festivo y la ironía punzante, la observación meticulosa y la imaginación desbordada.
Fiel a una línea personal desde sus inicios, que en su caso ha trabajado además el género fantástico como pocos (heredero directo, en este sentido, de Marcel Schwob, Jorge Luis Borges y Juan José Arreola), la plural y sui géneris obra de René Avilés Fabila representa un hito en el curso de la literatura mexicana de las más recientes cinco décadas. Inteligente y muy agudo lector, por lo que la mayoría de las veces aparecen en su obra las más justas y reveladoras citas —respetuosos e invaluables homenajes—, su literatura oscila entre la imagen inesperada y el corrosivo sarcasmo, entre el ingenio fabulador y la devastadora picardía. En 1967 apareció Los juegos, precoz novela a la usanza de La mafia de Piazza, que permaneció mucho tiempo satanizada, por el desparpajo con que su autor evidencia las trampas de una política cultural y literaria donde no siempre están todos los que son ni son todos los que están, sólo aquéllos se disponen para salir a tiempo en la foto.
Valiente y feroz analista de la vida política mexicana de la que se ha hecho uno de sus más enconados críticos, talante por el cual se ha ganado innumerables enemistades pero también el incondicional respeto de quienes son capaces de apreciar tales severidad e intuición, Avilés Fabila ha sido ante todo leal a sus convicciones. Cuentista y novelista de sorprendente imaginación, y escritor de innegables recursos estilísticos, la transparencia y la gracia de su escritura son las virtudes cimeras de quien celebra en plenitud de la facultades cinco décadas de incesantes creación y opinión críticas, desde dos trincheras —la literaria y la periodística— que en él dialogan y debaten en provecho de ambos espacios, más allá de las diferencias formales y estilísticas que con conocimiento de causa él mismo detalla en su imprescindible La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura.
Por razones extraliterarias excluido muchas veces del llamado “Parnaso de nuestras letras”, como tantos otros valiosos escritores mexicanos que igualmente han sido víctimas de un canibalismo y un ninguneo que por desgracia permean nuestra corrosiva condición, lo cierto es que la obra de René Avilés Fabila ha ido ganando terreno con el tiempo, y cada nuevo libro suyo resulta prueba fehaciente de ello. Escritor y periodista de tiempo completo, por vocación y por convicción, y autor de una obra tan nutrida como multitonal (al igual que promotor, maestro y amigo particularmente generoso), de obligada lectura resultan también los ya clásicos de nuestro acervo literario contemporáneo El gran solitario de PalacioTantadel o La canción de Odette.
Autor del no menos imprescindible y evocador Hacia el fin del mundo, compendio de veintiún pequeños relatos que muy bien revelan su talento tanto fabulador como satírico, René Avilés Fabila alcanzó su plena madurez literaria con Réquiem por un suicida, libro que a menos de un año de su lanzamiento en México, en 1991, ya había tenido su tercera edición en España. Estupendamente escrita, esta demoledora novela da cabida a dos de las más firmes constantes en la obra de este dotado y rebelde polígrafo, que sabemos lo son del arte todo: eros y thanatos, amor y muerte. Réquiem por un suicidaviene a ser una por demás sobrecogedora y elocuente reflexión sobre la existencia, un desgarrador viaje introspectivo de iniciación hacia la muerte de mano propia, de frente a aquel estado de “inconsciente consciencia” que según Sartre y los demás existencialistas constituye “el único posible acto de libertad absoluta”, y que por su implacable peso específico con lo dicho y como se dice nos recuerda a los más despiadados narradores decimonónicos rusos. De frente a la muerte, en realidad se trata de un diálogo con la vida, con la maldita vida, con eso que irónicamente llama nuestro no menos admirado Fernando Vallejo (como los ya necesarios El evangelio según Jesucristo de José Saramago y La puta de Babilonia del propio Vallejo, René tiene suEvangelio según René Avilés Fabila) “el don de la vida”.
Enhorabuena, mi querido y admirado René, por esa pluma que sabemos seguirá dando de qué hablar, como prueba de una vocación y un talento indómitos, de un oficio que no cesa…

Entrega U de C reconocimiento a René Avilés por 50 años de labor periodística y literaria


*Para quienes han elegido al periodismo como profesión de vida, es fundamental ejercerlo al servicio de la sociedad y como una herramienta crítica ante el poder, señaló el homenajeado.

