Tantadel

marzo 07, 2014

El Presidente y su partido

El PRI, lo sabemos sin ser politólogo, depende íntegramente de la voluntad del presidente, es parte de sus antiguos poderes. Es su brazo electoral y a partir de ahora podría ser algo más. El mapa político de México ha sufrido modificaciones, ninguna sustancial, pero a partir de estos días algo quedó evidente: el partido seguirá bajo la mirada atenta del Ejecutivo. Si antes Ernesto Zedillo, producto de la casualidad, de un infortunado accidente, deseaba la distancia con el partido que lo llevó al poder, hoy la experiencia ha mostrado que es un error. Al alejarse del organismo que le permitió obtener una altísima votación, ya en momentos en que la sociedad mexicana buscaba modificaciones profundas, el PAN, manipulado por un hombre de escasas luces, Vicente Fox, pasó por encima del PRI y de su candidato Labastida.

El PRI se vio por vez primera derrotado, aparatosamente, tendría que batallar doce años para recuperar la Presidencia. La consiguió a pesar de diversos obstáculos, ahora más puestos por una izquierda de dudosa legitimidad que por la derecha. La experiencia estaba clara: el PRI no podía dejar solo a su presidente, quien a su vez, necesitaba vivir estrechamente vinculado a su partido. Son el binomio adecuado para ejercer el poder. Por separado no irán muy lejos.

Las críticas a la antigua religión de unidad fervorosa entre el primer mandatario y su sector electoral, el partido, carecen de sentido. En términos generales, los partidos triunfadores tienen estrecha relación con el presidente o primer ministro. En México, los jefes de gobierno de la ciudad capital, mantienen una cerrada relación afectuosa. Se necesitan para mantener el poder y ello es esencial. Mancera ganó merced a un partido y por tal razón estarán juntos hasta el final. Obama no está lejos del Partido Demócrata, tampoco Bush estuvo del Republicano. Por ello no me sorprende que Peña Nieto quiera sentirse arropado por el PRI y el muy desprestigiado partido, requiere de alguien más o menos novedoso, para mantener su potencial y quizás aumentarlo.

Luis Donaldo Colosio, antes de ser asesinado en medio de la gritería provocada por la rabia de Manuel Camacho y Marcelo Ebrard, veía fuerza en el partido, su potencial le parecía indispensable para conquistar la presidencia y posiblemente modificar el rumbo de un país que veía desesperado y con notables desigualdades. Si Peña Nieto y el PRI han tomado la decisión de caminar juntos, está bien, no le veo mayor problema, comparten historia y proyectos, lo único que se le pide al primero es que tenga claro que además de ser priista sincero, sea el mandatario de una sociedad plural, en la que muchos no votamos por él ni tenemos coincidencias con su partido. Al contrario, los desencuentros son muchos y bien razonados.

Por ahora México regresa a la antigua rutina, el presidente dice y hace y el partido lo sigue con fidelidad. El peligro que le veo a esa rutina es la probable desaparición de una relación que debe ser, sí de afecto y solidaridad, pero que no debe perder de vista el espíritu crítico. No es posible volver a la vieja historia del presidente que preguntaba la hora y un empleado perruno respondía la que usted quiera, señor.

El PRI ha cumplido 85 años de edad, gobernó libre y autoritariamente la mayor parte del tiempo, sin contrapesos, sin crítica ni autocrítica, con plena complacencia. Es tiempo de modificar la relación. Es natural que estén cerca, lo que no es que el añoso partido sea incapaz de llamarle la atención cuando el presidente pierda el rumbo de los proyectos trazados.

Camacho Quiroz está seguro de que el futuro les pertenece. El PRI cuenta con Los Pinos, 20 entidades federativas, y tiene mayoría en las cámaras de Diputados y Senadores. A su lado PAN y PRD se desmoronan, Morena no acaba de crecer, el caudillo envejece malhumorado y sin mayores apoyos. El futuro es promisorio. Pero ante una sociedad cada vez más atenta a las fuentes de sus problemas, el PRI no tiene el riguroso control del país. Dependerá de sus movimientos y de los resultados. Los priistas creen que todo marcha bien, existen amplios sectores de la población que no compartimos esa visión.

El PRI sigue estructurado al viejo estilo, pero sus brazos tradicionales como la CTM, la CNC o la CNOP son meras falacias, cadáveres insepultos. No tiene forma de recuperar el DF más que aliándose con el PAN, feroz enemigo, más aparente que real. Sus siglas nada dicen ya y la “R” sale sobrando, de revolucionario nada conserva. Sus cuadros no nacen de la base, no son dirigentes naturales, la mayoría son imposiciones, premios a los amigos. Los mejores “militantes”, no son los que comparten el trabajo colectivo, sino los cercanos al presidente. Ellos se reparten los altos mandos. ¿Y las bases y aquellos que no perdieron la fe luego de dos rotundas derrotas? Tal partido necesita cirugía mayor, es el momento de entrar a la sala de operaciones. Es sinónimo de autoritarismo y ausencia de democracia. ¿O sigue suponiendo que es el presidente el único salvador? La incapacidad política y las desmedidas ambiciones materiales de sus opositores, contribuyeron a su nuevo encumbramiento. Que no imaginen que el país empieza y acaba con el PRI.

Es de esperar que así como han aceptado su amor mutuo, tanto uno como otro piensen más en la sociedad que en ellos.

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