Tantadel

enero 15, 2014

El Monumento a la Revolución, again

La doctora Martha Fernández, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, ha escrito libros destacados en defensa de nuestro patrimonio. En este momento me vienen a la memoria dos brillantes reflexiones suyas publicadas en la institución donde labora: el primero fue escrito para manifestar su malestar por las ridículas remodelaciones que ha padecido el Monumento a la Revolución, el segundo por la inexplicable tarea de “limpieza” que padeció el célebre Caballito de Tolsá a manos de oscuros empleados del DF, donde poco vimos las protestas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Su argumentación en ambos casos es memorable, resultado de largas investigaciones sobre la historia de nuestras obras más representativas de la ciudad capital. Como es costumbre, no hubo reacción, salvo la de los lectores y de aquellos que aman al DF. Las autoridades mantuvieron silencio. Obvio: de ellas provenían los daños irreparables.

Después de las sucesivas ocupaciones del Zócalo y la plaza que rodea al Monumento a la Revolución, las autoridades hacen un recuento de los daños sufridos. Son atroces, el funcionario encargado de las reparaciones habló largo y hasta dio precisiones de las pérdidas económicas y los daños materiales que en más de un caso son, podríamos decir, trágicos. Incluso habló de los malos olores que habían quedado en puntos clave de la ciudad que no están preparados para ser convertidos en barricadas y campamentos “revolucionarios”. El Zócalo es propiedad de todos los mexicanos, no del uso de un grupo de maestros que está a disgusto con los intentos de reforma educativa, elementales, por cierto, del gobierno de Peña Nieto que realmente no tiene idea de cómo modificar el rostro de una nación agobiada por largos problemas de todo orden.

En días pasados, los medios dieron a conocer no sólo los detalles de la ocupación de los dos puntos de la capital y las cifras que aquellos que trabajan o trabajaban (muchos negocios quebraron) demandan para recuperar las pérdidas. Algunos de los que han demandado información al respecto exigen saber cuánto gastaron las autoridades capitalinas en la rehabilitación de la Plaza de la República y de la Plaza de la Constitución.

   Por otro lado, nadie está seguro de que esos puntos más o menos reparados no sean nuevamente ocupados por la temible CNTE con los mismos resultados. Las extrañas organizaciones defensoras de los derechos humanos suelen ser un mal necesario, también severos enemigos del patrimonio del país y de la seguridad de quienes habitamos en la capital, punto clave de toda protesta razonable e irrazonable. Les preocupa la libertad. ¿La de quién: la de los que destruyen e impiden el libre tránsito o la de quienes padecemos las agresiones? Derechos humanos de aquí o de allá, ¿para quiénes trabajan, por quiénes se preocupan: por sus carreras respectivas o por la certidumbre de una vida normal, simplemente normal, dentro de ciudades no hostiles sin sus monumentos derruidos? Sigo sin entender (claro, no soy abogado) por qué demonios los intereses de los que ocupan violentamente puntos emblemáticos del DF tienen la razón y nosotros, los que padecemos las ofensas y pagamos nuestros impuestos, estamos mal.

Como minoría, como René Avilés Fabila, he acudido varias veces, con pruebas y testigos a la mano, tanto a la Comisión de Derechos Humanos del DF como a la que se ocupa del ámbito federal, al sentir mis derechos atropellados por funcionarios prepotentes e inalterablemente me dijeron que mis problemas no eran de su competencia. No he vuelto. Es como buscar la ayuda policiaca cuando uno es asaltado. Lo que resta es el silencio para evitar más despojos y la pérdida de tiempo.

En Europa, sobre todo luego de la Segunda Guerra Mundial que destruyó cientos de monumentos y edificios notables, de gran belleza y larga vida, se dieron a la reconstrucción. En todos los casos se ajustaron a los modelos originales. Nadie aprovechó la oportunidad para añadirles una pista de hielo o un salón de baile para quinceañeras. México es un caso especial. Tiene expertos para esas tareas, pero los funcionarios los evitan recurriendo a sus amigos o empresas corruptas, aunque sean inexpertos. De este modo, hemos visto alterado el panorama urbano, el Paseo de la Reforma ha perdido dignidad. Lugares históricos han sido transformados por políticos ignorantes y osados en busca de notoriedad. Un mausoleo se convierte en salón de fiestas y venta de tacos, en medio de fuentes saltarinas. Equivaldría a poner columpios alrededor de la llama que en el Arco del Triunfo en París recuerda a los soldados anónimos caídos en combate o que en la tumba de Napoleón, en Los Inválidos, pongan una pista de hielo.

Sin embargo, este listado mínimo de quejas es muy personal. Los daños al severo e impresionante Monumento a la Revolución, las mayores ofensas que ha recibido la tumba de varios revolucionarios como el general Cárdenas, no las hicieron los maestros de la CNTE ni los graffiteros, fue el ex priista Marcelo Ebrard al remodelarlo y convertirlo en divertido parque público, con un inútil elevador al centro que rompe la armonía de la estructura y no conduce a nada, como en texto de Kafka. ¿Llegará a presidir el PRD y luego a vivir en Los Pinos?  Esperemos que no. Es posible que convierta la casona presidencial, creación de Lázaro Cárdenas, en sucursal de Six-Flags.

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