Tantadel

enero 31, 2014

Lo que jamás pensé ver

El encuentro de Fidel Castro y Enrique Peña Nieto me trajo infinidad de recuerdos. El primero fue una conversación con el general Lázaro Cárdenas que sostuvimos un grupo de jóvenes admiradores de la naciente Revolución Cubana. Lo escuchamos hablar de la solidaridad y apoyo que México tendría que brindarle. El gobierno no hizo gran cosa, pero el hombre que había, en un gesto de arrojo, realizado la expropiación petrolera, llegó hasta La Habana y con el joven Fidel Castro se hizo retratar en el Capitolio isleño. Eso fue en 1959.

Fidel Castro siempre fue cauteloso con México. Aislado, cercado por Estados Unidos y la inmensa mayoría de países latinoamericanos, era la única puerta que lo comunicaba con su propio mundo. López Mateos no rompió relaciones con los cubanos, se limitó a apoyar a la revolución con discursos, mientras cedía espacio a los espías que vigilaban a Cuba y a quienes viajaban o utilizaban al país como tránsito. Más adelante, los presidentes Luis Echeverría y José López Portillo tuvieron los primeros encuentros con Fidel Castro. El socialismo a escala global crecía. La muerte de Ernesto Guevara y el enorme peso del bloque soviético contribuían al prestigio de Cuba, la que llevaba a cabo acciones de solidaridad con otras naciones más débiles. Fidel vino a México a la toma de posesión de Salinas de Gortari. Ya estaba en peligro la Revolución y en lugar de fomentar guerra de guerrillas por el mundo capitalista subdesarrollado, buscaba la manera de sobrevivir al extenso y largo bloqueo impuesto por EU.

Con el PAN en el poder, Vicente Fox y Felipe Calderón, distintos en más de un aspecto, pero formados en un rabioso anticomunismo, se alejaron de Cuba, hasta entonces más o menos hermanada con México. La torpeza infinita de Fox fue justamente cuando le dijo a Fidel que comiera y se fuera, mostrando su servilismo a EU. Lo que no tomó jamás en cuenta, que en razón inversa a su incapacidad y escasa inteligencia, Castro era un estadista que había lidiado con los más grandes políticos de izquierda y derecha. Al dar a conocer la memorable conversación telefónica, Fox quedó en el mayor ridículo posible.

Pero, entre la mala pasada que la historia le jugó a la Revolución Cubana con el estrepitoso derrumbe del bloque socialista y el glamoroso triunfo del neoliberalismo, Cuba se quedó sola. Para sobrevivir ha tenido que hacer cambios, modificar el rumbo. Para colmo, la edad, la fatiga y las enfermedades se le echaron encima a Fidel Castro. Hoy en día, la añosa Revolución busca soluciones para mantener algunos de sus mayores avances. Las soluciones ya no están en las posturas marxistas sino en el amplio bagaje del capitalismo triunfante.

Es allí donde aparece Enrique Peña Nieto, impetuoso, joven, resultado de un proceso electoral extraño, proponiendo las viejas fórmulas de su paisano Adolfo López Mateos. La receta que desde allí le endilgó a América Latina fue la de la economía mixta, sólo que en el pasado, la parte privada quedaba subordinada a la estatal. La fórmula de Peña Nieto es prácticamente inversa aunque en el discurso se escuche bien y hasta avanzada. La fotografía que se toma con el anciano revolucionario, quien diera fieras batallas por el marxismo, es terrible. La elegancia del mandatario mexicano contrasta con la vestimenta cómoda, de tipo deportivo, del legendario combatiente.

La de ambos es la fotografía del mundo de hoy: el soberbio capitalismo, la arrogante economía de mercado, apabullando al viejo modelo pasado de moda. En México ni los que se dicen de izquierda en estos momentos romperían una lanza por defender al hombre que lleva 50 años en el poder. La historia suele ser dura.

Cambiando abruptamente de tema, quiero desde estas líneas, pedirle valor a mi amigo el periodista Rafael Luviano, quien yace hospitalizado, víctima de cáncer. Con Rafael estuve en Excélsior, trabajamos en la vieja sección cultural y más adelante en el suplemento cultural El Búho. Ahora que requiere ayuda de sus camaradas, pocos le apoyan, incluidos aquellos para los que trabajó eficazmente en calidad de comunicador social. Hablo del PRI del DF, donde Luviano pasó algún tiempo bajo las órdenes de Cuauhtémoc Gutiérrez. Es triste ver que los periodistas podemos ser desechables. Tenemos alguna utilidad para el poder y todo marcha, pero si se cae en desgracia, entonces basta con un portazo en la nariz. Espero que mi buen amigo Rafael Luviano encuentre apoyo y pronto se restablezca de su penosa enfermedad. Por lo pronto es una lección más de la bajeza de la política mexicana, claro está a menos que uno sea muy famoso. El PRI capitalino que jura recuperar la ciudad de México, da una buena muestra de lo que realmente es: un partido con mala entraña y en manos lamentables. No cabe duda, lo mejor es mantenerse lo más distante posible del poder, claro está, a menos que se trate de aduladores profesionales.

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