Tantadel

enero 06, 2014

De la maledicencia y la distorsión en el arte

En 1962, Uberto Zanolli, mi maestro de italiano en el Plantel 7 de la Escuela Nacional Preparatoria y además tío por estar casado con Betty Fabila, me dijo de pronto: René, a usted que le gusta la música, lo invito al Castillo de Chapultepec al estreno mundial de la obra de Giacomo Facco, un compositor fascinante, revolucionario y hasta ahora desconocido por la historia, cuya obra encontró Gonzalo Obregón en el archivo del Colegio de las Vizcaínas y la que he revisado, transcrito, corregido y elaborado su bajo continuo. Mi tío Uberto tenía razón. Cuando las armonías de Facco comenzaron a sonar en la sala Manuel Orozco y Berra -desde donde el Canal 11 transmitió lo que fue su primer control remoto- el público que abarrotaba el lugar y del que formaba parte el cuerpo diplomático quedó cautivado. El 11 de julio de ese año se escribía un nuevo capítulo en la historia universal de la música: había renacido un soberbio compositor, México era su cuna y Uberto Zanolli su descubridor y desde entonces su apasionado e incansable promotor.

Evoco esto porque el pasado jueves 2 de enero de 2014, en la sección cultural del periódico Milenio, fue publicada una nota titulada “Redescubren joya del barroco italiano” con declaraciones de Miguel Lawrence, director de la Orquesta Barroca Mexicana. Nadie discute el mérito de quien realiza una producción discográfica, como es el caso. Lo que me asombra es que, de pronto, Lawrence pretenda deformar a su conveniencia los acontecimientos del pasado confiado en la ancestral amnesia histórica que nos caracteriza, independientemente de que es lamentable que en el afán por alcanzar notoriedad incurra en la fácil y añeja práctica de intentar valerse de la polémica distorsionadora en su afán para promover su trabajo. Con ello, por un lado demuestra su ignorancia en cuanto al estado del conocimiento mundial del que se dispone hoy en día sobre la vida y obra del compositor véneto Giacomo Facco y, en particular, de la labor de reconstrucción musicológica y de divulgación cultural que sobre él realizó Zanolli por más de tres décadas. Por otro lado, su intento por tergiversar la historia a fin de adjudicarse el crédito total sobre la divulgación pionera de la obra de Facco -a 50 años de su descubrimiento y luego de que su obra está ya ampliamente difundida no sólo en México sino a nivel internacional- resulta lastimoso, si tomamos en cuenta que a la fecha Facco no es más aquel compositor del que nada se sabía en 1960, sino un músico que forma ya parte indiscutible del acervo universal. Lo que acreditaría si realizara una mínima investigación de su presencia tanto en el repertorio musical como discográfico de México, Italia, España, Alemania, Bélgica y Francia, sin dejar de resaltar que fue Zanolli quien realizó a nivel mundial los primeros registros fonográficos.

Tal actitud no debe sorprendernos. No es nueva ni exclusiva de la música. La maledicencia, tan humana y tan común en México como en el resto del mundo, ha visto surgir periódicamente a otros personajes que, de igual forma, están a la caza de notoriedad a costa del menoscabo y demérito de la labor de los que les han precedido en el camino. Hoy simplemente la lista se engrosa con uno más. Lo triste es que continúe habiendo quien recurre al descrédito y a la inquina en aras de ser noticia o de obtener alguna ganancia, apostando a que no hay memoria, registros ni, mucho menos, testigos de los hechos.

Desde que a principios de los 60 el renacimiento de Giacomo Facco ante el mundo fue revelado como todo un acontecimiento, como lo atestiguaron Julio Scherer y mi compañero de andanzas periodísticas y literarias Carlo Coccioli, así como el gobierno italiano, que condecoró a Zanolli por su descubrimiento y divulgación, y los distintos organismos artísticos especializados que reconocieron la envergadura universal de la labor de rescate musicológico realizada por éste, quedó asentado en los anales de la música el aporte que a ella había realizado un hombre que además de haber sido un notable compositor, director de orquesta y musicólogo, fue ante todo un hombre íntegro y honesto, que ofreció su vida al arte universal y a la educación mexicana.

Me parece que estamos, una vez más, en presencia de un hecho poco profesional y falto de seriedad académica. Es ridículo que hoy aún haya quien pretenda hacer creer que descubrió “el hilo negro” con Facco y qué condenable que para buscar un merecimiento artístico que históricamente no le puede corresponder altere el pasado, pero sobre todo ¡qué riesgoso es cuando no se miden las consecuencias de hacer declaraciones a la ligera! Aunque es lógico: sólo un verdadero artista es el que habla con verdad, porque en el arte como dijo Uberto Zanolli: “¡Guay al que de él hace un menester! La venganza del arte es implacable y severa como un ciclópeo cataclismo que todo destroza y anonada”. Sí, porque el arte requiere de honestidad plena y sólo al que cree en él y al que lo respeta, se le revela.

  Confío en que este tipo de declaraciones superficiales se detengan y en su lugar aparezca la crítica artística responsable y capaz. Mi tío Uberto Zanolli no inventaba, estaba dedicado por completo al arte, a la música. Facco simplemente estaba oculto.

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