Tantadel

febrero 07, 2014

De literato a vagonero

Nunca fue mi intención ser rico, no quise ser político y obtener recursos ilimitados, por los empresarios siento un desdén infinito. No me imaginé entibiando una curul y la verdad es que estuve una vez en Los Pinos, cuando me entregaron el Premio Nacional de Periodismo y me aburrí enormemente. En cambio, he disfrutado escribir, hacer periodismo crítico y desde luego dar clases. Comencé muy joven en la UNAM, en la entonces Escuela de Ciencias Políticas y Sociales y cuando apareció la UAM, como un atractivo proyecto educativo, me mudé de casa. Cumplo, como la institución, cuarenta años y cincuenta en total como profesor universitario. Hace unos tres años, la UAM me honró haciéndome Profesor Distinguido, uno de los mayores reconocimientos que concede.

De eso vivo, de la academia y algo obtengo del periodismo, entre ambas tareas subsisto medianamente. De las letras, mi principal vocación, apenas obtengo unos cuantos ejemplares como pago y a veces, muy de vez en cuando, alguna paga raquítica. Alguna vez le pregunté a Juan Rulfo y a Fernando del Paso cómo vivían y en ese momento me dijeron que no de su inmensa literatura, sino de otras tareas. Del Paso me dijo que había que ceñirse el cinturón. Rulfo que ganaba más en el antiguo Instituto Nacional Indigenista que como autor de dos libros claves del castellano. De la literatura, una treintena de libros, nada en efectivo percibo. Lo juro.

No puedo seguir como estoy, pronto requeriré de hospitales, médicos y de enfermeras atractivas, soy afecto a la belleza femenina. ¿Cómo aumentar mis ingresos? Un amigo agudo me sugirió, avisa de tu próximo fallecimiento, te darán algunos premios, es usual. México efectivamente tiene culto a la muerte y favorece a los amigos desahuciados. Todos moriremos, respondí. Lo sé, añadió mi sarcástico colega, pero anticipa una muerte cercana y dolorosa. Los conmoverás.

La idea me atrajo, pero la deseché por dramática y falsa. En las páginas de La Crónica hallé la solución a mi necesidad de mejorar mi situación económica: ser vagonero en el Metro, entrar agresivamente con una mochila-tocadiscos, molestar a los usuarios y apalear a quienes no acepten mi ruidosa música. Las ganancias son muchas y allí es posible vender, entre los apretujados y pacientes pasajeros, toda suerte de objetos inútiles, piratería, desde luego china, hasta pedir limosna y cantar boleros y rancheras. Sin embargo, pensando en que Mancera prometió retirarlos y meterlos en orden, evitar sus excesos, dudé del nuevo oficio.

Sin duda la variante más atractiva de la informalidad es la venta ilegal del ambulantaje, la más agresiva. Te adueñas de una esquina y listo, basta poner un puesto metálico, suprimir la vegetación y el paso de los transeúntes, tirar basura y hacerte rico sin pagar impuestos y tomar la energía eléctrica de cualquier cable. Los vagoneros están mejor organizados y hasta cursos de karate toman. Inútil es decir que Derechos Humanos los protege.

La información típica de la gestión de Mancera, me indicó que lo hiciera, que en los ratos libres que me deja la cátedra, me convirtiera en vagonero. Luego el GDF le ofrecerá a los vagoneros, a cambio de que dejen de joder al prójimo, viviendas, becas, locales en las estaciones nuevas, placas de taxis… posibilidades de empleo bien remunerado y ayudas hasta de 18 mil pesos para aquellos que desistan de agredir a quienes utilizan el Metro. La verdad es que aunque Miguel Ángel Mancera pierde popularidad por no defender a la ciudad sino a los que vienen de Oaxaca, Michoacán, Guerrero, a instalar campamentos, destruir monumentos y adueñarse de la vía pública, a los vagoneros sí les cumplirá. Estoy seguro. Y lo estoy porque le encanta ser popular, le gusta la frivolidad, el deporte, las buenas acciones entre comillas. En especial porque le molesta, como buen doctor en Derecho, violar o irrespetar las leyes. Todo en defensa de una imaginaria sociedad ideal, donde las minorías hacen lo que les viene en gana y las mayorías aceptamos resignadamente marchas, plantones, agresiones, destrucción… Pero, ah, los cambiantes políticos nacionales. Hace dos días el gobierno capitalino dijo que todo era falso, una invención de los ambulantes y vagoneros. O se retiran o los retiran. Me sentí triste.

Mi amigo me había dicho: Ten cuidado: vas a sacar dinero de tu bolsa izquierda para pagarle a la derecha. Te lo explico mejor. Con lo que ganas como profesor, es decir, con tus impuestos, le pagan a los vagoneros, a los ambulantes y a todos aquellos que instalan campamentos en el DF. Piénsalo. Claro, respondí, los recursos que utilizará Mancera para dizque imponer las leyes y darle algún respeto a la sociedad capitalina que votó masivamente por él, provienen de los impuestos y no de su propio bolsillo.

Así las cosas, lo mejor será mantenerme en lo mismo. Seguiré dedicado a la docencia y a la investigación y a tratar de vender mis libros. No obstante, ahora detesto más a los vagoneros, los que han podido obtener el respeto del GDF, mientras nosotros seguimos padeciendo a los vendedores ambulantes dentro y fuera del Sistema de Transporte Colectivo. Eso se llama un gobierno ejemplar. Por ello, en Sudáfrica, Mancera fue largamente ovacionado, mientras los capitalinos padecemos una larga serie de problemas por falta de autoridad. Vaya decepción.

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