Tantadel

agosto 30, 2013

Espías cibernéticos, superhéroes


Como tantos otros he sido lector de novelas policíacas y de espionaje. Al final, se hicieron más célebres los filmes de intrigas internacionales merced a un novelista inglés: Ian Fleming y su personaje James Bond, el agente 007, el inalterablemente victorioso y duro con sus enemigos, tierno y apasionado con las mujeres, capaz de vencer a cuanto malvado se pusiera al frente conspirando contra la libertad y la democracia. Sin duda, el actor que mejor encarnó al 007 fue Sean Connery. Lo interesante del personaje de Fleming, ya en la pantalla, es su constante evolución sin dejar de lado una fuerte personalidad que nació en las tramas del novelista. Lo mismo maneja un sofisticado avión caza que una delicada computadora. Siempre está provisto de conocimientos que permiten el uso de cualquier máquina por complicada que sea. El 007 es casi tan longevo y vigente como el detective más célebre de todos: Sherlock Holmes, creación de Arthur Conan Doyle, cuyo poder le venía de un agudo instinto deductivo, bien cultivado.

Sin embargo, la fantasía, como es frecuente, ha sido superada por la realidad y ello ahora permite que dos o tres hábiles especialistas en computación puedan descifrar todo tipo de claves y superar candados con tal de ingresar en el mundo secreto de la política, en especial, en un mundo globalizado particularmente por las nuevas tecnologías, en el espionaje cibernético y los secretos archivados en computadoras prodigiosas. Edward Snowden y Bradley Manning, dos expertos de alto rango en electrónica, ambos al servicio de EU, optaron por no seguirle el juego a la superpotencia y poner al descubierto miles y miles de secretos relativos al espionaje que las potencias occidentales llevan a cabo, encabezados por la CIA. El receptor de todos los materiales, fue Julian Assange, quien a través de Wikileaks desparramó información atroz en los más importantes medios de comunicación. Cuando los secretos fueron puestos al alcance de cualquier computadora, el escándalo fue mayúsculo y adquirió en lugar de alegría, un fúnebre tono de preocupación. Hay mucho que ocultar y poco que transparentar y no es lo mismo encubrir en el disco duro la fórmula de los refrescos de guanábana, que exhibir los tortuosos proyectos de dominación del gobierno norteamericano, siempre en alianza con la Corona inglesa y Alemania, quien ve cercano su sueño de ser una nación dominante a nivel planetario.

Manning está en la cárcel y sus jueces y verdugos ya lo condenaron a 35 años de prisión. Sus defensores lo ven con reverencia, como a un héroe. Snowden ha pasado las de Caín de un sitio a otro en busca de asilo y tratando de escapar de sus poderosos enemigos, Obama el primero. Rusia ha intentado protegerlo con timidez y ante la ofensiva norteamericana, se limitó a hacer lo que pudo al darle un visado por unos meses. Luego, quedará a su suerte. Assange sigue en la modesta embajada de Ecuador en Londres.

Pero lo importante para el mundo es que Wikileaks nos mostró que la conducta de las grandes potencias, especialmente EU, no es la de un generoso padre sino la brutal de un país imperialista que ahora trabaja con modernas herramientas. Hoy los nombres mencionados son para muchos sinónimos de traidores y para otros héroes y mártires de la libertad de expresión.

EU y sus más fuertes y cercanos aliados buscan la manera de evitar más filtraciones y al mismo tiempo de castigar brutalmente, como severa lección, a quienes osan meterse en el oscuro y tenebroso mundo de la intriga internacional. Gracias Snowden, Manning y Assange, ahora vemos que Obama no es el hombre destinado a frenar los muy turbios intereses de dominación planetaria de Washington. Si alguna vez tuvo buenas intenciones, Guantánamo, Irak, Afganistán, la CIA, el FBI, la Border Patrol, las grandes empresas norteamericanas, lo modificaron.

Pero no todo está perdido. Los grandes y mejores medios de comunicación trabajan en continuar la tarea y buscan secretos que filtrar, demandan transparencia internacional, que el mundo sepa qué hacen quienes lo dominan y de qué forma trabajan para mantener el control del sistema gobernante: el capitalismo desaforado y voraz. El diario británico The Guardian y el norteamericano The New Yok Times han anunciado que trabajarán conjuntamente en la búsqueda y respectiva difusión de aquellas intrigas perversas de las potencias. Asimismo en evitar la presión de sus respectivos gobiernos, porque ello significa atentar contra la libertad de expresión y los derechos que todos tenemos de estar informados correctamente.

Más allá de la polémica, Assange, Snowden y Manning pusieron al descubierto las redes sobre todo norteamericanas de espionaje y muerte que sus agencias de seguridad han tramado bajo el pretexto de salvaguardar a la potencia del terrorismo. Es posible ver, a menos que no se quiera, los crueles métodos que utilizan los estadunidenses y sus aliados para sojuzgar, a los países de Medio Oriente. Destruyeron Afganistán e Irak de manera atroz, qué nación sigue: ¿Siria, Egipto o Irán? Queremos transparencia a escala nacional, pero también hay que exigirla a escala mundial. En un mundo globalizado y comandado por un puñado de países en torno a EU, necesitamos saber qué traman. EU es el Big Brother de Orwell y nos vigila para someternos, se ha metido en los gobiernos y en nuestra intimidad. En vista de la peligrosidad del hecho, la ONU busca solución.


La crónica

agosto 28, 2013

Arte, religión y política cultural


En su habitual columna Botica, el periodista Jorge Meléndez Preciado señala algo inquietante: “Hace poco nos enteramos (Reforma, 22 de agosto) que Conaculta había realizado un donativo cuantioso a la Basílica de Guadalupe, el cual se hizo tan poco cuidadoso que ha levantado ámpula y ha sido denunciado como algo fuera de serie. En el mismo están metidos funcionarios del mencionado organismo ligados afectivamente con los religiosos. Es necesario aclarar el asunto en cuanto a monto y los involucrados. Pero no olvidar que la señora Consuelo Sáizar se inició como editora de obras ligadas a la fe y asuntos similares, por lo que seguramente ella está involucrada en ese apestoso caso”.

Está visto que la separación Iglesia y Estado es más una ficción que realidad constitucional. Políticos priistas, panistas y hasta perredistas invocan a Dios o de plano le consagran alguna ciudad como si México fuera el Vaticano. Así como hay maratones y marchas políticas, los católicos salen a las calles a manifestar su devoción. He escuchado a más de un gobernador en funciones darle gracias al Señor y como si fuera poco, Fox y Calderón no fueron discretos ni respetaron las creencias o incredulidades de agnósticos, judíos, mahometanos, protestantes y demás, al no ser practicantes discretos, como era su obligación constitucional. Si la ayuda a la Basílica de Guadalupe es para reparar alguna obra de arte dañada, no está mal, es justificable, pero si se trata de un apoyo a una institución rica y poderosa, en un país cuyo gobierno es oficialmente laico, las cosas cambian.

