Tantadel

febrero 17, 2014

Mi maestro Juan José Arreola

Juan José Arreola, lo escribió Emmanuel Carballo y lo confirmó Luis Leal: “Nació adulto para las letras, salvando así los iniciales titubeos. Poseedor de un oficio y de una malicia, dueño de los secretos mecanismos del cuento, rápidamente se situó en primera línea. Desarrollando contrastes, poniendo ejemplos —fábulas—, saltando de lo lógico a lo absurdo y viceversa, dejando escapar sigilosamente la ironía, Arreola ha venido construyendo un nuevo tipo de cuento...”.  Esto nos explica su perfección. En Juan José no hay inicios. En Carlos Fuentes se notan. No es lo mismo Los días enmascarados que Cristóbal Nonato. En cambio, hay la misma intensa calidad, belleza y perfección extrema en todos y cada uno de los cuentos de Arreola. ¿Qué ocurre entonces, por qué Arreola no fue la mejor carta nacional, lógico aspirante a los más altos reconocimientos del orbe? Una de las explicaciones podría ser por sus temas carentes, excepción hecha de La feria y de alguno que otro texto, de “nacionalidad”. Lo universal es su reino y no todos lo comprenden en un mundo aún marcado por fronteras y peculiaridades exóticas. Además, Arreola se empeñó en vivir dentro de moldes clásicos, los que evidentemente renovó al construir cuentos en los que un lector atento puede descubrir ecos de Swift, Ronsard, Schwob, Borges y La Fontaine, bien sazonados con tratamientos innovadores cuya autoría sólo le corresponden a Juan José Arreola. (Algo semejante a lo que hizo en poesía, partiendo de los clásicos griegos y latinos, el admirable Rubén Bonifaz Nuño). Otra razón bien pueden ser las dificultades que a veces sus cuentos imponen al lector, obligándolo a adentrarse en otras literaturas y a buscar la doble o triple intención de la fábula o la parábola.

Arreola fue un maestro en todos los sentidos: sabía más de los demás que de sí mismo, ahora estoy seguro, he podido confirmarlo con las relecturas y el recuerdo de sus largas conversaciones. Por tal razón se anticipó a sus críticos de aquella época y que hoy son sus más rendidos fanáticos. “La acusación tan reiterada que se me ha hecho de manierista, de amanerado, de filigranista, de orfebre, lejos de ofenderme, me halaga. Dentro de mi experiencia personal, incluso en mis textos juveniles hay algunos pasajes en los que reconozco que he conseguido mi propósito. Lo que yo quiero hacer es lo que hace cierto tipo de artistas: fijar mi percepción del mundo externo, de los demás y de mí mismo”.

Los críticos pedantes y los escasos lectores, en México, sin saber nada sobre los misterios de la creación, le pidieron a él y a Juan Rulfo más de lo que podían o querían dar y así contribuyeron a su silencio literario. Arreola, en todo caso, se salvó debido a que también era un escritor oral. Todos los días algún “exigente” pedía otra novela de Rulfo o el nuevo libro de cuentos de Arreola, sin saber de las dificultades estéticas y de los problemas sicológicos que los rodeaban. No todos son torrentes o ríos interminables. Con maestría y rigor, dueño de un talento excepcional, con una belleza agresiva y una calidad que sorprende y abruma, construyó una obra de modestas extensiones, sí, pero de una grandeza ilimitada. Arreola (así lo pienso porque lo he leído y observado desde mi juventud) no aceptó el muralismo, sino el cuadro de caballete, las miniaturas. No quiso ser Beethoven o Wagner, sino Chopin, List o el Paganini de los Caprichos, no el de los conciertos. Ambicionó escribir cuentos irrepetibles, textos de un virtuosismo maravilloso y lo consiguió. Dudo mucho que se haya propuesto alguna vez redactar la fatigante novela-río que a Vargas Llosa o a Fuentes tanto les deslumbra. Fue desde sus orígenes a la precisión, a la economía verbal, a las más hermosas imágenes, porque Arreola, que bien utilizó la prosa, interiormente fue un poeta perfecto. Lo sabemos porque sus citas más recurrentes son versos, a veces dichos en español, otras en francés y otras más en inglés o en italiano. Él dijo: “Tal vez mi obra sea escasa, pero es escasa porque constantemente la estoy podando. Prefiero los gérmenes a los desarrollos voluminosos, agotados por su propio exceso verbal.” Adelante precisó: “He escrito poco porque me limito a extender la mano para cortar frutos más o menos redondos. Sólo en casos muy contados he hostigado una idea. Los cuentos se me plantean como oleajes, ritmo, marea. Me gusta reflexionar en la necesidad de que las abstracciones se vuelvan concreciones, porque es una especie de nostalgia de belleza y de forma”.

Fue un espíritu original. Al contrario de lo que sus críticos afirman, no anticipó a Julio Torri ni fue epígono de Jorge Luis Borges o Kafka. Era un escritor perfecto al que las palabras le permitieron, como a otros los colores o los sonidos, hacer arte sublime.

Hoy nadie critica a Arreola. Ha entrado por méritos propios en la consagración, aunque sigue siendo un escritor de élites, de minorías. En el pasado fue acusado de extranjerizante, de no ser un espíritu nacional. Juan José respondió: “Yo me apoyo aparentemente en mi índole de mexicano, por eso mi lucha ha sido desesperada y algunas veces incomprendida. Incomprendida, porque es de buen gusto tacharme de extranjerizante; desesperada, porque me muevo dentro de un tipo de literatura en el que abundan escritores notables”.

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