Tantadel

abril 14, 2014

“Pluripartidismo y democracia a la mexicana”

No es complicado percatarse de que los medios de comunicación, al igual que los partidos políticos, se dejan acariciar por el suave afecto del poder presidencial. Para qué señalar a los intelectuales, pocos han navegado por las aguas de la crítica política permanente. Quizás en algún momento sientan que algo los ofende y reaccionan, pero por regla general mantienen excelentes relaciones con el sistema. Todos parecen comprometidos con la propia obra y no con alguna ideología o tendencia realmente valiosa.

El presidencialismo extremo desapareció, esa velada y poco sutil tiranía sexenal pareció diluirse en el año 2000. Creímos por unos pocos meses en que la situación política sufriría modificaciones positivas, que incluso tendríamos una sana alternancia de partidos, cada uno con proyectos propios, una definida ideología y fuerte personalidad. Nos equivocamos. El PRI es demasiado musculoso para derrotarlo cabalmente. En su ayuda aparecieron en el PRD y el PAN los mismos vicios que parecían exclusivos del añoso partido tricolor: la corrupción, la demagogia y el autoritarismo. Habrá que sumarle la imperiosa necesidad que tienen los mexicanos de padecer caudillos y el cuadro es perfecto. De la dictadura de un hombre, el presidente de la República, luego del proceso electoral del 2000, transitamos a la de un sistema, pues el PRI aprendió la dura lección de dos derrotas, el PAN no supo para qué sirve el Estado y el PRD halló su enemigo perfecto en sí mismo, en cada una de las fracciones que edificaban el todo.

Sin embargo, lo peor que nos ha pasado es que padecemos un atroz e irreversible proceso de (por decirlo con un neologismo) de priización. El mapa político de hoy refleja a una derecha y una izquierda que buscan colocarse en el centro que tradicionalmente ha ocupado el partido de nuevo oficial. Que hemos cambiado, es verdad, pero no lo suficiente para descubrir el nuevo rostro de México: tachonado por multitud de siglas, colores y discursos confusos, incoherentes. Políticamente, la nación es un desastre, una Babel de confusiones partidistas sin ninguna ideología seria y profunda. Hemos perdido la identidad que inútilmente trataron de darnos los multicitados movimientos sociales de gran envergadura que nuestros antepasados efectuaron con grandes costos de sangre y esfuerzos intelectuales: la Independencia, la Reforma y la Revolución. 

El problema lo consolidan la modernidad, las nuevas tecnologías y el brutal dominio que ejercen sobre la nación. Somos sus esclavos. Unos de un diario, otros de una revista, unos más de canales televisivos y al final de todos los medios en su conjunto. Son el Big Brother que anticipó Orwell en su asombrosa novela 1984. Convertidos en marionetas de los partidos, el sistema ha ido gradualmente recuperando la figura presidencial, la figura de un nuevo caudillo raquítico y sostenido por cientos de severos hilos. Basta asomarse a los medios y ver cómo nuevamente se ponen al servicio presidencial. Poco tiempo duró el cambio. Era demasiada responsabilidad. De nuevo nos imponen la figura presidencial. La salvación de la patria está en sus manos. Entiendo que no somos la totalidad de los mexicanos, pero la mayoría está ya bajo control y mira de nuevo al llamado primer mandatario como el salvador. No más experimentos, el país, como decían los viejos priistas, tiene rumbo y timón.

El periodismo parecía haberse salvado del yugo, pero no le gustó y de nuevo pidió los grilletes, los que de inmediato le entregaron. La censura pudo haberse mudado de casa, de Los Pinos a los dueños de medios, pero allí está, apoyando, a veces a regañadientes, al tenaz sistema presidencialista.

De este modo, desmadejado en apariencia, pero bajo control de un partido experto, con una chistera llena de trucos, el sistema se ha hecho priista. Hasta los más distantes trabajan con sus métodos. Más de ochenta años le han servido de base para inocularle al país un modo de vida. Uno escucha hablar a un hombre que se considera a sí mismo de izquierda y no va más allá de un discurso cardenista de 1938, y aquél que realmente siente que su estirpe es conservadora, simplemente es un personaje que se formó e hizo fortuna con Miguel Alemán.

La pregunta es: ¿cuándo realmente tendremos medios independientes al servicio de la sociedad, cuándo habrá partidos con personalidad propia, cuándo votaremos por candidatos que quieran ser útiles al país y no a ellos mismos? No es fácil saberlo. La globalización trae beneficios consigo, pero aporta modelos que para nosotros son ilusorios, baratijas, espejos. Tenemos sí una pujante suma de ricos impresionantes, son parte de los beneficiarios del sistema, pero la mayoría de los mexicanos padece problemas y millones viven de forma miserable. Las injusticias y las diferencias sociales parecieran normales. No asombran, mucho menos indignan. Estamos atentos al sistema político nacional y hasta llega a provocarnos admiración. No basta ponerle pintura a la fachada, hay que hacerle cambios profundos a la casa de todos los mexicanos.

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