Tantadel

abril 16, 2014

Algunas palabras sobre Juan José Arreola

Si el Juan José Arreola escritor fue breve, el Juan José Arreola oral fue extenso, un torrente verbal, un exceso tal vez. Una cosa por la otra. Sin embargo, merced a sus admiradores más tenaces, como Jorge Arturo Ojeda, sus muchas conferencias, conversaciones y declaraciones siempre literarias, dejaron más libros que aquellos que quiso y pudo hacer el Arreola escritor.

Juan José Arreola, lo afirma Emmanuel Carballo y lo cita Luis Leal,  “nació adulto para las letras, salvando así los iniciales titubeos. Poseedor de un oficio y de una malicia, dueño de los secretos mecanismos del cuento, rápidamente se situó en primera línea. Desarrollando contrastes, poniendo ejemplos —fábulas—, saltando de lo lógico a lo absurdo y viceversa, dejando escapar sigilosamente la ironía, Arreola ha venido construyendo un nuevo tipo de cuento...”. Esto nos explica su perfección. En Juan José, efectivamente no hay inicios. En Carlos Fuentes se notan. No es lo mismo Los días enmascarados y Aura que Cristóbal Nonato. En cambio, hay la misma intensa calidad, belleza y perfección extrema en todos y cada uno de los cuentos de Arreola. ¿Qué ocurre entonces, por qué Arreola no fue la mejor carta nacional, lógico aspirante a los más altos reconocimientos que el orbe concede? Una de las explicaciones podría ser por sus temas carentes, excepción hecha de La feria y de alguno que otro texto, de “nacionalidad”. Lo universal era su reino y no todos lo comprenden en un mundo, que pese a la globalización aún está marcado por fronteras y peculiaridades exóticas. Además, Arreola se empeñó en vivir dentro de moldes clásicos, los que evidentemente renovó al construir cuentos en los que un lector atento puede descubrir ecos de Swift, Ronsard, Schwob, Borges y La Fontaine, bien sazonados con tratamientos innovadores cuya autoría sólo le corresponden a Juan José Arreola. (Algo semejante a lo que hizo en poesía, partiendo de los clásicos griegos y latinos, el admirable Rubén Bonifaz Nuño.) Otra razón bien pueden ser las dificultades que a veces sus cuentos imponen al lector, obligándolo a adentrarse en otras literaturas y a buscar la doble o triple intención de la fábula o la parábola.

Arreola fue un maestro en todos los sentidos. Sabía más de los demás que de sí mismo, ahora estoy seguro, he podido confirmarlo con las relecturas y el recuerdo de sus largas conversaciones. Por tal razón se anticipaba a sus críticos de aquella época y que hoy son sus más rendidos fanáticos. “La acusación tan reiterada que se me ha hecho de manierista, de amanerado, de filigranista, de orfebre, lejos de ofenderme, me halaga. Dentro de mi experiencia personal, incluso en mis textos juveniles hay algunos pasajes en los que reconozco que he conseguido mi propósito. Lo que yo quiero hacer es lo que hace cierto tipo de artistas: fijar mi percepción del mundo externo, de los demás y de mí mismo”.

Los críticos y los escasos lectores, en México siempre pedantes y demandantes, sin saber nada sobre los misterios de la creación, le pidieron a él y a Juan Rulfo más de lo que podían o querían dar y así contribuyeron a su silencio literario. Arreola, en todo caso, se salvó debido a que también era un escritor oral. Todos los días algún “exigente” pedía otra novela de Rulfo o el nuevo libro de cuentos de Arreola, sin saber de las dificultades estéticas y de los problemas sicológicos que los rodeaban. No todos son torrentes o ríos interminables. Con maestría y rigor, dueño de un talento excepcional, con una belleza agresiva y una calidad que sorprende y abruma, construyó una obra de modestas extensiones, sí, pero de una grandeza ilimitada. Arreola (así lo pienso porque lo he leído y observado desde mi juventud) no aceptó el muralismo sino el cuadro de caballete, las miniaturas. No quiso ser Beethoven o Wagner sino Chopin, List o el Paganini de los Caprichos, no el de los conciertos. Ambicionó escribir, y lo consiguió, cuentos irrepetibles, de un virtuosismo maravilloso. Dudo mucho que se haya propuesto alguna vez redactar la fatigante novela-río que a Vargas Llosa o a Fuentes tanto les deslumbra. Fue desde sus orígenes la precisión, la economía verbal, las más hermosas imágenes, porque Arreola, que bien utilizó la prosa, interiormente fue un poeta perfecto. Lo sabemos porque sus citas más recurrentes son versos, a veces dichos en español, otras en francés, en inglés o en italiano. Él dijo: “Tal vez mi obra sea escasa, pero es escasa porque constantemente la estoy podando. Prefiero los gérmenes a los desarrollos voluminosos, agotados por su propio exceso verbal.” Más adelante precisó: “He escrito poco porque me limito a extender la mano para cortar frutos más o menos redondos. Sólo en casos muy contados he hostigado una idea. Los cuentos se me plantean como oleajes, ritmo, marea. Me gusta reflexionar en la necesidad de que las abstracciones se vuelvan concreciones, porque es una especie de nostalgia de belleza y de forma.” A sus alumnos nos recomendó lo que decía Reyes: del lápiz, usar más la goma que el grafito.

Arreola por ahora no tiene tantos lectores y rendidos admiradores como otros que gozaron el disfrute del poder. Él sólo vivió para complacer su refinado espíritu, no pensó más que en la literatura. Volvamos a leerlo, es una notable experiencia, enriquecedora.

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