Tantadel

diciembre 30, 2013

La caída de los revolucionarios

La ruidosa caída del bloque soviético trajo venganzas que a primera vista podrían ser normales. En Francia la restauración luego de la derrota de Napoleón produjo la destructiva aversión a todo lo que hizo el emperador, excesos de diferentes clases. Sin embargo, eso no impidió que en muchos lugares del planeta a Bonaparte se le considere como un héroe que representó a la naciente burguesía, entonces revolucionaria. En París hay multitud de monumentos, calles y estaciones de Metro que lo recuerdan y conmemoran. Por lo contrario, en donde estuvo el socialismo, hay destrucción implacable del pasado que convirtió a Rusia, como bien precisó el marxista polaco-inglés, Isaac Deutscher, al país semifeudal en una potencia inmensa que en plena Guerra Fría puso al primer hombre en el espacio extraterrestre. Stalin, a la muerte de Lenin, tomó el control y actuó con métodos severos y autoritarios, permitiendo el culto a la personalidad, pero pudo romperle la espina dorsal al mayor ejército del mundo: el alemán.

Mao Tse-Tung fue un luchador tenaz que le gustaba mezclar, como a Ho Chi Minh, el lenguaje poético con el revolucionario marxista. Dio una larga batalla conocida como la Larga Marcha hasta derrotar a todas aquellas fuerzas que habían invadido o explotado a China. En 1949, contaba con un poderoso ejército que pudo usar para que Corea no cayera por completo en la órbita norteamericana. Junto con Chou En-Lai, hizo de una nación de campesinos pobres y explotados, una potencia. Hoy le disputa a Occidente la supremacía y es posible que en menos de veinte años, ese país de cultura ancestral domine a la humanidad o para no asustar a los lectores, ocupe el sitio que antes han poseído Gran Bretaña y EU.

Según el prestigiado diario Le Monde, a pesar de algunos fracasos como la Revolución Cultural o el culto a la personalidad, Mao no ha sido bajado de su pedestal, como Lenin lo ha sido en Rusia o en Ucrania, donde han derribado sus esculturas y hasta han pensado en desaparecer el mausoleo donde reposa el cuerpo momificado del revolucionario. ¿En dónde está el secreto? Nadie en Occidente podría tomarse en serio que los frutos podían crecer más bellos y sabrosos con sólo la lectura del famoso Libro Rojo, donde estaban algunos de los pensamientos del líder. Conservo uno de esos millones y millones de ejemplares que en su momento eran lectura obligada y nada hallo que nos hable de las ideas de Marx y Engels, del papel de la clase obrera y del propio partido en el camino hacia una democracia comunista, un ambicioso proyecto que ha quedado truncado en todas partes donde apareció.

China es un extraño país, el que, como EU, tiene un destino manifiesto, crecer e influir sobre la humanidad. Pero no como nación de inspiración marxista-leninista sino como un país que hizo una extraña combinación: rigidez del comunismo y la flexibilidad del capitalismo. Esta fórmula le ha permitido a China sobrevivir y convertirse en una potencia que ya tiene un papel importante en la conquista del espacio, sólo atrás de EU y Rusia.

Si algo me llamó la atención en China fue apreciar que el culto por Mao sigue vivo, aunque nadie siga más sus ideas. La fila para ver su cuerpo momificado es impresionante. Pasa uno delante del féretro de cristal, donde el viejo líder parece dormir, cubierto por la bandera roja de la hoz y el martillo, severamente vigilado por duros militares, apenas hay tiempo para verlo. Imposible intentarlo de nuevo. Son miles y miles los chinos que desean rendirle homenaje. A sus pies se acumulan toneladas de flores que cada tanto soldados retiran para dar cabida a los nuevos ramos. Pero la sorpresa está al salir del recinto sagrado, donde Mao es glorificado, y encontrarse con anuncios de toda clase de trasnacionales, sobre todo norteamericanas.

La nueva generación de políticos chinos muestran la enorme habilidad para conducir al país y saben que así como la arrogante Inglaterra les regresó Hong-Kong, algún día Formosa, la China Nacionalista, creación de Chang Kai-Sek, volverá a ser, como siempre lo fue, parte de China. Son pacientes y tenaces. El diario francés citado dice que el presidente Xi Jimping, hace junto con su gobierno notables actos de equilibrio para mantener el tono mesurado sobre el creador de la China Comunista. Reconocen errores, pero se inclinan a pensar que sus méritos son mayores y que en consecuencia Mao no será decapitado ni insultado por masas de sectores vengativos. En Berlín, en la bella zona destinada a las grandes universidades y museos, existen monumentales esculturas dedicadas a los tres grandes creadores del comunismo: Max, Engels y Lenin. Los tres allí, donde ahora reina un culto absoluto al consumismo y a la economía de mercado. Los grandes hombres tienen el derecho a ser preservados por la humanidad en función de las ideas que aportaron y de los intentos por modificar positivamente el rumbo de la historia.

No le veo sentido a decapitar a personas como Ernesto Guevara porque su lucha fracasó. Eso es un acto de barbarie y si tanto presumimos la actual modernización, dentro de ella existe la jactancia de la convivencia de ideas y cultos. Mao cometió sin duda errores, como dijeron en la celebración de su natalicio, pero sus aciertos le han permitido a China despertar de un largo sueño de miles de años.

diciembre 29, 2013

La ausencia de crítica literaria

Autoritarios, indican quién es el mejor poeta o quién el novelista perfecto. Así nos hemos llenado de confusión.