*“Las coincidencias entre René Avilés y nuestra casa de estudios están en su apertura y libertad, en su proyecto filosófico y su práctica política, porque en la UdeC estamos empeñados en una educación con responsabilidad social”: Rector.

Por su trayectoria de más de 50 años como escritor, y por formar a través de su labor docente a las nuevas generaciones en el gusto por la lectura, la crítica y análisis de la realidad nacional y mundial, la Universidad de Colima reconoció al connotado escritor y periodista mexicano René Avilés Fabila.

Es René Avilés, “ejemplo para los jóvenes que se forman en nuestras aulas por su rigor intelectual y su apoyo a los nuevos artistas”, leyó en su reconocimiento el mismo maestro. Dicho reconocimiento le fue entregado por el propio rector de la U de Colima, José Eduardo Hernández Nava.

Con esta distinción, la Universidad de Colima se suma al reconocimiento nacional a René Avilés Fabila que impulsan universidades públicas como la Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), instituciones que han sido fundamentales para la formación y labor creativa de este escritor y periodista.

Sorprendido por el reconocimiento (como él mismo lo expresó), el maestro Avilés Fabila, visiblemente emocionado, dijo sentirse orgulloso tanto por su formación como por su contribución en el ámbito de la universidad pública mexicana y por formar a un sinnúmero de jóvenes, contribuyendo así a la educación pública.

Después de sus inicios en la literatura, Avilés Fabila se diversificó más adelante en el oficio periodístico y luego en la docencia de las ciencias políticas, materia que cambió después porque llevada a la práctica, dijo, “no resultaba tan positiva; la teoría es una cosa y la realidad es abominable”. 

El reconocimiento entregado por nuestra máxima casa de estudios se llevó a cabo en el marco de una serie de actividades que trajeron de visita a Colima al reconocido escritor, entre ellas la de promocionar la convocatoria del Premio Nacional de Periodismo 2012 e impartir una conferencia sobre “Periodismo y literatura”. 
Para quienes han elegido al periodismo como profesión de vida, Avilés Fabila les dijo que “es fundamental ejercerlo para ponerse al servicio de la sociedad y como una herramienta crítica ante el uso del poder. Como docentes deben dar al alumno ese sentido social, porque el periodismo tiene una función eminentemente pedagógica y social”.
“La mejor manera de aprender a escribir es leyendo y escribiendo. La presencia del literato y el escritor procura que los alumnos se comuniquen decorosa y dignamente”, dijo el invitado al relacionar literatura y el periodismo como actividades que se complementan, una conjunción que propuso para que la carrera de comunicación incluya una materia de literatura.

Sobre la vinculación que tiene con la U de C a raíz de acontecimientos pasados, el escritor mexicano la reconoce como una casa de estudios que ama y aprendió a respetar.

René Avilés habló sobre la evolución del Premio Nacional de Periodismo desde sus inicios en los años noventa, premio, por cierto, que ya ha recibido. De su participación como jurado de este prestigioso reconocimiento expresó “¡Mejor me hubieran llamado para otorgármelo!”, echando mano de un estilo de interlocución franca y atrevida. 

Acompañado por los funcionarios universitarios y mandos de primer nivel, el escritor recibió el documento de reconocimiento de manos del rector José Eduardo Hernández Nava, quien pronunció un detallado recuento de las actividades en Colima de este escritor y del libro que en 1997 fue elegido Premio Narrativa Colima, “Los animales prodigiosos”.