Entiendo el malestar de intelectuales como Jorge Meléndez Preciado, un periodista de larga trayectoria que lo mismo trata temas políticos que culturales. Es un hombre formado en la izquierda más combativa, la que en efecto intentó cambiar el rumbo del país y no simplemente pintarle la fachada al sistema. Pero asimismo sé de qué estaba hecha, por ejemplo, Consuelo Sáizar. Según me dijo ella, me conoció en una modesta estación radiofónica donde me entrevistó. No la recordaba cuando en una comida organizada por Víctor Hugo Rascón Banda, a la sazón, presidente de la SOGEM, alguien nos presentó. Si fue en sus orígenes modesta y discreta, no lo era más: estaba yo ante una funcionaria arrogante, grosera, autoritaria, que pensaba que la cultura era suya y, en consecuencia, podía hacer lo que le viniera en gana. Su gestión fue útil para ahondar más las divisiones de la compleja vida cultural mexicana, plena de aversiones y amores pasionales. Premió a sus amigos a placer y con semejante entusiasmo relegó a sus enemigos. Sus mejores años, cercana a Elba Esther Gordillo, los utilizó no tanto para serle útil al presidente Felipe Calderón, como para glorificar a sus mejores amigos y empleados. Nuestro último encuentro fue en la Rectoría General de la UAM. Mario Vargas Llosa brindaba una conferencia magistral y yo, en calidad de profesor fundador de la institución, tendría el privilegio de entrevistarlo. El encuentro con Sáizar fue inevitable. De pronto me interrogó cordialmente: ¿Qué te pareció el homenaje que te hicimos? Pude responder también preguntando, ¿Cuál? La presencia del rector general y de otros funcionarios universitarios propios y de otras instituciones inhibieron mi reacción. Me obsequió un inmenso libro apologético de su gestión y yo correspondí con uno mío: Antigua grandeza mexicana, obra que escribí luego de diversos recorridos por el Centro Histórico, solicitados por el INBA. El resto de la espinosa relación se dirimió a través de periodistas a su servicio y yo en diversos medios. La vi al mismo tiempo que contribuía a la edificación de una inútil y absurda estela de luz, viajar como reina y festejar de modo ruidoso a sus amigos, justo enemigos de su jefe inmediato, Felipe Calderón. Puede, como indica el periodista citado, haber sido el origen de tal desatino. Nunca Conaculta estuvo en peores manos y hemos de considerar que antes de Consuelo Sáizar la presidió una locutora fallida: Sari Bermúdez, la que le dio a México la “Biblioteca Nacional” que tanto nos faltaba. El hermoso local que edificó para la grandeza de un mandatario iletrado sigue con problemas de construcción. Fue el rector Juan Ramón de la Fuente, en una hermosa pieza oratoria, delante de académicos y funcionarios culturales capitalinos, que respondió precisando que ya existe y está en manos de la UNAM. Sari es ahora invisible y Consuelo prácticamente está prófuga.

Tiene razón Jorge Meléndez Preciado, una de sus primeras tareas editoriales fue dirigir una editorial de recia raigambre católica, conservadora. Pero mientras algunos intentamos vanamente poner distancias entre el Estado y la Iglesia dominante, considerando la larga lucha nacional en pos de esa idea razonable, debemos pensar que los tiempos han sufrido profundas modificaciones y no todas son positivas.

Pero éstos son temas espinosos, mejor hablemos de maratones y futbol, eso no nos divide, nos da una vida saludable y nos aleja de malos pensamiento políticos. O algo de tipo cultural: pueden acompañarme hoy a la presentación de mi libro El Evangelio según René Avilés Fabila, en la Rectoría General de la UAM, a las 12 del día. Esto quizás conceda algunas indulgencias a los asistentes y acaso sería posible recolectar dinero para la santa Madre Iglesia.

agosto 26, 2013

El temor a los manifestantes


En estos días de violencia en la ciudad capital he tratado de hacer un recuento de las marchas y manifestaciones en las que he participado. Las iniciáticas. En la primera manifestación que participé fue una de apoyo a Cuba. En 1961 la Isla fue agredida, un grupo de mercenarios auspiciados por EU, con Kennedy en el poder, trató de tomarla por las armas. Los estudiantes universitarios salimos a las calles. El presidente mexicano era Adolfo López Mateos y su actuar político, como el de todos los mandatarios mexicanos, era de claroscuros. Fue reprimida y yo sufrí un severo golpe en el brazo derecho, producto del macanazo de un granadero. Las siguientes fueron en 1968, en medio de la euforia juvenil. No recuerdo en cuántas estuve. Mi esposa iba con el contingente de Economía de la UNAM y yo en el de Ciencias Políticas. Solamente el 2 de octubre fuimos juntos y juntos logramos salvar la vida de la atroz represión de soldados y policías. En esos tiempos, las autoridades no fingían demencia ante las críticas públicas al poder, como ahora.

Pero no sólo he sido manifestante en México. En París, durante el posgrado, todavía bajo el eco de las grandes protestas estudiantiles de Mayo 68, Rosario y yo participamos en una con socialistas y comunistas. Las fuerzas policiacas la disolvieron con celeridad en pleno Quartier Latin. Nos arrinconaron en una esquina y cuando el policía blandía su macana, grité algo así como soy turista. Mi facha así lo probaba. Aunque en realidad Rosario y yo éramos becarios de la Universidad de París. Se contuvo y se alejó para golpear a franceses.

Con el tiempo, opté por escribir mis malestares y protestas en los diarios y esto hago desde hace años. Pero igual podría salir a las calles, incorporarme a la manifestación más cercana y marchar con ella hacia Palacio Nacional, Los Pinos o Gobernación y gritar tediosas consignas mentándole la madre el Presidente. Nada pasa. Los policías y los granaderos, las fuerzas represivas en general (actualmente se les denominan fuerza pública o del orden en un país sin orden ni leyes que respetar), viven a la defensiva. Ahora hay un cambio fundamental: la represión viene de los manifestantes. No pasa un día sin que un grupo reducido (en el populoso Valle de México, casi veinte millones de habitantes, cualquier manifestación o concentración es modesta, por más que nos digan que fueron cien mil) se adueñe de las calles e impidan el paso de la gente que va a trabajar o a pasear. Las zonas seleccionadas por los manifestantes son claves para dislocar el tránsito. ¿Autoridades? No las hay. La política se hizo cobarde, teme o agrandar el problema o quedar ante la opinión pública como represiva y perder votos o de plano suponen que la clave de la democracia es permitir que atrofien la vida comercial y laboral de los capitalinos.

Cuauhtémoc Cárdenas, cuando se refirió a este grave problema, hace años en su primera campaña presidencial, dijo que la solución era fácil: Si los gobernadores solucionaran los problemas en cada estado, los inconformes no vendrían al DF. Pero siempre hay pretextos para venir aquí, son asuntos federales. Y entonces hay que romper el precario orden que tiene la capital. Miguel Ángel Mancera está preocupado por su maratón y por su carrera política en bicicleta. Nada hará para no perder votos ni prestigio como persona de “izquierda”. Los legisladores están temerosos: visten traje y ya hay instrucciones para madrear a todo aquél que se vista con relativa elegancia. Ya me jodí, debo llegar a la SEP en medio de tiendas de campaña y voces agresivas de colegas míos. Mis abuelos y mis padres fueron maestros y yo comencé a dar clases en una secundaria, hace cincuenta años, antes de conformarme plenamente como profesor universitario. Imposible explicarles que pertenezco a otra época, que mis padres, egresados de la Normal, eran distinguidos y cultos, hablaban idiomas. ¿Traje y corbata, enseñar a los niños con seriedad, significan opresión? Lenin, Trotsky, Makarenko (educador comunista) el propio Marx, ¿lo eran? Lucían traje y corbata.

El caso es que me he acostumbrado a debatir sin golpear al prójimo y sin mentarle la madre a mis enemigos que no son pocos ni peligrosos. Como decía un querido amigo, sólo tengo una aversión, por el sistema político mexicano. Una vez salí de la UAM-X y tomé un taxi. El joven que lo conducía, parecía perredista o maestro de la APPO, me miró con desdén y sin escuchar la dirección que le di, se confesó fanático de AMLO, me dijo, iracundo: Cuando no nos roben la presidencia, vendremos por ustedes y los fusilaremos. Carajo, ¿qué tienen en la cabeza los seguidores del Mesías Tropical? Nada, frases huecas. El tipejo sabría que en la UAM la mayoría vota por su ídolo. No. Me vio salir de un bonito edificio y me consideró enemigo de clase. ¿Explicarle que no entiendo la demagogia perredista porque soy marxista? Imposible. Alguna vez lo intenté con jóvenes, resultó que esa palabra apenas la conocían.

A diario un funcionario federal o capitalino promete orden, tranquilidad, sin embargo, nada hacen. Se limitan a diálogos de sordos. La culpa es nuestra, de los capitalinos: insistimos en creer que el PRD es la solución a nuestros graves problemas. No. Tiene mucho trabajo: saquear la ciudad.