En México padecemos un problema no desdeñable: la presencia del imaginario crítico literario “profesional”. Amparado en un título que jamás obtuvo, hace y deshace novelas, cuentos o poemas. Inevitablemente elogia a sus amigos y destruye a quienes no le agradan. Siendo detestable, logra, sin embargo convertirse en alguien no respetado sino temido y consigue a fuerza de petulancia que editoriales de apariencia seria publiquen sus mamotretos glorificadores de quimeras y denigradores de autores valiosos. Son, en esencia, audaces y demoledores. Al final intentan ser literatos lo que exhibe un hecho incuestionable: al ser incapaces de escribir la anhelada obra creativa, ejercían la crítica. El problema en México es ancestral y acaso sea universal a juzgar por los comentarios de los escritores mayores a la “crítica” de los charlatanes.
Cuando Carlos Fuentes arrancó su impetuosa carrera, dijo algo que pareció exagerado: Me voy de México para hallar la crítica seria que analice mis obras. Debió encontrarla, porque al país sólo venía ocasionalmente para promover sus libros. Fue un escritor de altas y bajas, como la mayoría, pero sus mejores libros le dieron reputación internacional que supo consolidar con relaciones glamorosas, viajes y conferencias ante públicos interesados en las letras latinoamericanas. Pocas veces en México ha aparecido un analista inteligente que lo valore en su justa dimensión. O lo glorifican o lo destruyen. La burocracia cultural piensa que a falta de escritores de talla mundial, él debe ser, como Octavio Paz, enaltecido sin cesar. Y otros que han escrito obras igualmente valiosas, ¿dónde están? En el Limbo nacional. México, visto desde afuera, es dueño de no más de cinco autores. Sus nombres los repetimos a diario. Son pequeños best-sellers respaldados por un público más atento a los medios y a las preferencias políticas que a la calidad literaria. Si el respaldo cobra fuerza por el impulso de mafias culturales y funcionarios habilidosos, convierte al autor en figura icónica antes de tiempo y hasta le ayuda a obtener premios internacionales.
Para contribuir al caos literario, los malos escritores-críticos-literarios juegan a ser Dios o algo peor, el PRI de sus mejores épocas. Autoritarios, indican quién es el mejor poeta o quién el novelista perfecto. Así nos hemos llenado de confusión. Somos Babel. No sabemos el peso exacto de cada autor, sólo que aparece frecuentemente en los medios glorificado por cretinos y seguido por masas de malos lectores.
Donde notamos más la ausencia de crítica literaria es en la vida privada de las editoriales, los premios y las distinciones. Nunca publican o triunfan los mejores sino los que tienen las más sólidas relaciones públicas, los amigos más consistentes dentro de un reino perverso. En una editorial o en un concurso, los dictaminadores y quienes toman las decisiones son siempre escritores y entonces aparece el problema: juzgan por simpatías o antipatías, ayudan o destruyen al colega.
Hace unas cuatro décadas escribí un libro, El escritor y sus problemas, editado por el Fondo de Cultura Económica: era periodismo cultural y fue resultado de muchas entrevistas y encuestas con escritores mexicanos famosos. La mayoría se quejaba de la ausencia de crítica seria. Los más propios decían que habría que hacer lo mismo que Faulkner y Hemingway: ignorarla.
Siendo riguroso, crítica literaria la hay. De pronto un escritor se anima a analizar a otros que aprecia, siempre lo hace con autores notables. Jaime Torres Bodet lo hizo con BalzacOctavio Paz con Pessoa. No hurga más que en poetas o novelistas que han superado la prueba del tiempo y han quedado para siempre. Pero ¿y aquellos que producen en nuestro tiempo? Unos están en el cielo, otros en el averno, según sus amistades.
La buena crítica literaria debiera salir de las aulas universitarias, donde se crean críticos especializados que no desean metamorfosearse en literatos, y escasamente aparecen en los medios tradicionales sino en tesis y publicaciones especializadas. Tiene otro defecto. Los investigadores sólo encuentran acomodo dentro de los lugares comunes de las letras. Ninguno arriesgaría por alguien fuera de la lista oficial de “consagrados” para mantener el respeto hacia los autores inventados por aquellos que consiguen engañar al país con obras sumamente discutibles.

diciembre 27, 2013

120 años de Mao y 20 del EZLN

Ayer, 26 de diciembre, se conmemoraron 120 años del nacimiento en Shaoshan, provincia de Hunan, de Mao Tse Tung y el próximo 1º de enero se habrán de cumplir dos décadas del surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Sin embargo, la realidad que enfrentan China y México dista mucho de ser aquélla con la que Mao y los zapatistas soñaron, respectivamente.

En China, el propio presidente Xi Jinping declaró hace unas horas que no se puede venerar a los líderes revolucionarios “como dioses”, mucho menos hacer a un lado sus errores, por lo que recomendó a su pueblo realizar celebraciones “discretas” en honor a Mao, padre fundador de la República Popular de China. Y es que aunque el gobierno chino sabe bien que contribuir a desmaoficar la nación tendrá un costo muy alto, priva también la tendencia de cuestionar los resultados del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural, lo que no es realmente de extrañar si tomamos en cuenta que en la actualidad la juventud china desconoce la mayor parte de los postulados doctrinarios maoístas. Ilustra esta situación el hecho de que si bien en 1955 Mao había declarado que la riqueza de la sociedad era obra de los obreros, campesinos e intelectuales trabajadores, a casi seis décadas de distancia y a pesar de la gran transformación socioeconómica que introdujo el maoísmo, continúan siendo precisamente los campesinos el estrato social más desprotegido, de ahí que la distancia entre las condiciones de vida del campesinado y las de la élite china sea abismal: el régimen comunista no pudo evitar que el capitalismo se hiciera presente y, con él, el desenfrenado consumismo y la salvaje desigualdad, lo último que hubiera esperado Mao, enemigo de las clases y de la opresión social.

