Tantadel

mayo 30, 2014

Marcos, el gran olvidado

El subcomandante Marcos, posiblemente el egresado más famoso de la UAM, llevaba varios años amparado en el silencio, acaso disfrutando el envilecimiento del sistema político mexicano sin excepciones. Su proeza, la de declararle la guerra al Ejército Mexicano y al sistema que lo opera, no fue hazaña menor. Despertó oleadas de entusiasmo entre los jóvenes y excesiva demagogia entre los intelectuales. Carlos Fuentes, por ejemplo, decía que actuaba más por la influencia de Carlos Monsiváis, que por la de Carlos Marx. Elena Poniatowska le entregó la parte de su corazón que no estaba en manos de López Obrador. El PRD vio con envidia la actitud entre viril y graciosa con la que Marcos actuaba desde algún lugar de la selva Lacandona, enviaba mensajes intergalácticos, pero daba una pelea desigual y poco frecuente en un país dominado por partidos políticos que siempre logran superar sus diferencias, ninguna ideológica, para enfrentar a la sociedad. Luego el perredismo lo olvidó.

Estos no son tiempos para guerrillas, para enfrentar ejércitos regulares, bien armados y entrenados, lo son para darle al capitalismo salvaje que impera un puñado de sonrisas que muestren resignación. Por eso la lucha de Marcos, dirigida más a los indígenas del sureste que a los campesinos del norte y centro, estaba condenada a estancarse. Pudo crecer en el cambiante ánimo de los jóvenes y los intelectuales, pero hasta allí. Marcos se quedó solo. Su figura teatral fue perdiendo peso y los medios ni siquiera se preguntaban qué hacía, dónde quedaron sus esfuerzos.

Debió pensar en Marx, y no en Monsiváis y acercarse a los obreros, buscar la manera de hacerles comprender su explotación. Repensar el socialismo científico, estudiar el México bronco en sus distintos puntos y complejidades. Por ello el EZLN no creció, se hizo un fenómeno social, objeto de miradas morbosas de los medios. Ciertas dosis de exhibicionismo fueron mortales para su causa. Y sin duda, una ideología más formal, pensada científicamente, en lugar de los chistes que solía endilgarnos cada tanto.

Como sea, el hombre tiene un amplio lugar en la historia mexicana y acaso latinoamericana, cuando la globalización arrancaba arrogante y segura, él, con un puñado de indígenas explotados, se atrevió a retar al Estado mexicano. Pensó en la ayuda veleidosa de académicos e intelectuales, los que enseguida corrieron en busca de un caudillo más aparatoso y sin imaginación, sólo lleno de terquedad y deseoso de controlar al país. Obrador va en pos de una nueva intentona de ganar Los Pinos, no la tendrá. Pero Marcos, distante del poder del sistema optó por una pelea destinada al fracaso, conservará mejor imagen por sus méritos sociales y políticos.

No encontró las herramientas adecuadas para la transformación, pecó de arrogancia y excesos de seguridad, sin embargo, dio un gran paso en la trasformación positiva de México. Sus ideas están fijas en el país, en los despojados, en un sistema de partidos cínico y desvergonzado. Pocos han pensado seriamente el enorme esfuerzo que un mestizo universitario llevó a cabo para crear un ejército indígena que defendiera la dignidad de los pueblos fundadores, hoy vejados y despojados.

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