Mi vida en la universidad pública


Mis pocos lectores saben que estudié en la UNAM y que —según me dijo el doctor José Narro— soy un préstamo a la UAM. No deja de tener razón mi admirado amigo: desde 1960 estuve en planteles universitarios, allí me formé. Primero en la Preparatoria 7, cuando estaba en Licenciado Verdad, entre la Catedral Metropolitana y Palacio Nacional. Enseguida pasé a la entonces pequeña en dimensiones, notable por su cuerpo docente, Escuela de Ciencias Políticas y Sociales. Un lujo irrepetible. Mis profesores fueron Pablo y Henrique González Casanova, Arturo Arnáiz y Freg, Modesto Seara Vázquez, Enrique González Pedrero, Víctor Flores Olea, Carlos Bosch, Ernesto de la Torre Villar, Francisco López Cámara, Ricardo Pozas, en fin, maestros ejemplares y todos de amplia obra escrita y académica. El 68 me atrapó en la transición de alumno a maestro, militando en el extinto Partido Comunista y publicando mis iniciales novelas y cuentos. El posgrado lo hice en París, una universidad donde resonaban todavía las consignas de Mayo, un llamado a la revolución estudiantil. México estaba atrapado por una extraña alianza entre los intelectuales más afamados y el presidente Echeverría. Según Carlos Fuentes y Fernando Benítez, entre otros, era él o el fascismo. Bueno, así es México.
A mi regreso me reincorporé a la UNAM y en 1975 apareció la UAM. Me cambié de institución atraído por un proyecto novedoso, departamental. Sin embargo, cada tanto, vuelvo a las aulas de Ciencias Políticas. Soy un inevitable camarada de las universidades públicas y ellas han sido de una infinita generosidad conmigo. La de Sinaloa publicó dos libros míos, la Veracruzana otros tantos, en la época en que Sergio Galindo era el responsable de las ediciones. El IPN dos más. La UNAM por lo menos tres y en la UAM he perdido la cuenta. El primer homenaje por mi tarea literaria provino de esta última, cuando cumplí tres lustros escribiendo. Este 2013, en que llego a 50 años de quehacer literario, hubo un reconocimiento de magnitud sorprendente, organizado por mi unidad, Xochimilco, bajo la dirección del doctor Salvador Vega y León, a la que se incorporó Rectoría General. Ese festejo ha desatado una larga cadena que imagino concluirá con la Feria del Libro de Tabasco, organizada por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), dedicada a mí y donde me entregarán el Premio Mallinali, por la Promoción de las Artes, los Derechos Humanos y la Diversidad Cultural que otorga esa casa de estudios en el marco de los festejos de su 55 aniversario de fundación, honor que han recibido escritores como Mónica Lavín, Héctor Aguilar Camín, Juan Villoro, Federico Reyes Heroles y mi querida amiga Cristina Pacheco. Las palabras que pusieron en carteles e invitaciones son para mí profundamente conmovedoras: “René Avilés Fabila, 50 años entre la palabra, la imaginación y la cátedra”.
Ahora, el nuevo rector general de la UAM, Salvador Vega y León, llega con ambiciosos proyectos académicos e ideas interesantes para reactivar la difusión de la cultura. Por lo pronto, a una semana de su toma de posesión, lleva a cabo la presentación de dos libros míos, editados en esta casa de estudios, el próximo miércoles 28 a las 12 horas en la Rectoría General. Ambos son ediciones de la UAM y francamente son hermosos. Uno es El Evangelio según René Avilés Fabila y el otro un bestiario que obtuvo el Premio Nacional INBA-Colima, De sirenas a sirenas, ilustrado por José Luis Cuevas y prologado por el poeta Rubén Bonifaz Nuño, una edición conmemorativa.
A la presidencia del Premio Nacional de Periodismo 2012, hoy en manos de la UJAT, llegué propuesto por la UAM y aceptado unánimemente por colegas de medios y universidades.
Cuando ingresé a la UNAM, jamás imaginé que sería tan afortunado en las universidades públicas. Gracias.

agosto 23, 2013

El artista empresario


Los nuevos tiempos no son los mejores para aquella idea romántica de imaginar a los artistas en sórdidas buhardillas, en prisiones o en difíciles situaciones económicas, creando obras maestras siempre para minorías. Hombres y mujeres dedicados al arte ahora tienen o buscan escenarios mejores, más cercanos a la idea que tenemos del star sistem. El éxito apabullante del capitalismo ha convertido en principio al arte en objeto de consumo. Su principal valor no es el estético sino el comercial. “La frontera que separaba el arte del mercado ha desaparecido”, dijo Gilles Lipovetsky en México. En realidad es parte de una compleja idea que aparece en su libro La estetización del mundo.

Lipovetsky goza de un enorme prestigio porque ha sabido ver el arte con ojos distintos, los que corresponden a una época en que la economía de mercado ha triunfado plenamente. En México, desde hace tiempo, ha surgido el artista y el intelectual que construyen más productos comerciales que arte en riguroso sentido. Piensan en el mercado y no en la sala pequeña, donde se reúne un número reducido de admiradores. El pasado ha sido violentamente sepultado por una nueva época donde el artista es un capitalista más, afirma Lipovetsky. Esto le da la última patada a las concepciones del arte para el pueblo, el realismo socialista, el arte al servicio de causas ideológicas. No más. Ahora cada obra de arte busca el nicho adecuado para recibir la mejor oferta. Quienes no se percatan del cambio, se van rezagando.

Las generaciones literarias o pictóricas no se llaman más “Taller”, “Contemporáneos” ni “Escuela mexicana de pintura” o “La ruptura”, sino empresa fulana de tal o compañía de producción estética. Son, explica el sociólogo francés,  industrias culturales y los medios de comunicación una forma para anunciar sus productos. La cinematografía, por ejemplo, es prueba de ello, se rige por las reglas del mercado y utiliza a los medios, particularmente electrónicos, para darse a conocer. Es, en consecuencia, una rentable empresa que supera las formidables ganancias de industrias como la química y la agrícola.  Como ejemplo, Lipovetsky nos ofrece a Disney, exitosa fábrica de sueños, diríamos antes: tiene más de 130 mil empleados y hace negocios por un monto de 40 mil millones de dólares. Sus productos, a veces notables, otras no tanto, recorren el mundo en cuestión de días.

El capitalismo ha convertido a las estrellas cinematográficas o de la farándula en general, en iconos universales. Me parece que desde Sinatra y Elvis o antes con las llamadas big bands, el capitalismo ya era una poderosa fábrica de figuras artísticas. Cualquier cantante de rock o un rapero es capaz de abrumar las ventas de Mozart o Wagner, siguiendo el tono impuesto por el pensador europeo. El fenómeno del artista que gusta del dinero tampoco es novedoso, eso es una deplorable imagen que ciertas épocas y etapas del mundo nos han brindado. Los artistas, escritores o pintores de talento, siempre han trabajado en espera de recompensas económicas, afirma Lipovetsky. No dejemos de lado a Picasso, Dalí o Warhol. Atrás quedó toda idea de arte puro, incontaminado. Ya no es fácil rechazar la idea de simplemente dividir al arte en comercial y no comercial. Los creadores trabajan con el objeto de vivir con comodidad, lejos de la pobreza y las dificultades. No más el esfuerzo para la belleza sin importar el dinero o para una causa política como hicieron cientos de artista en todo el mundo en la época del realismo socialista, donde se intentaba privilegiar al arte con un amplio contenido social sobre aquél que no estaba dirigido a las masas oprimidas. Para colmo, explotados y explotadores, los personajes principales de la eterna lucha de clases, buscan satisfacción espiritual en el arte comercial, en la diversión, en el entretenimiento. En tal sentido, podríamos releer a Mario Vargas Llosa en su libro La civilización del espectáculo, donde con tenacidad insiste en el placer fundamental, en el goce estético, que producen las obras maestras de la literatura, hoy sepultadas por un alud de novelas comerciales, es decir, de best-sellers.

Ello ocasiona que el “arte” pueda estar a la vista de muchos ojos. Un diseño de Armani está en un museo. Todo puede ser arte. Hay un capitalismo artista, simplifica Lipovetsky. Recuerdo haber visto en el Museo de Arte Moderno de Nueva York una extraordinaria exposición titulada más o menos: Arte bajo y arte elevado. Coexistían a lo largo de fines del siglo XIX y durante todo el siglo XX, hoy ya la mezcla es deliberada y exitosa.

Si el socialismo intentó crear un arte distinto, útil al pueblo, el capitalismo triunfante ha creado una enorme industria donde todo está destinado al consumo. Sin embargo, dentro de este nuevo modelo, siempre existirá la grandeza del artista que se empeña en salir de la uniformidad que ha impuesto este estilo nuevo de hacer arte, de diseñar envases para perfumes y bebidas alcohólicas de cierta belleza, que atrae la mirada de los consumidores y hasta de coleccionistas, para lograr una obra única e irrepetible.

Estoy cierto que sus tesis no son descabelladas y que simplemente enfrentan con claridad una nueva época del arte bajo la globalización capitalista.