Por su parte, la realidad que guardan los sectores más desprotegidos de la sociedad mexicana —indígenas, campesinos, obreros—, presenta una situación todavía más extrema de la que se vive en China. Es un hecho que en México nada cambió para los indígenas luego del levantamiento del EZLN en la selva chiapaneca: su marginación en todo el país es cada vez mayor, no sólo por las instituciones, sino también por los propios intelectuales que en un momento los apoyaron y que hoy les dan la espalda. Consideremos tan sólo que el 70% se encuentra en condiciones de pobreza y el 30% en pobreza extrema, y que la tasa de analfabetismo de la población indígena triplica la media nacional. ¿Qué celebrar entonces el 1º de enero? Por más que el EZLN busque reinventarse, según ha anunciado recientemente, de nada servirá si la propia sociedad mexicana en pleno no asume esta tarea como propia.

Hace 18 años que el diálogo con el Gobierno Federal se suspendió y más de una década que la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa) no opera. ¿Dónde están los interlocutores? ¿Dónde quedaron los Acuerdos de Larráinzar y los de Barcelona? El significado de ello es más que evidente: hasta hoy el tema indígena no está en la agenda nacional. A dos décadas del EZLN ¿qué podemos esperar? Lamentablemente nada bueno. Si la propia antigua China comunista hoy se encuentra inmersa en un proceso de contra reformismo económico y social, de brazos abiertos al capitalismo ¿qué no podrá suceder en México donde nuestra indiferencia e insensibilidad hacia los indígenas es de suyo ancestral?

¡Qué lejos estamos de aquellos años, entre los 20 y los 40 del siglo pasado, cuando el movimiento indigenista enorgullecía y engrandecía a la nación! ¡Qué lejos de cuando en el discurso oficial el indígena fue por décadas tema omnipresente, mientras ahora ya no lo es más!

De tarde en tarde, como hace unos días, el subcomandante Marcos vuelve a aparecer y entonces algunos sectores de la sociedad se cimbran, cada vez menos, porque creían que el zapatismo estaba ya erradicado, olvidando que éste, como todo aquel movimiento que busque la reivindicación de la causa indígena no podrá extinguirse en tanto su cuestión siga irresoluta y agudizadas la miseria a la que están reducidos y la injusticia en todos los órdenes que padecen.

¿Habrá muerto la expectativa de poder reconstruir a nuestra nación?

Periódicamente surge en todo pueblo sojuzgado y desposeído la ilusión de una utopía, aquélla que le pueda dar una luz de esperanza para cambiar su presente en aras de un futuro mejor, y con ella el hombre o los hombres que luchan por hacerla una realidad. Tal vez estos luchadores revolucionarios podrán equivocarse, como diría el presidente chino, pero lo cierto es que gracias a esos hombres, como Mao Tse Tung o el Che Guevara, como Marx o Lenin o aún el propio Morelos, es que la humanidad se revivifica y de tanto en tanto recuerda que ningún esfuerzo será vano para construir una sociedad más humana y justa.

Hace muchos años ya lo dije en Memorias de un comunista y hoy más que nunca lo refrendo: lo único que como sociedad no nos podemos ni deberemos jamás permitir, a riesgo de perdernos, es que nos venza la pasividad. No olvidemos lo que al respecto sentenció Mao: “si luchas por lo que crees, aunque fracases, habrás vencido”.

diciembre 23, 2013

La ciudadanía que México reclama

¿Somos o no somos realmente ciudadanos? Por supuesto que la gran mayoría de la población de México no lo es. ¿Cómo podría si ha pospuesto por décadas y centurias, prácticamente desde que pretendió independizarse del dominio español, el nacimiento de una verdadera y auténtica ciudadanía? ¿Cómo ser realmente una ciudadanía responsable si ha impedido que surja un México nuevo sustentado en el principio fundamental de aspirar a constituirse en una sociedad moderna? No, ni comprendemos ni estamos comprometidos con el reto de construir una verdadera Nación, como tampoco hemos sabido ni querido constituir una comunidad moral. De ahí todas las degeneraciones y vicios que padece el Estado mexicano, porque en realidad la que está ciertamente enferma de apatía es nuestra propia sociedad.

Nuestra costumbre es culpar al gobierno en turno y a sus respectivos órganos por la gran injusticia y terrible inseguridad que padecemos, por la profunda ignorancia y la atroz miseria que sufre nuestro pueblo, y tenemos razón, pero qué difícil es que también asumamos nosotros que tenemos gran parte de la responsabilidad y de la corrupción que nos carcome en todos los niveles. ¿De qué sirve que critiquemos al Estado y a sus gobernantes si somos indiferentes, pasivos y, por ende, cómplices de todos los males que soportamos? Al retraimiento pesimista en el que muchos incurren ¿podemos llamarlo modernidad? Y algo peor ¿es justo para la sociedad que impere en México la evasión fiscal gracias a la impunidad que otorgan la informalidad, el robo de luz, agua, drenaje y gasolina? ¿Es moral y justo que se tolere e incentive la invasión de inmuebles, el tirado irregular de basura y el ambulantaje? Todos los días y a todas horas padecemos en la ciudad capital un tráfico cada vez más extenuante y agotador. ¿Dónde está la autoridad que asuma con responsabilidad la tarea de hacer cumplir los reglamentos? ¿Hay alguien a quien le importe la regulación eficaz de las vialidades, la educación de automovilistas y peatones y, sobre todo, de operadores del transporte público? Y lo más importante: ¿dónde está el ciudadano que acepte cumplir con sus obligaciones y responsabilidades? La realidad que vivimos es patética.

