Tantadel

febrero 10, 2014

La diáspora española en México

El INBA publicó en 2011 un hermoso catálogo de 500 ejemplares. Se refiere a la exposición “Si me quieres escribir… Autores del exilio español en México” es una obra de nostalgias y recuerdos de épocas difíciles. Allí están los nombres de escritores e intelectuales, artistas, poetas, todos entrañables. Hombres y mujeres que llegaron a México dejando atrás proyectos de vida brillantes y los rehicieron entre nosotros. Pedro Garfías, Juan Rejano, Maruxa Vilalta, Pedro F. Miret, José Pascual Buxó, Emilio García Riera, Arturo Souto, Adolfo Sánchez Vázquez, Luis Rius, Tomás Segovia, León Felipe, Simón Otaola, Vicente Aleixandre, Manuel Durán, María Luisa Algarra, Ramón Xirau, Joaquín Díez Canedo, María Zambrano, Max Aub, Vicente Rojo, Manuel Andújar, Luis Buñuel, Alejandro Finisterre, Agustín Bartra, Simón Otaola, Manuel Altolaguirre, Juan Gil Albert, Juan Larrea, José Bergamín, Antoniorrobles, Rafael Alberti, Luis Cernuda, José Gaos, Concha Méndez, Ramón Sender, Federico Patán… y muchos más que vinieron a enriquecernos. A la mayoría los conocí personalmente. Unos fueron mis maestros, otros mis amigos, con unos más sólo intercambié palabras de afecto. De todos ellos, Juan Rejano fue amigo de mi padre, mío y mi maestro de periodismo cultural en su hermoso suplemento de El Nacional, Revista Mexicana de Cultura.

Si Juan José Arreola dirigió mis primeros pasos literarios, Juan Rejano me condujo por el mundo del periodismo cultural. Poeta de altos vuelos, militante comunista, combatiente que luchó de principio a fin en la Guerra Civil Española, era un personaje fino y delicado, culto, de notable penetración y generoso. Ayudó a multitud de jóvenes escritores y le proporcionó armas a quienes se acercaban a él en busca de una carrera periodística. Entre ellos, recuerdo a Alberto Dallal, Manuel Blanco, Humberto Mussachio… Y antes se habían acercado a él autores como Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco.

Como poeta, Rejano era magnífico, como periodista impecable y siempre cordial. Los sábados era día de entrega y asimismo de pago. Los jóvenes queríamos departir con los mayores, Rejano aceptaba una cerveza y se iba a trabajar a su inolvidable departamento en la Condesa. Hasta ese lugar fui muchas veces, él desgranaba nostalgias de España, de sus esperanzas de regresar y continuar el combate por sus ideas, leía algunos de sus hermosos poemas. Cuando murió, poco después del final de Franco, el Partido Comunista Mexicano nos encargó a dos militantes redactar una modesta biografía suya y una antología de su poesía. Apareció en la revista teórica del PC: Historia y Sociedad, entonces dirigida por Enrique Semo. Para mí, como para muchos otros, tanto españoles como mexicanos, fue algo injusto y doloroso. En su entierro, en el Panteón Jardín, habló Pablo González Casanova. Su larga lucha concluyó antes de tiempo.

El catálogo que contiene documentos, fotografías e información sobre todas esas figuras trágicas del exilio, es realmente un libro ejemplar y necesario para mantener vivo, entre nosotros y acaso en España, el recuerdo de esos luchadores-artistas que, derrotados, vinieron en su mayoría a vivir entre nosotros, a compartir su talento y a morir en tierra mexicana.

Juan Rejano está siendo rescatado y leído de nuevo en España. Gradualmente todos ellos vuelven a sus lugares de origen. Pero México fue su casa. En tal sentido, pocos como el poeta andaluz que dejó constancia en innumerables versos de su devoción por México.

El catálogo de esa exposición ya pasada, debería ser ahora un libro que circulara ampliamente para que las nuevas generaciones sepan de la magnitud de todos aquellos que Lázaro Cárdenas acogió. Ninguno dejó de darnos trozos de su vida, de su sabiduría. Ninguno. Unos enseñaron filosofía, otros nos adiestraron para editar bellos libros, suplementos culturales y revistas, unos más dejaron constancia de su paso por México con novelas, filmes, poemas, pinturas, y nadie dejó de darnos clases de alta moral política y artística, de valor y congruencia. Gracias a ellos y a su tesón, México mantuvo relaciones diplomáticas con una república que había dejado de existir gracias al brutal apoyo de las armas y las tropas fascistas. Los republicanos vinieron a hacer una reconquista de México, hecha con la fuerza de las palabras y del pensamiento. Prácticamente todos han fallecido, nos queda su inolvidable obra, su ejemplo de coraje y dignidad. Sin ellos, sin ese puñado que incluye también a científicos, profesores, simples trabajadores socialistas, comunistas o sencillamente republicanos, les debemos mucho. Fueron, además, representantes de una mayoría de españoles agradecidos con el apoyo que México les brindó en algunos de los peores años del siglo XX.

En Madrid, en la Feria del Libro, estaba platicando con Álvaro Mutis y de pronto descubrí que a pocos metros estaba el stand donde Rafael Alberti firmaba libros suyos. Lo acompañaba su última y bella esposa. Me acerqué, le dije Maestro, soy un escritor mexicano. Me miró, dijo algunas palabras de aprecio para nosotros y me puso su nombre en la obra poética.

Por fortuna, en España, no todo es corrupción monárquica, torpezas de los populares, hace poco presenté una novela mía en también en Madrid y buena parte del público habló con sincera gratitud del general Cárdenas y del país que recibió fraternalmente a los republicanos.

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