Tantadel

abril 02, 2014

Deporte, violencia y el “respetable”

La violencia en México no es novedad, ni siquiera en el deporte, simplemente, al no combatirla, ha ido aumentando de intensidad. Esto lo puedo afirmar luego del escandaloso caso futbolístico en Jalisco, el que ahora es discutido hasta en las páginas políticas, donde la nota roja se adueñó de las planas dedicadas al debate de los problemas sociales. Hace varias décadas, la lucha libre, el box y el futbol, desde luego, producían una violencia casi controlable en la parte física, pero la agresividad verbal era digna de ser escuchada: los insultos y las peores bajezas eran proferidas desde el amplio público anónimo que asistía a tales eventos que uno supone que son diversión. Pero el caso es que ni en Argentina ni en la flemática Inglaterra y menos en México el público es “respetable”, es una aglomeración de muy bajas pasiones. Escuchamos a una anciana venerable que le mienta la madre al luchador que derrotó al Místico. O la acusación de “pinche puto” al pobre centro delantero que falló un tiro de castigo.

Pero decía que eso no es novedad. Cuando la televisión comenzó yo era un niño, y el padre de un amigo mío, dueño de un tugurio afamado, solía llevarnos a sus dos hijos y a mí, a la Arena Coliseo. Era un torneo más intenso de jaloneos, golpes e insultos entre el público que vitoreaba al Santo contra Black Shadow o a la inversa, que la violencia que sucedía en el ring, donde todo estaba arreglado para que, como en canción de José Alfredo Jiménez, el segundo perdiera no su amor, sino la máscara. Más que emocionado, yo salía asustado de aquellas sesiones de ofensas y bajezas.

En la adolescencia, en los años preparatorianos, jugaba futbol soccer y lo alternaba con mi pasión, el futbol americano. En consecuencia, iba a los estadios. Durante un juego entre el Politécnico y la UNAM, fui con una linda joven (ah, la hermosa Rosita) y mis mejores amigos, Jaime y Memo: la muchacha recibió un baño de orines y yo un brutal botellazo porque no apoyábamos al equipo de las preferencias de un grupo de vándalos que disfrutaba del espectáculo de modo extraño para mí, a esa edad. Finalmente, dejé de asistir a los estadios cuando al salir de clases de Ciencias Políticas, en Ciudad Universitaria, un grupo de compañeros y yo decidimos ir, con nuestras respectivas novias, al duelo que llevarían a cabo los Pumas contra el Guadalajara. De pronto, a nuestro alrededor se liaron a puñetazos los partidarios de uno y otro equipos. Todos habían bebido y uno de ellos cayó estrepitosamente de cabeza con los pies al aire a un lado de Rosario, con quien estaba por casarme y la llevaba por vez primera a un partido de futbol. Ahora, cuando quiero ver algún espectáculo deportivo, lo hago por televisión.

¿Pero por qué hay violencia en el deporte? Por una sencilla razón: por falta de educación. Gane quien gane, al concluir un choque entre los equipos de futbol americano del IPN y de la UNAM, los adeptos de uno u otro conjunto salen a recorrer calles destrozando escaparates, golpeado a los más débiles y pintarrajeando lemas baratos. La policía nunca ha sido un obstáculo. En mi colonia, la Iztaccíhuatl, vi a un amigo mío, el Satanás, darle una sonada golpiza a tres policías sin más armas que sus puños. Los agentes del “orden” ni siquiera se atrevieron a utilizar las pistolas o los toletes. Cayeron bajo el poder de mi cuate.

Pero ahora existe algo peor que los buenos golpeadores callejeros, los derechos humanos y ante ellos no hay poder que valga. Los policías viven atemorizados y si además tomamos en cuenta que cualquier persona puede tomar fotografías y videos de los enfrentamientos, para no ser dados de baja y recibir una reprimenda de los altos mandos, es mejor simplemente intentar poner orden en las manifestaciones o en los encontronazos en los estadios deportivos.

Nos dicen los expertos en esta materia que la violencia en los estadios es común en Europa y Sudamérica y que de Londres y Buenos Aires, principalmente, nos ha sido legada. Es posible que así sea, pero mi propia experiencia me indica que el deporte, contra lo que dicen sus propagandistas, produce más bajas pasiones que nobles sentimientos. Los gritos de “mátalos, culero, puto, ojete” y mil adjetivos de tal calaña son palabras comunes de las personas que han sido educadas en distinguidas escuelas particulares. Los golpes brutales no son más que una escalada en la violencia que al principio sólo fue verbal y que ahora se expresa medio matando a personas ante la impotencia policiaca. Sus órdenes son más salvar el pellejo que impedir la violencia que desatan las multitudes.

Por último, para cerrar mi inútil alegato, quiero contar que una amiga mía, educada en EU y que trabajó largo tiempo en Hacienda y Crédito Público, en la parte cultural, un día al salir de un restaurante céntrico, le tocó presenciar una escena frecuente aquí: un automovilista, posiblemente pasado de copas, insultaba y jaloneaba a tres policías, los que se defendían diciéndole no, jefe, no nos ofenda, es nuestro deber… Mi amiga se aterró y dijo “esto me descontrola, nunca lo había visto”. Faltó la llegada del representante de los derechos humanos a cesar a los policías porque el tipejo aquél era influyente y la justicia lo amparaba.

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