Permanentemente, demandamos servicios, reclamamos asistencia y educación, exigimos acabar con la criminalidad, pero ¿qué hace la ciudadanía? Ser cómplice de la alta traición social que cometen funcionarios, servidores y representantes populares, irresponsables y corruptos, así como de las cúpulas empresariales, saqueadoras de las riquezas naturales y del patrimonio nacional, al amparo de la evasión tributaria de la que son también beneficiarias mientras conducen a un cada vez mayor sacrificio económico a la clase trabajadora. Y es cómplice porque es estéril toda discusión de café y todo pronunciamiento político que, a pesar de señalar la sombría realidad que enfrentamos, no detone cambio o transformación algunos; como cómplices son particularmente aquellos sindicatos corruptos que solapan el enriquecimiento de sus dirigentes y el incremento de burocracias artificiales, así como las autoridades que favorecen y protegen la cultura del soborno en las agrupaciones policiacas. Cómo no ser cómplice de la debacle social en la que estamos inmersos si por décadas nos hemos conformado con el desastre educativo que sufrimos y que no sólo nos ha estancado, sino que nos ha hecho perder la conciencia y el respeto ciudadanos. Valiosas generaciones de mexicanos hemos ya perdido, a causa de nuestra indolencia e indiferencia: cánceres que nos han corroído e impedido transformar a nuestra niñez y juventud, desdeñando que desde el siglo XVI el educador Bonifacio había advertido que “la educación de los niños es la renovación del mundo”.

De igual forma ¿por qué hemos permitido que los medios de comunicación, especialmente televisivos, nos impongan contenidos enajenantes que sólo han alienado nuestra conciencia social? ¿Por qué desde hace décadas no supimos ni quisimos revertir el desastre social que se vislumbraba? Si somos un Estado fallido es porque aplazamos y continuamos postergando el momento de asumir nuestro compromiso como ciudadanos y de construir una verdadera democracia. Concentrados sólo en exigir derechos hemos dejado de lado nuestros deberes y hoy tenemos lo que buscamos: una sociedad, un país, en el que no hay ley que se respete, porque ante todo carecemos de unidad y nuestra identidad, si en algún momento la hubo, no existe más.

El panorama social y nacional resultan desoladores, y si bien refería que la culpa no es privativa de los gobernantes en turno: ¿qué hace Enrique Peña Nieto para enfrentar desde su alta investidura la debacle de nuestra Nación? Recorrer el mundo ofreciendo lo que queda (que todavía es mucho) de nuestro patrimonio, para beneplácito de la exclusiva cúpula de 3 mil multimillonarios. En tanto, ¿qué se hace para sacar a los más de 80 millones de mexicanos en todos los grados de pobreza de su marginación? ¿Qué alternativas de desarrollo se instrumentan para evitar que desaparezca la casi inexistente clase media?

Mahatma Gandhi dijo: “Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo”, en ese sentido, la ciudadanía debería asumir su responsabilidad, comenzando por transformarse a sí misma y participar ya del cambio verdadero que México requiere hacia la reconstrucción moral y cívica de la sociedad en pleno.


diciembre 22, 2013

Las casas de los escritores

En Europa con frecuencia suelen transformarse en museos

Las casas de poetas y narradores distinguidos en Europa con frecuencia se transforman en museos: suelen estar llenas de recuerdos intensos de quienes las habitaron. En Francia existen multitud de viviendas de escritores convertidas en museos, cito dos: la de Balzac y la de Víctor Hugo. En muchas aparecen placas que ostentosamente precisan que allí vivió CamusSartre o Exupéry. Panteón, donde están los “justos”, conserva los restos de DumasVoltaireZola yMalraux. Madrid, en tal sentido, va más lejos: mantiene activos restaurantes y cafés donde hubo tertulias literarias. En Londres disfrutamos las casas de ChaucerJane Austen,DickensBernard ShawWoolf. Cerca del Museo Británico hay una placa que indica que T. S. Eliot trabajó varios años en ese edificio. Praga le rinde culto a Kafka con por lo menos tres casas que habitara el escritor; en ningún caso es mal negocio.
En México la práctica es rara. Tenemos la residencia deAlfonso Reyes. Allí permanece el espíritu de quien fuera uno de los hombres de letras más brillantes del castellano, reconocido por Borges como un maestro y autor de memorables ensayos, obras dramáticas, poemas y relatos cuyos ejes fueron la inteligencia, la cultura y el rigor. Visitar la Capilla Alfonsina, bajo el cuidado dulce y atento de su nieta Alicia Reyes, es escuchar la voz del polígrafo. Donde estuvo su notable biblioteca quedan suficientes pruebas del paso de un soplo superior: se respiran cultura y finos modales. Fue la morada definitiva de uno de los mayores mexicanos, parte de la más destacada generación literaria del país: el Ateneo de la Juventud.
Cuando Borges vino a México a recibir de manos de Luis Echeverría el primer Premio Alfonso Reyes, creación del periodista de ExcélsiorFrancisco Zendejas, vi al porteño recorrer lentamente la casona del que fuera su amigo. Funcionarios serviles e intelectuales aduladores seguían a la extraña pareja: un poeta genial ciego y un político demagogo. Jaime García Terrés se desvivía por permanecer cerca del argentino. Adelante escribiría alguna crítica ramplona sobre la repugnancia que a Borges le produjo el contacto con una serpiente emplumada de piedra. El patriotismo que en el fondo embarga a los intelectuales nacionales y nacionalistas, todos lejanos del internacionalismo al que convocaron las izquierdas del pasado.
No quedan muchas casas que hayan sido habitadas por grandes escritores. Sus familiares, por lo regular, las han vendido y desecho sus respectivos acervos; las bibliotecas han parado en librerías de viejo o ahora compradas masivamente por una mujer desequilibrada, Consuelo Sáizar, para conformar una suerte de bodega de bibliotecas.Hugo Argüelles soñó con su casa convertida en museo. Muerto el dramaturgo, nadie se preocupó del asunto. O se es celebérrimo o se dejan recursos para que la vivienda sea transformada en museo. Algunos intelectuales, comoAndrés Henestrosa y Rubén Bonifaz Nuño, han donado sus libros a universidades públicas o a sus estados natales. En las artes plásticas, Diego y Frida tuvieron fama y fortuna. El primero incluso construyó con dinero propio un museo, el Anahuacalli.
No sé qué podría hacerse en México para señalar dónde vivióJuan Rulfo o dónde Martín Luis Guzmán, en qué sitio José Revueltas concluyó su novela Los errores. Si se trata de conmemorar a un poeta harto célebre —y eso permite la intromisión de los medios para contribuir al prestigio de políticos y partidos iletrados—, se llega al extremo de proponer su nombre para el muro de la Cámara de Diputados, algo insensato. Quiero pensar que a Octavio Paz(viendo los patéticos niveles educativos de los legisladores) le molestaría. Pero fue un tenaz buscador de fama y prestigio que dejó de lado valores ideológicos. Es inteligente señalar que el poeta debe permanecer lejos del príncipe, estar a su lado, es inmoral. 
Una solución para aquellos que desean ser recordados con algo más que sus libros, con su manera de vivir, buscando alargar su permanencia entre los mortales, es recurrir al Museo del Escritor. Pero no es algo sencillo, los tiempos son adecuados para el espectáculo, no para la cultura, diríaVargas Llosa. Moraleja: si alguien quiere que su biblioteca y casa sean patrimonio nacional, deberá hacer un esfuerzo personal. Muerto, no habrá solución, salvo que haya escritoDon QuijoteOtelo o La Divina Comedia.

