Tantadel

mayo 16, 2014

Jaime Torres Bodet

Mi profesor de historia de México, en la UNAM, el doctor Arturo Arnáiz y Freg, acostumbraba citar a Jaime Torres Bodet. Decía: Dos veces secretario de Educación, una de Relaciones Exteriores y titular de la educación mundial al estar frente a la UNESCO, era un mexicano ejemplar, irrepetible. Dueño de una extensa obra literaria y uno de los que de su generación, Contemporáneos, se dedicó a la administración pública sin dejar las letras.

A los 19 años de edad ya era un destacado intelectual; fue secretario particular de José Vasconcelos en su momento más creativo. Luminoso diplomático y poeta excepcional, don Jaime dejó una huella que hasta la fecha no ha sido ni ligeramente opacada, pese a que en el cargo estuvo Agustín Yáñez, cuya experiencia como político e intelectual le precedía.

Tuve la fortuna de conocerlo en los patios de El Colegio Nacional, durante una de sus añoradas conferencias, en esa ocasión habló de Balzac. Mi padre -yo era estudiante preparatoriano- me presentó con el distinguido personaje. Me preguntó qué estudiaría y, al escuchar diplomacia, me hizo algunos comentarios acerca de la oportunidad que tendría de servirle al país. Estudié, en efecto, Relaciones Internacionales y una vez titulado no hubo influencia que me llevara a ejercer la tarea diplomática. No me interesaba, a pesar de que otros dos maestros míos, Modesto Seara Vázquez y Henrique González Casanova, me insistieran en la necesidad de ejercer. Estaba ya atrapado por la literatura y el periodismo.

Varias veces más vi a Jaime Torres Bodet, siempre acompañando a mi padre, quien trabajaba en la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito, presidida por Martín Luis Guzmán. No volví a saludarlo, lo escuchaba hablar con fría brillantez. Sus discursos eran piezas maestras, ensayos memorables. Sus ideas sobre educación resultaban avanzadas para su época. El Plan de Once Años era un exceso para los políticos y el magisterio. Retirado, se concentró en la lectura y en la redacción de sus últimos textos memoriosos. Una penosa enfermedad lo condujo al suicidio. La carta que dejó antes de matarse es breve y se limita a decir que no desea más sufrimientos, no quiere un simulacro de vida. Una copia está en el Museo del Escritor.

Rafael Solana, su secretario particular, no hizo propiamente libros autobiográficos, pero en diversos artículos dejó constancia de su devoción por Torres Bodet. Sin duda, de su generación, Torres Bodet fue quien más se vinculó a la administración pública. Lo hizo siempre preocupado por la salud de la nación. Dejó no sólo huellas literarias de altos vuelos, sino también señales inequívocas de su andar como funcionario impecable. Don Jaime poseía una cultura enciclopédica y una clara visión de los problemas nacionales e internacionales. Vale la pena releer sus ensayos, no sólo por la prosa extraordinaria y elegancia estilística, sino por la profundidad de sus ideas, sobre todo educativas.

Sus gestiones fueron discretas y eficaces, no buscaba, como ahora los políticos del montón, reflectores, buscaba la grandeza.

Hablar de personas como Jaime Torres Bodet, en 2014, suena a hechos muy antiguos, perdidos. La administración pública se ha envilecido, no hay figuras de su talla. Carecemos de intelectos de alto rango en los partidos políticos. A lo sumo hay voluntariosos administradores que buscan ascender del modo más fácil hacia una cúspide de dudosa dimensión política e intelectual. Muchos echamos de menos el talento público de Torres Bodet.

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