Lipovetsky ha puesto en la discusión del arte contemporáneo nuevas ideas a debatir



La crónica

agosto 21, 2013

Slawomir Mrozek, un polaco en México


En 1969 llegó a México, editado por Seix Barral, un libro notable: El elefante, de un autor polaco para mí desconocido, Slawomir Mrozek. Pensé que se trataba de una obra con mucho mensaje político y nulo valor literario. Cuando inicié la lectura, la sorpresa fue mayúscula. Es un libro divertido, ameno, inteligente, crítico y en verdad memorable. Joven todavía, en proceso de formación, lo incorporé de inmediato a la larga lista de narradores admirables que poseo. Su sentido del humor, su inteligencia satírica y lo certero de sus ironías me hizo amar su literatura. Diferente, opuesta a la que se escribía en aquellos años en que mucho pesaba el realismo socialista. Uno —decía yo— puede ser marxista-leninista, y mantener el buen humor, no es indispensable escribir cuán heroica era la clase obrera, como suponíamos inalterablemente al leer novelas y relatos provenientes de la Unión Soviética, también podíamos ingresar en un mundo burlón de los valores reinantes. El marxismo no tenía que ser fatigosamente aburrido. Menos en esos momentos: el mundo estaba bajo el influjo de lo que llamaron la década prodigiosa, años en los que el buen rock, la poesía de Ginsberg, de un lado, y de Evtushenko, del otro, sacudían el polvo de las generaciones anteriores. La guerra de Vietnam y la Revolución Cubana habían alterado el ritmo cardiaco del imperio norteamericano y la izquierda era justamente eso, izquierda. Un movimiento de mujeres y hombres que pensaban en una transformación radical. El bloque socialista también fue sacudido.

Los cuentos de Mrozek ironizaban sin piedad el marxismo acartonado de corte estalinista que prevalecía en el socialismo. Los grandes dirigentes daban sus puntos de vista sobre el arte: mientras que Jruschov decía que en materia artística pensaba como Stalin, Mao Tse-tung pedía que se abrieran cien flores y compitieran cien escuelas ideológicas. El escritor polaco estaba lejos del estalinismo y era un satírico natural. Le servía a una extraña e infrecuentada ideología: el buen humor y la ironía. Era, considero, una interesante mezcla de Kafka y Ionesco. Recuerdo uno de sus mejores relatos: “La jirafa”. En apretada síntesis es la historia de un niño que le pregunta a su tío, rígido comunista, qué es una jirafa. El pariente, hombre de muchas lecturas políticas, medita, piensa largo rato y pospone la respuesta. Es evidente que nunca ha visto un mamífero llamado así. Ven mañana, le pide al pequeño.

Al día siguiente el niño regresa y escucha a su tío: Mira, busqué en Feuerbach, en el Antidühring, en El Capital… La conclusión contundente llega cuando le dice al pequeño, si las jirafas no están citadas por Marx, Engels o cualquiera de sus sucesores, no existen. El desenlace es gracioso e inteligente y desde luego inesperado, luego de que al fin el niño observa azorado una jirafa en el zoológico. Un libro sorprendente e incómodo en aquel severo comunismo, sectario, dogmático, que gradualmente cavó su propia fosa. Así lo vi yo en 1980, cuando visité la URSS con una pequeña caravana de comunistas mexicanos: era un mundo sin capacidad para la broma.

Pero Mrozek sabía sin duda sonreír de manera maligna, así lo prueba en cada cuento. O en sus obras de teatro. Fue por ello un escritor poco común en la severidad socialista. Nunca vi fotografías suyas; en consecuencia, jamás imaginé su rostro, tampoco supe cómo conversaba. Me limité a leer Las bodas de Atomville, El amor en la guerra de Crimea y la pieza El pavo, obra que lo hace famoso y traducido a muchas lenguas o a ver Los emigrados, llevada al cine por el director Andrezej Wajda. Me enamoré de su obra. Pero jamás imaginé que hubiera vivido en México de 1989 a 1996. Curioso, porque alguna vez quise hacer un libro sobre grandes escritores extranjeros que fueron huéspedes de México: Sthepen Crane, Katherine Anne Porter, Hart Crane, Jack London, John Reed, Ambrose Bierce, Lowry, B. Traven, Max Frisch, Graham Greene, D. H. Lawrence, Jack Kerouac, Ray Bradbury, Carlos Castaneda, Oscar Lewis, entre otros… Me intrigaba saber por qué llegaron a México, qué hicieron aquí, qué les pareció. Supe de la estancia mexicana de Mrozek hace unos días por una nota que publicó La Crónica sobre su muerte ocurrida en Niza. Lamenté sinceramente mi ignorancia, es imperdonable.

El diario precisa: una amiga suya cercana habló de su estatura: “Un intelectual, autoridad moral y ejemplo para generaciones de polacos…” Su obra está dentro de la gran literatura mundial. Añade que era un hombre tímido, silencioso, discreto, su rebeldía la manifestó en obras magnificas; estuvo casado en segundas nupcias con la directora de teatro mexicana Susana Osorio Rosas.

No tengo más qué hacer sino regresar a su literatura prodigiosa, bordada con cuidadosa atención y una prosa muy tersa. Pude conocerlo personalmente, preguntarle sobre su arte o al menos verlo a distancia… Las cosas jamás suceden como uno quiere. Lo sorprendente es que no supe de otra nota mexicana sobre su desoladora muerte. México sólo tiene ojos para media docena de escritores sobrevalorados por la burocracia mexicana y los medios. Mrozek no importa, aunque haya puesto en jaque a media Europa. Tenía 83 años y el reconocimiento de grandes figuras de la cultura universal.

agosto 19, 2013

Nacionalismo mediático en plena globalización


Cuando llegué al periodismo, hace algunas décadas (El Club Primera Plana me notifica que me entregará la placa alusiva de los cuarenta y cinco; gracias, querido Arnulfo Domínguez, por avisarme), me advirtieron mis maestros iniciáticos que no podía criticar a tres grandes instituciones, en aquella época todas temibles y poderosas: el Presidente de la República y su familia, la Iglesia católica, en especial a la Virgen de Guadalupe, tampoco al Ejército Nacional. Son sagradas. Un jefe de redacción, viendo que era un joven impetuoso, me precisó: Pero puedes desquitar tus malestares políticos con los norteamericanos y la CTM de Fidel Velázquez, nada pasa, nadie protesta, al contrario, dirán qué valiente es René. Cada vez que me sentía muy crítico, arremetía contra el líder cetemista o contra Estados Unidos. No había reacción. Para colmo, mientras les impedían el ingreso a EU a intelectuales latinoamericanos supuestamente izquierdistas, a mí, que era abierto militante del Partido Comunista, me dejaban entrar y salir sin ninguna pregunta, quizás porque mi aspecto no era el de alguien que deseaba vivir y trabajar en ese país, sino de hacer simple turismo.

Al mismo tiempo, notaba que los periódicos estaban materialmente inundados de noticias y severas críticas a los sucesos internacionales. No existía diario o revista que no trajera un abundante número de páginas destinadas a las noticias provenientes del extranjero. Fluían los exiliados del resto de América Latina huyendo de dictaduras militares y en México encontraban veloz acomodo en la academia y en los medios escritos. Honestamente yo no tenía dificultades con los asuntos internacionales, mis estudios en la UNAM provenían de la hoy Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y me especialicé justo en Relaciones Internacionales. Mi mamá me quería diplomático de carrera, yo me negaba (y me sigo negando) a representar gobiernos mexicanos, pero algo tenía que estudiar. Podía, en síntesis, tratar eso temas.

En cambio en la parte nacional, comentarios y noticias eran cautelosos, a veces cobardes y siempre dentro de lo políticamente correcto. La explicación era obvia: mientras uno podía criticar al presidente norteamericano o insultar al miserable Pinochet, entre nosotros Díaz Ordaz, Echeverría o López Portillo resultaban intocables. De pronto aparecía algún comentario crítico dentro de severos cánones de respeto. La idea era mostrarle a la sociedad mexicana que en México la crítica era tolerada y la libertad de expresión reinaba. Éramos una nación plural, diversa, tolerante, cuando en 1968 habían sucumbido cientos de estudiantes, otros estaban en la cárcel y unos más habían huido del país. Poco antes, Siqueiros había estado seis años prisionero en Lecumberri acusado de comunista, y el líder zapatista (de Zapata, no de los neozapatistas) Rubén Jaramillo y su familia fueron asesinados a tiros por elementos militares.

