Tantadel

enero 10, 2014

¿Y la Mexicana Revolución, cuándo falleció?

Me gustaría escribir un libro sobre la importancia de ser taxista. México lo sabe: hablan de todos los temas, como los antiguos peluqueros que al transformarse en estilistas perdieron su personalidad. Son excelentes historiadores de lo cotidiano, saben, porque los padecen, de los problemas nacionales y como conversan con pasajeros capaces de abordar los más diversos temas, en especial los políticos, resultan ilustrativos. Uno, como escritor de novelas, puede aprovechar sus historias, las amorosas son fascinantes. Exagerados como buenos mexicanos, cuentan anécdotas de sesiones amatorias con pasajeras desesperadas o esposas mal cuidadas, explican ellos. Yo poco les creo, pero aún así, más de una vez he querido ser conductor de taxi en lugar de literato.

Ayer, saliendo de la UAM-X, tomé un taxi. Por favor, le pedí al chofer, al monumento a Obregón. El tipo, de unos treinta años, me miró sorprendido. ¿A dónde? Es usted un mal chilango, contraataqué ligeramente irritado. Está en la esquina de Insurgentes y Miguel Ángel de Quevedo. Fue mejor. En el camino me preguntó alardeando su desconocimiento: ¿Quién era ese señor? Un general revolucionario, presidente de México. Derrotó a Pancho Villa en Celaya, dije rotundo para no seguir con el tema. Imposible desconocer el nombre del afamado combatiente, general de la División del Norte, hoy sólo una avenida más o menos amplia y un nombre en el muro de las lamentaciones y las ofensas a la inteligencia del país: la Cámara de Diputados.

En el trayecto pensé: No tiene por qué saber de Obregón. Desde hace años que ya son escasos quienes hablan de la Revolución Mexicana. En mi época escolar, era el tema más reverenciado. Todos hablaban con certeza del movimiento popular. La mayoría tomaba partido por Villa y Zapata, pero los había a la medida de todos los generales revolucionarios. Por décadas el PRI nos endilgó el tema: Obvio: sus integrantes eran los descendientes naturales de la gesta, precisaban arrogantes. No hubo presidente hasta Carlos Salinas de Gortari que no la mencionara y la citara como un cristiano recurre a la Biblia. Francamente, a muchos años de distancia, me parece algo trágico y sin mayores logros. Mis compañeros y yo con los maestros discutíamos su validez. Los mejores analistas y politólogos explicaban que era una revolución interrumpida, traicionada, inconclusa y un montón de zarandajas, para explicar qué pasó. Llegamos a una conclusión que sí escucho todos los días: el petróleo es nuestro y quien lo privatice traiciona a la patria y de nuevo escuchamos las palabras de quien participó en la Revolución y nacionalizó, en el mejor momento del siglo XX, los hidrocarburos. Pocos hablan de la novela de la Revolución o de los grandes movimientos artísticos que produjo el movimiento popular. De Pemex, depende el futuro y es la historia patria. Suiza y Holanda no tienen una gota de petróleo y son naciones altamente desarrollas y de alto bienestar.

Personalmente, para 1964 o 65, antes de concluir la carrera en la UNAM, ya me había hartado el tema. El nacionalismo era un fastidio y los melodramas campiranos derivados de la revolución me irritaban. Era la década prodigiosa y sonaba muy clara la música de Beatles, Rolling Stones, Dylan, Hendrix, Joplin y muchos más. Otra revolución, ahora la cubana, era la que nos atraía, el tema a discutir. Podíamos ser socialistas o de plano seguir, como decían los priistas de mi época juvenil, en la tesitura de la mexicana revolución. El 68 fue de muchas formas la mejor sepultura para la Revolución. Sin embargo, los presidentes del país y sus respectivas legiones de fanáticos insistían en el tema: Es nuestra revolución, fue la primera del siglo XX y es la mejor. Sólo nos falta avanzar. Echeverría y López Portillo, francamente detestables, se veían a sí mismos como productos acabados de tal movimiento. Los últimos. Salinas al tratar de cambiar el rumbo, de plano hizo a un lado sus fantaseos y conquistas. Había que modernizarnos y la arrumbó en una gaveta.

Hasta hoy no he escuchado a Peña Nieto hablar de la Revolución, dudo incluso que sepa del tema el que sus antecesores llegaron a conocer profundamente. En una extraña conexión, Colosio la invocó y la sorpresa que dejó su último gran discurso, desató multitud de reacciones. Los más enterados o los más suspicaces dicen que fue la causa de su muerte: ver, como en 1910, injusticias y miseria, eran graves con Salinas. Muchos elementos se confabularon, entre los que estaban los ahora “izquierdistas” Manuel Camacho y Marcelo Ebrard, dolidos por no tener la presidencia prometida por Salinas, y todo terminó a balazos, en Lomas Taurinas.

El monumento a la Revolución, donde están las tumbas de algunos de los mayores combatientes, entre ellos el general Lázaro Cárdenas, pasó de panteón a sitio de diversión, venta de garnachas y ocasionalmente en campamento de la CNTE. Es la última broma de la modernidad a la Revolución Mexicana, hasta elevador tiene. Mis alumnos se aburren cuando hablo del tema. En Facebook nadie se acuerda de su cumpleaños.

Al descender del taxi, le dije al conductor: Mire, ése es el monumento al general Álvaro Obregón, allí lo asesinaron los abuelos del panismo. ¿En serio?, respondió irritado. Eso sí calienta. Qué bueno que no voté por Fox ni por Calderón.

Hizo bien, vea usted qué corruptos resultaron.

Como todos, mi jefe.

Debo escribir un libro sobre los taxistas.

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