Tantadel

marzo 28, 2014

Otro distinguido miembro de la generación Taller: Rafael Solana

La muy festejada generación Taller no estaba sólo formada por José Revueltas, Efraín Huerta y Octavio Paz, faltan otros, Alberto Quintero Álvarez, por ejemplo. Y alguien más que fue un famoso hombre de letras: dramaturgo, poeta, cuentista, novelista y periodista: Rafael Solana. El problema es que éste nació en 1915. De tal suerte que no ha estado presente con sus compañeros que nacieron un año antes. Unos meses y la fama se asusta. Esperemos que el año entrante, Rafael Solana reciba los justos homenajes que su trabajo exige. Imposible olvidar que él fue el eje de la revista Taller, que aglutinó a esa generación.

Rafael Solana nació veracruzano e hijo de un experimentado y famoso crítico taurino: Verduguillo. De allí, supongo de modo fácil, su afecto por la llamada fiesta brava. Él se dedicó a todo aquello que está vinculado a las letras: el cuento, la novela, el ensayo, el teatro y el periodismo. Ocasionalmente fue un eficaz funcionario, en donde destaca su desempeño como secretario particular de don Jaime Torres Bodet, cuando don Jaime era, por segunda ocasión, secretario de Educación Pública y trabajaba en grandes conquistas nacionales como la edificación de museos portentosos y en el libro de texto gratuito, una figura muy alta de la literatura y la función pública en México.

Solana escribió novelas espléndidas como El sol de octubre y La casa de la Santísima, pero fue un cuentista de excepción. Justamente como tal comencé a leer su faceta literaria que va más allá de relatos y novelas al incluir ensayos y poesía. A don Rafael le conocía por su amistad con mi padre. Ignoro cómo, cuándo y dónde se conocieron, pero entre ambos existía un cierto respeto. El de mi padre lo conozco y se debía a su estrecha relación con Torres Bodet, quien lo había apoyado durante la larga estancia del primero en París, a donde llegó, me parece, en 1951 ó 52, cuando don Jaime era secretario general de la UNESCO. Es decir, desde muy joven o tal vez desde muy niño, yo había escuchado el nombre de Rafael Solana. Lo primero que de él leí fue El sol de octubre, un libro que fue importante (lo dijo Gustavo Sáinz y lo han repetido muchas veces críticos serios) debido a su trabajo de prosa y a su estructura, pero fundamentalmente a que era una novela por completo urbana. Junto con La región más transparente de Carlos Fuentes y Casi el paraíso de Luis Spota, forman un trío de obras claves para que la literatura mexicana deje atrás su época rural. Ya estamos en una ciudad de México que velozmente se convierte en una megalópolis y sus problemas ya son otros y muy diferentes a los del campo.

Alrededor de 1967, quizá un poco antes, leí un libro suyo de historias breves: El oficleido y otros cuentos, y sobre este libro redacté mi primer trabajo dedicado a Rafael Solana. Debo añadir que en él exaltaba su prosa narrativa y me pronunciaba de modo contundente por su faceta de novelista y cuentista. Don Rafael se dignó a enviarme una generosa carta donde con humildad me agradecía el artículo (publicado en El Día de Enrique Ramírez y Ramírez, mi primera escuela periodística), pero con cordialidad me aclaraba que él era básicamente un hombre de teatro. En efecto, don Rafael amó al teatro con enorme pasión, igual que otro querido amigo suyo y mío, Luis G. Basurto quien se veía a sí mismo como “un soldado del teatro”. Solana le dio a la dramaturgia un acento muy especial y para ello escribió dramas y comedias de alta calidad tales como Debiera haber obispas, Los lunes salchichas y Pudo haber sucedido en Verona (premio Juan Ruiz de Alarcón, 1985). No le respondí, pero ése fue el pretexto para iniciar una cálida amistad que duró toda la vida.

Rafael Solana fue un periodista destacado que prefirió los espectáculos sobre la crítica política. No parecía interesarle o cuando se adentraba en los terrenos espinosos de la lucha política, era cauteloso como lo mostraba en sus artículos publicados en la legendaria revista Siempre! En esta publicación tuvo una sección, punto de referencia, como las columnas de otro estimable amigo,  Antonio Magaña Esquivel, en las que uno podía saber cuáles obras de teatro valían la pena o si un concierto había estado a la altura del prestigio del director de orquesta. Habrá que añadir que Solana fue un hombre parco en las condenas o críticas destructivas. Alguna vez le pregunté por qué solía ser generoso y me respondió con una historia atroz donde alguien se había suicidado debido a  la dureza de las críticas recibidas. Solana es la prueba de que Taller era una generación distinta, compleja, rica: Unos eran marxistas, otros anticomunistas y unos más estaban de acuerdo con el sistema imperante. Era pues una generación plural, un cordial grupo de amigos que al inicio tenía más afinidades que diferencias. Habría que estudiarlos bien y saber qué los separó tanto, aunque nunca dejaron de quererse y respetarse. Conservo el poema de Paz: “No pasaran”, editado en plena Guerra Civil de España, dedicado a Rafael Solana con afecto fraternal.

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