Tantadel

febrero 21, 2014

54 años de la especial prepa 7

Para mi entrañable amigo Rafael García Garza,

también eran sus tiempos, sólo que él

estaba en la prepa 5, en Coapa.
Con todo rigor, tendría yo que haberlo recordado, sin embargo fue gracias a un artículo de Humberto Musacchio que me percaté del hecho: la Escuela Nacional Preparatoria, plantel número 7, cumplió años. El festejo ocurrió evidentemente en su nueva y definitiva sede en La Viga. Pero fue fundada en el hermoso edificio que hoy alberga al Museo de la Autonomía, en Licenciado Verdad y Guatemala, entre los costados de Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana, en 1960.

Yo aspiraba a ingresar en el muy afamado plantel número 1, en San Ildefonso, pero había sido rebasada por la demanda estudiantil y abrieron la preparatoria 7 a unos cuantos metros. Hasta ese añoso edificio llegué sin saber con exactitud mi rumbo, sólo tenía claro que deseaba, como mi amigo José Agustín, ser escritor. Mi vida cambió radicalmente al contacto con los muros universitarios: sus tradiciones, sus notables maestros, los grandes mexicanos que habían pasado por esas aulas, todo sumado provocó un cambio profundo: no sólo deseaba ser autor de cuentos y novelas, quería ser un académico, un hombre preocupado por las ideas sociales más avanzadas. La lista de profesores que tuve fue notable: Uberto Zanolli (por cierto mi tío), Ramón Vargas, Alberto Híjar, Manuel Barrientos, Olga Harmony, Fausto Vega, Eduardo Pereira, Arturo Sotomayor, José Castillo Farrera, Moisés Hurtado… En esos salones y bajo severas tutelas intelectuales me adentré en el pensamiento de Marx o en la lectura de Joyce y Proust, en los interiores de la Revolución Mexicana y pude compararla con la Rusa encabezada por Lenin. Discutíamos ideologías y concursábamos en ensayo histórico, cuento y poesía. Algunos compañeros, para estimular más el desarrollo cultural, formaron el Liceo Alfonso Reyes; José Agustín y yo el Grupo Pablo Neruda y el Jacinto Canek.

Peleamos públicamente por la devoción hacia figuras notables como Samuel Ramos, José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán. Comenzaba el prestigio de Juan Rulfo, Juan José Arreola y Carlos Fuentes. La beca del Centro Mexicano de Escritores era consagratoria.

Pensé que en esos años mi pasión política de joven izquierdista, admirador de Fidel Castro y Ernesto Guevara, se desarrollaría plenamente y triunfaría sobre la literatura. No fue así, me inscribí en la Juventud Comunista, ciertamente, pero también fue consolidándose lo que poco después, alrededor de 1965, mi generación literaria, la que Margo Glantz denominaría como “La Onda”, término que a muy pocos de nosotros nos gustó. Éramos, pienso, bastante más que jóvenes orientados por modas de supuesta rebeldía, unidos por el rock y con cercanía con las drogas. Sólo pensemos que hace dos años, uno de nosotros, justo José Agustín, obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

Mi camarada y yo nos hicimos novios de dos encantadoras jovencitas, menores que nosotros y muy rápido contrajimos matrimonio. Con Margarita él y yo con Rosario. Con ellas seguimos luego de 54 años de conocerlas en la prepa 7.

Como nos gustaba la política estudiantil, hicimos una planilla y me correspondió ser el presidente de la generación fundadora de ese plantel. Agustín, por cierto, fue mi secretario de cultura. Era magnífico hacer tareas para los estudiantes, nuestros compañeros. Con muchos polemizamos porque los veíamos como derechistas o priistas, a los de origen panista los hacíamos padecer. Apoyados en el liberalismo del siglo XIX y en las ideas de las revoluciones rusa y cubana, los molíamos a palos. Salvador López Mata, quien luego sería un destacado abogado dedicado a la docencia en derecho, excelente orador y con cualidades de actor (había estudiado teatro con Ignacio López Tarso), los tenía aterrorizados. Cuando EU propició la invasión a Cuba, salimos a las calles a protestar y cerramos las puertas del plantel en señal de protesta.

Los mejores años de mi vida los pasé en la prepa 7. Recuerdo mis primeros discursos, mis conferencias iniciales. Mi romance con Rosario. Mis primeros pasos como militante marxista, el baile de fin de cursos en el salón Riviera. Casi estoy seguro, no lo he conversado con José Agustín a pesar de lo mucho que hacemos nostalgias del bachillerato, que allí está la cuna de nosotros como literatos y como generación, aunque nuestra amistad era anterior. Así lo escribí en mi libro Antigua grandeza mexicana, memorias del ombligo del mundo y así lo he dicho en diversas entrevistas. En los patios del viejo palacio escribíamos y leíamos las novelas que aparecían desconcertándonos como Lolita de Nabokov o los producidos por la Beat Generation.

Inolvidable época. Fracasé en oratoria, entonces todavía de moda, pero gané en cuento y ensayo histórico. Invitamos, según las costumbres de esos años, al general Lázaro Cárdenas a apadrinar la generación. No podía por compromisos previos de alta política. En su lugar estuvo su hijo, Cuauhtémoc Cárdenas y la ceremonia fue en el hermoso Auditorio Simón Bolívar de la prepa 1.

La primera vez que José Agustín y yo recibimos juntos un homenaje, fue en la prepa 7, en su actual sede de La Viga. Fue emotivo. De un lado pusieron su foto y del otro la mía, debajo de cada una de ellas estaban nuestras respectivas bibliografías y un auditorio pleno, muy emocionado porque dos de sus egresados habían, eso imaginaban, llegado lejos.

Quizás un buen día, escriba una novela sobre esos años que me conformaron absolutamente y que parecen ocurridos ayer.

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