Tantadel

febrero 05, 2014

Se busca Constitución

Por allá, en los muy lejanos tiempos de mi adolescencia, el tema favorito para discutir entre jóvenes progresistas y partidarios de lo establecido era la validez de la Revolución. Eran, en efecto, otros tiempos. Entre nuestros abuelos los había maderistas, villistas o zapatistas, los había carrancistas y obregonistas. La discusión se centraba en una interrogante: ¿sirvió para algo, o no, el movimiento social? Los que pronto serían parte de la clase gobernante, se desgañitaban elogiándolo. La primera gran revolución social del siglo XX, anterior a la rusa. La mejor Constitución del orbe. Era como discutir la existencia de Dios. Algo inútil. Allá los que creen en deidades, allá los que descreen por razones científicas.

Como todavía la lucha de caudillos nos dividía, los elogios iban dirigidos a la carta magna. Para todos era la perfección andando, pero para los que teníamos un espíritu crítico veíamos que toda su perfección tenía un defecto: pocos la tomaban en cuenta, el artículo tercero era irrespetado, el 27 casi letra muerta. Así llegamos al fatídico 1968. Con una Constitución perfecta que los gobernantes citaban y volvían a citar y ninguno la consideraba. El gran documento, realizado en 1917 por un grupo de hombres generosos y osados, servía para los discursos de tono heroico y adjetivos grandilocuentes.

Hoy muchos nos preguntamos: ¿cuánto resta del documento (perdón, no resisto la cursi imagen) regado con sangre y pólvora de oratoria barata? No soy jurista, líbreme Dios, en la Facultad de Ciencias Políticas llevé la materia Derecho Constitucional, pero afortunadamente poco recuerdo. Revisando las modificaciones que la pobre Constitución ha padecido, nos daríamos cuenta que es como Wikipedia, todo mundo le mete la mano. Veamos.

Reformas realizadas a la Constitución durante sus respectivas administraciones: Álvaro Obregón, 8; Plutarco Elías Calles, 18; Emilio Portes Gil, 2; Pascual Ortiz Rubio, 4; Abelardo L. Rodríguez, 22; Lázaro Cárdenas, 15; Manuel Ávila Camacho, 18; Miguel Alemán, 20; Adolfo Ruiz Cortines, 2; Adolfo López Mateos 11; Gustavo Díaz Ordaz, 19; Luis Echeverría, 40; José López Portillo, 34; Miguel de la Madrid, 66; Carlos Salinas de Gortari, 55; Ernesto Zedillo, 77; Vicente Fox, 31; Felipe Calderón, 110; y Enrique Peña Nieto, en un año, lleva 21.

Sumados son 573. La Constitución norteamericana, nacida más de siglo y medio antes que la mexicana, lleva unas 52 enmiendas y así funciona. Pregunto: ¿qué tanto nuestra máxima fuente de leyes conserva el espíritu de los constituyentes?

Cuauhtémoc Cárdenas ha hablado (quizás él no lo recuerde, pero hay registros por docenas) de formar un nuevo congreso constituyente, otros lo han secundado por razones seguramente distintas. En caso de que Cárdenas hubiera llegado a la Presidencia de la República, ¿cuáles artículos hubiera modificado y cuáles no y en cada caso cuáles serían las razones? ¿Hubiera alterado el relativo a la riqueza del subsuelo?

Si antes de 1968 la izquierda marxista clamaba por una constitución distinta a la que medio conocemos, hoy pide respeto a un documento que ha sufrido cientos de cirugías y miles de interpretaciones. O que cada mandatario ha manejado como le ha dado la gana. Pablo González Casanova, en su memorable libro La democracia en México, editado en 1965, nos brinda el número de iniciativas presidenciales que hasta el año en que publicó la obra, habían sido rechazadas por la Cámara de Diputados. Cero, ninguna. Su idea era probar el poderío del mandatario en turno, su omnipotencia. Hemos cambiado. Ahora, bajo la dictadura de los partidos políticos, todos proponen y vuelven a proponer, aportan las reformas propias a través de legisladores de poca monta y así la Constitución sigue sufriendo los embates de un lamentable sistema político.

Me parece que más que modificar otras mil veces la Constitución, México tendría que hacer un esfuerzo grandioso por cambiar de partidos políticos, por tener partidos decentes, inteligentes, democráticos y dueños de una amplia sabiduría política. Los cambios e interpretaciones constitucionales, como van, de poco o nada servirán. Cambios y más cambios a la carta magna y el país sigue igual o peor. Antes los políticos pensaban en la industrialización, por ejemplo, hoy están obsesionados realmente por el petróleo. Es la clave de nuestro futuro, la llave mágica que nos sacará del subdesarrollo, de la miseria. Suiza carece del llamado oro negro y no puede quejarse. Se le ve muy próspera. Nosotros abrimos el grifo y sale petróleo en lugar de agua, ¿y? Ya lo tuvo a plenitud el Estado, ahora ingresará capital privado. ¿Nos beneficiará el cambio? Lo dudo. Somos felices viviendo en el atraso. Nos encanta ver la buena salud económica de las potencias y luego regresar a la pobreza a sentir nostalgia por Francia, EU, España, Suecia, Dinamarca, Canadá, Inglaterra... Por último, pareciera que modificando a la sufrida Constitución se arreglan las cosas y de pronto, qué prodigio, oh, maravilla, pasamos a administrar, tal como lo dijo el inaudito José López Portillo, la abundancia.

El original de la Constitución reposa en un adusto, hermoso y discreto museo situado en Chapultepec, allí está bien: si alguien lo saca y lo compara con la nueva edición, podrá sufrir un infarto. O simplemente, se pondrá a llorar.

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