Tantadel

marzo 26, 2014

Los partidos y la cultura

En 1975, el Fondo de Cultura Económica publicó un libro significativo, sobre todo si se considera que lo editaba una empresa estatal y que la represión y persecución de la izquierda mexicana, particularmente de los grupos guerrilleros, en ese periodo sexenal, el de Luis Echeverría, había sido intensa. El libro se titula Los partidos políticos de México y, junto al PRI y al PAN, estaban presentes el Partido Comunista Mexicano y el Partido Popular Socialista. Por el PC hablaba Arnoldo Martínez Verdugo. En su participación hacía un recorrido por la larga y difícil historia del comunismo mexicano. Entre sus páginas se encontraba un capítulo en el que vale la pena detenerse: “Por una educación democrática y socialista. Acceso de las masas a la cultura y al arte”. Es probable que el texto hoy parezca simple. No obstante, refleja el esfuerzo de la izquierda comunista por darle al país un amplio proyecto cultural. La revolución socialista (se supone) resolvería la crisis de la educación y los problemas del arte y la cultura. Se hablaba de un Estado revolucionario que nunca llegó y por el que cientos y cientos, miles, sufrieron persecuciones, cárceles y aun la muerte.

La obra precisaba lo siguiente:

“El acceso de los trabajadores y el pueblo a la cultura y el arte es una necesidad del desarrollo social. El Estado revolucionario tiene el deber de poner los medios principales de difusión al servicio de los trabajadores para ese fin, impidiendo que sigan siendo, como lo son hoy, medios de manipulación ideológica y degeneración cultural y social en manos de la oligarquía y del capital financiero internacional. Una medida indispensable en este sentido es la nacionalización de la radio y la televisión.

“La nacionalización de la radio y la TV y las tres formaciones en la educación, abrirán un amplio campo a las actividades culturales, a las manifestaciones artísticas en general. Los intelectuales y artistas, hoy sometidos al mercado de elites, encontrarán múltiples canales para relacionarse con las masas. Serán éstas el mejor sostén de la creación, la ciencia, las artes y las letras. De esta relación nacerá un sistema de cultura popular ?centros destinados a la formación y difusión cultural y artística? que será impulsado y desarrollado con todos los medios de que disponga el Estado.”

Subyace en el texto de Arnoldo la idea de darle a las masas trabajadoras un arte y una cultura de alto rango, sin caer en las formas elementales contrarias, como es, por ejemplo, que el arte baje su nivel para que sea comprensible a la mayoría. Tampoco se encuentra allí, aunque fue siempre objeto de polémica, la intentona de darle al arte un contenido político y una dependencia total de los intereses del partido y del Estado. Los escritos marxistas como los de Adolfo Sánchez Vázquez y de personajes de la talla de Trotski siempre impidieron que esa atrasada postura se llevara a cabo. Finalmente, no deja de ser interesante que cuando Ediciones de Cultura Popular, empresa del PCM, publicó una antología de autores comunistas militantes, muchos de ellos seleccionaron textos de literatura fantástica, la que a nivel de la Unión Soviética no era bien vista. Recordemos la obra de autores como Kafka, Joyce y Proust, todas consideradas decadentes, o al menos contrarias a los intereses de la clase obrera. Estas posiciones encontraron su peor momento cuando en la Casa de las Américas, en sus años más radicales, decidieron excomulgar a Jorge Luis Borges por su conducta política, olvidando sus altos méritos literarios, por el hecho de que su literatura constituye una auténtica revolución artística.

Las palabras de Martínez Verdugo, de muchas maneras, encierran una larga historia: la de un partido que se preocupó por las artes y la cultura porque en su formación en 1919 participaron numerosos intelectuales y artistas. Para desgracia del PCM, lo que nunca tuvo fueron masas obreras. El balance final fue anticipado por José Revueltas en un libro doloroso editado en 1962, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Sin embargo, en la parte estética, el viejo PC mostró mayor coherencia que otros organismos similares. Siempre existió la idea de definir políticamente la línea cultural, darle un amplio sentido social y poner las mayores expresiones artísticas al servicio del pueblo, de las masas trabajadoras. Entre los recuerdos personales de mis casi veinte años de militancia en dicho organismo, las tareas que el Comité Central nos asignaba en mi célula eran las de diseñar una política cultural. En este trabajo estuve cerca de personajes como Juan de la Cabada y Raquel Tibol. Lamentablemente las células de intelectuales y artistas eran inestables, el propio Comité contribuía a crear cierto desorden al cambiarnos de responsabilidades con rapidez y ligereza. Por ejemplo, de la célula de intelectuales y escritores me pasaron a una de periodistas centrada en el naciente diario Unomásuno y al poco tiempo me reubicaron en otra que nacía junto con la UAM-Xochimilco. De allí, por recomendación de Enrique Semo, pasé a formar parte del cuerpo directivo de la legendaria revista de análisis marxista del Partido Comunista, Historia y Sociedad, la que al final dirigí con Sergio de la Peña. Pese al caos de aquella época, el viejo PC no se limitó a albergar a grandes figuras como Rivera, Siqueiros, Revueltas y Juan de la Cabada, sino que realmente intentó ser un partido con un proyecto cultural distinto, acorde a las ideas marxistas que pregonaba.

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