Pero los tiempos cambiaron y la caída del bloque socialista le abrió las puertas a la globalización capitalista. La economía de libre empresa al fin se impuso en todo el mundo. Tampoco los medios siguieron igual, hubo transformaciones, en especial dentro de los escritos y los periodistas consiguieron que la libertad de expresión comenzara a ser realidad y hasta se dan el lujo de insultar al presidente. Con esta nueva situación, las reglas cambiaron a grandes rasgos: ahora tanto la información como los comentarios se han concentrado en México. Aunque las nuevas tecnologías han reducido las distancias, nosotros los mexicanos estamos sólo atentos a los sucesos nacionales y poco sabemos, a menos que sea algo escandaloso, de lo que ocurre en los restantes países.

Vivimos una suerte de nacionalismo informativo: México es el eje del mundo. La dificultad (por ejemplo, ahora que discutimos sin parar el caso de Pemex), como no sabemos qué ocurre en otras latitudes, pensamos únicamente en nuestros problemas y nos mantenemos en 1938 a pesar de las muchas modificaciones políticas y económicas que han sucedido. Ello sin duda nos detiene. Los políticos mexicanos o son tontos e ignorantes, o de plano ninguno tiene una idea clara de lo que requiere México para dejar de ser, como la selección de futbol, “ya merito” país desarrollado. Los mexicanos suelen presumir la riqueza del país, tenemos todo, somos muy ricos, pero en rigor somos una nación pobre y dependiente. Podríamos estudiar cuidadosamente por qué otros países avanzan y nosotros seguimos estancados. Pero la información que encontramos se centra en las declaraciones de López Obrador, en el enojo de Cárdenas, porque atentan contra el legado de su padre, la propuesta “salvadora” de Peña Nieto, las mañas del PAN para recuperar terreno luego de doce años de fracasos perfectos y un considerable número de muertos en la guerra contra el crimen organizado que desató Felipe Calderón sin tener los medios para llevarla a cabo amplia e inteligentemente.

No estaría mal estudiar a fondo sucesos similares en otros países, buscando ejemplos para mejor debatir. Insisto, el nacionalismo que no le gustaba a los marxistas, a los anarquistas ni a Julio Cortázar, es ahora el alimento principal de los mexicanos. Todos disfrutan de la globalización y algunos se preocupan por sus excesos, es finalmente capitalismo salvaje. Para defendernos no se necesita saber qué ocurrió en 1938, sino conocer cómo manejan sus riquezas en naciones semejantes a la nuestra. Sí, la patria es primero, pero por piedad no dejemos de lado que la pobre patria está inmersa en un mar de productos extranjeros.

agosto 18, 2013

Resistencia al olvido

Tiene que darse una política cultural de rescate y recuperación de autores significativos.


Hace poco publiqué un artículo sobre Juan de la Cabada. Lo subí a Facebook y no tuvo muchas reacciones: algún alumno mío, más por afecto que por devoción al escritor campechano, un viejo camarada comunista de Juan y mío, Arturo Martínez Nateras y no más. Lo recuerdo en sus mejores momentos, cuentista de enorme fluidez y estilo juguetón, afamado y abierto militante político. Su nombre era un referente obligado porque aparecía en televisión acompañado por Cristina Pacheco, fue incluido en multitud de antologías, la Universidad Autónoma de Sinaloa hizo sus obras completas y la UNAM editó su Antología personal. Fue, por añadidura, el mejor amigo de Elena Garro, una mujer genial cuyo recuerdo su debate todavía entre el vituperio y la gloria. Para mi gusto, un mucho olvidada y muy infortunada. Vivió malos tiempos y no supo defenderse con vigor, lo hizo con miedo al sistema y a los intelectuales que tomaron el partido de su ex esposo Octavio Paz.
Una estación radiofónica universitaria, me pidió conducir un programa. De inmediato propuse uno que rescatara artistas talentosos del olvido, personajes que apenas recordamos en México, un país que tiene mala memoria y gusta de las novedades, siempre y cuando sean amparadas por los medios de comunicación. Recordé en principio una larga lista de narradores y poetas, artistas plásticos sepultados en un rincón de la historia. En nuestro país basta morir para pasar al olvido, salvo en los casos de hombres y mujeres que aparte de talento y obra, supieron llamar la atención. Sin crítica literaria seria, con una sospechosa relación con el poder, son pocos los intelectuales elegidos. ¿Dónde está Ermilo Abreu Gómez, autor del espléndido Canek? José Revueltas, Nellie Campobello, Efrén Hernández o Julio Torri, no son frecuentados por los escasos lectores que tenemos. Hice una asombrosa e infinita lista y la presenté. Puros desconocidos, me dijeron en la estación de radio.
El pasado trimestre, viendo las eternas luchas por el poder en México, pedí la lectura de La sombra del caudillo. El nombre del autor produjo desconcierto: ¿Martín Luis Guzmán? Hace cuatro años, en una feria del libro, me correspondió hablar de Al filo del agua, novela que marca el inicio de las estructuras modernas en el país. La sala que imaginé se abarrotaría, tuvo poco público, al final, una mujer se acercó presentándose como familiar cercana del escritor jalisciense que fue gobernador del estado y titular de la SEP: Gracias, dijo con timidez, Yáñez está muy olvidado. No tanto, repuse: su peso literario es enorme. Sí, concluyó ella, quizás entre estudiosos y especialistas.
De todos mis amigos muertos, son escasos los que siguen siendo leídos o citados. Parménides García Saldaña, quien de forma peculiar fue un escritor maldito y sin proponérselo hizo su propia leyenda que muchos jóvenes mantienen viva. Ser contestatario toda la vida es imposible. Él, en tal sentido, murió abandonado, sin ceder ante las exigencias de la sociedad.
He dado casos que imagino son conocidos por pocos. Sin embargo, conformar un listado de grandes escritores olvidados, algunos que gozaron de enorme prestigio en vida, puede ser terriblemente larga. Imagino que algo parecido sucede en otras áreas de la cultura y la academia. Pero yo pensaba en Germán List Arzubide, Arqueles Vela, Miguel N. Lira, José Rubén Romero o en Ramón Rubín. Imposible pensar en el poeta Antonio Castañeda, quien antes de morir vio su obra completa en el Fondo de Cultura Económica.
Tiene que darse una política cultural de rescate y recuperación de autores significativos. Parece que es suficiente con las glorias que el mundo oficial ha creado. La lista de premios Nobel es larga, de pocos nos acordamos. Extrañamente Borges no lo recibió, pero es en quien más pensamos. Kafka murió en el anonimato, hoy lo citan hasta quienes no lo han leído.

agosto 16, 2013

Juan de la Cabada, literatura y militancia política


Elena Garro, en su fascinante libro Memorias de España 1937, hace una descripción de aquellos tiempos distantes, llenos de pasión y romanticismo, de grandes luchas políticas; recorre las amistades que Octavio Paz y ella iban adquiriendo o aquéllas que ya eran importantes al momento de casarse. Cuando habla de Juan de la Cabada, el nombre aparece entre admiraciones, señalándolo con emoción y cariño. A lo largo del libro, mientras Paz (que por esos días había escrito el poema “¡No pasarán!”) hacía relaciones públicas, ella y Juan se divertían. A pesar de las distintas edades (Elena era de 1917, Juan de 1903) y las tragedias como el ascenso del fascismo y la guerra civil española, eran capaces de comportarse como niños traviesos. Por desgracia, cuando Elena Garro y Helena Paz regresaron a México luego de un largo y penoso exilio, Juan de la Cabada había muerto en la miseria y un mucho olvidado, el 26 de septiembre de 1986. Las dos Elenas jamás dejaron de hablar con cariño del escritor campechano.