El rector lo reconoció como “un narrador polémico y uno de los más políticos, un hombre que no es del sistema por su postura crítica frente a los partidos de izquierdas y el sistema político imperante. Una pluma que se detiene ante la injusticia, la necesidad de reemplazar el caos por el orden y hacer transparente lo opaco”, dijo.

Las coincidencias con la Universidad de Colima, añadió Hernández Nava, “están en la apertura y la libertad, en su proyecto filosófico y su práctica política, porque estamos empeñados en una educación con responsabilidad social”.
Estas coincidencias, dijo Eduardo Hernández, “hablan de una práctica apasionada de la ética de la responsabilidad, del respeto de la opinión distinta y mesura en el tono para escuchar la voz ajena”.

De René Avilés, el rector destacó por último su “espíritu universitario, su enorme cultura, su entusiasmo de vivir y la feliz entrega por el simple deber amoroso”.

Colima, ¿estado o inmensa universidad?


Cuando fui designado presidente del Premio Nacional de Periodismo, pensé que era una tarea más, de las que he tenido en diversos momentos, tanto en el campo literario como en el periodístico. Ahora dicho galardón está ciudadanizado y en manos de universidades públicas. El caricaturista Helguera me anticipó que habría que viajar y exponer las virtudes del reconocimiento. Estuvo en manos de la UNAM y ahora está en las de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Advierto que llegué allí como propuesta de la UAM, del rector general Enrique Fernández Fassnacht.

En la ceremonia de toma de posesión y presentación del jurado, algunos representantes de universidades me invitaron a visitar sus sedes para publicitar el premio. La primera invitación vino de la Universidad de Colima. Su coordinadora general de Comunicación Social, María Guadalupe Carrillo Cárdenas, me recordó que yo obtuve el Premio Colima a la mejor obra en 1993 y que merced a la entrega del doctorado Honoris Causa a Rubén Bonifaz Nuño (a quien acompañé con un grupo de escritores) en 1984, había dejado excelentes amigos.

Bajo un programa que imaginé preciso, llegué el pasado miércoles a Colima. Del aeropuerto fui conducido a un desayuno de prensa para hablar con los colegas comunicadores sobre el Premio Nacional de Periodismo. Fue un enriquecedor encuentro donde vi que el panorama de los medios en el país es mucho más complejo del que poseo como capitalino. A las 11:00 horas me condujeron a la Rectoría. Esperaba un encuentro casual con la máxima autoridad universitaria, el M. A. José Eduardo Hernández Nava. Conversamos un poco de cuestiones académicas y enseguida me invitó a pasar a la Sala de Juntas de la Rectoría. Al llegar descubrí sorprendido que el amplio y hermoso sitio estaba por completo lleno. El rector Hernández Nava me dijo que se trataba de una sorpresa: la Universidad de Colima se sumaba al homenaje de la UAM, el IPN, la UAEH y el INBA por “50 años de trayectoria como escritor”. Fue una ceremonia en verdad conmovedora para mí, donde estaban presentes directores de escuelas y facultades y autoridades diversas. Si Guadalupe Carrillo Cárdenas hizo una presentación emotiva, el análisis que sobre mi trabajo literario, periodístico y docente llevó a cabo el rector fue muy puntual: libros, años de clases, premios recibidos, todo con precisión y enorme generosidad. Al final me fue entregado un bello diploma con un texto alusivo y un artístico grabado. Agradecí a las autoridades la conmovedora acción y por desgracia no tuve tiempo de expresarle con amplitud al rector Hernández Nava mi deuda por aquel inusitado reconocimiento.

De Rectoría fuimos a que me entrevistaran en su propia frecuencia radiofónica, en el programa de Karina Robles. Fue uno de los más amenos programas de los muchos donde he participado. Me asombró el número de llamadas que recibimos, de jóvenes que habían leído libros míos o que simplemente pasaban un rato placentero con un escritor bien entrevistado por dos conductores de talento, cultura y sobre todo con elegante sentido del humor.

