Tantadel

febrero 19, 2014

Yo, como doctor Honoris Causa

Cuando a principios de 1969, todavía golpeados por la represión draconiana del 2 de octubre, Rosario me anticipó que estaba lista para hacer sus estudios de doctorado en la Universidad de París, yo no tenía contemplado tal escenario, estaba por escribir mi novela El gran solitario de Palacio, señalando al sistema político mexicano, y no sólo a Díaz Ordaz, como responsables de la masacre. ¿Y qué hago yo?, dije desconcertado. Apresurarte, respondió impasible.

Carecía de interés para ser doctor en ciencias políticas, la especialidad que había estudiado en la UNAM, en la ahora Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Ante la decisión tomada, decidí acelerar mis posibilidades de sumarme a Rosario, le pedí ayuda a don Agustín Yáñez e hice los trámites adecuados. Ya en París, y luego de varias clases en las que descubrí más lugares comunes que novedades, opté por escribir únicamente cuentos y novelas. En ocasiones iba a clases y pagaba algunas materias para no perder la beca.

París, lo dijo Hemingway, era una fiesta. Como estudiante, la Sorbona daba posibilidades para viajar a bajo costo, comprar libros, entrar gratis o a muy bajo costo a museos, salas de concierto y teatros. Rosario concluyó su complejo doctorado de tercer ciclo, según la terminología de aquellos tiempos y regresamos a México luego de intentar quedarnos a vivir definitivamente en Francia. No era fácil obtener empleo allá y el nivel de vida se nos anticipaba difícil y muy cuesta arriba.

Rosario llegó a México convertida en doctora en Economía y yo con varios libros bajo el brazo. En París escribí por lo menos tres y los publiqué en Argentina y Cuba. Mi carrera académica ha ido de la mano de la literatura y el periodismo, lo saben mis escasos lectores. Así que mejor armado que otros, me concentré primero en la UNAM y enseguida en la UAM, donde llevo cuarenta años como docente. Fue en esta última institución que aparecieron los primeros grandes homenajes a mi trabajo. Más adelante, el Colegio Académico me hizo Profesor Distinguido, un alto honor.

En estas mismas páginas he relatado en distintos momentos los honores y reconocimientos que les debo a las universidades públicas, son muchos y muy altos. Me considero, pues, obra suya. Tanto la UNAM como la UAM y, asimismo, las de Colima, Nuevo León, Puebla, Hidalgo y Tabasco me han otorgado palmas inmerecidas. Pero ahora, luego de que en la UJAT me dieron el Premio Malinalli, la Universidad Popular Autónoma de Veracruz, la UPAV, me concederá el Doctorado Honoris Causa dentro de unos días, el sábado 22 en Xalapa. El rector, doctor Guillermo Héctor Zúñiga Martínez, me lo hizo saber. Me acompañarán en dicha ceremonia solemne, María Luisa Mendoza y el doctor Javier Aranda Luna, quienes hablarán sobre mi trabajo literario, periodístico y académico. Cincuenta años en esas tres tareas o vocaciones. Entre los invitados de honor se encuentran rectores de universidades públicas e intelectuales solidarios con mi trabajo.

Realmente me siento emocionado, conmovido. Jamás me imaginé obtener tal grado simbólico. Sin duda trataré de externar mis sentimientos encontrados en la entrega, cuando me corresponda el uso de la palabra. Para redondear el acto, la UPAV ha llevado a cabo la edición conmemorativa de mi novela sobre el 68, El gran solitario de Palacio, prologada por el distinguido académico, cientista político, Ricardo Yocelevsky y con epílogo del escritor Mario Saavedra.

Imagino que si antes me esmeré en las clases que impartí, luego de esta distinción, deberé poner mayor esfuerzo, pese a que nuevas tareas me han alejado un tanto de la docencia, no de la UAM. La rectora, doctora Patricia Alfaro, me ha designado titular de Extensión Universitaria de la UAM-Xochimilco y en ello debo concentrarme. La joven institución cumple 40 años de edad y es un modelo alternativo, una manera importante de investigar y una más de esparcir la cultura.

No acabo de digerir lo que significa ser doctor Honoris Causa. ¿Mayor seriedad, más amor a la academia y a las letras, un más alto esfuerzo en el periodismo y en serle útil a la sociedad? Lo ignoro o tal vez mi nueva obligación es esforzarme más en todas las tareas que llevo a cabo. Lo pensaré detenidamente. Por ahora estoy satisfecho, llegué a ser doctor sin tanto estudio como Rosario mi esposa, que se esforzó más de tres años en París y tuvo que redactar una voluminosa tesis de unas 300 páginas en francés y defenderla ante un severo jurado de profesores de altísimo rango siendo una joven mujer.

Me limitaré a escuchar a mis colegas, a explicar lo que supongo son mis méritos literarios, periodísticos y académicos y a gozar de un grado que no obtuve en las aulas, sino en gabinetes de trabajo, en soledad, escribiendo libros, novelas, cuentos, multitud de artículos que me fueron útiles para impartir clases a jóvenes llenos de sueños personales y sociales. Como yo lo fui y como sigo siéndolo.

Desde estas páginas de La Crónica, que me han dado oportunidad de escribir sobre los más diversos temas, le agradezco sinceramente a la comunidad que conforma la UPAV, a su rector Guillermo Héctor Zúñiga Martínez, la alta distinción que me han conferido. Gracias.

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