Juan de la Cabada fue un devoto del marxismo-leninismo, para él la militancia en el Partido Comunista era importante, sagrada. Veía de dónde sacaba dinero, pero estaba al corriente en las cuotas. No rechazaba tarea política por modesta que fuera. Para el partido, Juan era parte de un valioso capital: estamos hablando de un escritor famoso y combativo, que fundó la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios y estuvo en España, durante la época difícil de la guerra. Pocos lo recuerdan o quienes lo hacen no ocultan un cierto desdén para su tarea literaria. Hace unos cinco años, Emmanuel Carballo, en un artículo periodístico, confesó sus tres preferencias en tal sentido: Rulfo, Arreola y Efrén Hernández. Pero no todos los críticos han sido excesivos, desdeñosos o injustos. Luis Leal, en su Breve historia del cuento mexicano, editado por el buen amigo Pedro Frank de Andrea, en 1956, explica: “Juan de la Cabada (Campeche, Camp., 1903) se dio a conocer como gran cuentista con su obra Paseo de mentiras (1940), en la cual colecciona varios cuentos de diversa índole. ‘Sus cuentos y narraciones —dice Sánchez Barbudo en tal recuento literario— están llenos de atisbos, de hermosas promesas’. “El cuento llamado ‘La niña’ y el de ‘María La Voz’… nos parecen de lo mejor… en ambos, sobre todo en el segundo, el recuerdo de Valle Inclán es inevitable. El libro toma el nombre del último cuento, ‘La Cantarilla’; paseo de mentiras, o chan-paseo, entre los mayas, es un paseo corto, contrapuesto al noj-paseo, paseo grande, paseo de verdad, esto es, la muerte. En todos sus cuentos De la Cabada descubre al hombre de rasgos firmes.”

No muchos recuerdan a Juan de la Cabada. Su hija Julia Marichal, que lo promovía, ha muerto. Pero eso mismo me han dicho los herederos de otros notables escritores como Agustín Yáñez y Efrén Hernández. Una crítica literaria inexperta y acostumbrada a las modas, a las novedades, ha dejado de lado a infinidad de magníficos cuentistas, novelistas y poetas que en vida gozaron de una sólida reputación. A Juan de la Cabada, por ejemplo. Personajes como Andrés Iduarte, Andrés Henestrosa y José Luis Martínez elogiaron su literatura y, desde luego, su cualidad de ser un autor poco común en las letras latinoamericanas.

En el libro de Enrique Congrains Martín, Antología contemporánea del cuento mexicano, 1958, incluyen su relato “La botica” y al precisar sus cualidades se dice que parece mejor dispuesto para la narración oral que para la escrita. El antologuista explica que Juan posee “una reiterada tendencia a la dispersión”. Sin embargo, pese a estas observaciones poco agudas, sucesivas antologías recogen sus cuentos: En 1956 el Anuario del cuento mexicano del INBA selecciona “Llovizna” como uno de los mejores relatos del año. Esta misma historia la toma Emmanuel Carballo para ponerla en El cuento mexicano del siglo XX. Llama la atención que dentro de las notas —a veces excesivas y ampulosas— no hay una línea sobre Juan de la Cabada. También está en la antología de María del Carmen Millán y en algunas otras.

Un buen estudio hecho sobre Juan de la Cabada, se debe al escritor y crítico literario Alejandro Miguel. Es el prólogo del volumen Cuentos rescatados. Aquí hay un trabajo de la salvación de doce textos de Juan: “cinco de ellos fueron publicados en periódicos desconocidos, de escasa circulación o casi eventuales, editados por urgencias de la militancia de camaradas del autor, miembros del Partido Comunista Mexicano, en el que el escritor militó desde su ingreso en 1926 hasta su transformación en Partido Socialista Unificado de México, del que fue candidato a diputado federal por un distrito de su estado natal.” La introducción hace un recuento de sus publicaciones incluyendo las ediciones del Fondo de Cultura Económica y, desde luego, la publicación de sus Obras completas por la Universidad Autónoma de Sinaloa, en los momentos en que Juan aparecía regularmente en la televisión cultural acompañado por Cristina Pacheco, donde mostraba su ingenio, gusto por la conversación, largo historial de militante comunista y un literato con cultura, simpatía, humildad y agudeza.

Pocos escritores como él. Supo hacer gran literatura sin dejar jamás las tareas políticas. No los hay más como Juan de la Cabada.

agosto 14, 2013

El PRD puede sortear la crisis


Aunque el PRD haya sido formado por priistas principalmente, mucha gente progresista ha sido soporte fundamental en su ascenso. Sin duda la presencia de docenas de ex priistas connotados fue decisiva, pero dentro de la militancia hubo efervescencia política y deseos de buscar un nuevo modelo de partido y de país. Por desgracia, los errores han sido graves, entre ellos el caudillismo y la corrupción. Hoy no parece tener rumbo, del mal que antes acusaba al PRI, ser aliado del PAN, ahora es su principal soporte en Puebla o en Baja California. Les queda como una joya el DF, donde tienen un control férreo y eso sin duda lo daña. No todos sus funcionarios son decentes y capaces, abundan los pillos y los ineficientes. Miguel Ángel Mancera es un buen político, digno, caballeroso, hábil. El problema es que lo rodean aguas pantanosas y el fantasma de López Obrador.

Si el PRD lograra sortear la crisis en que se halla, conseguir que las tribus se unan bajo principios ideológicos y no territoriales, tener un buen equipo conductor y rehacer la agenda moral, podría recuperar mucho de lo perdido. Si llega como está a las siguientes elecciones, ya con Morena registrado, millones de sus votantes irían en pos de AMLO. Sus afanes personales lo condujeron a destruir el partido que lo hizo y lo cobijó para ser jefe de gobierno capitalino, convertirlo en héroe y dos veces candidato presidencial. Es tiempo de que el PRD vuelva a ser el organismo esperanzador que fue en sus orígenes, pero ahora sin ex priistas, apoyándose en los habitantes, sirviéndoles a ellos. Debe dejar de lado las intrigas con los demás partidos y la búsqueda de figuras panistas o priistas que los suyos marginan, y crear sus propias figuras. No más alianzas al vapor con el PAN ni más críticas ligeras al PRI. Lo que se requiere con urgencia es conformar, lo que no existe ni remotamente, una izquierda bien provista de un bagaje ideológico y un programa inteligente y audaz. Es absurdo basar todo en la defensa del petróleo, cuando ya parte está en manos particulares desde hace años y en el país triunfa espectacularmente la economía de mercado. Dicho en otras palabras, Pemex, empresa ruinosa, fantasma del pasado, sobrevive a duras penas en medio de un ruidoso mar capitalista. Los propios gobiernos perredistas se apoyan en empresas privadas todo el tiempo.

En esta situación peligrosa no hay salvadores. El ingeniero Cárdenas, figura respetable sin duda, debe ser un militante más y sumar, así lo hace. El PRD debe aprovechar las dificultades para deshacerse de ex priistas rencorosos y peligrosos como Manuel Camacho y Marcelo Ebrard. No hay tanto que pensar, salvo hacer un poco de historia, verlos desde sus inicios. Primero priistas y salinistas del más acabado estilo, de total lealtad. Cuando no le dieron la presidencia a Camacho, sino a Colosio, rompieron violentamente con el PRI de Salinas y salieron a buscar fortuna. Vaya que la han hecho. Formaron un partido de abierto centro. No funcionó. Modificaron la táctica y se concentraron en el PRD, con sus experiencias y talentos políticos, con su pasmoso cinismo, podrían terminar por dominarlo, hacerlo suyo y obtener cargos para el grupo y la candidatura presidencial para Marcelo, a él le corresponde ahora.

Ebrard soportó vejaciones como el despido en tanto jefe de la policía capitalina de parte de Vicente Fox. AMLO lo sostuvo en otra responsabilidad y enseguida lo procuró para que fuera su dócil sucesor. Nadie hasta hoy en México lo ha sido. La ambición personal asesina lealtades. Derrotado una vez más, López Obrador decidió que la culpa no era suya sino del PRD que no lo siguió como él exigía y dejó el cascarón. Se llevó a unos incondicionales y dejó a otros allí como caballos de Troya. Ebrard vio su oportunidad y desde que Mancera fue candidato al DF, él dijo que iba tras Los Pinos. El trabajo y la personalidad, su origen ciudadano, hizo que pronto Mancera borrara la presencia de Marcelo. Ahora regresa. Mancera se protege formando su propia corriente.