Luego me hicieron conocer parte importante de las espléndidas instalaciones. Pensé que Colima es una ciudad universitaria rodeada de habitantes de alto nivel cultural. La comida fue también gozosa, con amigos que hacía tiempo no veía. Allí salió algo inesperado: grabar un programa televisivo sobre Griselda Álvarez, amiga entrañable, a quien señalé más de una vez como dueña de dos rostros: el severo de la política y el dulce y encantador de la literatura. El programa lo condujo su hijo Miguel y se efectuó en el museo que lleva su nombre y donde hay piezas y objetos personales de una extraordinaria mujer a quien mucho admiré y quise. Recordamos largamente su vida: cómo y dónde la conocí, cuántas veces la visité cuando gobernaba Colima… Hice un recuento de nuestra intensa amistad, hablé de los amigos comunes, de su notable poesía y de su autobiografía, Cuesta arriba, del periodismo que llevamos a cabo en El Búho, de la época en que recorrimos varios estados del país impartiendo conferencias, en fin. Un momento de nostalgias.

Apenas tuve tiempo para cambiarme de ropa: pasaron por mí para que dictara una conferencia sobre periodismo y literatura en la Pinacoteca Universitaria Alfonso Michel. Otro momento irrepetible y amable. Ya en la cena, la última sorpresa: estaban periodistas, escritores y amigos de muchos años. Volví a ver a Guillermina Cuevas y a Víctor Manuel Cárdenas, escritores de talento. Me llamó mucho la atención la juventud de los funcionarios universitarios. A uno de ellos, director de facultad, le pregunté: ¿qué vas a ser cuando seas grande?

El Premio Colima lo obtuve por mi libro Los animales prodigiosos, prologado por Rubén Bonifaz Nuño e ilustrado por José Luis Cuevas. Fue publicado por la UAM y es afortunado: lo reeditaron en España; en México está por aparecer una nueva edición conmemorativa, pero lo fundamental es que me abrió las puertas de un estado maravilloso, una afable caja de sorpresas.

De regreso al DF traté de ordenar esas intensas 24 horas y llegué a la conclusión de que todo Colima puede verse en su Universidad, su portentosa educación y pasión por la cultura. Su riqueza y enorme sensibilidad.