diciembre 20, 2013

¿Dónde se perdió la dignidad legislativa?

A lo largo de nuestra trayectoria como nación independiente, la historia parlamentaria de México tuvo dos momentos estelares: los Congresos constituyentes de 1856-1857 y de 1916-1917. Congresos en los que coincidieron hombres de la más alta estofa intelectual y, más allá de cualquier posición ideológica o partidista, de una inquebrantable vocación al servicio de la patria, como Ignacio Ramírez, Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Ignacio L. Vallarta, Valentín Gómez Farías, Pedro Baranda, Santos Degollado, Francisco Zarco y Ponciano Arriaga, en el primer caso, o como Francisco J. Múgica, Juan de Dios Bohórquez, José Natividad Macías, Pastor Rouaix, Hilario Medina y Paulino Machorro, en el segundo.

Sin embargo, casi 160 años después, mientras en países como Inglaterra, Francia y España los debates parlamentarios se caracterizan por la seriedad, compromiso y profundidad de análisis con los que sus integrantes participan, al grado de constituir documentos especializados y ser referentes de cita obligada, en México la realidad es totalmente distinta. No importa de qué partido procedan, para el caso es igual. El verdadero debate parlamentario, la auténtica discusión a partir de la confrontación de posiciones ideológicas, sustentada en la argumentación y contra-argumentación discursivas han sido suplantados por la implementación de todo tipo de estrategias mediáticas, por la celebración de descaradas concertaciones y acuerdos previos al interior de las cúpulas partidistas y, evidentemente, por los votos de consigna. Los intereses políticos y de partido en pleno se han impuesto a tal grado que de nada sirven las intervenciones en tribuna de los representantes de otros partidos si su línea apunta hacia otra dirección.

En ese sentido, uno de los más conspicuos, recientes y patéticos ejemplos lo tenemos justo ahora en el famoso debate de la reforma energética, debate sólo de nombre, porque en realidad se trató más bien de un atroz espectáculo. Sí, porque tal y como nos tienen acostumbrados desde hace décadas, buen número de legisladores del PRD se amotinaron en el interior del Salón de Plenos de la H. Cámara de Diputados, en la que tomaron la tribuna para desplegar una enorme manta en contra de la citada reforma. Una vez atrincherados, buscaron impedir que se llevara a cabo la discusión de la misma, para lo cual impidieron el acceso al recinto, amontonando sillas en las puertas de entrada y colocando candados finalmente en las puertas. Mientras tanto, en un salón contiguo los diputados del PRI, PAN, PVEM y Panal procedían a someter a votación la minuta de la reforma energética a pesar de la viva tensión que se sentía. Allí, de nueva cuenta, las formas parlamentarias fueron letra muerta, pero la función, que duraría más de 20 eternas horas, apenas comenzaba. Los jaloneos y golpes aparecieron, no sólo entre diputados de distintos partidos sino también entre diputadas, como sucedió con Karen Quiroga del PRD y Landy Berzunza del PRI, a quien la primera propinó un puñetazo en el ojo izquierdo que rasgó su retina.

Concluida la votación en lo general, PRI, PAN, PVEM y Panal acordaron no pasar a tribuna y menos debatir en lo particular. El PRD, PT y Movimiento Ciudadano, por su parte, subieron estérilmente a ella para proponer modificaciones al texto: todas fueron desechadas por los diputados que antes habían otorgado su voto aprobatorio a la reforma. No obstante, la parafernalia no había concluido, faltaba la aparición en escena del diputado perredista por Michoacán, Antonio García Conejo, quien como acto de protesta se quitó la ropa ante los legisladores. Noticia que de inmediato se volvió trend topic en las redes sociales y que dio vuelta al mundo: “Congresista mexicano se desnuda ante el Pleno en ‘histórica votación’”.

