Tantadel

marzo 21, 2014

Yolanda Montes, Tongolele

La cultura popular mexicana ha seleccionado un puñado de grandes figuras para rendirles culto. Pertenecen a la mitología de un México perdido, de una ciudad masificada e insegura, terrible, que ha destruido sus palacios y jardines, cuyo pasado es ahora preservado por algunos con la nostalgia del paraíso perdido. Los mitos y las leyendas son un puñado entre los que destacan Pedro Infante, Javier Solís, Jorge Negrete, Cantinflas, María Félix, Agustín Lara y Tintán. Sólidas personalidades que subsisten en la memoria popular.

No todas han fallecido. Muchos de los mitos y leyendas viven. Señalemos a una mujer legendaria: Yolanda Montes, Tongolele, quien llegó a México en el sexenio de Miguel Alemán y lo conquistó con su enorme belleza, su rostro enigmático y su conducta más bien reservada. Sus bailes podían ser provocativos, sólo que sus movimientos cadenciosos (exóticos) y la ausencia de aires de coquetería y risas provocativas que caracterizaron a las llamadas rumberas, la protegían del escándalo.

Yolanda Montes comenzó en el Tívoli, según cuentan los historiadores de lo popular y en particular de una época maravillosa del México desaparecido. Mientras que las mujeres devotas y los hombres santurrones protestaban en nombre de la decencia a causa de sus bailes, ella entraba al cine. Han matado a Tongolele, Mátame porque me muero, El rey del barrio, Amor de locura y El misterio del carro exprés, entre muchas otras, pusieron a esta bailarina al alcance de los grandes públicos. Su fama creció y comenzó el mito. Yolanda Montes ha inspirado a intelectuales y poetas un gran número de historias y poemas. Efraín Huerta, Bonifaz Nuño y Salvador Novo fueron algunos.

Tampoco falta la cita de los críticos de cine. Emilio García Riera y Fernando Macotela, en su obra La guía del cine mexicano, se refieren a la primera película que filmara Yolanda Montes: Han matado a Tongolele, filme de 1948, de Roberto Gavaldón, con David Silva, Seki Sano y Lilia Prado. Dicen los críticos citados: “Comedia musical de ambiente teatral e intriga policiaca. Tiene el interés de mostrar en un papel principal a la bailarina exótica Yolanda Montes, Tongolele, que hizo furor (con toda razón) en el teatro frívolo.” Y refiriéndose al filme clásico de Tintán, El rey del barrio, explican lo siguiente: “Entre las muchas escenas graciosas de la película, cabe recordar una en la que Tintán baila un tango con la suculenta exótica Tongolele.”

La verdad es que Tongolele no le debe al cine su reputación, la deuda es con sus propios bailes y, desde luego, con su belleza excepcional: ojos verdes dentro de un rostro perfecto y un célebre mechón blanco. Su cara era y es enigmática y ello contribuía a desatar la imaginación de su público. Sin embargo, el cine sí contribuyó a ampliar su fama. La entonces pujante cinematografía mexicana recorría todos los países de habla hispana. Ello permitió que muchos actores y actrices, cantantes y bailarinas consolidaran su prestigio y de tal manera pasaran a la calidad de mitos, leyendas.

A Yolanda Montes la conocí en mi propia casa. Llegó a una comida acompañando a José Luis Cuevas y Bertha. Se trataba de una reunión en la que estaban pintores, músicos y escritores. La atención fue para Yolanda Montes. En algún momento, desconcertado por su inesperada presencia, no supe cómo referirme a la mujer leyenda y le dije Tongolele, con suavidad me corrigió, Yolanda, por favor. Establecido el acuerdo, tuvimos una espléndida reunión donde ella habló de algunos de sus secretos, de la manera en qué llegó a México y las diferencias entre las afamadas bailarinas como Lilia Prado, Ninón Sevilla, Amalia Aguilar, Rosita Fornés, Rosa Carmina, y ella.

Algunas de las mejores páginas que se han escrito sobre Yolanda están dentro del libro del periodista Arturo García Hernández, No han matado a Tongolele, prologado por Carlos Monsiváis, obra que llena un vacío y se adentra en la vida de la legendaria bailarina. La clave del éxito de la artista radica en lo siguiente, según yo: ha bailado fuera de lo común, no ha inventado cierto tipo de danza sino que ha rescatado los bailes folklóricos de todos los tiempos para entrar en contacto con la naturaleza y con dioses distantes. Eso explica la índole de su danza, ha retomado los antiguos (quizá primigenios) movimientos, sensuales y eróticos, valores supremos que vienen de lo más hondo de la historia y eso no es inmoral ni moral, es simplemente arte. La leyenda no se forma con simplemente mover el cuerpo. Otras mujeres, hermosas y talentosas como Tongolele lo hicieron y han sido olvidadas. Buscaban el erotismo, la excitación popular, mientras que Yolanda bailaba para complacer espíritus más complejos.

Yolanda Montes no estudió baile, es puro instinto. Sus pasos y movimientos los inventó o, mejor dicho, los tomó de milenarios ritos paganos, ritos de lejana sensualidad a la que hoy tal vez llamaríamos cachondería. No hay lujuria sino exaltación, la música es natural, proviene de elementos primitivos. Sirve a religiones más libres y deidades múltiples al servicio de comunidades que viven en permanente comunicación con la naturaleza.

Su belleza prosigue inalterable y sigue bailando ahora de modo ocasional. No lo hace para entretener sino para continuar esa comunicación que la hizo famosa entre los grandes públicos y mantener vivo su diálogo con millones de personas que han visto en ella la representación sublime del amor, del erotismo más puro y misterioso.

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