junio 16, 2013

Los subversivos despojados


La protesta no siempre es estridente, ruidosa. Del mismo modo que las marchas o la gritería contra el poder no siempre derriban tiranos. Las célebres barricadas de París apenas lograron frenar por días a las tropas destinadas a conservar el estatus. En el 68, en distintas ciudades del mundo, las manifestaciones multitudinarias y el abucheo contra el orden establecido fueron incapaces de contener el rumbo. Sobre la Comuna de París que detuvo momentáneamente a las fuerzas del orden, Marx y Lenin precisaron los errores del fracaso y la culminación lamentable de un movimiento grandioso, cuando por vez primera los obreros confundidos con el pueblo de París toman las calles y amenazan la tranquilidad del aparato gobernante.
Las ideas y hechos de esos movimientos fueron heroicos y poco eficaces. Las siguientes oleadas revolucionarias trataron de considerarlas en sus nuevas tácticas y procedimientos y tampoco tuvieron el resultado esperado: destruir al establishment, algo que hasta hoy no hemos podido ver. Sitio donde la utopía comunista, anarquista o de cualquier otra índole intenta eliminar el orden constituido, tarde o temprano regresa al redil dejando más desesperanzas que certezas. El último esfuerzo, el de los bolcheviques, quedó, como la transición mexicana del año 2000: en nada. Luego de casi siete décadas, el socialismo de Stalin, que no el de Marx y Lenin, se derrumbó dejando un hueco inmenso. Hoy es posible apreciar la orfandad del mundo, convertida en histérica soledad y en acciones ausentes de ideología. El malestar se basa en las injusticias o desacuerdos, lo que no está mal; el resentimiento juega un papel revolucionario. Pero si se carece de soporte ideológico, de un proyecto adecuado, los resultados son nulos.
Para los dominados, en el capitalismo o en el comunismo, la literatura ha sido una enorme posibilidad de subvertir el orden. Lo hicieron el marqués de Sade, Baudelaire, Wilde y Swift, sólo para citar un puñado, y como castigo a su osadía, el sistema los puso en manos infantiles, donde divierten y hasta enseñan, pero le quitan el poder de subversión. Sade tuvo que escribir y arengar a las masas de Francia para mostrar su repudio a la nobleza a la que él mismo pertenecía. La burguesía emergente no lo entendió. Jonathan Swift fue tremendamente mortífero contra sus enemigos. Sus libros tenían una refinada y perversa ironía destinada a destruir las buenas conciencias: pidió comerse a los niños católicos para evitar que fueran una carga, utilizó a los caballos para mostrar que estaban mejor organizados que los humanos, creó reinos diminutos y otros de gigantes para probar cuán inútiles eran las leyes británicas. El sistema, cualquiera que sea, sabe cómo sobrevivir y en reacción puso sus textos en manos incapaces de salir a las calles a disparar el revólver contra la multitud como pedían los surrealistas.
Y lo mismo les pasó a Oscar Wilde y a Bernard Shaw. En sus frases agudas, ingeniosas, había una carga mortal para sus rivales y para el sistema. Como las habría más adelante en Orwell o antes en Daniel Defoe. Cada uno mostró ingeniosamente sus desacuerdos con el mundo que los rodeaba y que anhelaban transformar. Es la idea prevaleciente en cada gran escritor. El sistema siempre buscará la manera de contravenir los esfuerzos de la subversión artística. Con el arte, funciona, no así con la política.
No cabe duda, los revolucionarios deben saber que sus enemigos siempre tendrán a la mano un grupo de amanuenses capaces de convertir el poder revolucionario en sumisión. Entonces vemos, a diferencia por ejemplo del 68, consignas brutales y tontas, pintarrajeadas en muros de edificios de valor histórico y estético, en lugar de apuntar hacia quienes, con falsedades y propuestas baratas, mantienen un deplorable sistema, lleno de parches e incapaz de establecer una sociedad equitativa y profundamente humana.

junio 14, 2013

En el PRI no hay divisiones


Cariñosamente para Iris Santacruz Fabila, mi hermana, por su brillante examen doctoral

El PRD ha venido a menos a causa de sus problemas internos y divisiones. Por ahora, sin López Obrador y con dirigentes que no convencen del todo, amenaza derrumbarse más todavía. El PAN no está mejor. Luego de su inútil paso por el poder, perdió su capital político de una manera notable o tal vez ridícula: mostrando que de todos sus líderes no se hace uno. Madero o Vázquez Mota son patéticos. Al PRD lo perdieron las diferencias entre tendencias, a la derecha su total inexperiencia que los condujo a chocar entre sí más como producto de su desesperación que como resultado de posturas ideológicas encontradas. En este contexto apenas enunciado (para qué explorarlo más), el PRI es el rey.

Por ello, su líder nacional, César Camacho Quiroz, ha declarado recientemente que los priistas no pierden el tiempo en conflictos internos. Dicho en otros términos, usados por él mismo, carece de problemas internos. Vale la pena intentar algunas reflexiones al respecto. No hay partidos homogéneos. Aún en países como Cuba o China hay diferencias en cuanto al rumbo. La unidad es mantenida porque suponen que podrán llegar a buen puerto sin precisar cuál es o dónde se halla. Corea del Norte tiene, asimismo, partido único y es en apariencia monolítico. Es difícil saber cuántas y cuáles son sus divisiones o puntos de vista. El dirigente supremo, heredero del poder “comunista”, ha logrado mantener una unidad que hasta hoy es sólida. Pero sin duda es el Ejército el que le permite tal certeza al partido, donde una idea opuesta al líder nacional le cuesta la cabeza a quien la tenga.

