Tantadel

enero 22, 2014

Diputados: la estafa perfecta

Por décadas, ser diputado fue un premio de consolación, una dádiva, el inicio de una ampulosa carrera política, prueba de amistad con el Poder Ejecutivo, señal de influyentísimo, impedimento para ser detenido por cualquiera de sus excesos o pillerías. Pocas veces hemos tenido verdaderos legisladores por una razón: desde la Presidencia de la República llegaban a la Cámara baja los proyectos y reformas de leyes que los diputados se limitaban a aprobar. Nunca hubo mejores personas para levantar el dedo. La situación política ha sufrido más de una modificación. Los legisladores se han intentado dignificar sin éxito. Al menos no son más los levantadedos que conocimos.

Sin embargo, los seguimos padeciendo. Por lo pronto, tampoco constituyen el mejor ejemplo de civismo, cultura y dignidad. Pelean por su propia hacienda y su derecho de utilizar la curul de paso hacia mejores metas. Si la Cámara de Senadores es discutible, la de Diputados es demencial. Para probarlo, desde hace unos días, ante la indignación de la población y de algunos medios que mantienen el decoro y la dignidad ante el poder, conocemos las pillerías que realizan los diputados panistas para otorgarles recursos adicionales a los alcaldes, lo que no es privativo de ese partido, ya que también lo hacen los perredistas y priistas. También circulan spots donde niños y niñas, la mayoría de origen modesto, en algunos caso de procedencia indígena, van a San Lázaro y con sus caritas sonrientes, felices (actores estupendos), le dan las gracias a una larga serie de legisladores que se han hecho célebres como charlatanes y corruptos (claro, no todos, sólo la mayoría). Si antes los caricaturistas (pienso en el inolvidable Abel Quezada) los dibujaban empistolados, con sombrero, gordos y bigotes estilo revolucionario, ahora a todos se les ve elegantes, dueños de comitivas, camionetas lujosas, escoltas, guardaespaldas y mucho dinero producto de las trifulcas que allí arman, sobre todo los perredistas y los panistas.

Lo que deberían hacer los diputados es nuevos promocionales donde ellos vayan a las comunidades rurales y a las zonas urbanas marginales a pedirles perdón a los explotados, a los humillados y ofendidos: primero por los insultantes sueldos que obtienen y enseguida por su incapacidad para resolver los problemas nacionales. Pedirnos perdón a todos por la bajeza a la que han llegado sus intervenciones en tribuna, por los escándalos que hacen, porque se desnudan públicamente diciendo que eso es protesta cuando simplemente es prueba de vulgaridad y mal gusto, porque se lían a golpes entre ellos y se mientan la madre sin empacho, quizás como prueba de que no la tienen.

De nuevo uno se pregunta: ¿cuánto habrán gastado los diputados en esos anuncios canallescos, donde tergiversan las cosas? Si hay algunos avances en México, es su trabajo, solucionar los problemas, crear leyes que nos ayuden realmente a sortear los muchos baches que padecemos. Para eso les pagamos, y muy bien. Vivimos en un país costoso donde los servicios y los impuestos son muy elevados y los salarios ridículos, una nación de muchos multimillonarios y millones y millones de pobres. Entiendo que cientos de esos legisladores (que van y vienen, probando que sí hay reelección, aunque no sea en la misma cámara) están ya cerca de los muy afortunados y que por ello tendrían que ser menos prepotentes y no tan demagogos.

Insisto. No puedo creerlo. Las fotos muestran niñas y niños satisfechos, gozosos, agradeciéndoles a soberbios hombres y mujeres que pasan allí plácidamente la vida, y se ufanan de todo lo que les debemos los mexicanos. Vaya cinismo. Ni siquiera tienen sentido autocrítico y eso sí, una enorme capacidad para la demagogia.

Las muchas comisiones de derechos humanos en lugar de salvar a los marchistas, los manifestantes, los que invaden el DF para destruirlo y trastornar la vida de millones de personas, llenarnos de basura, desquiciar el tránsito y demás calamidades que les parecen hechos valiosos y democráticos, deberían reflexionar en las atrocidades que los legisladores llevan a cabo al contar con recursos ilimitados, todos provenientes de los que sí pagamos impuestos y además los padecemos.

No sé quién creó una frase célebre sobre esta nueva “clase social” que poco o nada tiene que ver con los constituyentes, por ejemplo, de 1917, yo se la escuché al político Jesús Salazar Toledano: Uno llega a diputado, el cargo dura tres años y la vergüenza siempre. Y ahora, si se aprueba su reelección, estarán apestados de por vida. Cuando llegué a Ciencias Políticas de la UNAM, los humoristas solían repetir una frase asimismo de autor desconocido, pero vox populi y acertada por completo. A la pregunta qué es lo ideal para vivir bien y tranquilamente, respondía la gente: Niño en la Unión Soviética, estudiante en París y diputado en México.

Vaya paradojas de la vida nacional. Ese tema merece una larga reflexión aparte. Por ahora sigamos yendo a la Cámara de Diputados, niños y adultos, para agradecerles el pasmoso número de mexicanos trabajando en EU, la terrible miseria del campo, los cinturones de miseria alrededor de las urbes, el ambulantaje, las marchas que oprimen a ciudadanos pacíficos, los bajos salarios y la permanente inflación, sus pleitos de pésimo gusto, sus discursos de raquítico nivel intelectual y su gusto por la buena y placentera vida. Me equivoqué: en lugar de profesor universitario, debí ser diputado, senador, asambleísta y luego a comenzar de nuevo: diputado, senador…

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