Tantadel

abril 23, 2014

Emmanuel Carballo: algunos recuerdos

Cuando me di a la tarea de explorar el mundo literario que me rodeaba, anticipado por la biblioteca materna y las amistades de mi padre, aún vivían muchos de los grandes personajes que hicieron la gran literatura del siglo XX: Vasconcelos, Reyes, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Jaime Torres Bodet, Salvador Novo... y era el arranque de dos notables narradores jaliscienses: Arreola y Rulfo. Poco después aparecían en el horizonte dos figuras afines: Carlos Fuentes, quien se iniciaba impetuosamente con Los días enmascarados y La región más transparente, y Emmanuel Carballo, un crítico sobresaliente cuyas entrevistas a las grandes figuras deslumbraban. Ambos tenían una publicación memorable, la Revista Mexicana de Literatura, hoy buscada por coleccionistas.

Ernesto de la Torre Villar, un hombre generoso e historiador de talla, cuyos libros son fundamentales para el estudio del país, director de la Biblioteca Nacional, fue quien me presentó con Carballo. El encuentro se dio una tarde. Emmanuel me recibió sonriente y cordial, estaba con Neus Espressate, su esposa de aquel momento. La casa, a un costado de Ciudad Universitaria, era acogedora: libros por todas partes y excelentes botellas de vino. Platicamos especialmente de literatura y política. A la semana siguiente, Emmanuel publicaba en Excélsior, en su “Diario Público”, columna que anticipaba en mucho el uso de la primera persona del singular en el periodismo, una nota de su encuentro conmigo: me describía como un joven nervioso e inquieto. ¿Cómo no estarlo? Era la primera vez que me encontraba platicando con un escritor de peso. Por algún tiempo lo visité. Salía de la Facultad de Ciencias Políticas y conversábamos. Emmanuel publicó algunos de mis primeros artículos periodísticos en el suplemento cultural de Ovaciones. Aquello fue un buen inicio, no era fácil que un escritor como Emmanuel aceptara en su casa la visita de un joven sin ninguna obra, sólo con la promesa de que tarde o temprano publicaría libros.

Como dato interesante, nos encontramos en la tarde fatal del 2 de octubre en Tlatelolco. Iba yo con Rosario y él con Neus. Platicamos largo sobre el magnífico movimiento estudiantil antes de perdernos entre los innumerables jóvenes que ocupaban la amplia área frente al edificio Chihuahua. Años después, Emmanuel me diría con molestia, qué barbaridad, ahora todos los intelectuales mexicanos estuvieron en Tlatelolco, cuando ni tú ni yo los vimos en la plaza.

Carballo fue un crítico literario de peso, un entrevistador de talento, su vasta cultura le permitía conocer a fondo al literato que tenía enfrente. Sin sus trabajos no sería posible explicarse la literatura nacional. Sus entrevistas son magistrales y de una enorme riqueza. Pienso que con la hecha a Salvador Novo arranca el nuevo periodismo mexicano.

Emmanuel Carballo poseyó un sentido de la ironía que debemos agradecerle en este país solemne, poblado por gente solemne. Fue claridoso y agudo, siguió paso a paso a los mejores escritores mexicanos de su época. Tuvo otra virtud más, hablar directamente, sin tapujos: una vez declaró a Proceso que la mayoría de las actuales celebridades estaban infladas y dio datos y precisiones. Algo semejante sucedió a la muerte de Juan Rulfo: hicimos una gran mesa redonda para recordarlo y lamentar su muerte en el Palacio de Minería. Emmanuel aprovechó para expresar su malestar acerca del reinado de Paz (eran sus momentos de enorme fuerza política y capacidad destructiva), de inmediato hubo una reacción, a la que Carballo no dio mayor importancia, se limitó a explicar sus juicios, no a cambiarlos.

Una de sus hazañas fue la recuperación de Elena Garro. Con las dificultades propias del tema y del carácter cambiante de Elena, supo sortear las incomodidades para incluirla entre los grandes narradores del siglo XX, el mayor trabajo crítico jamás emprendido entre nosotros. No olvidaré la noche memorable en Monterrey cuando Carballo, Fernández Unsaín y yo explicamos a una multitud la importancia del trabajo de Elena Garro, quien mostraba su rostro de mujer sorprendida por las injusticias y el enorme peso del hombre que la desposara para ser muy infelices el resto de sus vidas. Emmanuel cerró su intervención dirigiéndose a la autora de Los recuerdos del porvenir: He estado contigo en la guerra y en la paz. En su mejor libro, 19 protagonistas de la literatura mexicana, en la versión definitiva, el capítulo dedicado a la Garro es insuperable.

Imposible dejar de lado al Carballo editor, en esta función natural a sus devociones literarias, impulsó carreras como la de los jóvenes Parménides García Saldaña, José Agustín, Gustavo Sáinz y el peruano Edmundo de los Ríos, todos de mi generación y fue más lejos al editar autobiografías, prologadas por él mismo, de escritores de talento que no cumplían treinta años. Un gesto de audacia que ahora permite saber cómo nacieron y se formaron muchos escritores célebres.

La obra de Carballo es amplia: comprende también poesía, antologías y libros de memorias. Ello junto refleja la obra de un hombre que vivió eterna y pasionalmente enamorado de la literatura, le dedicó su mayor esfuerzo y al hacerlo nos mostró la nueva grandeza literaria de México sin juicios benevolentes, sólo literarios de implacable certeza.

A mi querida amiga, la talentosa narradora y académica Beatriz Espejo, ahora viuda de Emmanuel, desde estas páginas, le doy mi más sincero pésame.

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