Tantadel

febrero 12, 2014

Recuerdos de Andrés Henestrosa

Andrés Henestrosa fue afortunado: pudo llegar a los cien años con buena salud y con sus talentos literarios intactos, rodeado de cariño y admiración. De principio a fin fue un hombre dedicado a las letras: agudo lector; en el cuento y el periodismo fue excepcional. Amante empeñoso de la brevedad, sustituyó el exceso de trabajo con distinguida calidad. No olvidaré la impresión que me produjo leer sus primeros textos: Los hombres que dispersó la danza y Retrato de mi madre. Más adelante, ya acostumbrado a leer sus artículos periodísticos, tuve la fortuna de conocerlo personalmente. Fue entonces que supe de un hecho asombroso: Andrés había bebido con mi abuelo, con mi padre y luego lo hizo conmigo. Alguna vez publicó en un artículo el dato con toda precisión y alarde de memoria.

En uno de los muchos homenajes que le dieron a lo largo de su vida, recordé que mi maestro Henrique González Casanova contó que Andrés había aprendido el castellano en plena adolescencia, después del zapoteco y el huave y que por tal razón lo manejaba con cuidado, delicadeza y originalidad. Pero si tanto nos impresionaba su forma de escribir, de depositar cuidadosamente las palabras en la hoja blanca, no podemos dejar de lado su parte oral, la manera en que hablaba, con asombrosa elegancia y pulcritud, poniendo invisible puntuación al final de cada frase. Recuerdo una larga intervención suya en la UAM-X para destacar la obra plástica de Raúl Anguiano. No traía siquiera apuntes; apoyado en su prodigiosa memoria, Andrés fue construyendo una pieza oratoria magistral que bien pudo ser un texto literario una y otra vez corregido.

Henestrosa supo rescatar el género epistolar para dejar testimonios de amigos y personajes admirados. Sus cartas a Griselda Álvarez o a su esposa o a Martha Chapa son pruebas inmejorables del dominio de un autor por un género complejo si se trata de dejar huella. De inmediato se convirtieron en páginas memorables de nuestra literatura y lo mismo ocurre con su periodismo: literatura rápida, inquietante, muy pensada y mejor escrita.

En una ocasión, Andrés Henestrosa, ante un grupo de amigos que lo reconocíamos como un maestro de la literatura, nos dijo: “Sólo soy un indio de Ixhuatán que vino a la capital, si algún mérito tengo está en el periodismo y en algunas páginas de relatos…”. Desconcertante modestia, falta de arrogancia y vanidad del escritor juchiteco, un literato y periodista que obtuvo la beca Guggenheim, el Premio Internacional Alfonso Reyes, la Medalla Belisario Domínguez y el Premio Nacional de Ciencias y Artes, entre muchos otros, que tuvo el privilegio de vivir en la calle que lleva su propio nombre, su forma afable y sincera de saludar a pequeños comerciantes, indígenas, campesinos sin tierra o a escritores afamados, siempre en un mismo estilo afable, sencillo y juguetón, ocultando con inteligencia su inmensa sabiduría, algo imposible en el campo del arte.

Las últimas fotos suyas que vi, de Joaquín Ávila, muestran al hombre lleno de vitalidad, juguetón, sonriente, mirando sus papeles, escribiendo, tomando una copa (o dos), con sus más cercanos amigos como Alí Chumacero, José Luis Martínez y Carlos Illescas, o en su biblioteca con jóvenes oaxaqueños de talento literario o plástico, en la calle, en una hamaca, semidesnudo en un río oaxaqueño, rodeado de bellas juchitecas. Es el muestrario de un hombre al que no le pesó el siglo de intensa vida. Andrés le cantó a la alegría, a la amistad, a las letras y a su tiempo, a las mujeres que conoció y amó, a los amigos que quiso. No deja de asombrarme el respeto conquistado por una larga y fructífera existencia de creaciones sin par. Lo veo aún fuerte, bien plantado, reconocido como un gran escritor aún por sus enemigos.

Releo sus libros: no cabe duda, su talento literario lo hizo acreedor a eso y a más. Andrés está en la historia, no únicamente de la literatura, pues no olvidemos que ha sido un hombre con una marcada preferencia política, que fue diputado y senador.

El mundo de Andrés, el literario y el político, prácticamente ha dejado de existir, se desvanece gradualmente ante el paso de nuevas voces y otras presencias. Sin embargo, es posible anticipar que el Andrés Henestrosa, el hombre que recogió los sentimientos de su tierra para ponerlos ante nosotros utilizando un lenguaje aprendido tardíamente, ya tiene un sitio asegurado en sus mejores páginas. No sólo sus contemporáneos lo auguraron, las siguientes generaciones lo han confirmado. Andrés Henestrosa estará en nuestro arte y nuestra cultura, tan vivo y talentoso como lo estuvo más de cien años, desde que comenzó en San Francisco Ixhuatán, Oaxaca, en 1906 una vida portentosa, llena de logros y buena fortuna.

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