¿Cómo está tratando de regresar Marcelo Ebrard? Intenta, olvidando su historia de inmoralidades y de arrogancia total diciéndonos lo contrario al tiempo que advierte que es el nuevo salvador: “El PRD está tocando fondo y tengo la obligación política y moral de hacer algo para evitar que se hunda”. Para empezar la discusión, él y Manuel Camacho formaron una nueva corriente, dicho en términos perredistas, una nueva tribu, Movimiento Progresista. ¿Cuál es el objeto, pelear con las otras o supone que así se obtiene la unidad y se salva del fracaso a un partido justamente hundido por sus divisiones internas? En principio, su alejamiento y el de Manuel Camacho del partido sería la mejor solución. El PRD tiene que buscar de entre los suyos más leales y dignos a sus nuevos candidatos y dirigentes. No más ex priistas. Ya dieron lo suyo, ya muchos se colocaron en cargos destacados, consiguieron fortuna o pasaron a la historia. Es el mejor momento para que la más respetable militancia perredista decida su futuro y finalmente sea una opción de izquierda. Si algo desean Ebrard y los suyos, no es definir la postura que asumirá el PRD en materia petrolera ni tampoco en el siguiente Congreso Nacional, lo que buscan con desesperación es la Presidencia de México.


La crónica

agosto 12, 2013

Agrafía e ignorancia en el PAN


El simple hecho de escuchar a Vicente Fox, oír sus discursos o conversar con él, era una advertencia temible: el suyo sería un sexenio atroz. Lo probó al designar como presidenta de Conaculta a una locutora de escasa presencia y ajena a las lecturas. Pensó en grande y dijo que nos daría a los mexicanos lo que no teníamos: Biblioteca Nacional. El rector de la UNAM era Juan Ramón de la Fuente y en un estupendo discurso respondió que no carecíamos de tal institución y está, por añadidura, en manos de la UNAM. Pese a todo, Sari Bermúdez mandó construir una descomunal y la nombró José Vasconcelos, un escritor talentosísimo, en su vejez más cercano al conservadurismo que a la revolución por la que dio infinidad de batallas, según es posible comprobar en un libro clásico: El pensamiento de la reacción mexicana, de Gastón García Cantú. En la actualidad las nuevas autoridades siguen luchando por liberar al edificio de los desatinos.

Fue un sexenio de vergüenzas sinfín. Fox decía una barbaridad tras otra sin inmutarse. Posiblemente la más célebre, porque atrajo la atención mundial sobre el gobierno de México y su mandatario, fue la imposibilidad de repetir el nombre del mayor narrador del castellano: Jorge Luis Borges.

Cuando con dificultades, pero con arrojo, Felipe Calderón obtuvo la Presidencia muchos pensamos que las cosas cambiarían y que Acción Nacional podría probar que era un organismo fundado por un distinguido intelectual: Manuel Gómez Morín, uno de los llamados siete sabios, donde brillaba casi a la par de Vicente Lombardo Toledano. En Conaculta puso a un amigo suyo y nada pasó. Sergio Vela parecía ensimismado en su trabajo musical y no en las tareas asignadas. La estafeta pasó de modo desconcertante a manos de una modesta rancherita, hoy casi prófuga: Consuelo Sáizar. Hizo y deshizo en la cultura oficial y benefició clara y abiertamente a sus amigos más admirados, sin importar que fueran virulentos enemigos de Felipe Calderón. Mientras ellos aumentaban el tono de sus críticas al “presidente ilegítimo”, más prebendas les daba Consuelo. Basta recordar la fortuna que gastó para festejar a Elena Poniatowska, cuando cumplió 80 años. A Monsiváis lo veló en Bellas Artes, ya convertido oficialmente en agencia funeraria. Sáizar logró notoriedad como persona de carácter brutal y vengativa, nunca como persona culta, educada y fina.

Ambas gestiones fueron incapaces de un solo acierto en materia cultural, al contrario, incluso fueron malos consejeros al festejar el Bicentenario y el Centenario, con corruptelas y obras costosas e inútiles, sin sentido alguno. ¿Por qué, entonces, la Conaliteg en manos panistas, tendría que llegar a la perfección que sus creadores buscaron: Adolfo López Mateos, Jaime Torres Bodet y Martín Luis Guzmán, bien rodeados de excelentes maestros? Los pésimos resultados ahora aparecen y es natural que los principales culpables fueran los doce años pasados, siempre sazonados con deplorables funcionarios. Que hay faltas de ortografía en millones de libros que sirven para educar a la niñez mexicana, era y es evidente, varios maestros lo señalaron desde hace tiempo. Pero en nuestro país sólo son escuchadas las voces de los grandes personajes.

Los errores de los libros de texto de la SEP son sin duda una pifia colectiva reciente. Recuerdo bien las primeras ediciones, pues mi padre, el profesor normalista René Avilés Rojas, era parte de la comisión inicial que sesionaba en la parte posterior de la SEP. Estaban hechas con devoción, con el antiguo amor por la educación mexicana que poseían aquellos educadores entusiastas, que libraron combates incluso dramáticos por esparcir los frutos del artículo tercero constitucional en la época cristera. Ahora es una desmesurada editorial, manejada con criterios más industriales que magisteriales y es natural: hablamos de 233 millones de ejemplares. Coincido con las autoridades actuales, la culpa es de los funcionarios panistas que se hicieron cargo de la Conaliteg, como un empleo rutinario. ¿Y en la actual gestión? ¿No hubiera sido indispensable revisarlos a profundidad en vista de los antecedentes penosos que heredaron, libros mal cuidados, no tanto con erratas sino con errores?

Solamente pensar que entre secretarios como Josefina Vázquez Mota, experta en obras de autoestima, y la presencia de la ahora presidaria Elba Esther Gordillo, cuyo yerno, Fernando González, fue subsecretario de Educación Básica, creaban tantas sospechas que la revisión rigurosa por el gobierno de Enrique Peña Nieto tendría que haber arrancado desde el primer día. Entiendo el malestar de Emilio Chuayfett, es entonces el momento, si de pensar en el futuro de México se trata, de someter al viejo libro de texto gratuito a una revisión completa. La Conaliteg demanda cirugía mayor, actualizar la empresa, cuidar y revisar cada libro (contenidos, pedagogía y gramática). Asimismo analizar el perfil de quienes la dirigen. Son tareas para especialistas, no para políticos. Sobre todo entender que si la nación quiere avanzar, dejar de ser una más del montón, hay que proteger con esmero a la niñez. Que se noten las diferencias entre un partido y otro. Pareciera que para Peña Nieto es igual poner en su gobierno, en cargos claves, a políticos que vienen de su partido, del PRD o del PAN. La pluralidad es positiva si el alto nivel corresponde a las exigencias de la carga laboral. Desafortunadamente no siempre es así.


La crónica

agosto 11, 2013

Nacionalismo, sólo en el petróleo

México es la única nación donde el petróleo brota tricolor. Llevamos años y años discutiendo el tema Pemex.



A mi adorada China Mendoza, la acompaño en su dolor.