Me pregunto ¿cómo es que hemos permitido que el nivel de nuestros legisladores sea cada día más deplorable? Y no precisamente porque ahora haya iniciado una nueva moda, la del striptease legislativo o porque sea práctica entre los legisladores, cada vez más recurrente, la de lanzarse amenazas e injurias, sino porque todo está mal. ¿Para esto quieren el fuero? Independientemente de la carencia de argumentos y de la falta de análisis, es evidente que en un país que se precia por respetar el Estado de Derecho, su sociedad no puede respetar a su vez a los diputados y senadores que permiten y, sobre todo, promueven la violentación de los procesos y procedimientos legislativos, como sería el caso de haber obviado la discusión en comisiones previamente.  ¿Por qué o para qué precipitar los tiempos? Si la reforma energética es tan necesaria para el país ¿por qué propiciar el famoso sospechosismo? ¿Era tanto el temor que se tenía en las cúpulas partidistas y del poder de que abortaría de lo contrario su aprobación?

Es una pena que actualmente nuestros legisladores nos brinden degradantes exhibiciones y que sólo quede como una mera referencia perdida, entre las páginas de nuestra historia, esta reflexión de otro diputado por Michoacán, esta vez Jesús Romero Flores, constituyente de 1916, sobre sus colegas: “No había un solo tema que podía debatirse en el que no hubiere una persona capaz de dar su opinión con plena conciencia profesional y con absoluta honradez”. No cabe duda que hoy vivimos otros tiempos. Mientras tanto, el Ejecutivo recupera las relaciones entrañables con Turquía.

diciembre 18, 2013

1968: el sueño de una transformación profunda 3/3

La burguesía mexicana, como la francesa, tomó el poder y lo hizo de manera violenta, luego de una costosa revolución, de soportar tremendas presiones norteamericanas que van desde la siniestra intervención del embajador Henry Lane Wilson en el asesinato del presidente Madero, hasta las obligaciones que Estados Unidos le impone a México para reconocerlo diplomáticamente, pasando por la invasión de Veracruz (1914) y la Expedición Punitiva del general Pershing (1917), tratando de vengar el ataque de Francisco Villa a Columbus.

De la Revolución Mexicana surge una burguesía ligada a los intereses populares, nacionalista y antiimperialista, tal como explica don Jesús Silva Herzog, cuya máxima expresión (y el punto más lejano al que se pudo llegar) es el gobierno de Lázaro Cárdenas. Después, gradualmente México retrocede, pierde sus aspectos más positivos y dilapida su magnífica política exterior. Hoy nada resta de aquel legendario movimiento de 1910-1917. Nos queda un mancillado Monumento a la Revolución. Lo más extraño de esta situación es que ahora la oposición de izquierda, que por largo tiempo consideró muerta a la Revolución, reclama como suyos sus principios y la añora a pesar de que en un tiempo la persiguió, especialmente a los comunistas.

El año 1968, alguna vez lo dijo Marcelino Perelló, ha muerto también o mejor dicho sustituido. Carentes de ideología, unos y otros, los jóvenes salen a la calle más con actitud de vándalos que de revolucionarios con un proyecto en las manos. La protesta social no va a ningún sitio. Si la destrucción de amplias zonas de la ciudad de México equivale al asalto de los soviéticos al Palacio de Invierno del zar en 1917, estamos perdidos. Más que añorar el 68, debemos pensar en un nuevo proyecto de lucha y de organizaciones políticas que sustituyan a las muy fatigadas que nos gobiernan.

La estabilidad económica y política, un verdadero lujo en América Latina, se dio en México a pesar de muchos problemas. Sólo que a cambio de ellas, fueron por muchos años eliminadas las minorías políticas. En ocasiones la izquierda, frecuentemente representada por el Partido Comunista Mexicano (fundado en 1919), actuó aquí y allá, tratando de combatir a un sistema cada vez más rígido y autoritario, de estimular al sindicalismo independiente, de desenajenar a la clase trabajadora, pero siempre careció de arraigo y sus integrantes no fueron capaces de convencerla, víctimas de sus rencillas personales y del manejo arbitrario que hizo en una época difícil (los años de ascenso del fascismo y luego de guerra fría) el PC no tuvo peso dentro de campesinos y obreros y apenas fue una influencia frágil entre los intelectuales, creadores y estudiantes universitarios que por allí pasaban para prestigiarse y enseguida dejarse cooptar. La historia se ha repetido. De los héroes del 68 poco queda, meros mitos, un alto porcentaje fue asimilado por el Estado, sea en el gobierno priista, sea en los gobiernos perredistas y hasta panistas. El príncipe, contra lo que pregonó Octavio Paz, tiene demasiado poder sobre los poetas.

No es posible vivir de la añoranza del 68. No fue la Comuna de París, tampoco el Ensayo General de 1905. Fue un punto destacado en la vida y luchas entre lo caduco y lo nuevo. De alguna manera es posible considerarlo un parteaguas, pero el antes y el después no sirvieron más que para lamer heridas y alimentar resentimientos. Sin la utopía marxista, sin un basamento ideológico novedoso y acorde a los nuevos tiempos y desafíos, el 68 es un mero pretexto para que un puñado de ancianos saquen sus viejas ropas revolucionarias, desempolven las pelucas rojas y vuelvan a escribir consignas antiguas que nada dicen y se coloquen en una nueva clase de indignados por razones ciertas, desde luego, pero desamparadas del rigor político que debemos darle como soporte.

