Tantadel

enero 29, 2014

José Emilio Pacheco

A José Emilio Pacheco lo vi por última vez hace unos cuatro meses durante un homenaje que la Fundación Sebastián le hizo a varias personalidades de la cultura, a Cristina Pacheco entre otras. Me correspondió hablar sobre la carrera de la distinguida periodista. En consecuencia, optamos por sentarnos los tres juntos. Hacía tiempo que no conversaba con José Emilio Pacheco. Lo hicimos largamente, antes y después de la entrega del galardón a su esposa. Tocamos infinidad de temas. Pacheco estaba, como lo vi siempre, de buen humor y con su habitual inteligencia y cultura. Como hacemos frecuentemente los mexicanos, al despedirnos quedamos de vernos lo más pronto posible.

Exactamente no recuerdo cómo nos hicimos amigos. Mi memoria arranca en 1962, cuando Edmundo Valadés y José Emilio fueron jurados de un concurso de cuento universitario y premiaron un cuento mío que más adelante, por recomendación del segundo, fue incluido en dos antologías internacionales. Luego hubo una llamada telefónica suya para invitarme a hacerle una entrevista a José Agustín, que iniciaba su impetuosa carrera literaria. Mi amigo no era tan famoso y pocos lo conocían. Yo era el adecuado para entrevistarlo para el suplemento fundado por Fernando Benítez. Hago un esfuerzo mayor y lo veo frente de la Alameda, dispuesto a entrar a una vieja sala de conferencias ya desaparecida. Platicamos sobre poesía. Deslumbraba. Era un sabio y un hombre generoso y permitía que le robaran su tiempo, tiempo siempre literario. Comencé a visitarlo. De pronto me topaba con Cristina, quien corría de un lado a otro arrancando su formidable periodismo.

Luego estuvimos un puñado de veces durante la formación del diario Unomásuno, encabezado por Manuel Becerra Acosta. Cuando iniciamos las tareas en ese diario, José Emilio había quedado finalmente en la revista Proceso, de Julio Scherer. Allí hizo un periodismo agudo, erudito, perfecto; ingenioso, por añadidura. Al final ponía únicamente JEP. La columna se llamaba “Inventario”.

Más que vernos a través de citas, yo tenía la fortuna de encontrarlo en reuniones, conferencias, mesas redondas y en un sinfín de actividades culturales. Me gustaba platicar con él, era mucho lo que se aprendía. Me llamaba la atención que siempre viera el lado positivo de las personas y los hechos.

Comencé a leerlo mucho antes de conocerlo. Me llevaba sólo dos años de edad, pero su literatura era magnífica. Sus cuentos perfectos, sus novelas impecables, su poesía hermosa y profunda. Ello lo condujo a ganar todos los premios y reconocimientos imaginables, dentro y fuera de México. Lo menos conocido o tal vez menos comentado es su periodismo cultural: pero fue de excelencia. Imagino que pronto lo tendremos recopilado y podremos observar cómo, en efecto, la literatura y la información pueden mezclarse y arrojar resultados mágicos.

El domingo, mientras José Emilio Pacheco agonizaba, yo estaba en la Sala Manuel M. Ponce, en una ceremonia dedicada al primer aniversario del doloroso fallecimiento de Rubén Bonifaz Nuño. Alguien comentó que Pacheco estaba muy grave a causa de la caída sufrida, todos pensamos que se repondría. Cuando la ceremonia dedicada a Rubén concluía, llegó la noticia vía electrónica de su muerte. Vi caras largas, dolor, escuché comentarios adoloridos. El resto es historia triste.

Tengo la impresión de que José Emilio supo llevar una vida intachable, no le conozco enemigos ni críticos. No era frecuente que circulara por salones y tertulias literarias. Era un hombre de gabinete, que pasaba días y semanas y años leyendo y escribiendo. Nos hereda títulos memorables. Deja, asimismo, una presencia bondadosa y respetable. No hay muchos escritores como él: dedicado a lo suyo, a redactar libros estupendos.

La vida no fue del todo justa con él: morir a los 74 años, en estos tiempos de ciencia avanzada, resulta una anormalidad. Con diez años más de vida pudo darnos novelas, cuentos y poemas como los que solía hacer: perfectos, impecables.

Su generación fue notable: Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Inés Arredondo, Salvador Elizondo… Todos un poco mayores de edad, pero en cuanto a la perfección de sus páginas, es posible que ninguno haya sido como él: nació para las letras.

Alguna vez, Héctor Anaya tuvo la humorada de hacer un concurso en El Búho, cuando estaba en Excélsior. Se trataba de buscar al “culto más culto de los cultos mexicanos”. Los lectores eran los votantes. Luego de un par de meses, el gracioso concurso llegó a su fin: José Emilio Pacheco ganó con facilidad. Cuando supo del concurso, sonrió y nos preguntó si no hubo fraude. No, lo ganaste limpiamente.

Si alguien me preguntara qué obra me gusta más de Pacheco, no sabría qué decir: Los elementos de la noche, El principio del placer, Morirás lejos, Las batallas del desierto, La arena errante, No me preguntes cómo pasa el tiempo… Como Alfonso Reyes, Pacheco hizo una obra no tan abundante, pero perfecta. No hay caídas. El rigor siempre lo puso a salvo de los tropezones. Pienso que desde muy joven, José Emilio era un autor clásico, uno de los imprescindibles, quizás a pesar de su sencillez y modestia. Como otros, pudo tener poder político. Lo desdeñó. Creía en la fuerza y belleza de la literatura.

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