El PRI no está lejos de una posición de tal índole. Aquí no lo matarán físicamente, a cambio no le darán lo que el discrepante imagina merecer. Si algún partido ha conocido la dictadura del presidencialismo es el PRI. Por décadas basó su unidad en el poder del presidente en turno. Cuando perdió la Presidencia de la República, el rumbo se hizo borrascoso. Se dividieron y muchos políticos hábiles se mudaron de partido, la lista es infinita.

El PRI logró rehacerse no por méritos propios, sino porque sus rivales no tuvieron la inteligencia y preparación para mantenerlos fuera de Los Pinos. Pero aprendió la lección. No dividirse al menos públicamente, zanjar sus diferencias en sesiones cautelosas, en polémicas que no llegaron a los medios. En términos generales los partidos mexicanos nunca han buscado su poderío en sus bases, en la fuerza de los militantes, sino en el poder de la silla presidencial o en el peso de sus gobernadores, diputados y senadores. Hay un profundo desdén o temor hacia las masas.

Los buenos (escasos) y los malos (muchísimos) ejemplos políticos son herencia del PRI. Ahora que han recuperado la arrogancia, pontifican como lo hace César Camacho: “En el PRI hay una fluida comunicación y a cada uno se le da no sólo un lugar, sino su lugar. Por eso creo que hoy estamos en condiciones de no tener que gastar energías para resolver asuntos domésticos, sino en ver cómo nos granjeamos el apoyo popular”. 

Lo primero que hicieron los priistas al retornar a Los Pinos fue recuperar el presidencialismo. Tenían al virtual monarca, sólo había que investirlo o, mejor dicho, darle un poder absoluto como lo tuvieron en el pasado los reyes sexenales que anticiparon y marcaron de mil formas al aparato gubernamental. El PRI volvió a ser lo que siempre ha sido: una maquinaria electoral manejada por el Presidente. En ella no caben las dudas, los titubeos, las órdenes se reciben y ay de quien no las obedezca. Su carrera está finiquitada. En cambio, siempre habrá lugar para los disciplinados, los bien portados. Para los que han recuperado la facilidad para doblegarse. El Presidente de México no se equivoca. Son las horas que le vengan en gana.

Pero el error está en que la sociedad ha cambiado. A este nuevo país que no acabamos de percibir le faltan medios de comunicación en verdad críticos y desde luego un apoyo ideológico que nadie ha podido darle. No hablemos de ocurrencias, sino de posturas firmes. No partimos de cero: en la historia tenemos ejemplos de los cuales echar mano y adecuar las ideas para salirnos de este mar de priismo que asfixia.

Por ahora, el PRI, en efecto, carece de divisiones, pero aparecerán cuando comience el reparto de posiciones en diferentes procesos electorales. No todos quedarán conformes con la manera de conducir al partido que hoy muestra una fiera unidad. La pregunta es ¿unidad en torno a qué? Podríamos decir que alrededor de Peña Nieto. ¿Es un estadista formidable? Temo que no. Es un político carismático, que bien supo aprovechar los defectos de sus competidores, pero visos de grandeza no los tiene. Hasta hoy la fortuna le ha sonreído en una república que tuvo doce años traumáticos y cuya izquierda está en el limbo. Pero esto no es eterno ni el país es estático.

El PRI carece de conflictos internos. A cambio tiene una unidad forzada que tarde o temprano reventará. No sé cuándo, acaso en la sucesión presidencial siguiente o antes o después. Por una razón: no es el producto de las ideas que van al futuro, sino que está basada en la devoción por el poder.