Tantadel

junio 06, 2014

España, ¿y la República?

Hasta eso, en forma elegante,

abdicó el rey de España;

ya podrá, con toda saña,

exterminar elefantes

Rafael Cardona Lynch

No sé qué tanto las nuevas generaciones españolas tienen en la memoria la lucha heroica que sus abuelos dieron por erradicar la costosa y conservadora monarquía. Un intento memorable por conquistar un rumbo político, social y cultural distinto al que una larga fila de inútiles monarcas había condenado a España. El brutal Francisco Franco, apoyado por los entonces poderosos ejércitos alemanes e italianos, y ante un mundo Occidental complaciente, literalmente asesinó a la naciente República. La dictadura duró más de tres décadas, tiempo en que el fascismo español no dejó de perseguir, encarcelar y ejecutar izquierdistas de todas las tendencias: comunistas, anarquistas, trotsquistas. Su legado fue restituir la monarquía y su elegido fue Juan Carlos I, ahora de 76 años, quien acaba de abdicar en favor de su hijo Felipe de Borbón.

El gobierno de Peña Nieto se apresuró a elogiar, como si fuera cronista de sociales, la trayectoria del cansado monarca que renuncia al trono. Omitió, como es natural, el protocolo diplomático es severo, las andanzas amorosa de Juan Carlos, sus safaris para matar elefantes y los niveles de corrupción familiar. Si bien el rey fue un hombre amable y muy distinto del asesino Franco, España pasa por malos tiempos económicos y la resistencia a la monarquía ha crecido sobre todo en países como Cataluña.

Las monarquías, bien lo sabemos, son figuras decorativas. A unos les funcionan como a los ingleses, a otros no tanto, son costosas y no sirven de mucho en la hora de gobernar. Son antiguallas sin valor político. La reina Isabel nunca ha tomado decisiones de peso histórico, lo han hecho sus primeros ministros, eso sí, con mucho respeto a su investidura.

Que en España hay nostalgia por la República, derrotada en 1939, es un hecho, como asimismo lo es que tiene enemigos, especialmente entre los sectores más reaccionarios. Como sea, unos y otros, saben que mantener a una clase ociosa, la nobleza, cuesta mucho dinero y los resultados son francamente nulos. Imagino, a juzgar  por las informaciones que llegan, que en España hay malestar y desconcierto. El sucesor es un hombre frívolo, bien educado, como lo fue su padre, para estar en el escenario. Ha habido marchas en más de cuarenta grandes ciudades exigiendo el regreso de la República. No es fácil prever qué sucederá con exactitud. Pero de nuevo vuelven al presente las acciones de un pueblo que defendió, harto de la monarquía, con valor inusitado, su forma de gobierno republicano. No dejemos de lado que España defendió heroicamente y con escasa ayuda de varios países débiles, salvo la Unión Soviética que no logró mucho, a la segunda República. Poetas y guerreros empuñaron las armas para defender el nuevo sistema en contra del caduco apoyado por el fascismo.

México, por décadas, apoyó y sostuvo oficialmente a la república española, ya era un fantasma con Luis Echeverría y con Carlos Salinas, la relación inexistente, más bien simbólica, concluyó para que al fin México aceptara un sistema que no era la República. Es la propia España quien decidirá su destino. Esperemos que lo haga con inteligencia y cuidado, considerando no sólo cómo regresa la monarquía sino sus costos. Mientras tanto, las revistas frívolas y las secciones de sociales se preparan para el ascenso al trono de un Borbón y una plebeya, Letizia.

Lo que veremos en España es una nueva guerra civil, ahora pacífica, entre monárquicos y republicanos, donde los partidos políticos mostrarán su inmoralidad.


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