Sin embargo, uno, hablo de los que participamos en las marchas del 68, cierra los ojos y recuerda emocionado que la gente arrojaba papel picado a nuestro paso y nos lanzaban consignas de victoria y que campesinos y obreros comenzaban a acercarse al movimiento que unos miles de estudiantes habían sido capaces de forjar, pero que jamás contaron con una respuesta tan brutal como la que les dio Gustavo Díaz Ordaz al frente de un sistema autoritario, draconiano.

Vale añadir que los culpables nunca fueron enjuiciados. Los días subsecuentes a la masacre la inmensa mayoría de la población concentró su atención en los Juegos Olímpicos. Fue la literatura y alguna forma de periodismo quienes contribuyeron al juicio de la historia. En novelas, poemas y crónicas supimos de la realidad feroz de la represión. La lista es larga y en algunos casos afamada, pero nunca se escribió la obra maestra sobre el tema, tal como más de un novelista notable del siglo XX fue capaz de legarnos novelas sobresalientes: Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela y Rafael F. Muñoz, por citar solamente a tres escritores memorables.

Por unos meses, en 1968, los jóvenes del mundo soñaron con una utopía. Eso es mucho, sobre todo si en lugar de lamentar la derrota, nos proponemos recuperar el espíritu que nos animó hace 45 años y buscar grandes metamorfosis políticas y económicas.

diciembre 15, 2013

Volver a casa

De las páginas editoriales de Excélsior paso a la sección cultural, a Expresiones. El hecho desata la memoria.

Mudarse no significa cambiarse de casa, puede serlo de habitación. De las páginas editoriales de Excélsior paso a la sección cultural, a Expresiones.
El hecho desata la memoria. Inicié el periodismo cuando ya era literato y amigo de novelistas y poetas de fama. Estaba casado desde temprano con la prosa narrativa. No nací escritor, como Borges, pero a fuerza de pasión, lecturas y de la interrelación con mis compañeros generacionales fui afinando la vocación.
Con José Agustín y Gerardo de la Torre, allá por 1959, acaso poco antes, escribí mis cuentos iniciales. En 1962, los que seríamos peyorativamente calificados como onderos, habíamos crecido en número y experiencia. A los tres iniciales nos llamó la atención el periodismo cultural, sin duda porque sería un apoyo que nos permitiría afilar nuestras espadas.
Fuimos a El Día, medio innovador, obra de un político izquierdista:Enrique Ramírez y Ramírez. Poseía suplemento dominical, El gallo ilustrado, y una  sección cultural bajo el mando de Arturo Cantú, especialista en José Gorostiza. En tal diario brillaban los nombres de María Luisa MendozaEdmundo Domínguez AragonésRaymundo RamosArturo Azuela y Alberto Beltrán, artista plástico que diseñaba y dirigía el suplemento. Fue un periódico fundamental que no pudo sortear la crisis del 68.
Simultáneamente, otros amigos que cabrían por edad en la generación de quienes habíamos nacido alrededor de 1940, como Ignacio Solares yParménides García Saldaña, escribían en las páginas culturales deExcélsior, donde Pedro Álvarez del Villar o Eduardo Deschamps me publicaban ocasionalmente algún cuento, una entrevista o una crítica literaria. Estaba por aparecer en mi vida un poeta y periodista de excepción, maestro por naturaleza, venido de la España desgarrada por la Guerra Civil, Juan Rejano. Él creó el suplemento de El NacionalRevista Mexicana de Cultura y me invitó a colaborar. Rejano fomentó como pocos el periodismo cultural, multitud de jóvenes acabamos de formarnos bajo sus órdenes sabias y generosas.
Cuando José Agustín saltó al éxito con La tumba y De perfilJosé Emilio Pacheco llamó y me pidió entrevistarlo para México en la Cultura,de Fernando Benítez. Fue un trabajo divertido y novedoso. Comenzó con mis preguntas y sus respuestas, a la mitad, los papeles se invirtieron yAgustín pasó a interrogarme. Una tarea que hoy llamaríamos nuevo periodismo, cuando en México Vicente Leñero y Ricardo Garibay lo practicaban, estimulados por autores como CapoteMailer y Wolfe. Era un México en transición, atrás quedaba la literatura rural, aparecía abiertamente la urbana y se experimentaba con las formas. A Benítez, que era insoportable, le gustó mi trabajo y, por un tiempo, estuve en las páginas del suplemento que dirigían él y Gastón García Cantú a la sazón amigos.
Yo había ingresado al Partido Comunista y necesitaba hacer diarismo político para defender una causa que se derrumbaría estrepitosamente. Comencé entrevistando a intelectuales marxistas como Enrique González PedreroJuan de la Cabada y otros más. En la diáspora deExcélsior quedé en el grupo de Manuel Becerra Acosta. Bajo sus órdenes, unos treinta periodistas formamos el Unomásuno. Allí fui articulista de fondo. Bajo la presión de periodistas recién llegados, ambiciosos y poco éticos, como Carlos Payán y Héctor Aguilar Camín, la mayoría de los fundadores salimos. Con el apoyo del célebre antiacadémico Nikito Nipongo, regresé en 1983 a Excélsior: dirigí primero la sección cultural y enseguida fundé el suplemento cultural El Búho, con el cual obtuve la mayor parte de los premios de la época, incluido el Nacional de Periodismo que concedía el Gobierno de la República. Curiosamente, en este 2013 presidí el mismo galardón ya ciudadanizado, a propuesta del gran caricaturista Helguera.
En las postrimerías del zedillismo fui censurado y pensé: cuando a uno lo censuran y lo tolera, lo hacen otra vez. Renuncié. Salido Regino Díaz Redondo, la cooperativa me llamó y volví a Excélsior como editorialista de primera página, director de una sección llamada Políticamente incorrectos y último de la revista decana del país, Revista de Revistas, la que recibí del agudo periodista Enrique Loubet.
Cumplidos 50 años de escritor, periodista y académico, con nuevos compañeros y directivos que han modernizado esta casa editorial, regreso al periodismo cultural en Expresiones, muy a mi manera, mezclando lo político con lo cultural.

