Tantadel

febrero 24, 2014

Palabras en la UPAV (fragmento)

Si la UAM me convirtió, por decisión del Consejo Académico, en Profesor Distinguido, la Universidad Popular Autónoma de Veracruz (UPAV) me honra al otorgarme el primer Doctorado Honoris Causa que recibo. Me enaltece, llena de orgullo y conmueve, sobre todo si pienso que mi madre, maestra normalista, fue quien se empeñó en hacer de mí un lector de tiempo completo y no vio con desconfianza mi decisión de ser escritor de literatura. La recuerdo acompañándome con Iris, mi hermana, a recibir uno de mis primeros premios, el de Colima, concedido por la Universidad de tal estado conjuntamente con el INBA, o cuando estuvo a mi lado en Los Pinos al recibir el Premio Nacional de Periodismo de manos del Presidente de México.

No me vi jamás como político o alto y severo funcionario, me imaginé escribiendo historias fantásticas, me vi como opositor y crítico del sistema. Siempre contrastando con el poder. He visto al Estado como lo que es: un monstruoso Leviatán y no me gusta. Me preparé para ser marxista y quizás tenga mucho de anarquista, finalmente ambos caminos anhelan la extinción del Estado. ¿Dónde iba a caber una persona de mis características? Únicamente en las universidades públicas, hogares donde la libertad de pensamiento y cátedra es total. En ellas vivo, en ellas me he desarrollado. Cuando me notificaron que la UPAV me concedería el máximo honor que puede recibir un académico, un científico o un hombre de letras, ser Doctor Honoris Causa, me produjo una honda emoción. Más al ver que en las invitaciones las autoridades habían hecho imprimir algunas palabras mías que no recuerdo dónde pronuncié: “La única conclusión a que puedo llegar, después de andar rolando estos cincuenta años en la literatura, el periodismo y la academia, es que hay que replantear seriamente al país. No me pregunte cómo. No lo sé, porque ahora sólo soy una especie de dinosaurio atrapado en el hielo”.

De mi doble estirpe, Avilés y Fabila, soy más Avilés que Fabila. Entre mis familiares que del Estado de México llegaron al DF estaban connotados integrantes del fantasmal grupo Atlacomulco, cuando lo conformó Isidro Fabela. No vivían lejos del poder. Ésta no es mi intención. Yo sí he vivido distante del Príncipe. El primer Avilés que recuerdo, Gildardo F. Avilés, solía decir, entre ellos a José Vasconcelos, que él no era subordinado de nadie y sí insubordinado de todos. Prefiero esa conducta, me va bien. Pero conlleva riesgos. Por ello la obra de mi abuelo se ha perdido. Al gobierno veracruzano anterior le di un libro que pensé que valdría la pena reeditar (dado a conocer por la antiquísima Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística): la correspondencia entre el discípulo y el maestro, es decir, entre mi abuelo y el pedagogo Enrique C. Rébsamen, como ejemplo de los méritos del antiguo magisterio. No hubo reacción. Más bien indiferencia total.

Mi parte veracruzana parece dominar. Me subyuga el poema y la conducta aguerrida del poeta Díaz Mirón, quien se vanagloriaba de no inclinar ante nadie su frente. En México eso tiene un costo y se paga. Nunca he tocado puertas, pero las mías están abiertas. Me regocijó que el entrañable novelista Sergio Galindo editara dos libros míos en la Universidad Veracruzana, uno ilustrado por José Luis Cuevas. Cuando recibí la Medalla al Mérito Veracruzano no fue más que un acto de cortesía de un político a un ocasional compañero de estudios en Europa. La  UPAV fue más lejos al publicar una edición conmemorativa  de mi novela El gran solitario de Palacio, concebida durante la matanza de Tlatelolco que presencié, escrita en París en 1969 y publicada en 1970 en Buenos Aires. Luego de más de cuarenta años mantiene su espíritu crítico.

Mención aparte merece mi amistad con el narrador y ensayista Juan Vicente Melo, a quien vi por última vez en esta ciudad. Cuando en 1967, los intelectuales de mayor peso criticaban con ferocidad mi novela contracultural Los juegos, él se atrevió a defenderla y a mencionar como importante el volumen de cuentos Hacia el fin del mundo, escrito con una beca del Centro Mexicano de Escritores, bajo la dirección de Juan Rulfo, Juan José Arreola y Francisco Monterde, publicado por el Fondo de Cultura Económica, junto a El ala del tigre, de Rubén Bonifaz Nuño, nacido en Córdoba, en un brillante ensayo que apareció justamente en el suplemento dirigido por Fernando Benítez.

Sobrevivo insumiso en el capitalismo salvaje elegantemente llamado neoliberalismo. No he olvidado el pensamiento de Marx, quien señalaba el flujo y el reflujo como si fueran parte de la dialéctica materialista, una imagen. Como el mar, las ideas socialistas van y vienen. Se derrumbó una mala puesta en escena, no lo fundamental del poderoso intelectual que dijo, osado y seguro, algo magnífico: Hasta hoy, los filósofos han querido explicar el mundo, yo quiero transformarlo. La idea, hermosa y atrevida, sigue esperando.

Deseo agradecer públicamente a la UPAV su gesto de hacerme Doctor Honoris Causa. No se ha dejado llevar por la corriente que premia y vuelve a premiar a no más de cinco escritores cómodos a los medios de comunicación y al sistema político. Lo agradezco sinceramente, de corazón.



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