Tantadel

abril 09, 2014

Mi tímida devoción por Julio Cortázar

La primera vez que vi varias fotografías de Julio Cortázar en “movimiento”, subiendo a su automóvil, caminando por París, en una librería, en un típico café parisino… fue en la revista Life en español. Un reportaje con historia. Era plena Guerra Fría y para colmo con una Revolución Cubana en ascenso que exaltaba a Marx, Engels y Lenin e invitaba a la América Latina a convertir Los Andes en una nueva versión de la Sierra Maestra, es decir, a llevar a cabo una revolución socialista a través de la vía armada. Estados Unidos vivía en una histeria poco común. Cortázar había seleccionado ser un solidario intelectual que apoyaba con firmeza a Cuba.

Estábamos, asimismo, en los años del boom latinoamericano, tiempo en que Europa y acaso EU se percataban de nuestra literatura: Borges, Lezama Lima, Rulfo, Fuentes, Vargas Llosa, Carpentier, Sábato… Una poderosa literatura emergente en los países desarrollados. Destacaba el nombre de Julio Cortázar por la estatura de sus novelas y la perfección de sus cuentos. Su cosmopolitismo le permitía moverse por el mundo con naturalidad. Fue el intelectual crítico que el mundo requiere. Positivo y provocador, como en Francia lo eran Sartre y su pareja Simone de Beauvoir.

En ese contexto histórico, en Cuba se dieron problemas de serio dogmatismo y errores al creer en una versión tropical del realismo socialista y expulsaron o maltrataron a intelectuales que de una forma u otra disentían del régimen de Fidel Castro y de su vinculación con la Unión Soviética que había armado a Cuba y convertido en una potencia de la zona. Ya había pasado el dramático asunto de los misiles nucleares soviéticos en la Isla, Jrushchov había cedido para evitar una guerra final con EU. Como protesta por la conducta severa de Cuba hacia algunos de sus intelectuales, entre otros a Heberto Padilla, la mayor parte de aquellos que militaban o estaban considerados dentro del boom latinoamericano, rompieron con la Isla a través de una carta que produjo escándalo. En principio, Cortázar la suscribió, luego se retractó y confirmó públicamente su apoyo a la Revolución Cubana y a Fidel. Para ese momento, Ernesto Guevara era una leyenda revolucionaria. Extraño. La globalización y el triunfo de la economía de mercado lo transformarían en figura icónica de cualquier protesta y de personas que no desean más que tener una playera con su retrato o el de John Lennon.

Obsequiada por Alejo Carpentier, durante mucho tiempo estuvo en mi agenda la dirección de Julio Cortázar en París, estuve a punto de tocar por lo menos dos veces, no me atreví. Me inhibía su espléndida obra y su recia personalidad, sobre todo en esos días en que buena parte de los escritores latinoamericanos se distanciaban de la Revolución Cubana, encabezados por Mario Vargas Llosa. Cortázar, en muy corto tiempo, había reanudado la relación con La Habana al escribir un poema intenso, abiertamente comprometido (1971): “Poli-crí-tica en la hora de los chacales” (advertía que en medio estaba la palabra cri, grito en francés), donde defendía el derecho de esa Isla a ser socialista. Lo que hacía yo, acobardado por su enorme personalidad, era dejar algún libro mío en el buzón. Alguna vez, interrogado Julio Cortázar, supo reconocer mi nombre entre una lista de nuevos narradores mexicanos. Claro, el cartero misterioso que le dejó dos libros de René Avilés Fabila, era yo.

Si podemos tener el atrevimiento de imaginar a un intelectual comprometido con la Revolución, ése fue Julio. Al mismo tiempo amaba el jazz y la gran literatura clásica, escribía fantasías laberínticas e inventaba personajes que vomitaban conejitos o diseñaba casas para que seres extraños se las adueñaran dejando fuera a los propietarios. Metáforas grandiosas, personajes como la Maga, cuentos maravillosos que fueron filmes del tamaño de Blow Up, dirigido por Antonioni. Rayuela es sin duda un acto de magia, una novela formidable que modifica la forma de hacer y leer literatura. Un juego maravilloso que conmocionó a lectores y autores.

He podido escribir largos textos sobre Cortázar y lo recuerdo siempre como lo vi en las fotografías citadas. La entrevista la concedió a regañadientes con una condición: respetar sus críticas a EU y dejar intacta su admiración por aquella Revolución Cubana que tanta emoción produjo en una generación combativa, que deseaba cambios profundos. Life fue fiel a su compromiso. El capitalismo sabe subsistir. Pero en ese reportaje-entrevista, Cortázar dejó constancia de su capacidad crítica y bella forma de decir y escribir un nuevo lenguaje guerrero. Su muerte desconcertó y dolió. No era viejo, sino un hombre maduro en plena creatividad y actitud revolucionaria. Este año cumple cien años de haber nacido europeo, se formó en Argentina y se nacionalizó francés, nunca dejó de ser plenamente latinoamericano y siempre fue un modelo para armar revoluciones literarias y políticas. Era la imagen del intelectual comprometido, no la de aquellos que buscan amparo en el Estado, en el sistema.

No sobra una precisión personal: conservo las páginas de Life como un grato recuerdo de un escritor que me hubiera gustado conocer y compartir veladas literarias con vino francés y música de jazz, rodeados por esos personajes misteriosos que supo crear al amparo de una novedosa visión del mundo donde reunía lo mejor de la política con la más hermosa literatura fantástica.

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