diciembre 13, 2013

1968: el sueño de una transformación profunda 2/3

Daniel Cohn Bendit, Rudi Dutschke y otros jóvenes de tendencias anarquistas, en pleno corazón de Europa Occidental, buscan consolidar nuevas líneas de acción ideológica. Rudi Dutschke señala: “Queda poco tiempo y no sé cómo llamarles (a los nuevos movimientos sociales recién surgidos) ya que todos los títulos han sido acaparados desde hace mucho por nuestros señores del Este y del Oeste, a menos que acepten la noción y el título de revolucionario. Cambiemos  ya de rumbo y lancemos a nuestro bando anti-autoritario en la dirección radical de la auto-organización.” Añade el anarquista chileno-francés, que hace la cita, Luis Mercier Vega, precisando “que sería difícil clasificarlo bajo un rótulo que no fuera el de libertario”. Todos los movimientos del 68 producen voces de solidaridad internacional, de fraternidad. El mismo Luis Mercier Vega, en un libro intenso: Anarquismo ayer y hoy, publicado en Francia en 1970, precisa que “La ‘revolución’ estudiantil de París, en mayo de 1968, bajo múltiples aspectos, presenta rasgos anarquistas -en especial por su nuevo cuestionamiento de las estructuras fundamentales de la sociedad, por su sed de igualdad absoluta, por su voluntad de intervenir en todos los ámbitos y niveles, así como por la negativa de muchos animadores a asumir el papel de jefes o comprometerse en las políticas partidarias-, esta revolución tiene pocos contactos con el movimiento anarquista organizado.” Algo semejante sucedió en México, donde sin vínculos abiertamente partidarios, los jóvenes se lanzaron a dar una lucha que quizás podríamos llamar revolucionaria, lejos de las organizaciones establecidas dentro de la izquierda. No dejemos de lado, en este contexto, que Carlos Fuentes estuvo en el 68 francés y que dejó un atractivo reportaje que publicara en México la editorial ERA.

Si en Francia, Alemania Occidental y Estados Unidos los jóvenes despiertan del letargo social y político, en México los estudiantes, estimulados por el Mayo 68, la Primavera de Praga y una abundante literatura sobre Cuba y la injusta y brutal guerra de Vietnam, encuentran en el azar de un vulgar encontronazo estudiantil, el pretexto formal para protestar contra la violencia estatal, el excesivo presidencialismo bien representado por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Con celeridad, ante una anquilosada maquinaria estatal, los muchachos pasan de exigencias académicas a políticas. El gobierno las rechaza, al presidente de aquellos tiempos no se le decía la palabra no, jamás. El movimiento estudiantil crece con celeridad, se consolida con rapidez.

Hace unos días, en el diario Excélsior publiqué un artículo sobre el movimiento y los meses que duró. No fue tragedia, sino un movimiento gozoso, realizado en torno a principios ideológicos firmes, soñando con llevar a la práctica la mejor de las utopías posibles de esa época en que el mundo parecía globalizarse con el pensamiento de Marx. La tragedia duró horas, un trozo de la tarde y de la noche del 2 de octubre y eso es lo que, afectos a las derrotas y fracasos, recordamos con terquedad. Pero pocos reparan en las tumultuosas y felices marchas que cimbraron al sistema, empuñando pancartas y mantas con los héroes del momento: Guevara, Mao Tse-Tung, Hoo Chi Min, Marx, Lenin…, hasta que las críticas de “apátridas”, “anarquistas” “provocadores” y, desde luego, “comunistas”, con cierto dejo de furia, emitidas por el gobierno y los medios de comunicación, nos hicieron modificar las tácticas y sustituirlas por héroes patrios que nada dicen en el complejo mundo de esa época, dividido en dos inmensos bloques en guerra fría. Se bailaba y coreaba al ritmo de Beatles, Dylan, Janis Joplin, Rolling Stones… y, para colmo del pasmoso nacionalismo mexicano, muchos jóvenes agitaban banderas rojas y carteles que mezclaban consignas del Mayo 68, como Prohibido prohibir. El sentimiento internacionalista se hacía sentir con las demandas de apoyar a los combatientes vietnamitas que defendían su hogar de una invasión norteamericana y a los cubanos que hacía poco habían consolidado una revolución socialista, como en 1936-1939, el gobierno del general Cárdenas, había brindado un amplio apoyo a las luchas antifascistas y en especial a la República Española víctima de Franco apoyado por Hitler y Mussolini.

México llevaba años de aparente tranquilidad, en efecto. Los gobiernos de la Revolución desarrollaban al país con lentitud exasperante y muchas contradicciones. Por último, han sido incapaces de evitar las desigualdades y las injusticias sociales. El precio pagado es elevado: la nación persiste en su condición semicolonial y en consecuencia dependiente y atrasada. La corrupción florecía y la democracia era una palabra hueca dentro de un sistema político virtualmente unipartidista. El PRI “arrasaba” en cada proceso electoral y la represión jamás desaparecía; en todo caso tiene altas y bajas, según lo demanden las necesidades de la política oficial. En momentos retornaba la saña de los viejos tiempos, como el crimen de la familia Jaramillo, acribillada por miembros del Ejército o el encarcelamiento del pintor David Alfaro Siqueiros, acusado de comunista. A todo ello, hay que añadir el presidencialismo que se nutre de una poderosa tradición antidemocrática y de una persistente secuela de tiranos, dictadores y hombres fuertes, y el cuadro queda completo.