Tantadel

febrero 14, 2014

La vida y el amor entre lo viejo y lo nuevo

Los futuristas exaltaron la modernidad, las máquinas y la velocidad. Le cantaron a los automóviles y a los aviones sin darse cuenta que habían llegado para deteriorar más aún la ecología del planeta. Un “automóvil de carreras —afirmaban con seguridad poetas y pintores de esta escuela— es más bello que la Victoria de Samotracia”. Como tantos otros movimientos modernos, el futurismo se proponía borrar el pasado, exaltaba el rechazo a lo tradicional y miraba esperanzado el futuro. Detestaban, por obsoletos, a los museos, las bibliotecas, la moral y las tradiciones. Sin embargo, lograron expresar inteligentemente la simultaneidad de las sensaciones: “Un autobús se abalanza sobre las casas junto a las cuales pasa, mientras las casas, a su vez, se precipitan sobre el autobús y se confunden con él.” El fundador de dicho movimiento artístico fue Filippo Tommaso Marinetti, quien en 1909 publica el Manifiesto Futurista que tuvo adeptos en Italia, Francia, Rusia, y España. En esta última nación, Ramón Gómez de la Serna lo dio a conocer en 1910 mediante La proclama futurista a los españoles. En Rusia, Maiakovski lo impulsó desde la izquierda con una proclama más original aún: Bofetada al gusto del público, algo que derivó en una orientación estético-política que llamó futurismo comunista. Su admiración por el pensamiento de Marx y Lenin lo condujo a apoyar a los bolcheviques. A pesar de muchos de sus errores como movimiento (la adhesión, por ejemplo, de Marinetti a la guerra y al hecho de creer que era una medida social higiénica) consiguieron derrotar al academicismo y transformar la lírica. Yo diría que en especial Maiakovski quien obtuvo metáforas sorprendentes en obras como “La nube en pantalones”, “Vladimir Illich, Lenin” y “¡Bien!” Los soviéticos lo aclamaron como el poeta de la Revolución, pero las desviaciones de ese gran movimiento social lo condujeron al suicidio en 1930.

Poco después de los futuristas —que terminaron sus días afiliados a distintas causas políticas, al fascismo por ejemplo— apareció un personaje singular en el mundo del arte: David Herbert Lawrence: no perteneció jamás a grupo alguno ni a ninguna causa que no fuera la literatura, su propia literatura. Nacido inglés en 1885, muerto realmente joven a los cuarenta y cuatro años, en 1930 en Francia y enterrado en Nuevo México, nunca se sintió cómodo en las grandes capitales, prefería vagabundear en busca de estímulos más acordes con la naturaleza que amaba. El mundo industrial, la modernidad, le parecían chocantes y un freno aterrador a los instintos vitales del ser humano, particularmente en materia amorosa, donde hay todo tipo de candados y obstáculos. Padecía, para su desgracia, una profunda nostalgia por épocas remotas, cuando la vida silvestre reinaba. Pensaba, y así lo hizo notar en sus novelas, que el continente americano y Australia hubieran sido mejores sitios sin la presencia europea. Insistía: “No quiero  vivir más en esta época. La conozco y la rechazo. En cuanto me sea posible, quiero permanecer fuera de este tiempo…” Por ello redactó sin cesar novelas y ensayos sobre el amor y el sexo, exigiendo libertad para el placer y con la firme idea de que uno mismo debe crear su moral. Al respecto escribió: “Mi gran religión es una fe en la sangre, en la carne como más inteligente que el intelecto. Podemos errar en nuestras mentes, pero lo que la sangre siente y cree y dice es siempre cierto.”

Como respuesta, Lawrence encontró la censura a sus mejores libros y una absurda persecución que no lo abandonó ni siquiera muerto: sus libros siguieron siendo obstaculizados a pesar de los esfuerzos de admiradores como Aldous Huxley, mientras que sus críticos y detractores, algunos de la talla de T. S. Eliot, negaban de manera implacable sus méritos artísticos. Ignoro lo que pensaron los futuristas de la obra de D. H. Lawrence, quizá ni siquiera la leyeron (las luchas generacionales suelen ser torpes). Pero no me cabe la menor duda de que era la antítesis a sus conceptos, a su pasional enamoramiento de los avances de la técnica y la ciencia. En la frecuente pugna entre civilización y barbarie, el autor de la memorable novela El amante de lady Chatterly tomaba sin titubeos partido por la segunda, pues allí es donde está la energía de la vida y los mejores momentos de las pasiones, todas en estado natural, lejos del sometimiento civilizador. Es posible que el vagabundo inglés que no encontraba acomodo en ningún sitio a no ser en despobladas regiones, no haya creído en la belleza singular de un automóvil de carreras, pero tampoco en la de la célebre Victoria de Samotracia. Recuerdo una fotografía suya, tomada en un mercado de Oaxaca, alrededor de 1923, cuando escribía La serpiente emplumada, donde Lawrence observa maravillado primitivas vasijas de barro hechas por los indígenas de esa zona.

Lawrence miraba con suma agudeza el interior de los cuerpos humanos, algo que los futuristas parecían haber dejado de lado. Para él “la verdadera tragedia es la guerra interior que se libra entre los que se aman.” Tenía razón, la guerra entre hombres armados por una causa generalmente idiota, nunca llegará a ser tan dramática ni tan frecuente como aquélla que se libra en el espíritu de los amantes. Esto es algo maravilloso y antiguo; lo demás es por desgracia reciente y detestable.

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