Nunca ha dejado de sorprenderme mi país. Me llama la atención, por ejemplo, su desbordado nacionalismo. He podido apreciarlo desde que vi filmes de Pedro Infante y Jorge Negrete, y supe que como México no hay dos (para fortuna de los demás países). O cuando los mexicanos se desparraman por las calles gritando el nombre de un deportista exitoso o manifiestan su admiración fanática por improbables hazañas del seleccionado de futbol mexicano, que únicamente interrumpen labores, obstaculizan el tránsito y dañan el monumento a la Independencia, lo que desconcertaba al erudito Silvio Zavala cuando preguntaba ante algunos discípulos y amigos: ¿Por qué festejar los triunfos futbolísticos en el “altar de la patria” y no en el Estadio Azteca? El desaforado nacionalismo mexicano tiene objetivos muy concretos e inalterablemente son producto antes de la manipulación oficial y ahora televisiva.
Otro intelectual afamado, que peca de nacionalista y llora cada que pasa frente a la enorme bandera nacional de San Jerónimo, escribió que no existe por ahora un nacionalismo más excesivo que el de EU. Allí quizá tengan razón, es la potencia que domina al planeta, los hijos del Destino Manifiesto. ¿Pero el nuestro? Un mexicano desde que se levanta, a menos que desayune tortillas en lugar de Corn Flakes, utiliza abrumadoramente productos extranjeros. Como auto tiene un Ford, no un Pérez, una lavadora Samsung y un celular Nokia. El refresco embotellado que bebe pertenece a una transnacional. El tequila está en manos extranjeras. Las banderitas que aparecen en septiembre son fabricadas en China, como las vírgenes de Guadalupe. Sus aspiraciones son llevar a la familia a Disneylandia o a Las Vegas si los hijos son mayores. Miran el Super Bowl como si fuera un juego inventado por los aztecas, devorando productos chatarra de Sabritas, propiedad de PepsiCo. La lista de pruebas de nuestro “nacionalismo” es infinita. Algo mejor: los sectores más desprotegidos lloran emocionados en El Zócalo el 15 de septiembre. Los ricos lo hacen en Las Vegas. Somos de los países más felices.
México es la única nación donde el petróleo brota tricolor. Llevamos años y años discutiendo el tema Pemex y cada día el país se divide más entre los que lo desean absolutamente mexicano y aquellos que, temerosos de usar palabras incómodas, hablan de modernizar la empresa para ocultar el ingreso de capitales particulares. En primer lugar, en Pemex hay inversión extranjera en derivados del petróleo. En segundo, es ruinosa. La globalización nos exige adelgazar el Estado, hacerlo famélico.
En 1937 Cárdenas también nacionalizó Ferrocarriles. Enseguida se corrompió, se hizo disfuncional, quebró y entre priistas y panistas la desaparecieron. Hoy los trenes sólo están en museos, como en Puebla o sirven para hacer turismo local en Chihuahua. De ninguna manera son vasos comunicantes, magníficos y eficaces como en EU o en Europa. Son nostalgias de la Revolución. Peña Nieto descubre (¡oh!) que los necesitamos para avanzar y hay que crear de nuevo el sistema ferroviario.
Queremos ser semejantes a los yanquis, pero con Pemex en manos estatales. Los partidos y el gobierno federal polemizan qué hacer con la empresa. Imposible privatizarla, dicho sea de paso, en una nación donde las mayores compañías son particulares: bancos, teléfonos, aviación comercial, aeropuertos… Falta hacer lo mismo con Palacio Nacional, Chapultepec y la UNAM, que incluye dos sindicatos, ah, y el petróleo. Pero esto, imposible, es el sagrado legado de Cárdenas, no importa que esté por quebrar y beneficie solamente a políticos y sindicalistas corruptos. Bandera única de AMLO y Ebrard, México entero repite: el petróleo es nuestro, aunque desconocemos con precisión los beneficios. El mexicano es un nacionalismo polémico y ridículo.
Ahora recuerdo: a Julio Cortázar le disgustaba el nacionalismo.

agosto 10, 2013

¿Un museo en unas oficinas?

Ivette Gómez Mendo | Cultura |


La ciudad de México cuenta con un gran número de museos, entre los más recientes tenemos el Museo del Escritor, iniciativa de René Avilés Fabila, el cual está por ahora ubicado en Avenida Parque Lira 94, casi esquina con Av. Observatorio, exactamente dentro del Parque Lira. Es una especie de prueba del potencial que tiene un proyecto de tal naturaleza para conservar el patrimonio de muchos escritores nacionales y de otros países. Recientemente Perú hizo un importante donativo: primeras ediciones y objetos de algunos de sus más representativos narradores y poetas. Algo semejante han hecho familiares de escritores fallecidos en México. Prefieren entregárselos a una institución seria que dejarlos al azar o venderlos a cualquiera.

Pero el Museo del Escritor está en crecimiento y ofrece mucho potencial. Tiene ya una bodega donde guardan los objetos que no caben por ahora, una biblioteca de unos 30 mil volúmenes y pretende convertirse en escuela de escritores.

—¿Qué sucedió con la Fundación René Avilés Fabila, situada en Yácatas 242, Narvarte?- le pregunté al titular.

—Sigue allí. La casa donde está la Fundación sólo estaba prestada al Museo del Escritor, ahora que éste ha obtenido un local, mudamos los principales materiales, como una muestra, y lo demás lo pusimos con cierto orden en una bodega. Es mucho.

—¿Pero y ahora qué pasa con sus vitrinas y paredes, con sus oficinas, René?

—La Fundación vigila el Museo del Escritor, se hace cargo de la revista El Búho, de mis tareas principales, de mi relación con otras instituciones culturales y del apoyo posible a jóvenes autores. Acabamos, por ejemplo, de coeditar tres libros con la UAM y antes hicimos 25 títulos con el IPN.

—Sin embargo, perdona que insista, ¿qué queda dentro de la Fundación RAF?

—Mira Ivette, un sueño de todo escritor, grande o modesto, es conservar su propia historia. Para ello, algunos han hecho museos: la mayoría han sido edificados por sus admiradores y los hay por todo el mundo. Aquí tenemos pocos y se deben al esfuerzo de los mismos escritores o de sus familiares. El dramaturgo Hugo Argüelles quería que su casa se convirtiera en su museo, pero una vez muerto, nada consiguieron sus herederos y su acervo, que era mucho, se perdió. Con experiencias de tal índole, pensé que lo más importante de mi archivo y colección se fuera al Museo del Escritor. Si observas bien, no hay mucho mío, un libro y algunas fotos con Arreola y Bonifaz Nuño, con José Agustín. Muy poco. Todo perteneció a escritores notables, lo compré o recibí en donación.

—¿Y?

—Bueno, entonces las vitrinas y paredes de la Fundación las utilizamos, como has visto, para poner mi historia literaria: mis maestros iniciales como Rulfo, Arreola y Revueltas, mis primeros libros hasta los más recientes, en todas sus ediciones que han sido muchas, y traducciones; originales, cartas de escritores, músicos, pintores,  fotografías, los diplomas obtenidos. Allí, por ejemplo, están el Premio Nacional de Periodismo, firmado por el presidente de México y por los jurados: Rafael Solana y Edmundo Valadés, el Premio Colima, diplomas de gobiernos como Veracruz, Coahuila, Puebla…, en fin, reconocimientos diversos.

Hay uno inicial firmado por Jaime Torres Bodet y fechado en 1962, lo que da una idea de lo joven que empecé a escribir. Asimismo hay carteles de los homenajes que me han hecho la UNAM, la UAM, la BUAP, y otras más, todas públicas, como la de Nuevo León, Colima, Tlaxcala, el Fondo de Cultura Económica (FCE) cuando cumplí 25 años como autor suyo, la SOGEM y el INBA al cumplir 30 años de literatura, en fin, cosas por el estilo...

Pero en realidad, cuando uno entra a la casa que ocupa la Fundación René Avilés Fabila, a calle y media del Metro Etiopía, entra efectivamente a una suerte de museo personal, de alguien que desde niño se ha dedicado a escribir. Por ejemplo, en las paredes de una sala, hay multitud de dibujos, óleos y grabados de José Luis Cuevas, Guillermo Ceniceros, Sebastián, María Emilia Benavides, Urbieta, talentoso artista muerto prematuramente, Raúl Anguiano y otros más que han ilustrado muchos de sus libros. Es una sala llamada: “El escritor y sus ilustradores”.

En otras paredes lucen cuadros de artistas plásticos del gusto de Avilés Fabila. Me llaman la atención dos retratos suyos: uno pintado por Guillermo Ceniceros, donde René no tiene la acostumbrada sonrisa, y uno más del afamado acuarelista Alfredo Guati Rojo, creador del Museo Nacional de la Acuarela, situado en Coyoacán. Aquí nuestro escritor visitado aparece de perfil. Es interesante la colección de caricaturas que le han hecho a René.

Llaman también la atención las numerosas antologías en español y otros idiomas donde René Avilés Fabila está incluido. Es posible pasar un momento amable viendo el trayecto de un escritor polémico y prolífico, que lo mismo hace novelas y cuentos, que escribe periodismo y da clases en la UAM-X, donde es oficialmente “Profesor Distinguido”, como indican un diploma y una fotografía. Es un sitio interesante al que, pienso yo, le falta mejor trabajo museográfico. Él afirma: “No es un museo, es una oficina pública decorada con los productos de mi literatura.”

—René, ¿no te parece un acto de vanidad crear una suerte de museo, mausoleo o quizás como dices, una “oficina” para tu propio trabajo?

—Ivette, he reunido muchos objetos y libros, aunque la inmensa mayoría le pertenece ya al Museo del Escritor. Puede ser que así sea. Pero todo es cuestión de gustos y deseos. Si alguna persona simpatiza conmigo o le interesa mi literatura, puede venir a ver algo de mi historia, si a otro le resulto antipático, pues no visita la Fundación y listo. Es muy sencillo. Tenía que llenar la casa con objetos, libros y cuadros, ¿para qué poner los de Carlos Fuentes o los de Elena Poniatowska si puedo exhibir los resultados de mi trabajo? Ellos siempre fueron ricos y famosos, que hagan los suyos y punto. Ah, no conozco un escritor o a un artista plástico peleado con la vanidad.